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Torres de medianoche

Электронная книга - «Torres de medianoche». Краткое содержание книги:

La Rueda del Tiempo se acerca a su culminación. Mientras el entramado de la realidad se vuelve inestable, todo indica que el Tarmon Gai'don está cerca y que Rand al’Thor tiene que enfrentarse con el Oscuro. Pero antes deberá negociar una tregua con los seanchan. Perrin, por su parte, ya ha hecho un pacto con ellos y está di spuesto a todo para salvar a su esposa de los Shaido. En Caemlyn, Elayne lucha para conseguir el Trono de León al tiemp que intenta prevenir una guerra civil, y Egwene descubre que incluso la Torre Blanca ha dejado de ser un lugar seguro.
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—Esa sí que ha sido una victoria —dijo la Guardiana una vez que se hallaron a solas. Parecía satisfecha—. Pero aun así habéis renunciado al control de vuestros ejércitos.

—Tenía que hacerlo. Podrían haberme quitado el mando en cualquier momento. De este modo, he conseguido algo a cambio.

—¿Autoridad sobre el Dragón Renacido?

—Sí, pero me refería más a cerrar esa laguna en la ley de la Torre. Mientras fuera posible que la Antecámara se reuniera en relativo secreto, mi autoridad, la autoridad de cualquier Amyrlin, podía soslayarse. Ahora, si quieren maquinar, tendrán que hacerlo en mi cara.

Silviana esbozó una extraña sonrisa.

—Sospecho que, si algo como lo de hoy es el resultado de esas maquinaciones, madre, serán más cautas en el futuro.

—Ésa es la idea. Aunque dudo que las Aes Sedai dejen de maquinar jamás. Pero de ningún modo puede permitírseles que pongan en riesgo la Última Batalla o al Dragón Renacido como si estuvieran jugando una partida de dados.

De vuelta en el estudio, encontraron a Nicola y Nissa esperando todavía.

—Bien hecho —les dijo Egwene—. Muy bien hecho. A decir verdad, estoy decidida a daros más responsabilidades. Id a la zona de Viaje y trasladaos a Caemlyn. La reina os estará esperando. Volved con los objetos que os entregue.

—Sí, madre —dijo Nicola sonriendo—. ¿Qué tiene que darnos?

—Ter’angreal—contestó Egwene—. Se utilizan para visitar el Mundo de los Sueños. Voy a empezar a entrenaros en su uso, a vosotras y a otras cuantas más. Sin embargo, no los utilicéis sin mi expreso consentimiento. Haré que os acompañen unos soldados.

Con eso bastaría para mantenerlas a raya. Las dos Aceptadas hicieron una reverencia y se alejaron a toda prisa, excitadas. Silviana miró a Egwene.

—No les hicisteis jurar que no hablaran de esto. Son Aceptadas y se jactarán de que se las está entrenando con los ter’angreal.

—Confío en que sea así.

Silviana la miró con una ceja enarcada.

—No es mi intención dejar que las chicas sufran un percance —explicó Egwene—. De hecho, harán mucho menos en el Tel’aran’rhiod de lo que ellas creen por lo que acabo de decir. Rosil ha sido muy tolerante conmigo hasta ahora, pero nunca me permitirá que ponga en peligro a las Aceptadas. Esto sólo es para dar pie a ciertos rumores.

—¿Qué rumores?

Gawyn espantó al asesino —contestó Egwene—. Hace días que no ha habido ataques y supongo que debería darle las gracias por ello. Pero el asesino sigue suelto, escondido, y he visto hermanas Negras vigilándome en el Tel’aran’rhiod. Si no puedo capturarlas aquí, entonces lo haré allí.

Pero antes necesito un modo de engañarlas para que crean que saben dónde encontrarnos.

Siempre y cuando vuestro propósito sea que os encuentren a vos, y no a esas muchachas —dijo Silviana con voz serena aunque dura como el acero. Había sido Maestra de las Novicias.

Egwene se sorprendió torciendo el gesto al pensar en las cosas que habían esperado de ella como Aceptada. Sí, Silviana tenía razón. Tendría que llevar cuidado para no someter a Nicola y a Nissa a peligros similares. Ella había sobrevivido y ahora era más fuerte por eso, pero a las Aceptadas no había que hacerles pasar semejantes experiencias a menos que no quedara más remedio.

—Tendré cuidado —dijo—. Sólo las necesito para que se extienda el rumor de que tengo una reunión muy importante dentro de poco. Si preparo el trabajo preliminar como es debido, nuestro fantasma no podrá resistir la tentación de acercarse a escuchar.

—Un plan osado.

—Y esencial. —Egwene vaciló, con la mano en el picaporte—. Hablando de Gawyn, ¿has descubierto a qué lugar de la ciudad ha ido?

—De hecho, madre, hoy a primera hora he recibido una nota sobre este asunto. Parece ser que… En fin, él no está en la ciudad. Una de las hermanas que fue a entregar vuestros mensajes a la reina de Andor regresó con la noticia de que lo había visto allí.

Egwene gimió y cerró los ojos. «Este hombre va a acabar conmigo».

—Decidle que regrese. Por irritante que pueda ser, voy a necesitarlo en los próximos días.

Egwene entró en el estudio para seguir con las cartas. Quedaba poco tiempo. Muy, muy poco tiempo.

28

Anomalías

¿Qué planeas, esposo? —preguntó Faile.

Se encontraban de vuelta en su tienda tras el parlamento con los Capas Blancas. Las decisiones que había tomado Perrin habían sido una sorpresa muy estimulante para ella, aunque también perturbadora. El se quitó la capa, pensativo.

—Olfateé algo extraño en el aire, Faile. Algo que no había olido nunca —dijo Perrin. Vaciló y la miró de soslayo—. No hay lobos.

—¿No hay lobos? —se extrañó.

—No percibo a ninguno por aquí. Antes había algunos, pero ahora se han marchado —respondió Perrin.

—Dijiste que no les gustaba estar cerca de los humanos.

Su esposo se quitó la camisa dejando al aire el musculoso torso cubierto de rizoso vello.

—Hoy no hay apenas pájaros. En el monte bajo casi no hay animales. Así la Luz abrase ese cielo oscuro. ¿Es el causante de esto o se debe a otra cosa? —Suspiró y se sentó en el camastro de campaña.

—¿Vas a ir… allí? —le preguntó.

Pasa algo malo —reiteró Perrin—, Tengo que descubrir todo lo que pueda antes del juicio y tal vez encuentre respuestas en el Sueño del Lobo.

El juicio.

Perrin, no me gusta esto.

—Estás enfadada por lo de Maighdin.

—Pues claro que estoy enfadada con ella —contestó.

Habían pasado juntas la dura experiencia de Malden, ¿y esa mujer no le había dicho que era la reina del puñetero Andor? Eso la dejaba a ella como una necia, como un fanfarrón de tres al cuarto que hiciera gala de su destreza con la espada delante de un maestro espadachín que iba de paso por su villorrio.

—Ignoraba si podía confiar en nosotros —razonó Perrin—. Al parecer huía de uno de los Renegados. Yo también habría fingido ser otra persona.

Lo fulminó con la mirada.

—No me mires así —le pidió su esposo—. No actuó de ese modo para hacerte quedar mal, Faile. Tenía sus razones. Déjalo estar.

Se sintió mejor al oírle hablar así; era muy agradable que él se mostrara firme e hiciera valer sus argumentos.

—En fin, me pregunto quién resultará ser Lini. ¿Alguna soberana seanchan? —bromeó—. Y maese Gill, ¿el rey de Arad Doman disfrazado?

—Imagino que son sus acompañantes —contestó él con una sonrisa—. Al menos Gill es quien afirma ser. A Balwer le va a dar un patatús por no haberlos desenmascarado.

—Apuesto a que se lo imaginó —opinó Faile mientras se arrodillaba junto a él—. Perrin, hablaba en serio respecto a lo de este juicio. Estoy preocupada.

—No dejaré que me prendan —afirmó él—. Sólo dije que me sometería a un juicio y les daría la oportunidad de presentar pruebas.

—Entonces, ¿para qué todo esto?

—Me da más tiempo para pensar y quizás evite tener que matarlos. Su jefe, Damodred… Hay algo en él que huele mejor que muchos de los otros. No está exaltado por la cólera o el odio. Y así conseguiré que nos entreguen a los nuestros y que me permitan presentar mi defensa. Es satisfactorio que uno tenga la opción de dar su versión de los hechos. Tal vez eso es lo que he necesitado todo este tiempo.

—Bien, de acuerdo. Pero, en el futuro, te pido que consideres la idea de ponerme al corriente de lo que planeas, por favor —le pidió.

—Lo haré. —Perrin bostezó y se tendió boca arriba—. A decir verdad, la idea no se me ocurrió hasta el último momento.

Faile tuvo que morderse la lengua para no replicar. Al menos, algo bueno había salido de aquel parlamento. Había observado la reacción de Berelain cuando miró a Damodred. Rara vez había visto que los ojos de esa mujer resplandecieran con tanta viveza. A lo mejor podía sacar partido de ello.

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