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Torres de medianoche

Электронная книга - «Torres de medianoche». Краткое содержание книги:

La Rueda del Tiempo se acerca a su culminación. Mientras el entramado de la realidad se vuelve inestable, todo indica que el Tarmon Gai'don está cerca y que Rand al’Thor tiene que enfrentarse con el Oscuro. Pero antes deberá negociar una tregua con los seanchan. Perrin, por su parte, ya ha hecho un pacto con ellos y está di spuesto a todo para salvar a su esposa de los Shaido. En Caemlyn, Elayne lucha para conseguir el Trono de León al tiemp que intenta prevenir una guerra civil, y Egwene descubre que incluso la Torre Blanca ha dejado de ser un lugar seguro.
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Faile aferró el cordón. Morgase no aprovecharía el juicio para ir contra Perrin por despecho, pero juzgaría con imparcialidad. Lo cual significaba que ella debía estar preparada y tener dispuesta una…

Sonaron gritos cerca.

Faile reaccionó de inmediato girándose hacia el bosque. El instinto le hizo creer que habría Aiel surgiendo de los arbustos de un salto con intención de matar y capturar, y un intenso pánico se apoderó de ella durante un instante.

Pero los gritos procedían del interior del campamento. Maldijo mientras giraba sobre los talones, pero algo la tiró del cinturón. Bajó la vista con sobresalto y se encontró con que el cuchillo salía por sí mismo de la funda y volaba por el aire.

—¡Una burbuja maligna! —gritó Berelain, que trastabilló hacia un lado.

Faile se agachó y se tiró al suelo en el mismo momento en que el cuchillo daba un capirotazo en el aire, lanzado hacia su cabeza. Falló por muy poco. Al tiempo que se ponía en cuclillas, sufrió otro sobresalto al ver a Berelain haciendo frente a una daga, una que —por el desgarrón en la camisa de la mujer— parecía haberse abierto camino a través de una funda oculta dentro de la manga.

Más allá de Berelain, el campamento era un tumulto. Los refugiados que practicaban a corta distancia se habían dispersado mientras espadas y lanzas descargaban golpes en el aire por sí mismas. Era como si todas las armas del campamento hubieran cobrado vida de repente y se hubieran alzado contra sus dueños.

Un movimiento. Faile se echó hacia un lado cuando su cuchillo se volvió de nuevo contra ella, pero una figura de pelo blanco y ropas de color pardo asió el arma en el aire y la sujetó con firmeza. Con los dientes apretados, Sulin rodó sobre sí misma sin soltar el arma hasta que logró desprenderla del aire y la estampó contra una piedra, con lo que la hoja se partió por el mango.

El cuchillo dejó de moverse. Sin embargo, las lanzas de Sulin se salieron de donde las llevaba sujetas a la espalda y giraron en el aire, con las moharras apuntadas hacia ella.

¡Corred! —gritó la Doncella, que se giró e intentó hacer frente a las tres lanzas a la vez.

¿Adónde? —espetó Faile, que se agachó y aferró una piedra del suelo. Hay armas por todas partes.

Berelain se debatía con la daga. La había asido, pero el arma luchaba contra ella y le torcía los brazos a un lado y a otro. Por su parte, Alliandre se encontraba rodeada por tres cuchillos. ¡Luz! De repente, Faile se sintió afortunada porque ese día sólo llevaba uno encima.

Varias de las Doncellas cargaron para ayudar a Alliandre y arrojaron piedras contra los cuchillos al tiempo que esquivaban las arremetidas que las lanzas dirigían contra ellas. Berelain estaba sola.

Con los dientes apretados —considerándose casi una estúpida por ayudar a una mujer a la que detestaba—, Faile saltó y puso las manos sobre las de la Principal uniendo así sus fuerzas a las de la otra mujer. Juntas, desviaron el arma hacia un lado y luego hacia el suelo, donde podrían clavar la punta en la tierra. Lo hicieron y, cosa sorprendente por demás, la daga dejó de moverse.

Sin acabar de fiarse, Faile la soltó y después alzó la vista hacia la desmelenada Berelain. La Principal apretó la mano derecha contra la palma de la otra mano para cortar el flujo de sangre de un tajo que había recibido.

—Gracias —dijo, e hizo una ligera inclinación de cabeza a Faile.

—¿Qué la ha detenido? —preguntó Faile, todavía con el corazón latiéndole desbocado.

Por todo el campamento resonaban gritos, maldiciones, entrechocar de acero contra acero.

—¿La tierra? —sugirió Berelain, que se arrodilló en el suelo.

Faile hundió los dedos en la marga. Se dio la vuelta y notó, con alarma, que una de las Doncellas había caído, aunque otras habían derribado varias de las lanzas que volaban. Faile arrojó el puñado de tierra a una que seguía agitándose en el aire.

En el instante en que la marga tocó la lanza, el arma cayó al suelo. Sulin lo vio y los ojos se le desorbitaron en el rostro velado. Soltó las piedras que había estado usando y lanzó hacia arriba un puñado de tierra, que se esparció por encima de su cabeza justo cuando una de las lanzas se dirigía hacia ella, directa al corazón.

La tierra la paró, y la lanza se precipitó al suelo. No muy lejos, los soldados que las habían estado siguiendo para protegerlas a las tres lo estaban pasando muy mal. Se habían situado en círculo, puestos en cuclillas, con expresión preocupada, y se valían de los escudos para interceptar las armas lanzadas contra ellos.

—¡Deprisa! —les dijo Faile a las Doncellas, a la par que hundía las manos en la marga—. ¡Haced correr la voz! ¡Que los demás sepan cómo parar las armas!

Arrojó la tierra a las dagas que amenazaban a Alliandre, consiguiendo que cayeran dos a la vez con un único lanzamiento, y luego echó a correr hacia los soldados que se encontraban en apuros.

No tienes por qué disculparte, Galad —dijo Morgase con suavidad—. Era imposible que supieras lo que estaba pasando en la Fortaleza de la Luz. Te hallabas a muchas leguas de distancia.

Se encontraban sentados en la tienda del joven, con una silla enfrente de la otra y la luz de última hora de la tarde reflejada en las paredes de lona. Galad tenía las manos entrelazadas con fuerza ante sí y estaba echado hacia adelante. Tan pensativo… Morgase recordaba su primera impresión sobre él, largo tiempo atrás, cuando se había casado con su padre. El muchachito había formado parte del trato y, aunque ella lo había adoptado, siempre le había preocupado que se sintiera menos amado que sus hermanastros.

Galad había sido siempre tan solemne… Rápido en hacer notar cuando alguien hacía algo incorrecto. Pero, a diferencia de otros niños —en especial Elayne— jamás había utilizado lo que sabía como un arma. Tendría que haberse dado cuenta. Debería haber visto que se sentiría atraído hacia los Capas Blancas por su visión de un mundo que era blanco y negro. ¿Habría podido prepararlo mejor? Mostrarle que el mundo no era blanco y negro; ni siquiera era gris. Estaba tan lleno de colores que a veces no encajaba en ningún espectro de moralidad.

Él alzó la vista, todavía con las manos entrelazadas con fuerza y una expresión preocupada en los ojos.

—Cometí un error al acusar a Valda. Cuando fui a buscarlo, dije que exigía un Juicio de la Luz porque había abusado de ti y te había matado. La mitad de mi acusación era falsa. He hecho algo en lo que me equivoqué, al menos en parte. Con exclusión de ese hecho, me alegro de haberlo matado.

Morgase se quedó sin aliento. Se suponía que Valda era uno de los espadachines vivos más diestros. ¿Y Galad lo había superado en un duelo? ¿Este joven? No, ya no era un joven. Galad había hecho elecciones y ella no estaba en condiciones de juzgarlo por eso. En cierto modo, las de él parecían más dignas de elogio que las suyas propias.

—Hiciste bien —dijo—. Valda era una serpiente. Tengo la seguridad de que estuvo detrás de la muerte de Niall. Galad, le has hecho un favor al mundo.

El asintió con la cabeza.

Merecía morir por lo que te hizo —reiteró él—. Pero de todas formas tendré que hacer público un comunicado oficial. —Se puso de pie y enlazó las manos a la espalda mientras caminaba; la vestidura blanca daba impresión de resplandecer con la luz—. Explicaré que mi acusación de asesinato era falsa, pero que aun así Valda merecía morir por los otros delitos cometidos. Graves delitos. —Se paró un momento—. Ojalá lo hubiera sabido.

—No habrías podido hacer nada, hijo. Mi cautividad fue culpa mía, por confiar en mis enemigos.

Galad desestimó eso último con un gesto de la mano.

—Si lo que has oído es cierto —manifestó—, no había posibilidad de resistirse a Gaebril. En cuanto a tu cautividad, no confiaste en tus enemigos. Fuiste traicionada, como todos nosotros, por Valda. Los Hijos jamás son enemigos de una persona que camina en la Luz.

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