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Torres de medianoche

Электронная книга - «Torres de medianoche». Краткое содержание книги:

La Rueda del Tiempo se acerca a su culminación. Mientras el entramado de la realidad se vuelve inestable, todo indica que el Tarmon Gai'don está cerca y que Rand al’Thor tiene que enfrentarse con el Oscuro. Pero antes deberá negociar una tregua con los seanchan. Perrin, por su parte, ya ha hecho un pacto con ellos y está di spuesto a todo para salvar a su esposa de los Shaido. En Caemlyn, Elayne lucha para conseguir el Trono de León al tiemp que intenta prevenir una guerra civil, y Egwene descubre que incluso la Torre Blanca ha dejado de ser un lugar seguro.
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La proyección era algo más que eso, desde luego: la edad y la experiencia de Saltador, y él todavía un cachorro.

Perrin apretó los dientes, pero no discutió. El lobo tenía más experiencia que él. Se separaron y Perrin expandió la conciencia hacia Chispas, localizó dónde se encontraba —escondido en un pequeño soto— y se trasladó allí directamente.

El lobo de pelaje marrón oscuro tenía una flecha clavada en el muslo y gemía con suavidad mientras se arrastraba y dejaba un rastro de sangre. Perrin se arrodilló con rapidez y le extrajo la flecha. El lobo siguió emitiendo quedos gañidos; olía a miedo. Perrin alzó la flecha. Olía a maldad. Asqueado, la arrojó a un lado y levantó al lobo en brazos.

Algo hizo crujir una ramita, cerca, y Perrin giró sobre sus talones. Desvinculado brincó entre dos árboles, emitiendo un efluvio de ansiedad. Los otros dos lobos conducían a Verdugo en dirección opuesta, alejándolo de allí.

Perrin se volvió y corrió hacia el borde más próximo de la cúpula llevando a Chispas en los brazos. No podía trasladarse directamente al borde de la pared porque no sabía dónde estaba.

Salió disparado entre los árboles, con el corazón latiéndole desbocado. En sus brazos, el lobo pareció recobrar fuerza al dejar atrás la flecha. Perrin corrió más deprisa, a una velocidad que parecía temeraria, moviéndose centenares de pasos con tal rapidez que era como un borrón en movimiento. La pared de la cúpula se aproximó y él se detuvo.

De pronto, Verdugo había aparecido delante de él, plantado en su camino y con una flecha encajada en la cuerda tensada del arco. Llevaba una capa negra que ondeaba a su alrededor; ya no sonreía y en los ojos tenía una expresión tormentosa. Disparó

Cambio. Perrin ni siquiera vio dónde daba la flecha. Apareció en el sitio por el que había entrado a la cúpula antes; allí era donde tendría que haber ido. Se lanzó contra el muro violeta y cayó al otro lado con violencia, de modo que Chispas salió dando tumbos.

El lobo soltó un gañido de dolor, mientras que él se daba un buen batacazo.

¡Joven Toro! Chispas proyectó una imagen de Verdugo, oscuro como un frente tormentoso, plantado justo al borde de la barrera, con el arco listo para disparar.

Perrin ni se molestó en mirar. Cambio. Apareció en las laderas del Monte del Dragón. Una vez allí, se incorporó de un brinco, en tensión, empuñado el martillo que había aparecido en su mano. Grupos de lobos en las cercanías le transmitieron un saludo. Perrin no hizo caso en ese momento.

Verdugo no lo siguió y, tras unos instantes muy tensos, Saltador apareció.

—¿Los otros han escapado? —le preguntó Perrin.

Están libres, transmitió. Susurrante ha muerto.

La imagen proyectada mostraba a la loba —desde el punto de vista de los otros miembros de la manada— al sur abatida unos instantes después de que la cúpula apareciera. Chispas había recibido el flechazo cuando la empujaba en el costado con el hocico, despavorido.

Perrin gruñó. Faltó poco para que saltara dentro para enfrentarse de nuevo a Verdugo, pero la admonición de Saltador lo frenó.

¡Demasiado pronto! ¡Tienes que aprender!

—No es sólo por él —dijo Perrin—. Necesito echar un vistazo a la zona que hay alrededor de mi campamento y del campamento de los Capas Blancas. Algo huele raro allí, en el mundo de vigilia. He de ver si hay algo extraño por esa zona.

¿Extraño? El lobo proyectó la imagen de la cúpula.

—Es probable que haya una relación.

Era muy probable que las dos anomalías fueran algo más que una mera coincidencia.

Busca en otro momento. Verdugo es demasiado fuerte para ti.

Perrin hizo una profunda inhalación antes de contestar:

—A la larga, tendré que enfrentarme a él.

Pero ahora no.

—No —estuvo de acuerdo—. Ahora no. Ahora practicamos. —Se volvió hacia el lobo—. Como haremos todas las noches hasta que esté preparado.

Ithuralde se dio la vuelta en el catre; tenía la nuca mojada de sudor. ¿En Saldaea había hecho siempre un calor tan sofocante? Echaba de menos el hogar, las frescas brisas del océano en Bandar Eban.

Nada encajaba. ¿Por qué los Engendros de la Sombra no habían atacado? ¿Esperaban nuevas máquinas de asalto? ¿Recorrían los bosques para construirlas? ¿O los mandos se conformaban con el asedio? La ciudad estaba rodeada, pero ahora había suficientes trollocs ahí fuera para aplastarla.

Les había dado por tocar tambores. A todas horas. Pum, pum, pum, pum. Constante, como los latidos del corazón de un animal enorme, la mismísima Gran Serpiente enroscada alrededor de la ciudad.

Fuera empezaba a apuntar el alba. No se había ido a dormir hasta bien pasada la medianoche. Durhem —al mando de la guardia en el turno de la mañana— había ordenado que no lo molestaran hasta mediodía. Ituralde tenía la tienda en un hueco sombreado del patio de armas. Había querido instalarse cerca de la muralla y había rechazado una cama. Esa decisión había sido una necedad. Aunque un catre le había bastado tiempo atrás, ya no era tan joven. Se trasladaría al día siguiente.

«Y ahora, duerme», se dijo.

Pero no era tan sencillo. La acusación de que era un Juramentado del Dragón lo había hecho sentirse incómodo. En Arad Doman había luchado por su rey, alguien en quien había creído. Ahora combatía en un país extraño para un hombre con el que había estado sólo una vez. Todo por intuición.

Luz, qué calor hacía. El sudor le corría por las mejillas y le provocaba escozor en el cuello. No tendría que hacer tanto calor por la mañana temprano. No era natural. Y esos puñeteros tambores seguían tocando.

Suspiró y se levantó del catre, empapado de sudor. Le dolía la pierna. Hacía días que tenía molestias.

«Eres un hombre mayor, Rodel», se dijo para sus adentros.

Se quitó la sudada ropa interior y sacó otra muda limpia. Después metió las perneras del pantalón en las botas altas de montar. Una sencilla camisa blanca con botones negros fue lo siguiente, y a continuación la chaqueta gris que se abotonaba hasta el cuello.

Estaba sujetando la espada con la correa cuando oyó pasos precipitados fuera, seguidos de susurros. La conversación se tornó airada y salió de la tienda justo cuando alguien decía:

—¡Lord Ituralde querrá estar enterado!

—¿Enterado de qué? —preguntó.

Un joven mensajero discutía con sus guardias. Los tres giraron hacia él con aire apocado.

—Lo siento, milord —se disculpó Connel—. Nos dieron instrucciones de que os dejaran dormir.

—No hay un hombre que duerma con este calor a menos que sea medio lagarto, Connel —le dijo al guardia—. Muchacho, ¿qué es eso que querría saber?

El capitán Yoeli se encuentra en la muralla, señor —informó el joven mensajero.

Ituralde conocía al muchacho; había estado con él casi desde el principio de esta campaña.

Dijo que deberíais ir allí —concluyó.

Ituralde asintió con la cabeza y puso una mano en el brazo de Connel.

Gracias por vigilar mi descanso, viejo amigo, pero estos huesos no son tan frágiles como crees.

Connel asintió en silencio, sonrojado. Después retrocedió y ocupó su puesto, mientras Ituralde cruzaba el patio. El sol había salido. Vio a muchos hombres de sus tropas en pie. Demasiados. Por lo visto no era el único al que le costaba conciliar el sueño.

En lo alto de la muralla lo recibió un panorama desalentador. En la tierra moribunda, millares y millares de trollocs acampados y hogueras encendidas. A Ituralde no le gustaba pensar de dónde procedía el combustible que alimentaba esas lumbres. Con suerte, todos los granjeros y aldeanos de los alrededores habían hecho caso al aviso de evacuación.

Aferrando con fuerza el muro de piedra, Yoeli se hallaba en las almenas junto a un hombre de negro. Deepe Bhadar era como el oficial de más rango entre los Asha’man que al’Thor le había dado, uno de los únicos tres que llevaban tanto el alfiler del dragón como el de la espada en los picos del cuello de la chaqueta. De rostro inmutable, el andoreño llevaba largo el negro cabello. Ituralde había oído a veces rezongar entre dientes a los hombres de chaqueta negra, pero no a Deepe. Parecía tener absoluto control sobre sí mismo.

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