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Torres de medianoche

Электронная книга - «Torres de medianoche». Краткое содержание книги:

La Rueda del Tiempo se acerca a su culminación. Mientras el entramado de la realidad se vuelve inestable, todo indica que el Tarmon Gai'don está cerca y que Rand al’Thor tiene que enfrentarse con el Oscuro. Pero antes deberá negociar una tregua con los seanchan. Perrin, por su parte, ya ha hecho un pacto con ellos y está di spuesto a todo para salvar a su esposa de los Shaido. En Caemlyn, Elayne lucha para conseguir el Trono de León al tiemp que intenta prevenir una guerra civil, y Egwene descubre que incluso la Torre Blanca ha dejado de ser un lugar seguro.
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No dejaba de insistir en lo mismo.

—No —contestó—. Sabéis que ya ha tomado una decisión respecto a este juicio, Berelain.

La Principal frunció los labios, pero no insistió más. Las tres reanudaron el paseo, acompañadas por diez Doncellas. En otro tiempo Faile habría protestado por semejante despliegue, pero eso había sido antes de que la sorprendieran y la raptaran de manera tan inesperada y con tanta facilidad.

A lo lejos vio un pequeño grupo de refugiados que abandonaba el campamento en dirección sureste, a campo traviesa. Antes de que el tejido de los accesos dejara de funcionar, habían trasladado ya unas diez mil personas a zonas rurales de Cairhien, todas ellas con instrucciones de no hacerse notar y guardar silencio. Perrin no quería que se conociera todavía su ubicación. Las mujeres no hablarían, claro, pero los hombres empezarían a darle a la lengua, como hacían siempre.

Pocos sabían que los accesos no funcionaban; Perrin le había dicho a la gente que necesitaban que los Asha’man estuvieran fuertes por si acaso al final había que luchar contra los Capas Blancas. En el fondo, esa justificación tenía mucho de verdad. Así y todo, algunos refugiados habían pedido permiso para marcharse a pie. A esos, Faile les había dado algo de oro o alguna joya de lo acopiado por Sevanna, tras lo cual se había despedido de ellos deseándoles lo mejor. Se sorprendió al ver que había tantos que querían regresar a unos hogares situados en tierras controladas por los seanchan.

A pesar de las personas que se habían marchado, el ejército de su esposo crecía de día en día. Faile y las otras dos mujeres pasaron junto a un grupo numeroso que practicaba con espadas. Los refugiados que habían decidido entrenarse ascendían a unos veinticinco mil. Realizaban las prácticas hasta bien avanzado el día, y Faile aún oía a Tam impartir órdenes a voz en cuello.

—En fin —continuó Berelain con sus divagaciones—. ¿Qué piensa hacer Perrin? ¿Por qué ha organizado este juicio? Eso es que quiere algo de los Capas Blancas.

Berelain rodeó un nudoso dactiloraíz. La Principal, como muchas otras personas, veía muchas más intenciones en las acciones de Perrin de las que había en realidad. A él le haría gracia si supiera las intrigas que le atribuían.

«Y ésta es la mujer que se jacta de entender a los hombres», pensó Faile. Perrin no era estúpido en absoluto y tampoco era el hombre sencillo que él afirmaba ser. Planeaba, reflexionaba y era concienzudo. Pero también era directo. Rotundo. Cuando decía algo, era en serio.

Estoy de acuerdo con Berelain —intervino Alliandre—. Tendríamos que marcharnos y se acabó. O atacar a esos Capas Blancas.

Faile movió la cabeza en un gesto de negación.

A Perrin le molesta que la gente crea que ha hecho algo que no debía. Mientras los Capas Blancas sigan insistiendo en que es un asesino, su nombre no quedará limpio.

Estaba siendo testarudo y estúpido, pero en esa actitud había nobleza. Siempre y cuando no lo mataran por ello. Aun así, lo amaba por tener ese sentido del honor. Hacerlo cambiar no sería prudente, por lo cual ella debía estar atenta para que otros no se aprovecharan de su forma de ser.

Como pasaba siempre cuando hablaban de los Capas Blancas, en los ojos de Berelain apareció una expresión extraña, y la Principal miró de soslayo —tal vez sin ser consciente de ello— hacia donde se hallaba acampado ese ejército. Luz. No iría a preguntar otra vez si podía ir a hablar con ellos, ¿verdad? Ya se había inventado una docena de razones diferentes por las que debería hacerlo.

Faile se fijó en un grupo numeroso de soldados que intentaban pasar inadvertidos mientras rondaban por el interior del campamento, avanzando al mismo paso que ellas y sus guardianas. Perrin quería que estuviera bien protegida.

—En cuanto a ese joven capitán general —comentó Alliandre como distraída—, tiene un aspecto impresionante con el uniforme blanco, ¿no os parece? Si se pasa por alto ese sol radiante de la capa, claro. Qué hombre tan guapo.

—¿Sí? —preguntó Berelain. Cosa sorprendente, un ligero rubor asomó a las mejillas de la Principal.

—Siempre oí comentar que el hijastro de Morgase era un hombre muy apuesto —añadió Alliandre—. Pero no me imaginaba que fuera tan… perfecto.

—Como una estatua de mármol —susurró Berelain—. Una reliquia de la Era de Leyenda. Algo perfecto dejado atrás. Para que lo adorásemos.

—No está mal —opinó Faile, que soltó un ligero resoplido desdeñoso— . Lo que soy yo, prefiero una cara barbuda.

No era mentira; le encantaba un rostro barbudo y Perrin era atractivo. Con esa vigorosa corpulencia tenía un «no sé qué» que resultaba en verdad atrayente. Pero Galad Damodred era… En fin, no le parecía justo compararlo con Perrin. Sería igual que comparar una vidriera de colores con una cómoda elaborada por un maestro carpintero. Ambos objetos eran excelentes ejemplos de un oficio y por ende no resultaba fácil inclinar la balanza a favor de uno o de otro. Aunque era cierto que el vitral resplandecía. Berelain parecía perdida en sus pensamientos. Desde luego, saltaba a la vista que estaba fascinada con Damodred. Qué poco tiempo había hecho falta para que ocurriera. Le había dicho a Berelain que encontrar a otro hombre en el que volcar sus atenciones sería una gran ayuda para acabar con los rumores, pero ¿el comandante Capa Blanca? ¿Es que esa mujer había perdido completamente el juicio?

—Bien, pues, ¿qué hacemos? —preguntó Alliandre cuando rodeaban el extremo meridional del campamento, a medio camino del punto en el que habían empezado a pasear.

—¿Respecto a los Capas Blancas? —preguntó a su vez Faile.

—Respecto a Maighdin —repuso Alliandre—. Mejor dicho, Morgase.

—No dejo de tener la sensación de que se aprovechó de mi benevolencia —comentó Faile—. Después de todo lo que pasamos juntas, ¿cómo no me dijo quién era?

—Parecéis decidida a darle poca credibilidad —comentó Berelain.

Faile no contestó. Había estado cavilando sobre lo que había dicho Perrin, y era muy probable que su esposo tuviera razón. No debería estar enfadada con Morgase. Si en verdad había estado huyendo de uno de los Renegados, era un milagro que siguiera viva. Además, ella también había mentido respecto a quién era cuando conoció a Perrin.

En realidad, su ira se debía a que Morgase iba a juzgar a Perrin. Más bien, porque se atrevía a juzgarlo. Maighdin, la doncella de la señora, podría sentirse agradecida, pero Morgase la reina vería a Perrin como un rival. ¿De verdad Morgase actuaría con imparcialidad en este juicio o aprovecharía la oportunidad para desacreditar a un hombre que se había encumbrado a sí mismo a la posición de señor?

—Me siento como vos, mi señora —comentó Alliandre en voz queda.

—¿Cómo?

—Engañada —contestó Alliandre—. Maighdin era nuestra amiga. Creía conocerla.

—Cualquiera de vosotras dos habría actuado exactamente igual de encontraros en su situación —dijo Berelain—. ¿Por qué facilitar información si no es necesario hacerlo?

—Porque éramos amigas —repuso Alliandre—. Después de todo por lo que pasamos juntas, ahora resulta que es Morgase Trakand. No sólo una reina cualquiera, no. «La reina». Esa mujer es una leyenda. Y estaba allí, con nosotras, sirviéndonos el té. No muy bien, dicho sea de paso.

—Debes admitir que iba mejorando en cuanto a eso —comentó Faile con aire pensativo.

Faile se llevó la mano a la garganta para tocar el cordón del que colgaba la piedra de Rolan. No lo llevaba todos los días, pero sí con bastante frecuencia. ¿Morgase había sido hipócrita todo ese tiempo que habían pasado prisioneras de los Shaido? ¿O, en cierto modo, había sido más sincera? Sin títulos ya con los que cumplir o vivir de acuerdo con ellos, no estaba en la obligación de ser la legendaria Morgase Trakand. En semejantes circunstancias, ¿no era más normal que saliera a la luz el verdadero carácter de una persona?

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