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Torres de medianoche

Электронная книга - «Torres de medianoche». Краткое содержание книги:

La Rueda del Tiempo se acerca a su culminación. Mientras el entramado de la realidad se vuelve inestable, todo indica que el Tarmon Gai'don está cerca y que Rand al’Thor tiene que enfrentarse con el Oscuro. Pero antes deberá negociar una tregua con los seanchan. Perrin, por su parte, ya ha hecho un pacto con ellos y está di spuesto a todo para salvar a su esposa de los Shaido. En Caemlyn, Elayne lucha para conseguir el Trono de León al tiemp que intenta prevenir una guerra civil, y Egwene descubre que incluso la Torre Blanca ha dejado de ser un lugar seguro.
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Bajó la vista hacia su esposo, que ya roncaba con suavidad.

Perrin se encontró sentado con la espalda apoyada en algo duro y liso. El cielo del Sueño del Lobo, tan oscuro que casi resultaba siniestro, bullía sobre un bosque que era mezcla de abetos, robles y cedros.

Se puso de pie y se volvió para ver contra qué había estado recostado. Una enorme torre de acero se alzaba hacia el cielo turbulento. La construcción, demasiado recta y con muros que parecían ser una sola pieza de metal sin junturas, emanaba una sensación que era antinatural por completo.

Te dije que este sitio era malo, cachorro estúpido, transmitió Saltador, que apareció de repente sentado a su lado.

—Yo no he venido aquí por propia elección. Me desperté en este sitio —protestó Perrin.

Tienes la mente centrada en él. O lo está la mente de alguien con quien te sientes conectado, manifestó el lobo.

—Mat —dijo, sin comprender por qué lo sabía.

El remolino de colores no apareció; nunca lo veía en el Sueño del Lobo.

¿Otro cachorro tan tonto como tú?

—Puede que más.

Saltador olía a incredulidad, como si estuviera poco dispuesto a creer que tal cosa fuera posible.

Ven, proyectó el lobo gris. Ha aparecido otra vez.

—¿Qué ha…?

Saltador desapareció, y Perrin lo siguió, ceñudo. Ahora le resultó fácil captar el olor del lugar adonde el lobo había ido. Aparecieron en la calzada de Jehannah, y el extraño cristal violeta se hallaba de nuevo allí, partiendo en dos la vía y extendiéndose hacia lo alto y hacia ambos lados. Perrin se acercó a un árbol cuyas ramas desnudas parecían encontrarse atrapadas en el cristal, inmóviles. Saltador fue de un lado para otro, a corta distancia.

Ya hemos visto esta cosa antes. Hace mucho, mucho tiempo. Hace muchas vidas.

—¿Qué es?

Cosa de humanos.

La proyección del lobo incluía imágenes confusas: plataformas circulares voladoras que resplandecían, estructuras de acero de altura inconcebible. ¿Cosas de la Era de Leyenda? Para Saltador la utilidad de esas cosas era tan incomprensible como la de un carro tirado por un caballo o la de una vela.

Perrin bajó la vista hacia la calzada. No identificaba esa zona de Ghealdan; debía de hallarse más lejos, en dirección a Lugard. El muro había aparecido en un sitio diferente del de la vez anterior.

A Perrin se le ocurrió una idea y se alejó por la calzada con unos cuantos saltos bruscos y rápidos. A cien pasos de distancia miró hacia atrás y vio confirmadas sus sospechas. Ese cristal no era un muro, sino una gigantesca cúpula traslúcida, con un matiz violáceo, que parecía extenderse millas y millas.

Tan veloz que semejaba un manchón, Saltador llegó junto a él.

Tenemos que irnos.

—Él está aquí, ¿verdad? —preguntó.

Expandió la conciencia y percibió a Danzarina del Roble, Chispas y Desvinculado en las cercanías. Un poco más allá, dentro de la cúpula. Respondieron con rápidas proyecciones de caza y ser cazados.

—¿Por qué no huyen? —preguntó al lobo.

Saltador le transmitió sensación de confusión.

—Voy a reunirme con ellos —decidió al tiempo que se centraba en el deseo de avanzar.

No ocurrió nada.

Perrin sintió un pánico repentino que le estrujó las entrañas. ¿Qué ocurría allí? Lo intentó de nuevo, esta vez tratando de volver a la base de la cúpula.

Funcionó. Llegó en un visto y no visto al pie de la superficie con aspecto de cristal que se alzaba ante él como un farallón.

«Es por la cúpula —se dijo para sus adentros—. Me cierra el paso». De repente comprendió la sensación de estar atrapados que los lobos le habían transmitido. No podían salir.

Entonces, ¿qué propósito tenía esa cúpula? ¿Atrapar lobos para que Verdugo los matara? Perrin gruñó mientras se acercaba a la superficie violeta. No podía traspasarla imaginándose a sí mismo allí, pero tal vez era capaz de atravesarla por otros medios más corrientes. Alzó una mano, pero vaciló. Ignoraba lo que haría esa superficie al entrar en contacto con ella.

Los lobos proyectaron imágenes de un hombre vestido de negro y cuero, con un rostro adusto, anguloso, y una sonrisa bailándole en los labios mientras disparaba flechas. Olía raro, tan raro… También olía a lobos muertos.

Perrin no podía dejarlos allí, del mismo modo que no habría dejado a maese Gill y a los otros en manos de los Capas Blancas. Furioso con Verdugo, rozó la superficie de la cúpula.

De repente notó que perdía fuerza en los músculos, como si se volvieran agua; las piernas no lo sostenían. Cayó al suelo dándose un buen batacazo. Uno de los pies seguía tocando la cúpula, pasaba a través de ella. Daba la impresión de que aquella bóveda no fuera sólida.

Los pulmones no le funcionaban; hinchar el pecho era muy difícil. Lo asaltó el pánico y se imaginó a sí mismo en cualquier otro sitio, pero no funcionó. ¡Estaba tan atrapado como los lobos!

Un borrón gris apareció junto a él y unos dientes lo asieron por el hombro. En el instante en que Saltador lo liberó del roce de la cúpula violeta, Perrin sintió que la fuerza volvía a él. Boqueó para inhalar aire.

Cachorro estúpido, transmitió el lobo.

¿Vas a abandonarlos? —preguntó con voz ronca.

Estúpido, pero no por escarbar en el agujero, sino por no esperarme por si salían avispones.

Saltador se giró hacia la cúpula.

Ayúdame si caigo, instruyó.

Se acercó a la superficie violácea y la rozó con la nariz. Dio un traspié, pero se enderezó y siguió despacio. Se desplomó al otro lado, pero el torso no dejó de moverse.

—¿Cómo lo hiciste? —preguntó Perrin, incorporándose.

Yo soy yo mismo.

Le llegó una imagen de Saltador tal como se veía a sí mismo… Idéntico al que era. También, efluvios de fortaleza y estabilidad.

Por lo visto, el truco era tener un control absoluto de quién era uno mismo. Como muchas cosas en el Sueño del Lobo, la fuerza de la imagen mental que se tenía de sí mismo era más poderosa que la sustancia del propio mundo.

¡Venga!, proyectó el lobo. Sé fuerte, atraviésalo.

—Tengo una idea mejor —dijo Perrin.

Se puso de pie y cargó hacia adelante a todo correr. Golpeó la cúpula violeta y al instante se quedó desmadejado, pero el impulso lo condujo al otro lado, donde rodó por el suelo hasta pararse. Soltó un gemido al hacerse daño en el hombro y arañarse el brazo.

Cachorro estúpido. Tienes que aprender, transmitió Saltador.

—Ahora no es el momento. —Perrin se incorporó—. Tenemos que ayudar a los demás.

Flechas en el viento, gruesas, negras, mortíferas. La risa del cazador. El olor de un hombre echado a perder, rancio. El asesino se encontraba allí. Saltador y Perrin corrieron por la calzada, y Perrin descubrió que era capaz de incrementar la velocidad dentro de la cúpula. Con indecisión, intentó saltar hacia adelante con un pensamiento, y funcionó. Pero cuando trató de situarse fuera, no ocurrió nada. Pues la cúpula era una barrera. Dentro de ella se podía mover con libertad, pero no podía desplazarse fuera imaginándose a sí mismo en otra parte. Tenía que atravesar físicamente la pared de la cúpula si quería salir de ella.

Danzarina del Roble, Desvinculado y Chispas se encontraban más adelante. Y Verdugo también. Perrin gruñó… Un aluvión de proyecciones frenéticas lo inundó. Bosques oscuros. Verdugo. Qué alto les parecía a los lobos, un monstruo oscuro de rostro anguloso, como cincelado en una roca.

Sangre en la hierba. Dolor, rabia, terror, confusión. Chispas estaba herido. Los otros dos saltaban atrás y adelante, zahiriendo y distrayendo a Verdugo mientras Chispas se arrastraba hacia el borde de la cúpula.

Cuidado, Joven Toro. Este hombre caza bien. Se mueve casi como un lobo, aunque tiene algo de abominación, proyectó Saltador.

—Yo lo distraeré. Ve a ayudar a Chispas.

Tú tienes brazos. Tú lo llevas.

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