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Torres de medianoche

Электронная книга - «Torres de medianoche». Краткое содержание книги:

La Rueda del Tiempo se acerca a su culminación. Mientras el entramado de la realidad se vuelve inestable, todo indica que el Tarmon Gai'don está cerca y que Rand al’Thor tiene que enfrentarse con el Oscuro. Pero antes deberá negociar una tregua con los seanchan. Perrin, por su parte, ya ha hecho un pacto con ellos y está di spuesto a todo para salvar a su esposa de los Shaido. En Caemlyn, Elayne lucha para conseguir el Trono de León al tiemp que intenta prevenir una guerra civil, y Egwene descubre que incluso la Torre Blanca ha dejado de ser un lugar seguro.
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—No me cabe en la cabeza que hayan sido capaces de intentar algo así —comentó en voz baja Silviana mientras caminaban.

—No es lo que piensas —supuso Egwene—. No intentan deponerme. Todavía está muy presente en su memoria la división.

—En ese caso, ¿por qué se reúnen sin vos?

Hay formas de actuar contra la Amyrlin sin necesidad de deponerla.

Llevaba cierto tiempo esperando que ocurriera, pero eso no quitaba que se sintiera frustrada. Las Aes Sedai siempre serían Aes Sedai y eso no tenía remedio, por desgracia. Sólo era cuestión de tiempo que alguna decidiera hacer un intento para arrebatarle poder.

Llegaron a la Antecámara, y Egwene empujó las puertas para abrirlas y entró. Su aparición fue recibida con frías miradas Aes Sedai. No todos los bancos estaban ocupados, pero sí había dos tercios. Le sorprendió ver a tres Asentadas Rojas. ¿Qué pasaba con Pevara y Javindhra? Por lo visto, su larga ausencia en los últimos tiempos había impulsado a las Rojas a tomar medidas. Las ausentes habían sido reemplazadas por Raechin y Viria Connoral. Las gemelas eran las únicas hermanas carnales en la Torre, ahora que Vandene y Adeleas habían muerto. Una elección extraña, aunque no inesperada.

Tanto Romanda como Lelaine asistían a la asamblea y sostuvieron la mirada de Egwene sin alterarse. Qué raro verlas allí con tantas hermanas con quienes habían estado enfrentadas. Tener un enemigo común —ella— salvaba obstáculos y desavenencias. Tal vez tendría que haberle complacido constatar ese cambio.

Lelaine era la única Azul; asimismo, sólo había una Marrón: Takima, que parecía sentirse mal. La Marrón de tez marfileña hurtaba la mirada a Egwene. Había dos Blancas, dos Amarillas —incluida Romanda—, dos Grises y tres Verdes. Al ver esto, Egwene apretó los dientes. El Verde era el Ajah que habría elegido, ¡pero era el que le causaba más sinsabores!

Egwene no les llamó la atención por reunirse sin estar ella; se limitó a pasar entre las presentes una vez que Silviana la anunció. Al llegar a la Sede Amyrlin, se volvió y se sentó en el solio, de espaldas al gran rosetón de la pared. Y permaneció en silencio.

—¿Y bien? —acabó por preguntar Romanda.

Con el canoso cabello recogido en un moño parecía una loba madre que estuviera encaramada en el saledizo de la pared de su cubil.

—¿No vais a decir nada, madre? —insistió la Amarilla.

Como no me habéis informado de esta reunión, he de suponer que no queréis que hable, así que sólo he venido a escuchar —respondió Egwene.

Al parecer, sus palabras tuvieron como resultado hacer que se sintieran más incómodas. Silviana se acercó a Egwene para situarse junto a ella al tiempo que esgrimía una inequívoca expresión de desagrado.

Bien, pues —dijo Rubinde—, creo que la siguiente en el orden de intervención es Saroiya.

La corpulenta Blanca era una de las Asentadas que habían abandonado la Torre cuando Elaida había sido elegida, pero también había causado muchos quebraderos de cabeza en Salidar. A Egwene no le sorprendía verla allí. La mujer se puso de pie sin mirar a Egwene de forma intencionada.

—Expondré mi testimonio. Durante los días de… incertidumbre en la Torre —con aquel término se refería a la división; a pocas hermanas les agradaba llamar por su nombre a ese suceso—, la Amyrlin hizo justo lo que Romanda ha indicado. Nos pilló por sorpresa cuando pidió una declaración de guerra.

En la ley se contemplan disposiciones que otorgan a la Amyrlin un poder casi total cuando se declara la guerra de forma oficial. Al empujarnos a la guerra con Elaida, le dimos a la Amyrlin los medios para someter a la Antecámara a su arbitrio. —Miró en derredor a la asamblea, pero sin volverse hacia Egwene—. Mi opinión es que va a haber un nuevo intento de conseguir algo similar. Y eso ha de impedirse. La finalidad de la Antecámara es actuar como un contrapeso del poder de la Amyrlin.

La Blanca se sentó.

A decir verdad, oír las palabras de la Blanca fue un alivio para Egwene. Una nunca sabía a ciencia cierta qué intrigas se conocían en la Torre Blanca. Esa asamblea significaba que sus planes marchaban como había esperado y que sus enemigas —o, mejor, sus aliadas reacias— no se habían percatado de lo que estaba haciendo en realidad. Se hallaban atareadas en reaccionar a cosas que había realizado hacía meses.

Lo cual no quería decir que no fueran peligrosas. Pero cuando una persona se adelantaba a los problemas y los veía venir, se encontraba en condiciones de manejar la situación.

—¿Y qué podemos hacer? —preguntó Magia, que miró de soslayo a Egwene—. Para ser prudentes, me refiero. Para asegurarnos de que la Antecámara de la Torre no tiene ningún tipo de limitación.

—No podemos declarar la guerra —intervino Lelaine con firmeza.

—¿Significa eso que hay que evitarlo? —inquirió Varilin—. ¿Se declara la guerra entre dos bandos de la Torre Blanca, pero no contra la Sombra?

—La guerra contra la Sombra ya se ha declarado —apuntó Takima, vacilante—. ¿Es necesaria una declaración oficial? ¿Nuestra existencia no es suficiente? Es más, ¿los Juramentos no dejan clara nuestra postura?

—Pero hemos de hacer una declaración —manifestó Romanda. Era la mayor entre las presentes, por lo que debía ser la encargada de dirigir la asamblea—. Algo que dé a conocer la posición de la Antecámara en cuanto a disuadir a la Amyrlin de hacer una imprudente llamada a la guerra.

Romanda no se mostraba azorada en absoluto por lo que estaba haciendo y la miró sin rebozo. No, ni Lelaine ni ella perdonarían con facilidad que hubiera elegido a una Roja como su Guardiana.

—Pero ¿cómo se da a conocer un mensaje así? —preguntó Andaya. Quiero decir que cómo se hace. ¿Con un pronunciamiento de la Antecámara de que no habrá una declaración de guerra? ¿No sonaría ridículo?

Las mujeres se quedaron calladas. Egwene se sorprendió asintiendo con la cabeza, aunque no de forma específica a lo que se estaba diciendo. A ella la habían ascendido en circunstancias poco convencionales. Si se lo permitía, la Antecámara intentaría implantar la equiparación de su poder con el de la Sede Amyrlin. Las decisiones en la reunión de este día podrían significar un paso hacia tal fin. La fuerza de la Sede Amyrlin no había sido constante a lo largo de los siglos; una podía tener una libertad casi total para gobernar, mientras que otra se hallaba bajo el control de las Asentadas.

—Creo que la Antecámara actúa con sabiduría —dijo, eligiendo con mucho cuidado las palabras.

Las Asentadas se volvieron hacia ella. Algunas parecían aliviadas. Otras que la conocían mejor, sin embargo, la observaron con desconfianza. Eso le parecía bien. Mejor que la consideraran una amenaza que una chiquilla a la que podían intimidar. Esperaba que al final la respetaran como a su cabecilla; pero, habida cuenta del tiempo de que disponía, había un límite en lo que estaba en su mano hacer.

—La guerra entre dos bandos de la Torre era una clase de batalla diferente —prosiguió Egwene—. Era profunda e individualmente mi batalla, como Amyrlin, porque esa división se originó a causa de la Sede Amyrlin.

Pero la guerra contra la Sombra es más importante que cualquier persona —prosiguió—. Prevalece sobre vosotras, sobre mí y sobre la Torre Blanca. Es la guerra de toda vida y creación, desde el mendigo más desamparado hasta la reina más encumbrada.

Las Asentadas consideraron sus palabras en silencio. La primera en romperlo fue Romanda.

—¿Y en consecuencia no os opondríais a que la Antecámara se encargara del seguimiento de la guerra, dirigiendo los ejércitos del general Bryne y la Guardia de la Torre?

—Eso depende de cómo estuviera redactada la disposición —repuso Egwene.

Fuera, se oyó movimiento en el pasillo y Saerin entró en la Antecámara con premura, acompañada por Janya Frende. Lanzaron miradas fulminantes a Takima, que se encogió como un pájaro amenazado. Saerin y otras partidarias de Egwene habrían sido informadas de esta reunión justo después de que la propia Egwene recibiera la noticia. Romanda se aclaró la voz con un carraspeo antes de añadir:

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