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Torres de medianoche

Электронная книга - «Torres de medianoche». Краткое содержание книги:

La Rueda del Tiempo se acerca a su culminación. Mientras el entramado de la realidad se vuelve inestable, todo indica que el Tarmon Gai'don está cerca y que Rand al’Thor tiene que enfrentarse con el Oscuro. Pero antes deberá negociar una tregua con los seanchan. Perrin, por su parte, ya ha hecho un pacto con ellos y está di spuesto a todo para salvar a su esposa de los Shaido. En Caemlyn, Elayne lucha para conseguir el Trono de León al tiemp que intenta prevenir una guerra civil, y Egwene descubre que incluso la Torre Blanca ha dejado de ser un lugar seguro.
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Tal vez deberíamos comprobar si hay algo en la Normativa de Guerra que pueda sernos de ayuda.

—Estoy convencida de que ya lo has estudiado a fondo Romanda, dijo Egwene—. ¿Cuál es tu propuesta?

—Existe una disposición para que la Antecámara tome el control del seguimiento de un conflicto bélico —anunció Romanda.

—Eso requiere la aprobación de la Amyrlin —apuntó Egwene, un poco abstraída.

Si ésa era la baza de Romanda, entonces ¿cómo se proponía conseguir su beneplácito tras haberse reunido sin estar ella presente? Tal vez el plan de la Amarilla era otro.

—Sí, requeriría la aprobación de la Amyrlin —intervino Raechin. La Roja era una mujer alta, de cabello oscuro, a quien le gustaba peinarse con trencillas enroscadas en lo alto de la cabeza—. Pero dijisteis que os parecía sensato que tomáramos esta medida.

—Bueno, estar de acuerdo con la Antecámara es muy distinto de permitir una disposición que me aparte del funcionamiento cotidiano del ejército. ¿Qué mejor tarea para la Sede Amyrlin que ocuparse de la guerra?

—Por informes recibidos, os habéis estado dedicando a debatir con reyes y reinas —apuntó Lelaine—. Ésa es una excelente tarea para la Amyrlin.

—Entonces, ¿apoyarías esa disposición? —inquirió Egwene—. ¿Que la Antecámara se encargue del ejército mientras que a mí se me da autoridad para tratar con los monarcas del mundo?

—Yo… Sí, la apoyaría —aceptó Lelaine.

—Entonces, supongo que daría mi aprobación —dijo Egwene.

—¿Lo sometemos a votación? —se apresuró a proponer Romanda, como si estuviera a la que salta para aprovechar la oportunidad.

—Muy bien, ¿quién apoya la propuesta? —planteó Egwene.

Rubinde se puso de pie y la siguieron de inmediato Faiselle y Farnah, las otras Verdes. Raechin y su hermana se levantaron con rapidez, aunque Barasine observaba a Egwene con los ojos entrecerrados. Magia fue la siguiente en incorporarse, y Romanda se levantó con reticencia. Ferane se puso de pie despacio. Lelaine fue la siguiente, y Romanda y ella se fulminaron con la mirada.

Eso hacía un total de nueve. A Egwene el corazón le latía desbocado cuando miró a Takima. La mujer parecía muy alterada, como si intentara analizar el plan de Egwene. Otro tanto ocurría con Saroiya. La calculadora Blanca la examinaba mientras se daba tironcitos de la oreja. De repente, se le desorbitaron los ojos y abrió la boca para hablar.

En ese momento, Doesine y Yukiri llegaron y se internaron en la sala. Saerin se puso de pie de inmediato. La delgada Doesine miró a las mujeres que había a su alrededor.

—¿Qué propuesta estamos votando?

—Una importante —repuso Saerin.

—Ah, bien, entonces supongo que la apoyo.

Y yo también —dijo Yukiri.

—Hay consenso simple, al parecer —anunció Saerin—. La Antecámara tiene autoridad sobre el ejército de la Torre Blanca, mientras que a la Amyrlin se le da autoridad para tratar con los monarcas del mundo y es la única responsable de dichos tratos.

¡No! —gritó Saroiya, que se levantó de un brinco—. ¿Es que no os dais cuenta? ¡Él es rey! Tiene la Corona de Laurel. ¡Acabáis de entregar a la Amyrlin la responsabilidad de tratar en exclusiva con el Dragón Renacido!

Se hizo el silencio en la Antecámara.

—Bueno, seguro que ella… —empezó Romanda, que no terminó la frase cuando se volvió y se fijó en el sereno semblante de Egwene.

—Imagino que alguien debería pedir el consenso plenario —indicó Saerin con aspereza—. Pero ya os las habéis arreglado para ahorcaros de forma muy eficaz con la cuerda del simple.

Egwene se puso de pie.

—Dije en serio que las elecciones de la Antecámara eran sensatas, y nadie se ha ahorcado aquí. Es una decisión juiciosa por parte de la Antecámara ponerme a cargo de tratar con el Dragón Renacido. Necesitará una mano firme y conocida a la par. También habéis obrado con sensatez al ver que los detalles de dirigir el ejército me ocupaban demasiado tiempo. Tendréis que elegir a alguien entre vosotras para que se ocupe de atender y aprobar todas las peticiones de suministros y todos los planes de reclutamiento del general Bryne. Os aseguro que hay multitud de ellos.

Me complace que hayáis visto la necesidad de ayudar a la Amyrlin, si bien estoy muy disgustada por el hermetismo en la organización de esta asamblea. No intentes negar que la habéis organizado en secreto, Romanda. Te veo dispuesta a hacer objeciones. Si quieres hablar, ten presente que recurriré a los Tres Juramentos para exigirte una respuesta directa.

La Amarilla se tragó lo que iba a decir.

—¿Cómo es posible que no hayáis aprendido la necedad de actos como este? —continuó Egwene—. ¿Tan poca memoria tenéis?

Miró a las mujeres de una en una y tuvo la satisfacción de comprobar que a muchas de ellas se les agriaba el gesto.

Ha llegado el momento de que se hagan algunos cambios. Propongo que no se celebren más reuniones de este tipo. Propongo que se incluya en las leyes escritas de la Torre que, si una Asentada abandona la Torre blanca, su Ajah debe designar una sustituta para que vote por ella en su ausencia. Propongo que se incluya en las leyes escritas de la Torre que no se puede convocar asambleas de la Antecámara a menos que todas las asentadas o sus sustitutas estén presentes o hayan avisado directamente que no pueden asistir a ella. Propongo que se deba informar a la Amyrlin de todas las asambleas de la Antecámara y darle un plazo de tiempo razonable para asistir si lo desea, salvo cuando no se la pueda localizar o se encuentre indispuesta por alguna razón.

—Unos cambios atrevidos, madre —manifestó Saerin—. Proponéis que se alteren tradiciones que llevan siglos establecidas.

—Tradiciones que, hasta el momento, sólo se han utilizado para maquinaciones, para calumniar y desprestigiar a alguien que no está presente y para fomentar la división —replicó Egwene—. Es hora de que se cierre esa laguna, Saerin. La última vez que se utilizó con éxito, el Ajah Negro nos manipuló para derribar a una Amyrlin, ascender a una necia en su lugar y dividir la Torre. ¿Sois conscientes de que Kandor, Saldaea y Arafel están siendo atacadas por incalculables hordas de Engendros de la Sombra?

Varias de las hermanas dejaron escapar una exclamación ahogada. Otras asintieron con la cabeza, incluida Lelaine. Así que la red de información del Azul seguía funcionando bien. Estupendo.

—Tenemos encima la Última Batalla —prosiguió Egwene—. No retiraré mi propuesta. O la apoyáis ahora o seréis recordadas por siempre jamás como aquellas que rehusaron. En el ocaso de una era, ¿no sois capaces de apoyar la apertura y la Luz? Por lo que más queráis, ¿no vais a colaborar para impedir que se celebre una asamblea de la Antecámara sin que estéis presentes? ¿A cerrar toda posibilidad de que alguien os deje fuera a cualquiera de vosotras?

Las mujeres guardaron silencio. Una tras otra, las que estaban de pie se sentaron de nuevo a fin de estar preparadas para una nueva votación.

—¿Quién apoya mi propuesta? —preguntó Egwene.

Se pusieron de pie. Gracias a la Luz, se pusieron de pie, de una en una, despacio, de mala gana. Pero lo hicieron. Todas ellas.

Egwene soltó un profundo suspiro. Discutirían y maquinarían, pero sabían reconocer lo que era correcto cuando lo tenían delante. Compartían los mismos objetivos. Si disentían, era porque tenían distintos puntos de vista sobre cómo lograr la consecución de dichos fines. A veces era muy difícil recordarlo.

Con aspecto de estar conmocionadas por lo que habían hecho, las Asentadas convinieron en levantar la asamblea. Fuera, las hermanas habían empezado a congregarse, sorprendidas al saber que había asamblea de la Antecámara. Egwene saludó con un gesto de cabeza a Saerin y a sus otras partidarias y abandonó la cámara, acompañada por Silviana.

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