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Tiempos de gloria [Glory Season - es]

Электронная книга - «Tiempos de gloria [Glory Season - es]». Краткое содержание книги:

La joven Maia, una descastada nacida en verano, debe abandonar el clan de sus privilegiadas medio hermanas clones nacidas en invierno. Su difícil y peligroso viaje iniciático arranca en los muelles de Puerto Sanger y prosigue a bordo de uno de los barcos tripulados por los escasos hombres (menos de un veinte por ciento) que forman la población de Stratos, un mundo creado por y para las mujeres. Sólo el difícil y lejano éxito le permitirá ser la fundadora de un nuevo clan. Las manipulaciones genéticas de la Madre Fundadora Lysos han creado en Stratos un mundo nuevo y distinto, dominado por mujeres que se reproducen por clonación. Una nueva opción sociopolítica, tecnológica, ecológica y, sobre todo, en el ámbito de la relación entre ambos sexos. En la senda de la literatura que denuncia las relaciones entre los sexos o propone establecer nuevos vínculos, Tiempos de gloria se une a obras ya clasicas como La mano izquierda de la oscuridad de Ursula K. Le Guin.
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Pronto llegó al gran salón central y se asomó con cuidado. Dos guardianas seguían vigilando el lugar donde la hilera de luces giraba escaleras abajo. Maia tendría que pasar junto a ellas, y junto a Baltha y Riss, para llegar al lugar donde habían tenido encerrado a Renna antes de que éste desapareciera. Sin duda, aquél era el mejor lugar para buscar pistas.

¿Me atrevo? El plan parecía imprudente, más que audaz. Tal vez haya otra forma. Si todos los pasillos terminan en escaleras de caracol, puede que haya una al final del salón sur…

A sus oídos llegaron sonidos de conmoción. Maia se agachó junto a la balaustrada de piedra y vio cómo dos mujeres salían del puesto de guardia desde dos direcciones distintas. De abajo llegaron Baltha, Riss y dos vars altas, una de ellas con tanto aire de autoridad como Baltha. En el rellano, las cuatro se volvieron y miraron hacia el oeste, hacia la entrada del santuario, por donde apareció una sola figura precedida de una fina sombra. Maia se estremeció al reconocer la silueta.

—¿Me has mandado llamar, Togay? —preguntó la recién llegada a la saqueadora más alta, cuyos fuertes rasgos destacaban a la luz.

—Sí, Leie —dijo la comandante con un educado acento de Caria City—. Me temo que ahora ya no está en mis manos. Permanecerás encerrada hasta que encontremos al alienígena, y hasta que zarpemos.

La hermana de Maia tenía el rostro apartado de la luz. Con todo, su malestar quedó claro.

—Pero Togay, ya expliqué…

—Lo sé. Les dije que eres una de nuestras jóvenes más inteligentes y trabajadoras. Pero desde los acontecimientos de Grimké, y sobre todo de esta noche…

—¡No es culpa mía que Maia escapara! ¿No es suficiente que muriese por ello? ¡En cuanto al prisionero, desapareció sin más! Yo no estaba cerca…

La compañera de Baltha la interrumpió.

—¡Se te ha visto hablar con el Exterior, igual que tu hermana! —Riss se volvió hacia Togay, haciendo un movimiento cortante con la mano—. Todas las semillas son iguales. ¿No es eso lo que dicen? Puedes tener razón en que no sea una clónica, y supongo que no huele a policía. Pero ¿y si quiere vengar a su hermana? ¿Recuerdas cómo se opuso a que aniquiláramos a Corsh y los muchachos? Yo digo que la tiremos a la laguna, sólo para asegurarnos.

—¡Togay! —imploró Leie. Pero la mujer alta y de fuerte mandíbula la miró fijamente y sacudió la cabeza. Con expresión satisfecha, Baltha hizo un gesto a las dos guardianas, que avanzaron hacia la muchacha y la cogieron por los brazos. Los hombros de Leie se hundieron mientras se la llevaban. Las siete mujeres bajaron por las escaleras, dejando detrás un vacío polvoriento y silencioso.

Arrastrándose en silencio, atenta a cualquier sombra que pudiera traicionarla, Maia las siguió.

Un solo cable eléctrico continuaba hasta el piso inferior, con las bombillas bien separadas entre sí. Maia dejó que las saqueadoras y su cautiva cogieran una buena delantera antes de correr tras ellas en pequeños tramos, ocultándose en las sombras cada vez que alguna de las mujeres parecía sugerir siquiera que iba a darse la vuelta. Cuando se internaron en un corredor lateral, echó a correr y se detuvo en la esquina para echar una cautelosa mirada.

El grupo se detuvo delante de la primera de varias puertas metálicas, ante la que ya había otra pareja de guardianas. Esta vez, una de ellas iba armada con un arma de fuego de aspecto impresionante. Maia sólo había visto una así una vez. No era un rifle de caza que usaran para perseguir a seres humanos, sino una ametralladora automática fabricada para esparcir muerte en dosis masivas.

Hubo conversaciones en voz baja y tintineo de llaves. Cuando la puerta se abrió, Maia entrevió figuras en su interior que se agitaban sorprendidas. Empujaron a su hermana hacia dentro. Una saqueadora se rió.

—Sé amable con tus nuevos amigos, virgie. ¡Tal vez puedas quitarte el mote de encima antes de ahogarte con ellos!

—Cállate, Riss —ladró Baltha mientras Togay cerraba la puerta. Entonces, todas menos la segunda pareja de guardianas, recorrieron en fila los veinte metros restantes de pasillo y se metieron en una cámara cercana.

Desde su posición, Maia vio filas de bancos a lo largo de una de las paredes. Pudo ver a Baltha y a las demás deambulando por la habitación con la frustración pintada en sus rostros cada vez que reaparecían. Se oían gritos de furia y recriminaciones. Una vez, la voz de Baltha se elevó tanto que Maia pudo distinguir claramente:

—… de la ciudad no van a sentirse felices por esto! ¡En absoluto!

Maia estaba tan concentrada que apenas oyó los pasos hasta que resonaron a su espalda. Se le pusieron los pelos de punta cuando se dio cuenta, y se volvió rápidamente, lista para echar a correr. Vio acercarse una figura solitaria que entraba y salía de los círculos de luz. Resultó ser una mujer fornida de tez cetrina con el pelo rojo sujeto por un pañuelo del mismo color. Llevaba un cubo en cada mano y lucía una ancha sonrisa, además de un delantal sucio. La sonrisa dejó a Maia inmóvil, petrificada por la indecisión.

—Cielos, no hace falta que te acerques tanto, pajarito. ¡Las he oído discutir todo el camino desde el pasillo principal! ¿Qué les pasa ahora? ¿Han encontrado ya a su hombre de humo? ¿O planean tenernos despiertas toda la noche, buscando?

Maia forzó una sonrisa. Fingir ser su hermana sólo le valdría hasta que la noticia del arresto de Leie se extendiera… una cuestión de minutos, en el mejor de los casos.

—Me temo que toda la noche, sí —respondió con lo que esperaba fuera la nota adecuada de amarga resignación—. ¿Qué hay en los cubos?

La saqueadora se encogió de hombros mientras se acercaba y los depositaba en el suelo con un suspiro.

—La cena para los tipos. Llega tarde por culpa de toda la agitación. Algunas dicen que no vale la pena, dado lo que les espera. Pero yo digo que incluso un hombre tiene que ser alimentado antes de unirse con Lysos.

Las aletas de la nariz de Maia se ensancharon. Tenía aún menos tiempo de lo que pensaba. En cuanto la fregona entrara en la celda y viese a Leie, todo estaría perdido.

—Sé por qué estás aquí —confesó la otra mujer, acercándose un poco más.

—¿Ah, sí? —Maia acercó la mano al cinturón.

Un guiño.

—Buscas pistas. ¡Observas a las jefas y luego te pones en marcha rápidamente, a por la recompensa! —La var se echó a reír—. Muy bien. Yo también fui joven… llena de ideas de escarcha. Conseguirás fundar tu clan, niña del verano.

Maia asintió.

—Yo… creo que ya he encontrado una pista. Una que todas las demás han pasado por alto.

—¿De verdad? —La fregona se acercó, con los ojos relucientes—. ¿Cuál es?

—Harán falta dos para levantarla —confesó Maia—. Ven, te la mostraré.

Señaló la puerta más cercana, empujando a la ansiosa mujer hacia delante. Mientras la seguía, con la mano derecha Maia se sacó la porra del cinturón y la usó.

Después, a pesar de todas las razones válidas que tenía para haberlo hecho, siguió sintiéndose culpable y despreciable.

La habitación oscura no estaba completamente vacía; quedaban en ella indicios de su pasado. Estantes desnudos de piedra y restos de antiguos anaqueles de madera probaban que, hacía mucho tiempo, pudo haber contenido una biblioteca importante. A excepción de algunos trozos ondulados de antiguas tapas de cuero, todo lo que quedaba de los libros era polvo. Tras arrastrar el cuerpo inconsciente de la cocinera al interior y coger rápidamente los cubos, Maia se cambió de casaca y cogió el pañuelo de su víctima; se lo ató bajo, casi sobre sus ojos. Terminó a tiempo de oír acercarse voces y pasos. Desde las sombras, Maia contó las figuras que pasaban de largo, de vuelta hacia las escaleras. Seis mujeres, aún discutiendo. De cerca, Maia pudo ver la furia ardiendo en los ojos de Baltha.

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