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Tiempos de gloria [Glory Season - es]

Электронная книга - «Tiempos de gloria [Glory Season - es]». Краткое содержание книги:

La joven Maia, una descastada nacida en verano, debe abandonar el clan de sus privilegiadas medio hermanas clones nacidas en invierno. Su difícil y peligroso viaje iniciático arranca en los muelles de Puerto Sanger y prosigue a bordo de uno de los barcos tripulados por los escasos hombres (menos de un veinte por ciento) que forman la población de Stratos, un mundo creado por y para las mujeres. Sólo el difícil y lejano éxito le permitirá ser la fundadora de un nuevo clan. Las manipulaciones genéticas de la Madre Fundadora Lysos han creado en Stratos un mundo nuevo y distinto, dominado por mujeres que se reproducen por clonación. Una nueva opción sociopolítica, tecnológica, ecológica y, sobre todo, en el ámbito de la relación entre ambos sexos. En la senda de la literatura que denuncia las relaciones entre los sexos o propone establecer nuevos vínculos, Tiempos de gloria se une a obras ya clasicas como La mano izquierda de la oscuridad de Ursula K. Le Guin.
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—… no se contentarán con recibir sólo una cajita llena de mierda de alien. ¡Algunos bichos sacados de la tripa de un Exterior podrían ayudar a derribar un clan o dos, pero necesitamos también un acuerdo político, para protegernos! Sin su tecnología, no importa cuántas malditas clónicas mueran…

Sus voces se apagaron. No obstante, Maia se obligó a esperar, aunque sabía que le quedaba poco tiempo. El primer grupo, el que la había encontrado a bordo del Manitú, no tardaría en informar de la desaparición de «Leie». Eso haría que las piratas se preguntaran cómo una muchacha podía estar en dos lugares al mismo tiempo.

Con el corazón martilleándole en el pecho, Maia se bajó aún más el pañuelo, cogió los cubos de comida, y salió de la habitación oscura. Se acercó a la esquina, la dobló, y procuró adoptar un paso cansino mientras se acercaba a las dos fornidas vars que guardaban la puerta cerrada. Intentando calmar su frenético pulso, Maia se recordó que tenía una ventaja. Las guardianas no tenían motivos para esperar peligro en forma de mujer. Aún más, su llegada tan poco tiempo después de la partida de sus líderes implicaba que debía de haberse cruzado con ellas en el camino. También eso reduciría la vigilancia. Sin embargo, oyó un chasquido de advertencia, y vio que la guerrera del arma automática alzaba ésta de la manera tierna pero firme con que las mujeres solían sostener a sus bebés. Maia sólo había oído rumores de máquinas asesinas semejantes, hasta que tuvo cuatro años y por fin supo cuántos secretos guardaba el mundo.

Recordó una breve imagen de un portal que se abría por fin para revelar lo que las madres y hermanas Lamai no querían que viera nadie. A la luz de las muchas cosas de las que Maia había sido testigo desde entonces, lo que aquel día le había parecido tan horrible no pasaba de ser aburrido y mundano. La ironía era más que suficiente para hacerla reír. O llorar.

Maia no podía malgastar tiempo ni concentración en ninguna de las dos cosas. Siguió avanzando, la cabeza gacha, y murmuró en voz baja:

—Bazofia para los tipos.

La mujer que empuñaba el arma se echó a reír.

—¿Por qué seguimos molestándonos?

Maia se encogió de hombros, meciéndose de un lado a otro, como si estuviera fatigada.

—¿Y a mí qué me cuentas? Deja que me libre del olor.

La segunda guardiana apoyó su bastón de combate en un hombro, y con la mano libre alzó unas llaves tintineantes.

—No sé —comentó—. Me parece una lástima desperdiciar a todos esos muchachos. Dentro de poco caerá escarcha. Podríamos pasarla, y hacer un fuego grande y bonito…

—Oh, cállate, Glinn —dijo la guardiana del rifle de asalto, mientras se colocaba detrás y a la izquierda de Maia, dispuesta a disparar a cualquiera que intentara salir de la celda—. Te colocarás del todo y…

Maia se había estado preparando. Cuando la puerta se abrió, avanzó un paso y luego hizo volar el cubo de la mano derecha en arco, dirigiéndolo contra la guardiana del arma.

Los ojos de la mujer apenas demostraron sorpresa antes de que el cubo la alcanzara en el estómago, derribándola sin un sonido. ¡Una menos!, pensó Maia, alborozada.

Y prematuramente. La dura saqueadora, aturdida e incapaz de respirar, clavó una rodilla en tierra y trató de apuntar a Maia con su arma… sólo para desplomarse cuando el segundo cubo la golpeó en la nuca con un profundo crujido.

Maia aceleró su movimiento oscilatorio, soltando el cubo para que volara contra la segunda guardiana, que ya esgrimía el bastón. Con la gracia de una soldado entrenada, esquivó el cubo, que chocó contra la puerta, esparciendo sopa marrón como una fuente. Maia atacó, y recibió un golpe en el hombro antes de clavarse en el vientre de la pirata y hacer que ambas cayeran al suelo, dentro de la habitación.

Segundo a segundo, la lucha se convirtió en una sucesión confusa de puñetazos; sus propios golpes parecían ineficaces, mientras que su oponente era una experta. Desesperada, Maia se apretó contra su enemiga, pero ésta la empujó, consiguiendo espacio suficiente para alzar su bastón. Un ramalazo de dolor barrió el costado izquierdo de Maia. Otro golpe la alcanzó debajo de la rodilla.

Maia era débilmente consciente de que había figuras cerca. Unos hombres de aspecto macilento intentaron ayudarla, pero estaban encadenados a dos filas de bancos que bordeaban las paredes. Mientras tanto, el caliente aliento de la pirata quemaba el rostro de Maia con su olor a cebollas; la manchó de saliva mientras luchaban por el bastón. No puedo aguantar, comprendió desesperada.

De repente, otras manos aparecieron de la nada y rodearon el cuello de la saqueadora. Con un aullido, la enemiga de Maia la apartó. Un mandoble del afilado bastón estuvo a punto de alcanzarla, luego el arma voló cuando la bandida la soltó para agarrar a su nueva atacante, una mujer mucho más pequeña que se agarró a su espalda como una gata salvaje. Aunque su cuerpo agotado se negaba, Maia se obligó a realizar un último esfuerzo. Jadeando de fatiga, se lanzó hacia delante y, con una serie de fieros tirones, su aliada y ella consiguieron por fin poner a la guardiana al alcance del capitán Poulandres y sus hombres.

Cuando todo acabó, permanecieron tendidas juntas en el suelo, jadeando. Finalmente, la hermana de Maia le cogió la mano y apretó.

—Muy bien —dijo Leie entre jadeos; Maia no había visto una expresión tan contrita en su rostro en todos sus años de crecer juntas—. Supongo que mi plan no… funcionó tan bien. Oigamos el tuyo.

La esquina cercana desde la que Maia había espiado a Baltha y Togay les proporcionaría un buen punto de tiro hacia el otro lado. Sin embargo, al principio Poulandres se mostró reacio. Los otros hombres y él eran valientes, estaban furiosos y eran plenamente conscientes de lo que les esperaba si volvían a capturarlos. Sin embargo, ninguno quería tocar el rifle automático.

—Mira, es bastante simple. Ya había visto otro. Sólo hay que levantar esta palanca…

—Ya veo cómo funciona —replicó Poulandres. Entonces negó con un gesto de cabeza y alzó una mano—. Mira, te estoy agradecido… Os ayudaremos en todo lo que podamos. ¿Pero no puede una de vosotras dos manejar esa cosa? —Disgustado, apartó la mirada de la máquina de metal.

Antes de conocer a Renna, Maia podría haber reaccionado de manera distinta ante su conducta: con incomprensión, o con desdén. Ahora sabía cómo las pautas establecidas por Lysos habían ido reforzándose a lo largo de miles de años, en parte a través de mitos y condicionamientos, y también de forma genética y visceral, de forma que los hombres tendían a repudiar la violencia contra las mujeres.

Sin embargo, los humanos son seres flexibles. La esencia guerrera no estaba anulada, sólo reprimida, moldeada, controlada. Haría falta una fuerte motivación para persuadir a un hombre decente como Poulandres de que matara, pero Maia no tenía duda de que podía hacerse.

Cerca, los demás hombres de la tripulación se frotaban los tobillos, magullados por las cadenas que los habían sujetado a los bancos de piedra situados en forma de cuenco en aquel lugar parecido a un coso. Tres mujeres medio inconscientes languidecían ahora en aquel lugar, amordazadas. Unos cuantos hombres picoteaban con disgusto uno de los cubos volcados. Alguien debería intentar conservar la comida, pensó Maia. Podría esperarles un largo asedio.

Otros asuntos debían resolverse primero.

—No tengo tiempo para esto —le dijo a Leie—. Explícaselo tú. ¡Y no te olvides de buscar otras escaleras en este piso! No queremos que nos sorprendan.

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