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Tiempos de gloria [Glory Season - es]

Электронная книга - «Tiempos de gloria [Glory Season - es]». Краткое содержание книги:

La joven Maia, una descastada nacida en verano, debe abandonar el clan de sus privilegiadas medio hermanas clones nacidas en invierno. Su difícil y peligroso viaje iniciático arranca en los muelles de Puerto Sanger y prosigue a bordo de uno de los barcos tripulados por los escasos hombres (menos de un veinte por ciento) que forman la población de Stratos, un mundo creado por y para las mujeres. Sólo el difícil y lejano éxito le permitirá ser la fundadora de un nuevo clan. Las manipulaciones genéticas de la Madre Fundadora Lysos han creado en Stratos un mundo nuevo y distinto, dominado por mujeres que se reproducen por clonación. Una nueva opción sociopolítica, tecnológica, ecológica y, sobre todo, en el ámbito de la relación entre ambos sexos. En la senda de la literatura que denuncia las relaciones entre los sexos o propone establecer nuevos vínculos, Tiempos de gloria se une a obras ya clasicas como La mano izquierda de la oscuridad de Ursula K. Le Guin.
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—Muy bien, Maia —respondió Leie, sumisa. No habían tenido tiempo para estar juntas más que un instante, mientras se recuperaban de la lucha. Maia tampoco estaba preparada para una reconciliación completa. Habían pasado demasiadas cosas desde que aquella lejana tormenta separó a un par de veraniegas soñadoras. Con el tiempo, quizá considerara la posibilidad de volver a confiar de nuevo en Leie, suponiendo que su hermana se lo ganara.

Sujetando torpemente la horrible arma de fuego, Leie escoltó a Poulandres y a varios tripulantes pasillo abajo. También Maia tenía una misión que cumplir. Pero cuando se puso en marcha, un tirón en la pierna la detuvo.

—¡Espera un segundo! —ordenó el médico de a bordo, que terminaba de vendarle el tobillo con pedazos de tela rasgada—. Ya está, ésa es la peor. En cuanto a tus otras heridas…

—Tendrán que esperar. —Maia terminó perentoriamente la frase, sacudiendo la cabeza de una forma que no daba pie a protestar—. Gracias, Doc —dijo, y se marchó cojeando del coso—prisión. En la puerta, giró a la izquierda y se encaminó hacia la segunda habitación grande, donde antes había visto discutir a Baltha y a las otras comandantes saqueadoras. Un varón la acompañaba, el grumete que había formado parte del equipo contrario en el Juego de la Vida a bordo del Manitú. Él mismo había elegido poner a Maia al día acerca de lo sucedido desde que fue abandonada con Naroin y las marineras en la isla de Grimké.

—Al principio mantuvieron al Hombre de las Estrellas con nosotros —explicó el muchacho—. Nos pusieron a todos juntos en una parte diferente del santuario, más cerca de la puerta. Pero él no dejaba de dar la lata diciendo que necesitaba el juego. ¡Siempre el juego! Eso nos extrañó mucho, sobre todo porque aún tenía ese tablero electrónico suyo. Pero decía que no era lo bastante bueno. Necesitaba más. Dijo que no comería ni hablaría con las saqueadoras hasta que nos trasladaran a todos aquí, donde se encontraban los viejos patios de competición.

Maia se detuvo en la entrada de la segunda habitación. Esperaba otra cámara como la primera: un gran anfiteatro ovalado rodeando una extensión de líneas entrecruzadas. Pero esta sala era diferente. Había bancos en ella, sí, que descendían formando semicírculos cada vez más pequeños. Sólo que esta vez sus filas se orientaban hacia una gran pared desnuda con una plataforma y un estrado. La sala le recordó un salón de conciertos o de conferencias, como el Edificio Cívico de Puerto Sanger.

—Todos pensamos que estaba loco. —El grumete continuó con su historia de Renna—. Pero le seguimos el juego, sabiendo que con su conducta molestaba a las guardianas. Así que el capitán les dijo que también nosotros necesitábamos el juego, por razones religiosas. —El muchacho se echó a reír—. Así que fueron a buscar al barco nuestros libros y piezas, y nos los trajeron al coso donde nos encontraste.

—Pero luego trajeron a Renna a este otro —apuntó Maia.

—Sí. Al cabo de un par de días, empezó a quejarse otra vez… que si nuestros ronquidos, que si nuestra compañía… Se comportaba como un verdadero quejica remilgado. Así que lo trasladaron a la habitación de al lado. No oímos más quejas después de eso, así que supusimos que debía de ser feliz.

—Ya veo.

Maia maldijo por dentro. Después de oír que Renna había desaparecido de un modo que ninguna de las saqueadoras podía imaginar ni duplicar, su primer pensamiento fue que debía de haber encontrado otra de las esculturas de metal rojo, cubierta de arcanos símbolos hexagonales. Una puerta—laberinto explicaría muchas cosas, y sería natural que confundiera a las piratas al tiempo que permitía escapar a Renna. Y, naturalmente, su propia experiencia le daría también ventaja.

Pero no había nada de metal rojo. Ningún acertijo de símbolos móviles. Sólo fila tras fila de bancos. El único otro rasgo digno de mención eran las frases talladas que cubrían todas las paredes, menos la que se alzaba detrás del estrado, con epigramas en el dialecto litúrgico del Cuarto Libro de Lysos. Por lo demás, era sólo un maldito y desierto salón de conferencias.

Maia miró a su alrededor mientras bajaba por el pasillo, entre los bancos, preguntándose por qué Renna se había esforzado tanto para que lo trasladaran allí.

—¿Qué es este sitio? —preguntó el grumete, asombrado—. No es un coso de Vida. Ni un terreno de juego. ¿Rezaban aquí?

Maia sacudió la cabeza, aturdida.

—Tal vez, con todas esas inscripciones en las paredes… aunque estoy segura de que no todas esas líneas son textos sagrados.

—¿Entonces qué…?

—Ahora cállate, por favor. Déjame pensar.

El muchacho guardó silencio, mientras Maia fruncía el ceño y se concentraba.

Renna escapó de aquí. Ése es el dato clave. Podemos suponer que las saqueadoras lo registraron de arriba abajo en busca de puertas ocultas y pasadizos secretos, así que no te molestes en repetir ese esfuerzo. En cambio, trata de seguir el razonamiento de Renna.

Primero, ¿cómo sabía que tenía que ser trasladado aquí? Se tomó muchas molestias para conseguirlo.

Aunque Renna, como ella, había estado antes encarcelado en un santuario, nada de esa experiencia anterior podía haberle llevado a prever un lugar como éste.

A la propia Maia le habría costado trabajo creer lo que veía si no hubiera visto antes la cercana catacumba de defensa.

Tengo que resolver esto, y más rápido que él. Las saqueadoras se volverán locas cuando averigüen lo que hemos hecho.

Otro aguijonazo aumentó su ansiedad.

Con todo el mundo en alerta de guerra, seguro que localizarán a Brod cuando intente bajar. Lo abatirán como a un indefenso conejo—alado.

Concentrándose, Maia intentó mirar la sala con otros ojos, para ver qué había visto Renna.

Pasó unos minutos rebuscando entre las mantas y la paja apilada allí donde él debió de tener su cama, deshecha ya por las otras mujeres que habían buscado pistas antes que ella. Maia siguió avanzando, sin encontrar nada de interés hasta que su mirada se volvió una vez más hacia los epigramas cincelados que recorrían las paredes laterales y la posterior. Conocía bien algunos, pues se los había aprendido de memoria durante las largas y tediosas horas pasadas en la Capilla Lamatia, cuando entonaban pesadas letanías a Madre Stratos.

…εη(οητrαr |ο qυε εζτα ο(υ|το…
βαjο εχτrαñαζ εζτrε||αζ ρεrδιδαζ

Lo que, escrito en letra normal, se traducía así:

… encontrar lo que está oculto… bajo extrañas estrellas perdidas

Maia hizo una mueca. Era una imagen apropiada, ya que tal vez no viviera para volver a ver las estrellas. Me pregunto qué hora será, se dijo mientras se volvía para escrutar las paredes. Entonces se detuvo, observando una zona anómala.

A pesar de sus heridas, Maia corrió escaleras abajo, y luego sorteó el escenario semicircular central. Le había parecido ver ordenadas manchas marrones allí donde las líneas de símbolos inscritos se acercaban a la pared delantera, carente de adornos. No eran letras. A Maia le resultaban mucho más interesantes.

—¿Qué te parece? —le preguntó al grumete, señalando el puñado de manchas situado justo debajo de uno de los arcanos símbolos del alfabeto litúrgico. El joven entornó los ojos, y Maia deseó fervientemente que Brod estuviera allí en su lugar.

—No lo sé, señora. Parece que alguien tiró la comida. La misma bazofia que la nuestra, supongo.

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