El Peso De La Culpa
- Автор: Джордж Элизабет
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «El Peso De La Culpa». Краткое содержание книги:
– Esta vez voy a hacerlo -murmuró-. Voy a hacerlo.
Samantha puso la última olla en el escurridor y sacó el tapón del fregadero para que el agua se fuera por el desagüe. Se secó las manos en el delantal y observó. Su tío parecía más viejo que cuando había llegado a Derbyshire, y los temblores que sacudían su cuerpo colaboraban a reforzar la impresión de que estaba muy enfermo.
– ¿Qué pasa, tío Jeremy? -preguntó.
– Voy a dejarlo -contestó el viejo-. La bebida es el maldito demonio. Primero te tienta con dulzura y luego te envía al infierno.
Había empezado a sudar, y a la tenue luz de la cocina su piel parecía un limón cubierto de aceite. Con manos que se negaban a obedecerle, dejó la cesta sobre el escurridor de la encimera. Cogió una botella de Bombay Sapphire, su único amor verdadero, y la vació en el fregadero. El olor a ginebra ascendió como una fuga de gas.
Cuando la botella estuvo vacía, Jeremy la rompió contra el borde del fregadero.
– Se acabó -dijo-. He acabado con este veneno. Lo juro. Se acabó. -Entonces se echó a llorar con unos sollozos secos y roncos que estremecieron su cuerpo peor que la ausencia de alcohol en sus venas-. No puedo hacerlo solo -dijo.
Samantha se enterneció.
– Oh, tío Jeremy. Ven, déjame ayudarte. Yo sostendré la cesta. ¿O prefieres que abra las botellas?
Cogió una Beefeater y la ofreció a su tío.
– Me matará -gritó el anciano-. Ya lo está haciendo. Mírame. -Alzó sus manos, para que viera lo que ella ya había observado: sus terribles temblores. Cogió la botella de Beefeater y la rompió sin molestarse en vaciarla antes. Cayó ginebra entre ambos. Agarró otra-. Pervertido -sollozó-. Miserable. Borracho. Ahuyenté a tres, pero no fue suficiente. No, no. No estará contento hasta que el último haya desaparecido.
Samantha interpretó sus palabras. Su mujer y los hijos de Britton, decidió, la hermana, el hermano y la madre de Julian habían huido de la mansión años antes, pero no podía creer que Julian abandonara a su padre.
– Julian te quiere, tío Jeremy -dijo-. No te abandonará. Desea lo mejor para ti. Por eso está trabajando con tanto empeño en resucitar la mansión.
Jeremy vertió otro medio litro de ginebra en el fregadero.
– Es un chico maravilloso. Siempre lo ha sido. No reincidiré, no, no. Nunca más. -El contenido de otra botella se sumó a los demás-. Trabaja con denuedo para convertir este lugar en algo bueno, mientras el borracho de su padre se lo bebe todo. Pero se acabó. Para siempre.
El fregadero de la cocina se estaba llenando de cristales, pero eso no importaba a Samantha. Veía a su tío al borde de una conversión tan importante, que uno o dos kilos de cristales rotos no eran nada en comparación.
– ¿Vas a dejar la bebida, tío Jeremy? -preguntó-. ¿De veras vas a hacerlo?
Albergaba sus dudas acerca de su sinceridad, pero botella tras botella siguieron el camino de la primera. Cuando Jeremy hubo terminado con todas, se inclinó sobre el fregadero y empezó a rezar con tal fervor que Samantha lo sintió en lo más hondo.
Juró por sus hijos y sus futuros nietos que no volvería a probar ni una gota más de alcohol. No volvería a ser carne de cañón para los demonios de la ebriedad. Se alejaría de la botella para siempre y nunca miraría atrás. Se lo debía, si no a él, al menos a su hijo, cuyo cariño le había atado al hogar familiar, cuando habría podido ir a otra parte y vivido una existencia decente, normal y satisfactoria.
– De no haber sido por mí, ya estaría casado. Una esposa. Hijos. Una vida. Y yo se lo he arrebatado. Yo lo hice. Yo.
– Tío Jeremy, no has de pensar esas cosas. Julie te quiere. Sabe lo importante que es para ti Broughton Manor, y quiere convertirlo en un hogar de nuevo. En cualquier caso, aún no ha cumplido los treinta. Le quedan muchos años por delante para fundar una familia.
– La vida le está pasando de largo -dijo Jeremy-. Y le seguirá pasando de largo mientras se esfuerce por levantar esta casa. Me odiará cuando despierte y se dé cuenta.
– Pero esta es su vida. -Samantha apoyó una mano en su hombro para consolarle-. Lo que está haciendo aquí, en la mansión, día tras día, es su vida, tío Jeremy.
El hombre se enderezó, buscó en su bolsillo, extrajo un pañuelo doblado con primor y se sonó antes de volverse hacia ella. Pobrecillo, pensó la mujer. ¿Cuándo fue la última vez que lloró? ¿Por qué se avergonzaban tanto los hombres cuando la fuerza de un sentimiento razonable les doblegaba por fin?
– Quiero participar en eso otra vez -dijo Jeremy.
– ¿En qué?
– En la vida. Quiero vivir, Sammy. Esto -indicó el fregadero con un ademán-, esto arruina la vida. Ya basta.
Increíble, pensó Samantha. De pronto hablaba con energía, como si nada se interpusiera entre él y su esperanza en la abstinencia. Y ella deseó eso para él con idéntica prontitud: la vida que había imaginado para sí, feliz en su hogar, ocupado y rodeado de sus queridos nietos. Hasta pudo verlos, aquellos niños adorables que aún no habían sido concebidos.
– Estoy muy contenta, tío Jeremy -dijo-. Muy, muy contenta. Y Julian… Julie no cabrá en sí de gozo. Querrá ayudarte. Sé que lo hará.
Jeremy asintió, con la vista clavada en ella.
– ¿Tú crees? -dijo, vacilante-. ¿Después de tantos años… conmigo… así?
– Sé que te ayudará. Lo sé.
Jeremy alisó sus ropas. Se sonó ruidosamente de nuevo y guardó el pañuelo en el bolsillo.
– Le quieres, ¿verdad, muchacha?
Samantha removió los pies.
– Tú no eres como la otra. Harías cualquier cosa por él.
– Sí -reconoció ella-. Haría cualquier cosa.
Cuando Lynley llegó a Padley Gorge, el registro de Maiden Hall estaba en pleno apogeo. Hanken había ido acompañado de seis agentes, a los que desplegó de forma económica y metódica. Tres estaban registrando el piso de la familia, el piso de los huéspedes y la planta baja del hotel. Uno estaba registrando los edificios anexos de la propiedad y dos los terrenos. Hanken coordinaba el esfuerzo. Cuando Lynley frenó en el aparcamiento, lo vio fumando con semblante malhumorado bajo un paraguas, cerca de un coche policial, mientras hablaba con el agente destinado al piso de la familia.
– Reúnete con los que están peinando los terrenos -ordenó Hanken-. Si descubrís que han cavado algo, lanzaos sobre ello como sabuesos detrás de un zorro.
El agente se dirigió a la ladera que descendía hasta la carretera, donde había dos policías que caminaban a buen paso entre los árboles y bajo la lluvia.
– Hasta el momento nada -dijo Hanken a Lynley-. Pero ha de estar aquí, en algún sitio. O algo relacionado con ello. Y lo vamos a encontrar.
– Tengo el impermeable -dijo Lynley.
Hanken enarcó una ceja y tiró el cigarrillo al suelo.
– ¿De veras? Buen trabajo, Thomas. ¿Dónde lo encontraste?
Lynley le habló del proceso mental que le había guiado hasta el contenedor. Había descubierto el impermeable bajo una semana de basura del hotel, gracias a una horca y la paciencia de los basureros.
– No parece que te hayas revolcado en un contenedor -comentó Hanken.
– Me he duchado y cambiado -admitió Lynley.
La basura del contenedor, amontonada sobre el impermeable desde hacía casi una semana, lo había protegido de la lluvia, que tal vez habría eliminado las pruebas dejadas en él. La prenda de plástico solo había sido mancillada por posos de café, mondaduras de hortalizas, restos de platos, periódicos viejos y pañuelos de papel arrugados. Y como le habían dado la vuelta, esos desperdicios solo la habían manchado por el revés, hasta que había adquirido el aspecto de una lona impermeable desechada. La superficie exterior no había sido tocada, de modo que las manchas de sangre continuaban tal como habían estado el martes por la noche, mudos testigos de lo ocurrido en Nine Sisters Henge. Lynley había introducido la prenda en una bolsa de supermercado. Estaba en el maletero del Bentley.