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El Peso De La Culpa

Электронная книга - «El Peso De La Culpa». Краткое содержание книги:

Parece que Asuntos Internos va a dejar de investigar de una vez por todas a la brillante, pero indisciplinada detective Barbara Havers. Tras una suspensión temporal como policía, Havers regresa al trabajo a las órdenes del lúcido Inspector Lynley en un extraño caso: el hallazgo de dos jóvenes en un bosque, con signos visibles de haber sufrido una cruenta muerte. Un asesinato de especial virulencia que abre una puerta hacia las oscuras y poderosas alteraciones de la psique humana. Un sórdido espacio en el que el sexo deviene en sadomasoquismo, y el pasado se adentra en la cara odiosa de una doble vida.
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Andy había sonreído.

– Serás una abogada estupenda -dijo.

Y ese comentario les había conducido a la perdición.

– En cuanto a eso, papá -empezó Nicola-, en cuanto al derecho…

Había empezado con su decisión de no ir a trabajar para Will Upman, sino quedarse en Londres durante el verano. Al principio, Andy había supuesto que había encontrado un empleo más de su gusto en un bufete de la ciudad. Tal vez, pensó esperanzado, se ha establecido como abogada del Estado. No era lo que había soñado para ella, pero no era ciego al prestigio que daría a su hija.

– Estoy decepcionado, por supuesto -dijo-. Tu madre también lo estará. Pero siempre hemos considerado a Will un último recurso si no salía nada mejor. ¿Qué te llevas entre manos?

Nicola se lo dijo. Al principio Andy pensó que estaba bromeando, aunque Nicola nunca bromeaba sobre sus deseos. De hecho, siempre había expresado sus intenciones con toda exactitud, la misma que empleó aquel día en Islington: este es el plan, este es el motivo, este es el resultado que se pretende.

– Pensé que lo deberías saber -concluyó-. Estás en tu derecho, puesto que estabas pagando la facultad. Pienso devolverte ese dinero, por cierto. -La sonrisa, una vez más, la dulce y enfurecedora sonrisa que la acompañaba cada vez que anunciaba un hecho consumado. «Me voy a escapar», decía a sus padres cuando le negaban una petición irracional. «No vendré después del colegio. De hecho, no pienso ir al colegio. No me esperéis a cenar. O a desayunar mañana. Me voy a escapar»-. Debería poder devolvértelo antes de que termine el verano. Ya lo habría reunido de no ser porque tuvimos que comprar complementos, y son muy caros. ¿Quieres verlos?

Andy seguía creyendo que era una especie de broma. Incluso cuando sacó su equipo y explicó el uso de cada objeto obsceno: los látigos de cuero, los tirantes erizados de pequeños clavos de cromo, las máscaras y esposas, los grilletes y collares.

– Como ves, papá, algunas personas no pueden soltarse el moño si no hay de por medio dolor o humillación -explicó a su padre, como si no hubiera pasado años expuesto a toda clase de aberraciones humanas-. Desean el sexo, bueno, es natural, ¿no? ¿No lo deseamos todos? Pero a menos que vaya de la mano de algo degradante o doloroso no obtienen satisfacción, y a veces ni siquiera pueden consumarlo. Luego están los que parecen necesitados de expiar algo. Es como si hubieran cometido un pecado, y si toman su medicina como es debido, son felices, son perdonados y siguen con su rollo. Van a casa con la mujer y los hijos, y se sienten, humm, se sienten… Supongo que sonará raro, pero parece que se sienten renovados. -Dio la impresión de que leía algo en la cara de su padre, porque tendió la mano sobre la mesa y la apoyó en el puño cerrado de Andy-. Papá, yo siempre soy el ama. Lo sabes, ¿verdad? No permitiría que nadie me hiciera lo que yo hago… Eso no me interesa. Lo hago porque el dinero es fantástico, increíble, y mientras sea joven, bonita y lo bastante fuerte para aguantar ocho o nueve sesiones al día… -Exhibió su sonrisa impúdica y sacó el último objeto que quería enseñarle-. La cola de caballo es el más ridículo. No puedes imaginar el aspecto de imbécil que tiene un tío de setenta años cuando esta cosa cuelga de su… bueno, ya sabes.

– Dilo -habló Andy, que por fin había recuperado el habla.

Ella le miró sin entender, mientras el tapón de plástico negro, con sus cintas de cuero negro, colgaba de su hermosa y esbelta mano.

– ¿Qué?

– Las palabras. ¿De qué cuelga? Si eres incapaz de decirlo, ¿cómo eres capaz de hacerlo?

– Ah, eso. Bueno, no lo digo porque eres mi padre.

Y esa admisión había roto algo en su interior, un último vestigio de control y un pudor anticuado, producto de la represión de toda la vida.

– Del agujero del culo -estalló-. Cuelga de su jodido agujero del culo, Nick.

Barrió de la mesa todos los aparatos de tortura que ella había sacado.

Nicola comprendió por fin que le había provocado demasiado. Retrocedió cuando Andy dio rienda suelta a su rabia, incomprensión y desesperación. Volcó muebles, rompió platos y arrancó los lomos de sus libros de derecho. Vio miedo en sus ojos, y pensó en las veces que habría podido inspirarlo y decidió no hacerlo. Y eso le enfureció aún más, hasta que la destrucción que había arrasado su bonito estudio redujo a su hija a un guiñapo acobardado de seda, raso e hilo, los materiales de que estaban hechas sus ropas. Se acurrucó en un rincón con los brazos sobre la cabeza, pero eso no fue suficiente para él. Le arrojó a la cara su repugnante equipo.

– ¡Te veré muerta antes que permitirte hacerlo! -gritó.

Fue solo más tarde, después de encontrar tiempo para pensar de la misma forma que Nicola pensaba, cuando comprendió que había otra manera de disuadir a su hija de la nueva vocación que había elegido. Era Will Upman y la posibilidad de que hiciera a Nicola lo que tenía fama de haber hecho a muchas mujeres. La telefoneó dos días después de su visita a Londres y le ofreció el trato. Nicola, cuando vio que podía ganar más dinero en Derbyshire que en Londres, accedió.

Había comprado tiempo, pensó Andy. No hablaron de lo que había pasado aquel día en Islington.

Por el bien de Nancy, Andy pasó el verano fingiendo que todo saldría bien al final. Si Nicola volvía a la facultad en otoño, olvidaría lo ocurrido en Islington como si nunca hubiera tenido lugar.

– No le cuentes a tu madre nada de esto -dijo a su hija cuando cerraron el trato.

– Pero papá, mamá…

– No. Maldita sea, Nick, no pienso discutir. Quiero que me des tu palabra de que no dirás nada de esto cuando vuelvas a casa. ¿Queda claro? Porque si una sola palabra llega a oídos de tu madre, no recibirás ni un penique de mí, y lo digo en serio. Dame tu palabra.

Nicola se la dio. Si existía alguna gracia redentora en la fealdad de la vida de Nick y en el horror de su muerte, era que Nancy no había llegado a saber la verdad.

Pero ahora la situación era muy distinta, y los hechos que salieran a la luz destruirían todavía más el mundo de Andy. Había perdido a su hija por culpa de la degradación y la corrupción. No estaba dispuesto a perder a su mujer por culpa de la angustia y el dolor de enterarse de la verdad.

Comprendió que solo había una forma de detener la rueda de la muerte de Nicola en pleno ciclo de destrucción. Sabía que contaba con los medios de pararla. Solo podía rezar para, en el último momento, tener también la voluntad.

¿Qué importaba si una vida más pagaba el castigo? Muchos hombres habían muerto por menos si la causa era justa. Y también mujeres.

El lunes, a media mañana, Barbara Havers había ampliado sus conocimientos sobre el tiro con arco considerablemente. En el futuro podría discutir con los mejores practicantes acerca de los méritos del mylar sobre las plumas, o las diferencias entre longbows, arcos de poleas y arcos recurvados. Pero en cuanto acercarse más a otorgar el premio Guillermo Tell a Matthew King-Ryder… ni la menor suerte en ese campo.

Había repasado la lista de correo de Jason Harley. Incluso había llamado por teléfono a todos los nombres de la lista con dirección en Londres, para ver si King-Ryder usaba un seudónimo. Al cabo de tres horas no había conseguido nada con la lista, y el catálogo, aparte de aumentar sus conocimientos sobre trivialidades para impresionar en las fiestas elegantes, cuando uno se devanaba los sesos por añadir algo a la conversación, no le había servido de nada. Por eso, cuando Helen Lynley le telefoneó para invitarla a Belgravia, Barbara aceptó muy complacida. Helen era muy escrupulosa sobre los horarios de sus comidas, y se estaba acercando la hora de comer, sin nada más en la nevera que platos precocinados en la línea del rogan josh. Barbara sabía que un cambio le iría bien.

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