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El Peso De La Culpa

Электронная книга - «El Peso De La Culpa». Краткое содержание книги:

Parece que Asuntos Internos va a dejar de investigar de una vez por todas a la brillante, pero indisciplinada detective Barbara Havers. Tras una suspensión temporal como policía, Havers regresa al trabajo a las órdenes del lúcido Inspector Lynley en un extraño caso: el hallazgo de dos jóvenes en un bosque, con signos visibles de haber sufrido una cruenta muerte. Un asesinato de especial virulencia que abre una puerta hacia las oscuras y poderosas alteraciones de la psique humana. Un sórdido espacio en el que el sexo deviene en sadomasoquismo, y el pasado se adentra en la cara odiosa de una doble vida.
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– Llama. Sí, lo sé.

– Ha sido muy bueno por llevarme a la playa, ¿verdad, Barbara?

– Siempre es muy bueno.

– Por eso he de hacerle caso. «Solo cinco minutos, khushi» Es una forma de decirle gracias.

– Ah, desde luego. Será mejor que te des prisa.

– Pero ¿te ha gustado el corazón?

– Más que nada en el mundo.

En cuanto la niña se marchó, Barbara se acercó a la mesa. Caminó con cautela, como si el corazón fuera un ser tímido al que cualquier movimiento brusco pudiera asustar. Con los ojos clavados en el terciopelo rojo y el encaje, tanteó su bolso, sacó los cigarrillos y encendió uno con una cerilla. Fumó con semblante sombrío mientras contemplaba el corazón.

«A nuestra amiga no le hará gracia una rana, khushi.»

Nunca diez palabras se le habían antojado tan portentosas.

28

Hanken trató la chaqueta de cuero negro con algo cercano a la reverencia. Se calzó guantes de látex antes de coger la bolsa en la que Lynley había depositado la prenda, y cuando la extendió sobre una de las mesas del desierto comedor del hotel Black Angel, lo hizo con el tipo de devoción que se suele reservar para los servicios religiosos.

Lynley había telefoneado a su colega poco después de su inútil entrevista con los empleados del Black Angel. Hanken, que estaba cenando, juró que estaría en Tideswell antes de media hora. Cumplió su palabra.

Se inclinó sobre la chaqueta de cuero y examinó el agujero de la espalda. Parecía reciente, comentó a Lynley, que se erguía al otro lado de la mesa y contemplaba a su colega escudriñar cada milímetro de la circunferencia de la perforación. No lo sabrían con seguridad hasta examinar la chaqueta con un microscopio, continuó Hanken, pero el agujero parecía reciente, debido al estado del cuero que lo rodeaba, y sería fantástico que el forense descubriera una mínima cantidad de cedro en el borde, ¿verdad?

– En cuanto comparemos esta sangre con la de Terry Cole, un poco más de cedro será una pura formalidad, ¿no? -indicó Lynley-. Al fin y al cabo, tenemos la astilla de la herida.

– En efecto -dijo Hanken-, pero me gusta tenerlo todo atado y bien atado. -Devolvió la chaqueta a la bolsa después de examinar el forro empapado de sangre-. Esto bastará para conseguir una orden de registro, Thomas. Por cojones.

– Facilitará las cosas -admitió Lynley-. El hecho de que ceda la mansión para torneos y similares debería ser suficiente para…

– Espera un momento. No estoy hablando de una orden judicial que nos permita invadir el territorio de los Britton. Esto -Hanken levantó la bolsa- nos da otro clavo que cerrará el ataúd de Maiden.

– No veo cómo. -Entonces, cuando comprendió que Hanken iba a abundar en sus motivos para pedir una orden de registro de Maiden Hall, se apresuró a decir-: Escúchame un momento. ¿Estás de acuerdo en que un longbow ha de ser la tercera arma?

– Cuando comparo esa sugerencia con el agujero de la chaqueta, sí -dijo Hanken-. ¿Adónde quieres ir a parar?

– Al hecho de que ya sabemos el lugar donde se han utilizado longbows. En Broughton Manor se han celebrado torneos, ¿no es cierto? Para recreaciones históricas y fiestas, por lo que tú me has dicho. En tal caso, y como Julian es el hombre que aspiraba a casarse con una mujer que, como sabemos, ya en Derbyshire le traicionaba con dos hombres, ¿para qué vamos a registrar Maiden Hall?

– Porque el padre de la chica muerta es el hombre que la amenazó en Londres -replicó Hanken-. Porque gritó que la vería muerta antes de permitirle hacer lo que fuera. Porque pidió un jodido préstamo para sobornarla y conseguir que viviera tal como él deseaba, y ella se embolsó su dinero, se atuvo a sus reglas durante tres meses y después dijo: «Vale. Bien, gracias por la pasta. Ha sido muy divertido, papi, pero me vuelvo a Londres a vivir de apretar pelotas de tíos con un cilindro. Espero que lo comprendas.» Pero él no lo comprendió. ¿Qué padre lo haría?

– Peter -dijo Lynley-, sé que la situación no pinta bien para Andy…

– Lo mires por donde lo mires, la situación pinta mal para Andy.

– Pero cuando pregunté a los empleados del hotel si alguno conocía a los Britton, la respuesta fue sí. La verdad, más que sí. Fue: «Conocemos a los Britton de vista.» ¿Y por qué? -Lynley no esperó a que Hanken contestara-. Porque vienen aquí. Porque beben en el bar y comen en el restaurante. Y les resulta muy fácil hacerlo, porque Tideswell se encuentra en línea recta entre Broughton Manor y Calder Moor. Y no puedes ir a registrar Maiden Hall sin pararte a pensar qué significa eso.

Hanken mantuvo la vista clavada en Lynley mientras este hablaba. Cuando terminó, Hanken dijo:

– Ven conmigo, muchacho.

Condujo a su colega hasta la recepción del hotel, donde pidió un plano de los picos Blanco y Oscuro. Entró con Lynley en el bar y desplegó el plano sobre la mesa de un rincón.

Reconoció que Lynley no andaba equivocado. Tideswell se hallaba en el borde este de Calder Moor. Un buen excursionista dispuesto a matar podría salir del hotel Black Angel, subir a lo alto de la ciudad y atravesar el páramo hasta llegar a Nine Sisters Henge. Tardaría varias horas, teniendo en cuenta la extensión del páramo, y no sería tan práctico como seguir la ruta que la chica había tomado desde el lugar situado al otro lado de la aldea de Sparrowpit. Pero era factible. Por otra parte, el mismo asesino también habría podido conseguirlo en coche: aparcando en el mismo sitio donde Nicola había dejado el Saab, detrás del muro de piedra, para volver a casa después del doble asesinato, pasando no solo por el hotel Black Angel sino también por la aldea de Peak Forest, cerca de la cual se había deshecho del cuchillo.

– Exacto -dijo Lynley-. A eso voy. Verás que…

Pero, arguyó Hanken, si su colega examinaba con más detenimiento el plano, vería que el mismo breve desvío, inferior a tres kilómetros, que el asesino habría tomado para dejar la chaqueta de cuero en el Black Angel, para luego torcer al sur hacia Bakewell y Broughton Manor, era idéntico al desvío, inferior a tres kilómetros, que el asesino habría tomado para dejar la chaqueta en el Black Angel y luego torcer al norte, hacia Padley Gorge y Maiden Hall.

Lynley siguió las dos rutas que Hanken le había indicado. Tuvo que admitir que su colega no hacía nada para manipular los hechos y adaptarlos a una conjetura carente de base. Comprobó que el asesino (después de abandonar el lugar del crimen, atravesar Peak Forest para ocultar la navaja en el contenedor de gravilla, y desviarse un poco hacia Tideswell para dejar la chaqueta donde nadie se diera cuenta), podría haber continuado hasta el cruce de Wardlow Mires. Desde allí, una carretera conducía a Padley Gorge, y otra a Bakewell. Y cuando dos sospechosos reunían móvil y oportunidad en una misma investigación, la policía se decantaba, espoleada por todo, desde la lógica a la ética, por investigar en primer lugar al sospechoso más evidente. Es decir, había que ir a Maiden Hall.

Eso reportaría un gran padecimiento a Andy Maiden y su mujer, pero Lynley sabía que era inevitable. De todos modos, un resto de la antigua lealtad que sentía hacia Andy le impulsó a pedir a Hanken una única condición. No dirían a los Maiden lo que buscaban en Maiden Hall. La lógica imponía que no era necesario hablar más de la vida de Nicola en Londres durante la inspección.

– Solo estás prolongando lo inevitable, Thomas. A menos que Nan Maiden muera antes de que practiquemos una detención y vayamos a juicio, a la larga se enterará de todo. Incluso, aunque no lo creo, pero te lo concedo de momento, si su padre no la mató. Si Britton lo hizo por él… -Hanken hizo un ademán vago.

Lo peor aún está por salir a la luz, terminó Lynley en silencio. Lo sabía, pero si no podía evitar a su ex colega la humillación de un registro oficial de su casa y su negocio, al menos podía ahorrarle de momento el dolor añadido de ser testigo del sufrimiento de la única persona que le quedaba en el mundo.

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