El Peso De La Culpa
- Автор: Джордж Элизабет
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «El Peso De La Culpa». Краткое содержание книги:
Para Andy constituyó un alivio que Nan se aviniera a su razonable plan de acción. La mantuvo un rato alejada de él. Se odiaba por querer estar apartado de ella. Sabía que ella le necesitaba, pero después de la partida de la policía, Andy descubrió que necesitaba estar a solas. Tenía que pensar, y no podría hacerlo acosado por Nan, que ahuyentaba su dolor a base de preocuparse por él. No quería su preocupación en este momento. Las cosas habían ido demasiado lejos.
La rueda de la muerte de Nicola estaba cada vez más cerca de aplastarles, comprendió Andy. Podía proteger a Nan mientras la investigación prosiguiera, pero ignoraba si podría continuar haciéndolo después de que la policía practicara una detención. Su breve conversación con Lynley había dejado claro que ya faltaba poco para ese momento. Y la sugerencia de Tommy de que Andy pidiera ayuda a su abogado era una buena indicación de cuál sería el siguiente paso de los detectives.
Tommy era un buen hombre, pensó Andy. Y a un buen hombre se le pueden pedir algunas cosas, pero cuando el buen hombre llega a su límite ya solo puedes confiar en ti.
Era un principio que su hija había experimentado. Combinado con su insaciable deseo de obtener satisfacción (¡ya!) siempre que algo le apetecía, su confianza en sí misma antes que en los demás la había conducido a la perdición.
Andy sabía desde hacía mucho tiempo que la ambición de su hija en la vida era, para expresarlo con palabras sencillas, no privarse nunca de nada. Había visto cómo sus padres habían ahorrado todo lo posible para comprar una casa en el campo y para pasar una cantidad mensual al padre de Andy, cuya pensión no cubría sus costumbres despilfarradoras. Más de una vez, cuando topaba con la negativa de su padre a acceder a algunas de sus exigencias, había anunciado que nunca se encontraría en la situación de tener que contar cada penique, ahorrar y negarse los placeres sencillos de la vida, y menos dedicarse a actividades tan estériles como remendar sábanas y fundas de almohadas, dar la vuelta a los cuellos de las camisas y zurcir calcetines. «Será mejor que no acabes como el abuelo, papá -le había dicho en más de una ocasión-, porque pienso gastar todo mi dinero en mí.»
Pero no era la avaricia lo que dominaba su comportamiento, sino un profundo vacío en su corazón que buscaba llenar con posesiones materiales. Andy había intentado repetidas veces explicarle el dilema fundamental de la humanidad: nacemos de unos padres y en el seno de una familia, de modo que tenemos relaciones, pero en el fondo estamos solos. Nuestra visceral sensación de aislamiento crea un vacío en nuestro interior. Ese vacío solo puede llenarse alimentando el espíritu. «Sí, pero yo quiero una moto», contestaba ella, como si él no hubiera intentado explicarle por qué la adquisición de una moto no apaciguaría un espíritu ansioso de conocimiento. O esa guitarra, contestaba ella. O esos pendientes de oro, ese viaje a España, ese coche veloz. «Si hay dinero suficiente para comprarlo, no entiendo por qué hemos de privarnos de ello. ¿Qué tiene que ver el espíritu con tener dinero para comprar una moto? Aunque quisiera, no podría gastar dinero en mi espíritu, ¿verdad? ¿Qué he de hacer con el dinero, si algún día lo gano? ¿Tirarlo?» Mencionaba a aquellos cuyos logros o posición les habían deparado inmensas cantidades de dinero: la familia real, estrellas del rock, magnates de los negocios y empresarios. «Tienen casas, coches, barcos y aviones, papá -decía-. Y nunca están solos. Tampoco tienen aspecto de pasar hambre, si quieres saber mi opinión.» Nicola era una suplicante persuasiva cuando deseaba algo, y nada de lo que Andy decía servía para hacerle comprender que solo estaba viendo las vidas exteriores de las personas cuyas posesiones tanto admiraba. Quiénes eran en realidad y qué sentían, era algo que solo ellos sabían. Y cuando Nicola lograba lo que había querido poseer, era incapaz de reparar en que solo la satisfacía durante un breve tiempo, porque siempre se interponía el deseo del siguiente objeto que, en su opinión, apaciguaría su alma.
Y todo esto, que habría dificultado la educación de cualquier hijo, se combinaba con la propensión natural de Nicola a vivir al límite. Lo había aprendido de él, viéndole cambiar de personalidad durante los años de topo, y escuchando las historias que contaban sus colegas durante las cenas familiares, cuando todos habían bebido demasiado vino. Andy y su mujer habían ocultado a su hija la otra cara de esas historias que tanto la fascinaban. Nunca supo el precio personal que su padre pagó, cuando su salud se resintió debido a la incapacidad de su mente para dividirse en distintas parcelas, las que correspondían a quien era y a quien fingía ser, obligado por su trabajo. Era forzoso que viera a su padre como una persona fuerte, cabal e indomable. Sus padres daban por sentado que otra cosa haría temblar sus cimientos.
Nicola no había pensado en nada de eso cuando le contó la verdad sobre sus planes futuros. Le había telefoneado para pedir que fuera a Londres a verla. «Vamos a hablar de padre a hija», dijo. Andy había ido a Londres, contento de que su hermosa hija quisiera pasar un rato con él. Se encontrarían, harían lo que ella quisiera, y él se llevaría algunas de sus pertenencias a Derbyshire en vistas al trabajo del verano. Fue cuando paseó la mirada alrededor de su pulcro estudio, se frotó las manos y preguntó qué quería cargar en el Land Rover, cuando ella le contó la verdad.
– He cambiado de idea sobre lo de trabajar con Will -empezó-. También sobre lo de estudiar derecho. De eso quería hablar contigo, papá. Aunque -sonrió y, Dios, qué hermosa era cuando sonreía- nuestra cita ha sido maravillosa. Nunca había ido al Planetario.
Preparó té para los dos, le pidió que se sentara, sacó de un recipiente de Marks & Spencer una bandeja de emparedados y dijo:
– Cuando trabajabas en la secreta, ¿te metiste alguna vez en el mundo del sadomasoquismo?
Al principio, Andy pensó que se trataba de una conversación educada: los recuerdos de un padre ya mayor, evocados por las preguntas de su querida hija. No había tocado mucho ese mundo, dijo. Lo llevaba otra división del Yard. Algunas veces había entrado en clubes y tiendas de sadomasoquismo, y asistió a una fiesta en la que azotaban a un idiota crucificado vestido de colegial. Pero eso era todo. Gracias a Dios, porque algunas cosas en la vida te ensuciaban tanto que no bastaba un simple baño para purificarte, y el sadomasoquismo era la primera de su lista.
– Es solo un estilo de vida, papá -dijo Nicola, mientras cogía un emparedado de jamón y daba un bocado con aire pensativo-. Después de todo lo que has visto, me sorprende que lo condenes.
– Es una enfermedad -dijo Andy-. Esa gente tiene problemas que teme afrontar. La perversión parece la respuesta, pero solo es un síntoma de su enfermedad.
– Eso es lo que piensas tú -le recordó Nicola con suavidad-. La realidad podría ser diferente, ¿verdad? Lo que tú consideras una aberración, puede ser muy normal para otra persona. De hecho, a sus ojos tú podrías ser la aberración.
Suponía que sí, admitió Andy, pero ¿la normalidad no venía determinada por el número? ¿No era eso lo que significaba la palabra «norma»? ¿No era establecida la norma por el comportamiento de la mayoría?
– Eso convertiría el canibalismo en normal entre los caníbales, papá.
– Entre los caníbales supongo que sí.
– Si un grupo de caníbales decide que no les gusta comer carne humana, ¿son anormales? ¿O diremos que sus gustos han experimentado un cambio? Si alguien de nuestra sociedad se va con los caníbales y descubre que le gusta la carne humana, ¿es anormal? ¿Y para quién?