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El Peso De La Culpa

Электронная книга - «El Peso De La Culpa». Краткое содержание книги:

Parece que Asuntos Internos va a dejar de investigar de una vez por todas a la brillante, pero indisciplinada detective Barbara Havers. Tras una suspensión temporal como policía, Havers regresa al trabajo a las órdenes del lúcido Inspector Lynley en un extraño caso: el hallazgo de dos jóvenes en un bosque, con signos visibles de haber sufrido una cruenta muerte. Un asesinato de especial virulencia que abre una puerta hacia las oscuras y poderosas alteraciones de la psique humana. Un sórdido espacio en el que el sexo deviene en sadomasoquismo, y el pasado se adentra en la cara odiosa de una doble vida.
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– La fijaremos para mañana -dijo Hanken, mientras doblaba el plano y cogía la bolsa con su contenido-. Me llevaré esto al laboratorio. Vete a dormir.

Era una directriz que no le costaría cumplir, pensó Lynley.

En Londres, la esposa de Lynley también durmió mal y despertó por la mañana de mal humor. Dormir mal era algo inaudito en Helen. Por lo general, se sumía en la inconsciencia poco después de que su cabeza tocara la almohada, y permanecía en ese estado hasta la mañana. Por ello, el haber dormido mal le pareció una clara indicación de que algo la estaba fastidiando, y no tuvo que ahondar demasiado en su psique para descubrir lo que era.

Las reacciones de Tommy ante las andanzas de Barbara Havers habían constituido durante los últimos días una especie de espina bajo la piel de Helen: algo que no necesitaba afrontar en su rutina normal, pero molesto y doloroso cuando ascendía a su conciencia. Y a su conciencia había ascendido, en luces de neón, durante la última discusión de su marido con Barbara.

Helen comprendía la postura de Tommy: había dado a Barbara una serie de órdenes y Barbara las había incumplido. Tommy había considerado la circunstancia una prueba de que su ex compañera le había fallado. Barbara lo había considerado un castigo injusto. Ninguno de los dos deseaba reconocer el punto de vista del otro, y Barbara era la que pisaba un terreno menos firme. En consecuencia, a Helen no le costaba admitir que la definitiva reacción de Tommy ante el desafío de Barbara estaba justificada, y sabía que sus superiores estarían de acuerdo en la medida que había tomado.

Pero esa misma medida, cuando se contemplaba en combinación con su anterior decisión de trabajar con Winston Nkata, y no con Barbara Havers, era lo que molestaba a Helen. ¿Qué había en el fondo de la animosidad de su marido hacia Barbara?, se preguntó mientras saltaba de la cama y se ponía la bata. ¿El hecho de que le había desafiado, o el hecho de que era una mujer quien le había desafiado? Por supuesto, Helen le había planteado una variación de esta misma pregunta antes de que se marchara el día anterior, y él había negado con apasionamiento que el machismo estuviera relacionado con su reacción ante Barbara. Pero ¿no era cierto que toda la historia de Tommy refutaba su negativa?, se preguntó Helen.

Se lavó la cara, se cepilló el pelo y pensó en la cuestión. Tommy tenía un pasado sembrado de mujeres: mujeres a las que había deseado, mujeres a las que había poseído, mujeres con las que había trabajado. Su primer amor había sido la madre de un compañero de colegio, con la que había mantenido una tempestuosa relación durante más de un año, y antes de su relación con Helen su relación más apasionada había sido con la actual mujer de su mejor amigo. Aparte de esta última conexión, la relación de Tommy con las mujeres tenía una característica común, en opinión de Helen: era Tommy quien dirigía el curso de la acción. Las mujeres se dejaban llevar.

Era sencillo para él conseguir y mantener este ejercicio del mando. A lo largo de los años, montones de mujeres se habían sentido tan atraídas por su aspecto, su título o su riqueza, que entregarle no solo sus cuerpos sino también sus mentes les había parecido pecata minuta, en comparación con lo que esperaban obtener a cambio. Y Tommy se había acostumbrado a este poder. ¿Qué ser humano no habría hecho lo mismo?

La auténtica pregunta era por qué se había aferrado a ese poder la primera vez con la primera mujer. Era joven, cierto, pero aunque habría podido decantarse por mantener relaciones en igualdad de condiciones con esa primera amante, y con las posteriores, pese a la reticencia o incapacidad de las mujeres de insistir sobre dicha igualdad, no lo había hecho. Y Helen estaba segura de que las causas por las que Tommy ejercía dominio sobre las mujeres eran lo que provocaba sus dificultades con Barbara Havers.

Pero Barbara estaba equivocada, casi oyó Helen insistir a su marido, y no hay forma de que puedas tergiversar los hechos para demostrar que ella tenía razón.

Helen no podía contradecir a Tommy al respecto, pero quería decirle que Barbara Havers solo era un síntoma. La enfermedad, estaba segura, era otra cosa.

Salió de la habitación y bajó al comedor, donde Denton había preparado su desayuno favorito. Se sirvió huevos y champiñones, un vaso de zumo y una taza de café, y lo dejó todo sobre la mesa del comedor, donde la esperaba junto a los cubiertos el ejemplar matutino del Daily Mail, así como el Times de Tommy al otro lado. Ojeó el periódico mientras añadía leche y azúcar a su café. Dejó las facturas a un lado (era absurdo estropear su desayuno, pensó), y también el Daily Mail, en cuya portada se comentaba que la última y fea amante real había aparecido «radiante en el té anual de los Niños Necesitados». Era absurdo estropear también todo su día, pensó Helen.

Estaba abriendo una carta de su hermana mayor (el matasellos de Positano indicaba que Daphne había impuesto a su marido el lugar donde pasar el vigésimo aniversario de su boda), cuando Denton entró en el comedor.

– Buenos días, Charlie -le saludó Helen afablemente-. Hoy te has superado con los champiñones.

Denton no le devolvió el saludo con igual entusiasmo.

– Lady Helen… -dijo, y se debatió, o eso le pareció a Helen, entre la confusión y la desazón.

– Espero que no vayas a reñirme por el empapelado, Charlie. Telefoneé a Peter Jones y le pedí otro día. No te miento.

– No. No se trata del papel -dijo Denton, y alzó el sobre de papel manila que llevaba a la altura del pecho.

Helen dejó su tostada.

– ¿Qué pasa, pues? Pareces muy… -¿Qué parecía?, se preguntó. Muy nervioso, concluyó-. ¿Ha sucedido algo? No habrás recibido malas noticias, ¿verdad? ¿La familia está bien? Oh, Señor, Charlie, ¿te has metido en líos con una mujer?

El hombre negó con la cabeza. Helen vio que colgaba de su brazo un trapo para sacar el polvo, y las piezas encajaron en su sitio: se había puesto a limpiar y sin duda deseaba reprenderla por sus hábitos descuidados. Pobre hombre. No sabía cómo empezar.

Había venido de la dirección del salón, y Helen recordó que no había recogido la partitura que Barbara había dejado tras su brusca partida de la tarde anterior. A Denton no le habría hecho gracia, pensó Helen. Era igual que Tommy en lo tocante a la limpieza.

– Me has pillado -admitió, y señaló el sobre con un cabeceo-. Barbara lo trajo ayer para que Tommy le echara un vistazo. Temo que me olvidé, Charlie. ¿Me creerás, si prometo portarme mejor la próxima vez? Humm, supongo que no. Siempre lo estoy prometiendo, ¿verdad?

– ¿De dónde ha sacado esto, lady Helen? Esta… Me refiero a esta… -Denton señaló el sobre, como si no tuviera palabras para describir su contenido.

– Ya te lo he dicho. Lo trajo Barbara Havers. ¿Por qué? ¿Es importante?

Como respuesta, Charlie Denton hizo algo por completo inesperado. Por primera vez desde que Helen le conocía, retiró una silla de la mesa del comedor y se sentó sin pedir permiso.

– La sangre coincide -fue el conciso anuncio de Hanken a Lynley. Telefoneaba desde Buxton, donde el laboratorio forense le había informado-. La chaqueta es del chico.

Hanken continuó diciendo que faltaban escasos momentos para que consiguiera la orden de registro de Maiden Hall.

– Tengo a seis tíos capaces de encontrar diamantes en cagadas de perro. Si el arco está escondido allí, lo encontraremos.

Hanken se despachó a gusto sobre el hecho de que Andy Maiden había tenido tiempo suficiente para deshacerse del arco, en tres docenas de lugares diferentes de los alrededores del Pico Blanco, desde la noche del asesinato, lo cual provocaba que encontrar el arco fuera doblemente difícil. Pero al menos ignoraba que habían descubierto que el arma desaparecida era una flecha, lo cual les proporcionaba la ventaja de la sorpresa si no se había desembarazado del resto del equipo.

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