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El Peso De La Culpa

Электронная книга - «El Peso De La Culpa». Краткое содержание книги:

Parece que Asuntos Internos va a dejar de investigar de una vez por todas a la brillante, pero indisciplinada detective Barbara Havers. Tras una suspensión temporal como policía, Havers regresa al trabajo a las órdenes del lúcido Inspector Lynley en un extraño caso: el hallazgo de dos jóvenes en un bosque, con signos visibles de haber sufrido una cruenta muerte. Un asesinato de especial virulencia que abre una puerta hacia las oscuras y poderosas alteraciones de la psique humana. Un sórdido espacio en el que el sexo deviene en sadomasoquismo, y el pasado se adentra en la cara odiosa de una doble vida.
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En primer lugar, dijo Vi, porque no había informado enseguida a Nikki de su hallazgo. Y en segundo, porque en cuanto lo hizo y, poco después, Nikki le comentó el plan que habían urdido para obtener dinero de la partitura, Nikki tardó unos días en localizar la casa de subastas adecuada para encargarse de la venta que imaginaban.

– No quería pagar mucha comisión -murmuró Vi con los ojos cerrados-. Al principio Nikki pensó en una casa de subastas de provincias. Hizo algunas llamadas telefónicas y habló con gente que conocía.

– ¿Y se decidió por Bowers?

– Exacto.

Vi se puso de lado y Shelly le subió la manta hasta el cuello.

Mientras atacaba el cordero rogan josh en su casa de Chalk Farm, Barbara reflexionó de nuevo sobre la llamada telefónica. No obstante, siempre llegaba a la misma conclusión: la llamada debió de estar dirigida a Matthew King-Ryder, que no llegó con puntualidad a su cita. Al oír la palabra «sí», dicha por un hombre (Terry Cole), la persona que llamaba dio por sentado que la persona con que quería comunicarse recibía el mensaje acerca del Albert Hall. Y como la persona que se había adueñado de la partitura de Chandler no deseaba ser reconocida, lo cual explicaba la llamada a una cabina telefónica, parecía razonable concluir que, o bien entregar la partitura a King-Ryder constituía una ilegalidad, o bien esta había llegado a manos del que llamaba de una forma ilegal, o bien King-Ryder iba a utilizarla con un fin ilícito. En cualquier caso, el que llamaba pensaba que había pasado la partitura a King-Ryder, quien sin duda pagaría una suma elevada por apropiársela. Con esa cantidad en su poder (probablemente pagada en metálico), el que llamaba desapareció del mapa, dejando a King-Ryder sin dinero, sin partitura y a dos velas. Por eso, cuando Terry Cole entró en su despacho con una página de la partitura de Chandler, Matthew King-Ryder debió de pensar que alguien le estaba tomando el pelo, el mismo que ya le había engañado antes. Porque si había llegado a South Kensington un minuto más tarde de la hora acordada, tal vez se habría pasado horas rondando alrededor de la cabina, a la espera de la llamada y convencido de que le habían estafado.

Habría querido vengarse. Y también habría deseado apoderarse de la partitura. Y solo había una forma de conseguir ambas cosas.

La historia de Vi Nevin apoyaba la teoría de Barbara de que Matthew King-Ryder era el hombre que buscaban. Por desgracia, no existían pruebas, y sin algo más sólido que simples conjeturas, Barbara sabía que no podía presentar nada definitivo a Lynley. Y la única forma de redimirse a sus ojos era entregarle hechos irrefutables. Él había considerado que su comportamiento desafiante era una prueba más de su indiferencia a la cadena de mando. Ahora era preciso que interpretara esa misma conducta desafiante como el dinamismo que había permitido atrapar a un asesino.

Mientras reflexionaba sobre esto, Barbara oyó que la llamaban desde fuera. Alzó la mirada y vio a Hadiyyah por el camino que conducía al jardín posterior. Las luces detectoras de movimientos se encendieron a su paso. Era un efecto similar al de unos focos que siguieran a una bailarina por el escenario.

– ¡Hemos vuelto, hemos vuelto, hemos vuelto de la playa! -canturreó Hadiyyah-. ¡Mira lo que papá ha ganado para mí!

Barbara saludó con la mano a la niña y cerró su libreta. Abrió la puerta justo cuando Hadiyyah estaba terminando una pirueta. Una de sus largas trenzas se había soltado de la cinta y comenzado a desenrollarse, dejando un rastro de raso plateado similar a un cometa en el cielo. Tenía los calcetines caídos y la camiseta manchada de mostaza y ketchup, pero su cara era radiante.

– ¡Nos hemos divertido mucho! -gritó-. Ojalá hubieras venido, Barbara. Subimos a las montañas rusas, a los barcos y al avión y, oh, Barbara, ¡subimos al tren y yo lo conduje! Fuimos al hotel Burnt House y vi un momento a la señora Porter, pero no todo el día, porque papá fue a buscarme. Comimos en la playa y después fuimos a mojarnos los pies en el mar, pero el agua estaba tan fría que decidimos ir al parque de atracciones. -Tragó saliva, falta de aliento.

– Me sorprende que aún estés en pie, después de un día tan ajetreado.

– Dormí en el coche -explicó Hadiyyah-. Casi hasta llegar a casa. -Extendió el brazo, y Barbara vio que sujetaba una rana de peluche-. Mira lo que papá pescó. Es muy bueno pescando muñecos.

– Muy bonita -dijo Barbara-. Hay que practicar mientras eres joven.

Hadiyyah frunció el entrecejo y examinó el juguete.

– ¿Practicar?

– Eso, practicar. El besuqueo. -Barbara sonrió al ver la confusión de la niña. Apoyó una mano sobre su pequeño hombro y la guió hasta la mesa-. Da igual. Era una broma tonta. Estoy segura de que salir con chicos habrá mejorado muchísimo cuando empieces. ¿Qué más tienes?

Se trataba de una bolsa de plástico cuyas asas estaban atadas a una presilla de sus pantalones cortos.

– Esto es para ti -dijo-. Lo ganó también papá, en la pesca de muñecos. Es tan…

– Bueno en la pesca de muñecos -terminó Barbara-. Sí, lo sé.

– Porque ya lo había dicho.

– Pero vale la pena repetir ciertas cosas -dijo Barbara-. Vamos a ver qué es.

Hadiyyah desanudó las asas de la bolsa y la tendió a Barbara. Esta la abrió, y encontró en su interior un pequeño corazón de terciopelo, ribeteado de encaje blanco.

– Vaya por Dios -dijo Barbara. Dejó el corazón con cuidado sobre la mesa.

– ¿A que es bonito? -Hadiyyah contempló el corazón con reverencia-. Papá lo ganó en la pesca de muñecos, Barbara. Igual que la rana. Yo le dije: «Péscale una rana, papá, y así las dos serán amigas.» Pero él dijo: «No, a nuestra amiga no le hará gracia una rana, khushi.» Él me llama así.

– Khushi. Sí, lo sé.

Barbara se notó el pulso acelerado. Contempló el corazón como el devoto de un santo en presencia de sus reliquias.

– Entonces, fue por el corazón. Le costó tres tiradas. Supongo que habría podido pescar el elefante, porque habría sido mucho más fácil, o habría podido pescar el elefante antes para quitarlo de en medio y dármelo, pero como ya tengo un elefante, imagino que se acordó, ¿verdad? En cualquier caso, quería el corazón. Imagino que te lo habría dado él, pero como yo también quería, dijo que podía traértelo, siempre que las luces estuvieran encendidas y aún estuvieras despierta. ¿Te ha parecido bien? Pones una cara rara. Pero las luces estaban encendidas. Te vi por la ventana. ¿No tendría que habértelo dado, Barbara?

Hadiyyah esperaba la respuesta con ansiedad. Barbara sonrió y rodeó su espalda con el brazo.

– Has sido tan amable que no sé qué decir. Gracias. Y dale las gracias a tu papá, ¿vale? Lástima que la destreza en la pesca del muñeco no se cotice en bolsa.

– Él es tan…

– Sí, vale. Lo he visto en persona, si te acuerdas.

Hadiyyah recordó. Acarició la rana de peluche contra su mejilla.

– Es superguay tener un recuerdo de un día en la playa, ¿verdad? Siempre que hacemos algo especial juntos, papá me compra un recuerdo. Para que me acuerde de lo bien que lo hemos pasado. Dice que recordar es importante, tan importante como hacerlo.

– No va falto de razón.

– Pero ojalá hubieras venido. ¿Qué has hecho hoy?

– Trabajar, me temo. -Barbara indicó la mesa, sobre la cual descansaba la libreta. Al lado había una lista de correos y los catálogos de Quiver Me Timbers-. Sigo en ello.

– Entonces he de irme.

La niña se alejó hacia la puerta.

– No pasa nada -se apresuró a decir Barbara, y se dio cuenta de cuánto anhelaba compañía-. No me refería…

– Papá dijo que solo podía quedarme cinco minutos. Quería que me fuera inmediatamente a la cama, pero le pregunté si podía traerte el recuerdo, y dijo: «Cinco minutos, khushi.» Así me…

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