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Torres de medianoche

Электронная книга - «Torres de medianoche». Краткое содержание книги:

La Rueda del Tiempo se acerca a su culminación. Mientras el entramado de la realidad se vuelve inestable, todo indica que el Tarmon Gai'don está cerca y que Rand al’Thor tiene que enfrentarse con el Oscuro. Pero antes deberá negociar una tregua con los seanchan. Perrin, por su parte, ya ha hecho un pacto con ellos y está di spuesto a todo para salvar a su esposa de los Shaido. En Caemlyn, Elayne lucha para conseguir el Trono de León al tiemp que intenta prevenir una guerra civil, y Egwene descubre que incluso la Torre Blanca ha dejado de ser un lugar seguro.
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Sabía más sobre la capacidad guerrera de Aybara y eso le ayudaría en la batalla. Aparte de eso, había sido acertado retrasar el combate durante un poco de tiempo para asegurarse de que era necesario. Todavía quedaba mucha luz del día para que la lucha empezara.

Pero… ¿y esa mujer, la Principal? Se forzó a apartar los ojos de ella, aunque no le resultó nada fácil.

Acto seguido se puso de pie e hizo una reverencia a Alliandre y otra a Berelain, tras lo cual se dispuso a marchar.

Entonces oyó una exclamación ahogada. Cosa extraña, procedía de la criada que había llevado el té. Galad la miró.

Era Morgase.

Se quedó petrificado, paralizado por completo. Todos los maestros de espada que había tenido, uno tras otro, le habían enseñado que jamás debía permitir que la sorpresa lo dominara, pero en ese momento su meticuloso entrenamiento no le sirvió de nada. Era su madrastra. Ese cabello dorado rojizo con el que había jugado de niño. Esa cara, tan hermosa pero a la vez tan firme. Esos ojos. Eran sus ojos.

¿Un fantasma? Había oído contar cosas sobre manifestaciones de la perversidad del Oscuro haciendo que los muertos volvieran a la vida. Pero nadie más en el pabellón parecía inquieto y esa mujer era demasiado real. Vacilante, Galad alargó la mano y tocó la mejilla de la aparición. La piel estaba tibia.

—¡Galad! —dijo ella—. ¿Qué haces aquí? ¿Cómo…?

No acabó la frase porque él la envolvió en un abrazo, lo que provocó que quienes se encontraban alrededor, tanto de un bando como de otro, dieran un respingo de sorpresa. Ella también dio un brinco. ¡Estaba viva! ¿Cómo?

«Maté a Valda —pensó de inmediato—. Acabé con él por ser responsable de la muerte de mi madre. Que no está muerta. He cometido una mala acción».

No. Valda merecía morir por abusar de Morgase. ¿O tampoco era verdad esa parte? Había hablado a los Hijos convencido de que lo era, pero también había estado seguro de que Morgase había muerto.

Ya aclararía eso después. Ahora tenía que dejar de ser causa de vergüenza ante sus propios hombres. Soltó a su madrastra, pero ella siguió asida de su brazo. Parecía aturdida. Rara vez la había visto así.

Perrin Aybara se había puesto de pie y los observaba con el entrecejo fruncido.

—¿Conoces a Maighdin? —preguntó después.

—¿Maighdin? —preguntó Galad.

Entonces reparó en que Morgase llevaba un vestido sencillo y no lucía joyas. ¿Acaso se estaba haciendo pasar por una criada?

—Aybara, ésta es Morgase Trakand, Defensora del Reino, Protectora del Pueblo, Cabeza Insigne de la casa Trakand. ¡Es tu soberana!

—Maighdin, ¿es eso cierto? —preguntó Aybara.

Morgase alzó la barbilla, erguida la cabeza, y lo miró a los ojos. ¿Cómo era posible que Aybara no hubiera visto en ella a una reina?

—Soy Morgase Trakand —afirmó—. Pero renuncié a mis derechos y abdiqué del trono en favor de Elayne. Con la Luz por testigo, jamás reclamaré la corona.

Galad asintió con la cabeza. Sí. Morgase debió de temer que Aybara la utilizara contra Andor.

Te llevo a mi campamento, madre —dijo, sin quitarle ojo a Aybara Entonces podremos discutir el trato que este hombre te ha dado.

Ella se volvió a mirarlo con expresión impasible.

—¿Es eso una orden, Galad? —inquirió—. ¿Es que yo no tengo nada que decir al respecto?

Galad arrugó la frente, se agachó un poco y habló en un susurro:

¿Es que retiene a más cautivos? ¿De qué amenaza se vale para ejercer poder sobre ti?

Este hombre no es lo que crees, Galad —respondió ella con voz suave al tiempo que meneaba la cabeza en un gesto de negación—. Es un hombre rústico, y desde luego no me gusta lo que le está haciendo a Andor, pero no es partidario de la Sombra. Tengo más que temer de tus… asociados, que de Perrin Aybara.

Sí, ella tenía motivo para desconfiar de los Hijos. Un buen motivo.

—¿Querrás venir conmigo, mi señora? Prometo que podrás irte de mi campamento y regresar al de Aybara cuando gustes. A pesar de lo que quiera que padecieses por los Hijos en el pasado, ahora estarás a salvo con ellos. Te lo juro.

Morgase hizo una inclinación de cabeza.

—Un momento, Damodred —dijo Aybara.

Galad se volvió hacia él al tiempo que posaba la mano de nuevo en el pomo de la espada; no como una amenaza, sino como un recordatorio. Muchos de los presentes en el pabellón habían empezado a hablar en susurros.

—¿Sí? —preguntó.

—Querías un juez —respondió Aybara—. ¿Aceptarías a tu madre para ese cometido?

Galad no lo dudó ni un instante. Por supuesto que sí; había sido reina desde los dieciocho años y él la había visto procesar casos y emitir dictámenes. Era justa. Rigurosa, pero justa. Mas ¿la aceptarían los otros Hijos? Había recibido instrucción de las Aes Sedai. La habían considerado una de ellas. Era un problema. Pero su arbitraje ofrecía una salida al conflicto. A lo mejor él podría convencerlos de que la vieran como era en realidad.

La aceptaría —contestó—. Y, si respondiera por ella, mis hombres también consentirían.

Bien. Entonces, yo también consiento en que lo sea.

Los dos se volvieron hacia Morgase, que, a pesar del sencillo vestido amarillo, a cada segundo que pasaba parecía más una reina.

Perrin —empezó ella—, si actúo como tribunal no atemperaré ni acomodaré mis decisiones. Me acogiste cuando necesitábamos amparo, y por ello te estoy agradecida. Pero, si considero que has cometido un asesinato, no me echaré atrás y emitiré mi dictamen en consonancia con dicha conclusión.

—Con eso me basta —accedió Aybara, que parecía sincero.

—Milord capitán general —le susurró Byar al oído con un timbre exaltado—, ¡me temo que sea una farsa! No ha dicho que se someterá al castigo.

—No, no lo he dicho —intervino Aybara.

¿Cómo diantres había oído el apagado susurro?

—No tendría sentido que lo dijera —añadió Aybara—. Me tenéis por un Amigo Siniestro y un asesino. No aceptaríais mi palabra de someterme al dictamen a menos que estuviera bajo vuestra custodia.

—¿Veis? —exclamó Byar en voz más alta—. ¿Qué objeto tiene seguir con esto?

Cada vez más seguro de lo que había que hacer, Galad sostuvo la mirada de Aybara.

—Porque habría un juicio —contestó—. Y una justificación legal. Ahora me doy cuenta, Hijo Byar. Hemos de probar nuestras acusaciones o, en caso contrario, no somos mejores que Asunawa.

—¡Pero el juicio no será justo!

Galad se volvió hacia el soldado alto.

—¿Estás cuestionando la imparcialidad de mi madre? —espetó.

Byar se quedó de piedra; después negó con la cabeza.

—No, milord capitán general —corroboró en voz alta.

Galad se volvió hacia los que estaban al otro lado de la mesa.

—Pido a la reina Alliandre garantía de la legalidad del juicio que se celebrará en su reino —solicitó.

—Si lord Aybara lo requiere, lo haré.

En la voz de la soberana se notaba el malestar de quien se encuentra en una situación incómoda.

—Lo requiero, Alliandre —dijo Aybara—. Pero sólo si Damodred está de acuerdo en liberar a todos los míos que tiene retenidos. Que se quede con los suministros si quiere, pero que a ellos los deje marchar, como me prometió que haría la otra vez.

—De acuerdo —accedió Galad—. Eso tendrá lugar cuando empiece el juicio, lo prometo. ¿Cuándo nos reuniremos?

—Dame unos pocos días para hacer los preparativos —pidió Aybara.

—Bien, pues, será dentro de tres días. El juicio se celebrará aquí, en este pabellón, en este mismo lugar.

—Trae a tus testigos. Aquí estaré —dijo Aybara.

27

Convocatoria de oposición

Sentada en su estudio, Egwene leía una carta.

No estoy en contra de cuestionar al lord Dragón. De hecho, cuanto más poder tiene un hombre, más necesario se hace su cuestionamiento. No obstante, debéis saber que no soy un hombre que dé su lealtad con facilidad y yo se la he entregado a él. Y no es por el trono que me proporcionó, sino por lo que ha hecho por Tear.

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