El Grito Silencioso
- Автор: Перри Энн
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «El Grito Silencioso». Краткое содержание книги:
En los barrios bajos del Londres victoriano los ciudadanos llevan a cabo sus más vergonzosos y secretos negocios. Con dinero se puede conseguir cualquier cosa pero, a veces, el precio a pagar es la propia vida…
Puesto que lo único que sabía sobre sí mismo con total certeza era que pertenecía a la policía, aquello lo situaba automáticamente en una categoría social inferior a la del más lamentable comerciante. Y, por supuesto, el comercio estaba por debajo de cualquier profesión. Los hijos menores de la alta burguesía ingresaban en el ejército, se hacían curas o abogados, eso si no se casaban con una dama acaudalada librándose de la necesidad de tener que hacer nada. Los primogénitos, naturalmente, heredaban tierra y dinero, y vivían en consecuencia.
Tampoco es que resultara sencillo calificar la amistad entre Hester y Monk. En medio del tráfico, bajo la intensa lluvia, lo meditó con una mezcla de emociones, todas preocupantemente intensas. Habían pasado del desprecio mutuo inicial a una clase de confianza que para ella no tenía comparación posible y, a su juicio, tampoco lo tenía para él. Sin embargo, como si de pronto les asustara tanta vulnerabilidad, no habían tardado en reñir, criticarse y dar rienda suelta al mal genio.
Ahora bien, en los momentos de necesidad, y cuando les preocupaba una misma causa, habían trabajado juntos con un entendimiento que iba más allá de las palabras, o del tiempo necesario para las explicaciones.
En una ocasión espantosa, estando en Edimburgo, cuando ambos creyeron llegado el momento de su muerte, le pareció que lo que había entre ellos era esa clase de amor que bendice sólo a unas pocas personas, una unión tan profunda que alcanza a la mente y al alma y, durante un doloroso instante, también al cuerpo.
Entre las sacudidas del carruaje y el silbido de las ruedas bajo la lluvia, recordó Edimburgo como si se tratase de algo acontecido el día anterior.
Sin embargo, la experiencia había sido demasiado peligrosa en lo tocante a las emociones, demasiado exigente con ambos como para que osaran repetirla.
¿O acaso era sólo él quien no se atrevía?
Aquélla no era una pregunta que deseara hacerse a sí misma, no comprendía cómo había permitido que semejante idea aflorara en su pensamiento…, aunque allí estaba, con toda su crudeza. Se negó a darse por aludida. No conocía la respuesta. Además, todo aquello era irrelevante. Había aspectos de Monk que admiraba mucho: su coraje, su fuerza de voluntad, su inteligencia, la lealtad para con sus creencias, su pasión por la justicia, su capacidad para enfrentarse a casi cualquier clase de verdad, por horrorosa que fuese, y el hecho de que jamás fuera hipócrita.
Pero, por otra parte, detestaba la pincelada de crueldad que había visto en él, la arrogancia, su frecuente falta de sensibilidad. Y era un negado en lo que a juzgar el carácter del prójimo se refería. Era incapaz de advertir los ardides femeninos. Una y otra vez se sentía atraído por la clase de mujer que, en ningún caso, podría hacerle feliz.
Hester, sentada en la fría atmósfera del coche, se retorcía las manos inconscientemente.
Siempre terminaba hechizado por mujeres bonitas, de voz dulce, desamparadas en apariencia, superficiales por naturaleza, manipuladoras y con una querencia fundamental por una vida cómoda alejada de toda clase de trastornos. Monk se habría muerto de aburrimiento con cualquiera de ellas en cuestión de meses. Sin embargo, su feminidad le halagaba, la aprobación que daban a sus más descabelladas opiniones la creía fruto del buen juicio, y sus encantadores modales satisfacían su noción del decoro femenino. Se imaginaba a sí mismo cómodamente instalado con ellas, aunque lo cierto era que sólo le aliviarían someramente, permitiéndole olvidar durante un instante el desafío permanente de ser él mismo, para terminar hastiado, aprisionado y desdeñoso.
Ahora bien, ¡siempre repetía el mismo error! Su reciente visita a uno de los pequeños principados alemanes constituía el ejemplo perfecto. Cayó rendido ante los encantos de la muy superficial y egoísta condesa Evelyn von Seidlitz. Era deliciosamente bonita, con sus enormes ojos castaños y los hoyuelos que formaban sus mejillas al sonreír. Tenía un malicioso sentido del humor y sabía a la perfección cómo gustar, halagar y entretener. Como acompañante era la mar de divertida, además de agradable a la vista. Pero también era fría, manipuladora y codiciosa.
Hester se vio atrapada entre coches, carruajes y carros. Los cocheros gritaban. Un caballo relinchó.
Monk finalmente entendió cómo era la condesa, por supuesto, pero no se dejó convencer hasta contar con pruebas irrefutables. Y entonces se enfadó, sobre todo, al parecer, ¡con Hester! Ella no entendía por qué. Recordó su último encuentro con una punzada de dolor que la cogió por sorpresa. Había sido un trago amargo aunque, por otra parte, no más que muchos otros de sus encuentros.
Normalmente, Hester se irritaba consigo misma por no habérselas ingeniado para replicar como correspondía en el momento oportuno, o bien se complacía demasiado en su réplica. Solía enfurecerse con él, y él con ella. No era algo desagradable, de hecho a veces resultaba estimulante. En aquellos enfrentamientos había honestidad y, además, nunca se herían de verdad. Hester jamás habría asestado un golpe en una parte de Monk que supiera vulnerable.
Así pues, ¿por qué su último encuentro dejó en ella ese dolor, esa sensación de desgarro interior? Trató de recordar exactamente lo que él le había dicho. Era incapaz de recordar siquiera el motivo de la disputa: fue por algo relacionado con su arbitrariedad, uno de los temas predilectos de Monk. La acusó de ser autocrática, de juzgar a las personas con demasiada dureza y siempre según sus propios principios, los cuales carecían de humor y humanidad.
El coche arrancó con una sacudida.
Monk dijo que sabía cómo cuidar a los enfermos y reformar la lentitud, la incompetencia y la ineptitud de los burócratas, pero que no tenía ni idea de lo que era vivir como una mujer normal, de lo que era reír o llorar, que no conocía más sentimientos que los de una enfermera jefe, siempre cargando con los desastres de vidas ajenas pero incapaz de tener una propia. Su incesante preocupación por los asuntos de los demás, su manía de creerse en posesión de la verdad, hacían que resultara una persona cargante.
En resumidas cuentas, él podía arreglárselas la mar de bien sin ella y, pese a que sus cualidades eran admirables y muy necesarias para la sociedad, también la convertían en una persona muy poco atractiva.
Aquello fue lo que le dolió. La crítica era justa, cabía esperarla y sin duda Hester podía replicar con la misma calidad y cantidad que había recibido. Sin embargo, el rechazo era algo muy distinto.
Y resultaba absolutamente injusto. Por una vez no había hecho nada para merecerlo. Se había quedado en Londres cuidando a un muchacho gravemente afectado por una parálisis. Aparte de eso, estuvo ocupada tratando de salvar a Oliver Rathbone de sí mismo, pues se había embarcado en la defensa de un escandaloso caso de difamación y poco faltó para que su propia carrera se viera dañada sin posibilidad de enmienda. Tal como habían ido las cosas, había perdido su reputación en determinados círculos. De no haberle sido concedido el título de caballero poco antes del asunto, sin duda habría tenido que abandonar toda esperanza de conseguir uno en el futuro. Había arrojado una luz demasiado desagradable sobre la realeza en general para que tal gracia le fuese concedida. Ya no era considerado una persona tan «responsable» como lo había sido a lo largo de su vida hasta entonces. Ahora, de pronto, era «cuestionable».
Hester se sorprendió a sí misma sonriendo al pensar en él. Su último encuentro había sido cualquier cosa menos amargo. La suya no era en realidad una relación social sino más bien una amistad profesional. La había sorprendido invitándola a cenar y al teatro. Ella aceptó, y disfrutó tanto de la velada que el mero recuerdo le produjo un estremecimiento de placer.
Al principio se sintió un poco incómoda ante el repentino giro en su relación. ¿De qué debía hablar con él? Por primera vez no contaban con el lugar común de un caso en el que ambos estuvieran interesados. Hacía años que no cenaba a solas con un hombre sin que se tratara de motivos profesionales.