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El Peso De La Culpa

Электронная книга - «El Peso De La Culpa». Краткое содержание книги:

Parece que Asuntos Internos va a dejar de investigar de una vez por todas a la brillante, pero indisciplinada detective Barbara Havers. Tras una suspensión temporal como policía, Havers regresa al trabajo a las órdenes del lúcido Inspector Lynley en un extraño caso: el hallazgo de dos jóvenes en un bosque, con signos visibles de haber sufrido una cruenta muerte. Un asesinato de especial virulencia que abre una puerta hacia las oscuras y poderosas alteraciones de la psique humana. Un sórdido espacio en el que el sexo deviene en sadomasoquismo, y el pasado se adentra en la cara odiosa de una doble vida.
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– En la esquina de Elvaston Place con un callejón -dijo Vi.

Terry contestó, y oyó que una voz masculina decía: «El paquete está en el Albert Hall. Piso Q, fila 7, asiento 19», nada más.

La misteriosa llamada picó la curiosidad de Terry. La palabra «paquete» insinuaba dinero, drogas o cartas no reclamadas. Como estaba cerca de Kensington Gore, y el Albert Hall daba al límite sur de Hyde Park, Terry se acercó a investigar. Estaba terminando un concierto, de modo que la sala estaba abierta. Encontró el asiento en uno de los pisos y descubrió un paquete con una partitura debajo.

¿Qué cojones estaba haciendo allí la partitura de Chandler?, pensó Barbara.

Al principio, Terry pensó que estaba perdiendo el tiempo, y que alguien había intentado tomar el pelo al primer primo que contestara al teléfono de la esquina de Elvaston Place. Cuando se reunió con Vi para recoger el lote de postales que debía distribuir, le contó su aventura.

– Pensé que podríamos ganar dinero -dijo Vi a Barbara-. Y también Nikki, cuando se lo conté.

Shelly soltó la mano de su amiga con brusquedad.

– No quiero saber nada de esa zorra -dijo.

– Venga, Shell -contestó Vi-. Está muerta.

Shelly se sentó en la silla que había ocupado antes, con aspecto malhumorado y los brazos cruzados sobre su pecho esquelético. Barbara se preguntó fugazmente acerca del incierto futuro de la relación entre esas dos mujeres, cuando una era tan dependiente. Vi hizo caso omiso de aquella demostración de indignación.

Todos albergaban ambiciones, dijo a Barbara. Terry y también Vi y Nikki, con sus proyectos de fundar un negocio de acompañantes de primera clase. Asimismo, necesitaban medios de sustento desde que Nikki había roto con sir Adrian Beattie. Ambas operaciones dependían de una inyección de dinero, y la partitura se les antojó una fuente en potencia.

– Recordé que Sotheby's, o quien fuera, había subastado una pieza de Lennon y McCartney. Un solo pentagrama, que reportó miles de libras. Nosotras teníamos todo un paquete de pentagramas. Dije a Terry que intentara venderlo. Nikki se ofreció a encontrar la casa de subastas que nos convenía. Nos dividiríamos el dinero cuando la partitura se vendiera.

– ¿Por qué las metió en el ajo? -preguntó Barbara-. A usted y a Nikki. Al fin y al cabo, fue Terry quien la encontró.

– Sí, pero tenía debilidad por Nikki. Quería impresionarla.

Barbara sabía el resto. Neil Sitwell, de Bowers, había abierto los ojos de Terry con respecto a los derechos de autor legales. Le dio la dirección del 31-32 de Soho Square, e informó al muchacho de que King-Ryder Productions le pondría en contacto con los abogados de Chandler. Terry había ido a ver a Mattew King-Ryder con la partitura. Matthew King-Ryder la había visto y comprendido que podía ganar la fortuna que el testamento de su padre le negaba. Pero ¿por qué no la compró al chico en aquel mismo momento?, se preguntó. ¿Por qué le mató para apoderarse de ella? Mejor aún, ¿por qué no compró los derechos a la familia de Chandler? Si la producción resultante de la música se aproximaba a las producciones King-Ryder/Chandler del pasado, ganaría una fortuna con los derechos de autor, aunque la mitad fuera a parar a manos de los Chandler.

– … no consiguió el nombre -estaba diciendo Vi mientras Barbara pensaba.

– ¿Cómo? -preguntó-. Lo siento. ¿Qué ha dicho?

– Matthew King-Ryder no facilitó a Terry el nombre de los abogados. Ni siquiera le dio la oportunidad de preguntarlo. Le echó de su despacho en cuanto vio lo que Terry le había llevado.

– ¿Cuando vio la partitura?

La chica asintió.

– Terry dijo que llamó a los de seguridad. Dos guardias aparecieron al instante y le echaron.

– Pero Terry había ido a averiguar la dirección de los abogados de Chandler, ¿verdad? Era lo único que deseaba de Matthew King-Ryder. No quería dinero, una recompensa o algo por el estilo.

– Queríamos que los Chandler le dieran dinero. En cuanto nos enteramos de que la partitura no podía subastarse.

Una enfermera entró en la habitación, con una pequeña bandeja en la mano. Sobre ella descansaba una aguja hipodérmica. Era la hora de la medicación para el dolor, dijo.

– Una última pregunta -dijo Barbara-. ¿Por qué Terry fue a Derbyshire el martes?

– Porque yo se lo pedí -contestó Vi-. Nikki pensaba que yo me estaba poniendo histérica por lo de Shelly. -La otra mujer levantó la cabeza al instante. Vi estaba hablando para ella más que para Barbara-. No paraba de enviar cartas y merodear por las cercanías, y yo me asusté.

Shelly alzó una mano delgada y se señaló el pecho.

– ¿De mí? -preguntó-. ¿Te asustaste de mí?

– Nikki se burló de mis temores. Pensé que si veía los anónimos podríamos buscar una forma de quitarnos a Shelly de encima. Escribí una nota a Nikki y le pedí a Terry que se la llevara, junto con las cartas. Como ya he dicho, sentía debilidad por ella. Cualquier excusa le servía para verla, ya sabe.

La enfermera intervino.

– He de insistir -dijo, y levantó la jeringa.

– Sí, vale -dijo Vi Nevin.

Barbara paró en la tienda camino de Chalk Farm, de modo que llegó a casa después de las nueve. Sacó su botín y llenó las alacenas, además de la nevera enana de su casa. Durante todo el rato estuvo pensando en la información que Vi Nevin le había proporcionado. En algún punto estaba enterrada la clave de todo lo ocurrido, no solo en Derbyshire sino también en Londres. Suponía que ordenar la información reunida bastaría para averiguar lo que necesitaba saber.

Se sentó a la pequeña mesa de su casa, junto a la ventana, con un plato de cordero rogan josh recalentado, procedente de la sección de platos precocinados de la tienda (de la cual Barbara era cliente habitual desde que se había mudado al barrio). Acompañó la comida con una Bass semifría, y dejó su libreta junto a la taza de café superviviente de los platos, cubiertos y vasos que se amontonaban desde hacía días en el diminuto fregadero. Tomó un sorbo de cerveza, pinchó un pedazo de cordero y hojeó las notas de su entrevista con Vi Nevin.

En cuanto le administraron la medicación contra el dolor, la paciente se había dormido, pero no antes de contestar a unas preguntas más. En su papel de Argos vigilando a lo, Shelly había protestado por la prolongada presencia de Barbara, pero Vi, atontada por los fármacos, había susurrado respuestas, hasta que sus ojos se cerraron y su respiración se hizo más profunda.

Tras revisar sus notas, Barbara llegó a la conclusión de que el punto lógico desde el cual desarrollar una hipótesis sobre el caso sería la llamada telefónica que Terry Cole había contestado en South Kensington. Ese hecho había puesto en marcha toda la cadena posterior. Y sugería que desentrañar el enigma de la llamada (su motivo y consecuencias) conduciría inexorablemente a la prueba que permitiría demostrar la culpabilidad de Matthew King-Ryder.

Aunque era septiembre, Vi Nevin había dejado muy claro que la llamada se había producido en junio. Desconocía la fecha exacta, pero sabía que había sido a principios de mes, porque había recogido una serie recién impresa de sus postales durante los primeros días de junio y se las había dado a Terry Cole el mismo día. Fue entonces cuando él le habló de la curiosa llamada.

¿No fue a principios de julio?, preguntó Barbara. ¿Ni de agosto, o septiembre?

Era junio, insistió Vi Nevin. Se acordaba porque Nikki y ella ya se habían mudado a Fulham, y como Nikki había ido a Derbyshire, Terry había vacilado en colocar sus postales si ella no estaba en la ciudad. Vi estaba muy segura. Quería que Terry distribuyera sus postales lo antes posible, dijo, para que la clientela continuara aumentando, y dijo al chico que retuviera las de Nikki hasta el otoño, para distribuirlas un día antes de que la chica regresara.

Pero ¿por qué había tardado tanto Terry en ir a Bowers con la partitura encontrada?

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