El camino de dagas
- Автор: Джордан Роберт
- Серия: La Rueda del Tiempo #8
- Год: 2005
- Язык: испанский
- Переводчик: Mila Lopez Diaz-Guerra
- Жанр: Эпическое фэнтези
Электронная книга - «El camino de dagas». Краткое содержание книги:
El tan deseado cambio climático, propiciado por el Cuenco de los Vientos, provoca bruscos cambios de temperatura que dificultan el desplazamiento de tropas.
Rand decide hacer frente a los seanchan en las costas de Ilian para frenar el avance del ejército invasor, pero además de al enemigo también tendrá que enfrentarse a la traición.
Irritado, se inclinó hacia adelante para escudriñar de nuevo el dosel del bosque. Gran parte de los árboles eran perennes —alerces, abetos y cedros— y, a pesar de la última sequía, formaban una pantalla eficaz, incluso para su vista intensificada. Como por casualidad, tocó el envoltorio alargado, metido bajo la correa del estribo. Podía intervenir. ¿Y acometer a ciegas? Pero podía cabalgar hasta el bosque. ¿Y ver a diez pasos, como mucho? Allí abajo, su actuación no sería más eficaz que la de uno de los soldados Asha’man.
Se abrió un acceso entre los árboles de la cresta, a cierta distancia; la línea plateada se ensanchó hasta formar un agujero por el que se veían otros árboles diferentes y densa maleza con los tonos marrones del invierno. Un soldado de tez cobriza, con un fino bigote y una perla pequeña en la oreja, salió a pie por él y dejó que el acceso desapareciera. Iba empujando a una sul’dam que iba maniatada a la espalda, una mujer de rasgos hermosos, estropeados por un chichón purpúreo a un lado de la frente. La contusión sí encajaba con su gesto ceñudo y su vestido arrugado y manchado de hojas secas. Giraba la cabeza y le gruñía al soldado cada vez que éste la empujaba para que siguiera avanzando a lo largo de la cresta hasta llegar ante Rand, y después alzó la vista hacia éste, con desdén.
El joven de la chaqueta negra saludó marcialmente.
—Soldado Arlen Nalaam, milord Dragón —bramó, fija la vista en la silla de montar de Rand—. Las órdenes de milord Dragón eran traer a su presencia a cualquier mujer capturada.
Rand asintió. Sólo era para que tuviese la impresión de que hacía algo, inspeccionar prisioneras a fin de asegurarse de que eran lo que habría resultado obvio para cualquier idiota.
—Llévala a los carros, soldado Nalaam, y después regresa a la lucha. —Casi le rechinaron los dientes al decir eso último. ¡Mandaba a luchar a otros y, mientras tanto, él, Rand al’Thor, el Dragón Renacido y rey de Illian, se quedaba sentado en su caballo contemplando las copas de los árboles!
Nalaam volvió a saludar antes de retirarse, empujando ante él a la mujer, y sin perder tiempo. Ella no dejó de echar ojeadas hacia atrás, pero no al soldado esta vez, sino a Rand. Con los ojos desorbitados y boquiabierta por la estupefacción. Por alguna razón, Nalaam no la hizo detenerse hasta que llegó al punto del que había salido. Para abrir un acceso sólo tenía que apartarse un corto trecho, sólo lo suficiente a fin de evitar hacer daño a los caballos.
—¿Qué demonios haces? —demandó Rand mientras el saidin llenaba al joven.
Nalaam se volvió a medias hacia él, vacilando un instante.
—Parece más fácil si uso un sitio en el que ya he abierto un acceso, milord Dragón. Aquí, el saidin es… Lo noto… extraño.
Su prisionera se volvió y lo miró con el entrecejo fruncido. Al cabo de un momento, Rand le indicó con un gesto que procediera. Flinn simuló examinar la silla de su caballo con interés, pero esbozó un atisbo de sonrisa. Con petulancia. Y Dashiva soltó una risita tonta. Flinn había sido el primero en mencionar una sensación extraña con el saidin en ese valle. Por supuesto, Narishma y Hopwil lo habían oído, y Morr contribuyó con sus historias sobre la «peculiaridad» percibida en Ebou Dar. No era de extrañar que ahora todos afirmaran notar algo, aunque ninguno sabía explicar qué, sólo que el saidin se sentía… raro. Luz, con la infección que contaminaba la mitad masculina del Poder, ¿qué otra cosa podía notarse? Rand esperaba que los demás no estuviesen empezando a contraer la nueva enfermedad que lo aquejaba a él.
El acceso de Nalaam se abrió y luego desapareció tras él y su prisionera. Rand dejó que sus sentidos percibieran realmente el saidin. La vida y la corrupción se mezclaban; hielo que haría parecer cálido el crudo invierno, fuego que haría parecer frías las llamas de una forja; muerte, esperando que se descuidara. Queriendo que se descuidara. No se notaba nada distinto. ¿Oh sí? Miró ceñudo hacia donde Nalaam había desaparecido. Nalaam y la mujer.
La cuarta sul’dam apresada esa tarde. Con ella eran ya veintitrés las sul’dam prisioneras en los carros. Y dos damane, ambas con el collar y la correa plateados todavía puestos, retenidas en un carro aparte; con esos collares no podían dar tres pasos sin sufrir unas náuseas tan fuertes como las que lo asaltaban a él al asir la Fuente. Después de todo, ya no estaba seguro de que las hermanas que iban con Mat se sintieran complacidas de que se las entregara. A la primera damane que le habían llevado, dos días antes, no la había visto como una prisionera. Era una mujer esbelta, con el cabello muy rubio y grandes ojos azules, y la consideró una cautiva de los seanchan a la que había que liberar. Eso creyó. Pero cuando obligó a la sul’dam a quitarle el collar, el a’dam, la mujer rubia empezó a gritar a la sul’dam que la ayudara y al instante se puso a arremeter con el Poder. ¡Incluso ofreció el cuello a la sul’dam para que volviera a ponerle el artilugio! Nueve Defensores y un soldado Asha’man murieron antes de que se la pudiera escudar. Gedwyn la habría matado en ese mismo momento si Rand no se lo hubiese impedido. Los Defensores, que se sentían casi tan incómodos en presencia de mujeres que encauzaban como los demás se sentían cerca de hombres que utilizaban el Poder, todavía querían verla muerta. Habían sufrido bajas en los combates de los últimos días, pero que sus hombres murieran a manos de una prisionera parecía ofenderlos.
Había habido más bajas de las que Rand esperaba. Más de doscientas entre legionarios y mesnaderos. Treinta y un Defensores y cuarenta y seis Compañeros. Siete soldados de chaqueta negra y un Dedicado, hombres a los que Rand no había visto nunca hasta que acudieron a su convocatoria en Illian. Demasiados, considerando que todas las heridas, excepto las muy graves, podían Curarse sólo con que un hombre aguantara hasta que hubiera tiempo para atenderle. Sin embargo, estaba empujando a los seanchan hacia el oeste. Y con dureza.
Se alzaron más gritos en algún lugar del valle, a lo lejos. El fuego estalló a unos cinco kilómetros hacia el oeste, y los rayos se descargaron, derribando árboles. Árboles y piedras saltaron por el aire en la ladera de la montaña, más adelante, extraños surtidores que se sucedían a lo largo de la pendiente. Los atronadores estallidos ahogaron los gritos. Los seanchan se retiraban.
—Id allí abajo —ordenó Rand a Flinn y a Dashiva—. Los dos. ¡Encontrad a Gedwyn y comunicadle que he dicho que presione! ¡Que presione!
Dashiva torció el gesto al mirar el bosque allá abajo y después empezó a conducir torpemente su montura a lo largo de la cresta. El hombre era desmañado con los caballos, ya fuera conduciéndolos o montándolos. ¡Incluso tropezó con la punta de su espada! Flinn miró preocupado a Rand.
—¿Vais a quedaros solo, milord Dragón?
—No estoy solo, precisamente —replicó Rand con sequedad mientras miraba de soslayo a Ailil y a Anaiyella. Las dos mujeres habían regresado con sus mesnaderos, casi doscientos lanceros que esperaban cerca de donde la cresta empezaba a descender hacia el este. Al frente de ellos, Denharad frunció el entrecejo tras las barras de la visera. Ahora estaba al mando de los dos grupos, y si su principal preocupación era la seguridad de Ailil y Anaiyella, la mera presencia de sus hombres bastaba para disuadir a casi cualquier atacante. Además, Weiramon tenía asegurado el extremo norte de la cresta para que, según él, no pasara ni una mosca, y Bashere guardaba el flanco sur. Sin ostentación; el general saldaenino había levantado un muro de lanzas sin hablar de ello. Y los seanchan se estaban retirando—. Y, en cualquier caso, no estoy precisamente indefenso, Flinn.