El camino de dagas
- Автор: Джордан Роберт
- Серия: La Rueda del Tiempo #8
- Год: 2005
- Язык: испанский
- Переводчик: Mila Lopez Diaz-Guerra
- Жанр: Эпическое фэнтези
Электронная книга - «El camino de dagas». Краткое содержание книги:
El tan deseado cambio climático, propiciado por el Cuenco de los Vientos, provoca bruscos cambios de temperatura que dificultan el desplazamiento de tropas.
Rand decide hacer frente a los seanchan en las costas de Ilian para frenar el avance del ejército invasor, pero además de al enemigo también tendrá que enfrentarse a la traición.
—¡Abajo, Liandrin! —siseó casi entre dientes.
Lanzando una mirada a Alwhin —¡una mirada feroz!— la da’covale se puso de rodillas, pero el malhumor se plasmaba en sus rasgos.
Realmente extraño. Aunque en absoluto importante. Esperó, manteniendo el gesto impasible a pesar de estar reventando de impaciencia. Impaciencia y no poco desasosiego. Había sido ascendido a la Sangre después de cabalgar ochenta kilómetros en una sola noche, con tres flechas clavadas en el cuerpo, para informar de que un ejército rebelde marchaba contra la propia Seandar; la espalda todavía le dolía.
Por fin Suroth se volvió de espalda a la mesa de mapas. No le dio permiso para levantarse, y menos lo abrazó como a uno de la Sangre. Tampoco había esperado que lo hiciera. Estaba muy por debajo de ella.
—¿Estás listo para marchar? —demandó secamente.
Al menos no le había hablado a través de su Voz. Delante de tantos oficiales a su mando, la vergüenza lo habría hecho ir con los ojos bajos durante meses, si no durante años.
—Lo estaré, Suroth —contestó sosegadamente, mirándola a los ojos. Era de la Sangre, por bajo que fuese su nivel—. Las tropas enemigas tardarán al menos diez días en agruparse, y pasarán otros tantos hasta que hayan salido de las montañas. Mucho antes de ese momento, yo…
—Podrían estar aquí mañana —espetó ella—. ¡Hoy! Si vienen, Miraj, lo harán mediante el antiguo arte de Viajar, y parece más que probable que vengan.
Miraj oyó rebullir a los hombres tendidos en el suelo antes de que pudieran contenerse. ¿Suroth perdido el control sobre sus emociones y farfullando de leyendas?
—¿Estáis segura? —Las palabras le salieron antes de poder frenarlas.
Si antes pensó que la mujer había perdido el control, ahora no le cupo duda alguna. Sus ojos echaban chispas. Aferró los bordes de la sobreveste temblándole las manos, los nudillos blancos.
—¿Dudas de mí? —gruñó con incredulidad—. Baste decir que tengo mis fuentes de información. —Y estaba tan furiosa con esas fuentes como con él, comprendió el general—. Si vienen, habrá quizás unos cincuenta de esos presuntuosamente llamados Asha’man, pero no más de cinco o seis mil soldados. Al parecer no ha habido más desde el principio, digan lo que digan los exploradores.
Miraj asintió lentamente. Cinco mil hombres, desplazándose de algún modo mediante el Poder Único; eso explicaría muchas cosas. ¿Cuáles serían las fuentes de Suroth, que conocía con tanta precisión los números? No era tan necio como para preguntarle. Ciertamente tenía Escuchadores y Buscadores a su servicio. Y también vigilándola. Cincuenta Asha’man. La mera idea de un hombre encauzando lo hacía desear escupir de asco. Los rumores afirmaban que el Dragón Renacido, el tal Rand al’Thor, los estaba reuniendo de todas las naciones, pero jamás habría imaginado que hubiese tantos. El Dragón Renacido podía encauzar, se decía. Quizás eso fuese verdad, pero él era el Dragón Renacido.
Las Profecías del Dragón se conocían en Seanchan incluso antes de que Luthair Paendrag diera comienzo a la Consolidación. En una versión viciada, se decía, muy distinta a la real y pura interpretación divulgada por Luthair Paendrag. Miraj había visto varios volúmenes de El Ciclo Karaethon impresos en esas tierras, y también estaban viciados —¡en ninguno de ellos se mencionaba que estaría al servicio del Trono de Cristal!—, pero las Profecías aún ocupaban las mentes y los corazones de los hombres. No pocos esperaban que el Regreso se produjera pronto, que esas tierras fueran reconquistadas antes del Tarmon Gai’don y que así el Dragón Renacido pudiera ganar la Última Batalla para gloria de la emperatriz, así viviera eternamente. Sin duda, la emperatriz querría que se enviara a al’Thor ante su presencia, a fin de ver qué clase de hombre le servía. No habría dificultades con al’Thor una vez que se hubiese arrodillado ante ella. Pocos eran capaces de zafarse del sobrecogimiento y el temor reverencial que se experimentaba ante el Trono de Cristal, con el ansia de obedecer secando la boca. Sin embargo, parecía obvio que meter al tipo en un barco resultaría más fácil si la derrota de los Asha’man —había que acabar con ellos, ni que decir tiene— se retrasaba hasta que al’Thor se encontrara ya de camino a Seandar por el Océano Aricio.
Eso lo llevaba de nuevo al problema que había estado intentando soslayar, comprendió con un sobresalto. No era un hombre que eludiera las dificultades, cuanto menos hacer caso omiso de ellas, como si no existieran, pero ésta era totalmente diferente a cuantas se había enfrentado hasta entonces. Había combatido en dos docenas de batallas donde ambos bandos utilizaban damane, y conocía sus métodos. No era sólo cuestión de atacar con el Poder. Sul’dam experimentadas podían ver lo que las damane o las marath’damane hacían, del mismo modo que las damane veían lo que hacían otras y así podían defenderse. ¿Serían capaces las sul’dam de ver también lo que hacía un hombre? Peor…
—¿Me proporcionaréis sul’dam y damane? —preguntó. Respiró hondo, a pesar de sí mismo, y añadió—: Si siguen enfermas, será una lucha corta y sangrienta. Por nuestra parte.
Sus palabras causaron un nuevo rebullir en los hombres que esperaban tumbados boca abajo. La mitad de los rumores que corrían por el campamento se referían a la enfermedad que había confinado a sul’dam y damane en sus tiendas. Alwhin reaccionó de un modo muy obvio, algo totalmente impropio en una so’jhin, al asestarle una mirada feroz. La damane se encogió otra vez y empezó a temblar donde seguía postrada. Cosa extraña, a la da’covale de cabello dorado también la sacudió un estremecimiento.
Sonriendo, Suroth se deslizó hacia donde estaba arrodillada la da’covale. ¿Por qué le sonreía a una servidora cuyo adiestramiento dejaba mucho que desear? Empezó a acariciar las trencillas de la mujer postrada, y en la boca, roja y lozana como un capullo de rosa, de la mujer apareció un mohín huraño. ¿Acaso había sido una noble de esas tierras? Las primeras palabras de Suroth respaldaron esa suposición, aunque obviamente iban dirigidas a éclass="underline"
—Los fracasos pequeños acarrean consecuencias de poca importancia; los grandes fracasos se pagan cara y dolorosamente. Tendrás las damane que pides, Miraj. Y enseñarás a esos Asha’man que más les habría valido quedarse en el norte. Los barrerás de la faz de la tierra, Asha’man, soldados, todos ellos. Del primero al último, Miraj. He hablado.
—Se hará como decís, Suroth —contestó—. Serán destruidos. Del primero al último.
Ahora ya no había nada más que pudiera decir. Sin embargo, habría querido que le hubiese contestado si las sul’dam y damane seguían enfermas.
Rand sofrenó a Tai’daishar y le hizo dar media vuelta, cerca de la cresta de la pelada y rocosa colina, para ver cómo su pequeño ejército se desplegaba a medida que salía por los agujeros abiertos en el aire. Se aferraba con fuerza a la Fuente Verdadera, tanto que parecía temblar. Con el Poder hinchiéndolo, las agudas puntas de la Corona de Espadas que se hincaban en sus sienes se percibían más punzantes que nunca y, a la par, completamente disociadas, y el frío de media mañana, intenso e imperceptible a la vez. Las heridas jamás curadas de su costado eran un dolor amortiguado y lejano. Lews Therin parecía jadear de incertidumbre. O tal vez de miedo. Quizá, después de haber estado tan cerca de la muerte la víspera, ya no tenía tantas ganas de morir. Claro que no siempre quería perecer. La única constante en el hombre era el deseo de matar; y resultaba que en ese deseo se incluía a sí mismo muy a menudo.