El camino de dagas
- Автор: Джордан Роберт
- Серия: La Rueda del Tiempo #8
- Год: 2005
- Язык: испанский
- Переводчик: Mila Lopez Diaz-Guerra
- Жанр: Эпическое фэнтези
Электронная книга - «El camino de dagas». Краткое содержание книги:
El tan deseado cambio climático, propiciado por el Cuenco de los Vientos, provoca bruscos cambios de temperatura que dificultan el desplazamiento de tropas.
Rand decide hacer frente a los seanchan en las costas de Ilian para frenar el avance del ejército invasor, pero además de al enemigo también tendrá que enfrentarse a la traición.
Desde su asiento en el estrado podía ver claramente la mesa de los mapas, donde subtenientes destocados de sus yelmos comprobaban los informes y colocaban marcas para representar las fuerzas en el campo de batalla. Una pequeña bandera de papel se erguía sobre cada marcador, con símbolos en tinta que indicaban el tamaño y la composición de la fuerza. Encontrar mapas decentes en esas tierras era casi imposible, pero el mapa copiado sobre la gran mesa era suficiente. Y preocupante, por lo que le indicaba. Discos negros representando puestos avanzados invadidos o dispersados. Demasiados, salpicando toda la mitad oriental de las montañas Vemir. Cuñas rojas, que señalaban escuadrones en movimiento, cubrían la zona occidental casi con igual profusión, todas ellas apuntando en retroceso hacia Ebou Dar. Y dispersos entre los discos negros, destacaban diecisiete blancos. En ese momento, un joven oficial con el uniforme marrón y negro de los morat’torm situó cuidadosamente el decimoctavo. Fuerzas enemigas. Unos pocos podían ser los mismos avistados dos veces, pero la mayoría de ellos estaban demasiado distantes entre sí, había un desajuste en los tiempos de avistamientos.
A lo largo de las paredes de la tienda, escribientes con sencillas chaquetas marrones, marcadas únicamente con la insignia de rango entre amanuenses en los anchos cuellos, esperaban en sus escritorios, pluma en mano, a que Miraj diera órdenes que redactarían para su posterior distribución. Ya había impartido las órdenes que podía dar. Había noventa mil soldados enemigos en las montañas, casi el doble de la cifra que podría reunir allí, incluso con las tropas nativas. Un contingente increíble, sólo que los exploradores no mentían; a los mentirosos los degollaban sus propios compañeros. Demasiados, saliendo de la tierra como los gusanos trampa de Sen T’jore. Al menos aún tenían ante ellos más de ciento cincuenta kilómetros de montañas que cubrir si se proponían amenazar Ebou Dar. Casi trescientos, para los discos blancos situados más al este. Y después otros ciento cincuenta de territorio accidentado, con estribaciones y colinas. Sin duda, el general enemigo no podía tener intención de permitir que sus fuerzas dispersas se enfrentaran por separado. Reunirlas llevaría un tiempo. En ese momento, el tiempo era lo único que Miraj tenía a su favor.
Las solapas de la entrada se abrieron y la Augusta Señora Suroth entró en la tienda, con la orgullosa cresta de cabello negro cayendo por su espalda, el vestido plisado, blanco como la nieve, y la sobreveste ricamente bordada, de algún modo sin rastro del barro que había fuera. Miraj la hacía todavía en Ebou Dar; debía de haberse trasladado por aire en un to’raken. Iba acompañada por un pequeño séquito, pequeño comparado con el que solía llevar. Un par de Guardias de la Muerte, con los borlones negros en las empuñaduras de sus espadas, sostenían abiertos los paños de la entrada, y se veían más de ellos en el exterior, hombres de rostros pétreos, con uniformes en rojo y verde. La representación de la emperatriz, así viviera eternamente. Incluso la Sangre los tenía en cuenta. Suroth pasó ante ellos como si fueran unos servidores más, como la da’covale de figura exuberante, que apenas ocultaba el blanco vestido casi transparente, y dorado cabello tejido en multitud de finas trenzas, que llevaba la dorada escribanía de la Augusta Señora dos pasos detrás de ella, dócilmente. La Voz de la Sangre de Suroth, Alwhin, una mujer de gesto ceñudo, con vestido verde, la parte izquierda de la cabeza afeitada y el resto de su cabello castaño claro tejido en una trenza, seguía de cerca a su señora. Mientras Miraj descendía los peldaños del estrado, reparó, estupefacto, que la segunda da’covale que seguía a Suroth, una mujer de cabello oscuro, pequeña y delgada bajo el diáfano vestido, ¡era damane! Una damane con ropas de propiedad era algo inaudito, ¡pero aún más extraño era el hecho de que Alwhin la condujera por un a’dam!
No dejó traslucir su estupefacción mientras hincaba la rodilla en el suelo y murmuraba:
—Que la Luz sea con la Augusta Señora Suroth. Honor y gloria a la Augusta Señora Suroth.
Todos los demás se postraron sobre la lona del suelo, con la mirada baja. Miraj era de la Sangre, aunque en un grado demasiado bajo para afeitarse los laterales de la cabeza, como Suroth, y sólo llevaba lacadas las uñas de los meñiques. Demasiado bajo para manifestar sorpresa si la Augusta Señora permitía a su Voz seguir actuando como sul’dam después de haber sido ascendida a so’jhin. Tiempos extraños en tierras extrañas, donde el Dragón Renacido caminaba y las marath’damane andaban libres para matar y esclavizar a su antojo.
Suroth apenas le dedicó una mirada superficial antes de volverse para estudiar el mapa de la mesa, y si estrechó sus ojos negros por lo que vio, tenía razón para hacerlo. Bajo su mando, los Hailene habían conseguido mucho más de lo que nadie se habría atrevido a soñar, reclamando grandes extensiones de las tierras robadas. Sólo los habían enviado para preparar el camino y, después de Falme, algunos habían pensado que ni siquiera eso sería posible. Tamborileó los dedos sobre la mesa, con irritación, las largas uñas lacadas en azul de los dos primeros dedos repicando con fuerza. De haber continuado los éxitos, podría haberse afeitado completamente la cabeza y haberse pintado una tercera uña de cada mano. No habría sido la primera vez que se consiguiera la adopción en la familia imperial por logros tan grandes. Y si se sobrepasaba, si llegaba demasiado lejos, podía encontrarse con las uñas cortadas y metida en un vestido translúcido, al servicio de algún miembro de la Sangre, si no vendida a un granjero para ayudarlo a labrar sus tierras o a sudar en un almacén de mercancías. En el peor de los casos, Miraj sólo tendría que cortarse las venas.
Siguió observando a Suroth en silencio, pacientemente, pero, antes de ser ascendido a la Sangre, había sido un teniente explorador, un morat’raken, y no podía evitar estar pendiente de todo lo que lo rodeaba. Un explorador vivía o moría por lo que veía o dejaba de ver, y lo mismo ocurría con los demás. Los hombres seguían tendidos de bruces en el suelo; daba la impresión de que algunos de ellos casi ni respiraban. Suroth tendría que haberlo llevado aparte para dejarlos que continuaran con su trabajo. Los soldados apostados en la entrada de la tienda cerraron el paso a una mensajera y la hicieron dar media vuelta. ¿Tan funesto era el mensaje que la mujer había intentado pasar entre unos Guardias de la Muerte?
La da’covale que llevaba la escribanía atrajo su atención. Ceños fugaces asomaban en su bonita cara de muñeca, aunque sólo se borraban durante segundos. ¿Una propiedad denotando ira? Y había algo más. La mirada de la mujer se desviaba continuamente hacia la damane, que permanecía con la cabeza agachada pero, aun así, echaba ojeadas alrededor con curiosidad. El aspecto de la da’covale de ojos castaños y el de la damane de ojos claros eran completamente diferentes, aunque había algo que las hacía semejantes. Algo en sus rostros. Extraño. No habría podido calcular la edad de ninguna de ellas.
Por rápido que fue su vistazo, Alwhin reparó en ello. Dio un tirón de la correa plateada del a’dam que puso a la damane postrada boca abajo en el suelo. A continuación chasqueó los dedos, señaló la lona con la mano que no estaba obstaculizada por el brazalete del a’dam y luego torció el gesto cuando la da’covale de cabello dorado no se movió.