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El camino de dagas

Электронная книга - «El camino de dagas». Краткое содержание книги:

Mientras Elayne y Nynaeve tratan de hacer funcionar el Cuenco de los Vientos, Perrin se dirige a Ghealdan para que la reina Alliandre respalde públicamente al Dragón Renacido. Rand continúa en Illian, intentando pacificar el país.
El tan deseado cambio climático, propiciado por el Cuenco de los Vientos, provoca bruscos cambios de temperatura que dificultan el desplazamiento de tropas.
Rand decide hacer frente a los seanchan en las costas de Ilian para frenar el avance del ejército invasor, pero además de al enemigo también tendrá que enfrentarse a la traición.
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Bashere miró hacia arriba y escudriñó el cielo. Nubes oscuras se extendían como un manto de cumbre a cumbre, pero el sol debía de seguir alto.

—Hora de alimentar a los hombres antes de que los demás regresen —dijo mientras asentía con satisfacción. Nerith se las había arreglado para morder la muñeca de un saldaenino y se aferraba a ella como tejón rabioso.

—Que coman deprisa —instó, irritado, Rand. ¿Serían igual de difíciles todas las sul’dam que capturaran? Seguramente. Luz, ¿y si cogían a una damane?—. No quiero pasarme el invierno en esas montañas. —Gille la damane. No podía borrar un nombre una vez que había entrado en la lista.

«Los muertos nunca guardan silencio —susurró Lews Therin—. Los muertos nunca duermen».

Rand condujo su caballo hacia las lumbres. No le apetecía comer.

Desde la punta de un saliente rocoso, Furyk Karede examinó cuidadosamente las montañas arboladas que se alzaban alrededor, picos afilados como oscuros colmillos. Su caballo, un castrado rodado, irguió las orejas como si hubiese captado un ruido que a él le hubiera pasado por alto, pero aparte de eso el animal permaneció inmóvil. Cada dos por tres, Karede tenía que interrumpir el reconocimiento y limpiar las lentes de su visor. Caía una lluvia ligera del encapotado cielo matinal. Las dos plumas negras de su yelmo estaban dobladas, en lugar de erguidas, y le corría agua por la espalda. Una lluvia ligera comparada con la de la víspera, en cualquier caso, y seguramente comparada con la del siguiente. O con la de esa tarde, tal vez. Los truenos retumbaban ominosamente por el sur. Sin embargo, la preocupación de Karede no tenía nada que ver con el tiempo.

Allá abajo, los últimos hombres de un contingente de dos mil trescientos avanzaban serpenteando por los pasos sinuosos, hombres reunidos de cuatro puestos avanzados. Con buenas monturas y razonablemente bien dirigidos, sin embargo apenas doscientos eran seanchan, y sólo dos, aparte de él mismo, lucían los colores rojo y verde de la Guardia. Casi todos los demás eran taraboneses —conocía su arrojo—, pero un buen tercio lo constituían amadicienses y altaraneses, demasiado nuevos en sus juramentos para estar seguro de cómo aguantarían. Algunos altaraneses y amadicienses habían cambiado su lealtad dos o tres veces ya. O lo habían intentado, en cualquier caso. La gente a ese lado del Océano Aricio no tenía pundonor. Una docena de sul’dam cabalgaba al frente de la columna, y Karede habría querido que las doce llevaran damane en correa caminando junto a sus caballos, en lugar de sólo dos.

Cincuenta pasos más allá, los diez hombres de vanguardia vigilaban las laderas que se alzaban sobre ellos, aunque no con el cuidado necesario. Demasiados hombres que cabalgaban en vanguardia contaban con los exploradores avanzados para que descubrieran cualquier clase de peligro. Karede tomó nota de hablar personalmente con ellos. Cumplirían con su deber correctamente después de eso, o los enviaría a las levas de trabajo.

Un raken apareció por el este, deslizándose en un vuelo raso sobre las copas de los árboles, girando y desviándose para seguir las curvas del terreno como haría la mano de un hombre al deslizarse por la espalda de una mujer. Qué curioso. A los morat’raken, los voladores, les gustaba volar muy alto siempre, a menos que los rayos surcaran el cielo. Karede bajó el visor para observar.

—Quizá tengamos por fin otro informe de reconocimiento del terreno —comentó Jadranka. A los otros oficiales que esperaban detrás de Karede, no a él. Tres de los diez igualaban en rango a Karede, pero eran pocos, excepto la Sangre, los que osaban molestar a un hombre con el uniforme rojo sangre y verde casi negro de la Guardia de la Muerte. Tampoco había muchos de la Sangre que lo hicieran.

Según las historias que había oído de niño, uno de sus antepasados, un noble, había seguido a Luthair Paendrag hasta Seanchan, por orden de Artur Hawkwing, pero doscientos años después, cuando sólo estaba asegurado el norte, otro antepasado había intentado forjar un reino para sí mismo y acabó vendido en subasta. Quizás ocurriera así; muchos da’covale afirmaban tener antepasados nobles. Al menos, lo hacían entre ellos; pocos miembros de la Sangre encontraban divertida esa clase de cháchara. En cualquier caso, Karede se había considerado afortunado cuando los Escogedores lo seleccionaron, siendo un robusto chiquillo que aún no tenía edad para que se le asignaran tareas, y todavía se sentía orgulloso de los cuervos tatuados en sus hombros. Muchos Guardias de la Muerte iban sin chaqueta ni camisa cuando las circunstancias lo permitían, a fin de exhibirlos. Los humanos, por lo menos. A los Jardineros Ogier no se los marcaba ni se los poseía, pero eso era un asunto entre ellos y la emperatriz.

Karede era da’covale y estaba orgulloso de ello, como cualquier hombre de la Guardia, propiedad del Trono del Cristal en cuerpo y alma. Luchaba donde la emperatriz indicaba y moriría el día que ella dijera que lo hiciera. Sólo a la emperatriz obedecía la Guardia, y allí donde aparecía lo hacía como la mano de la emperatriz, un recordatorio visible de ella. No era de extrañar que incluso entre la Sangre algunos se sintieran inquietos al ver pasar un destacamento de Guardias de la Muerte. Era una vida mucho mejor que estar limpiando los establos de un lord o sirviendo kaf a una lady. Sin embargo, maldecía la suerte que lo había llevado a esas montañas para inspeccionar los puestos avanzados.

El raken siguió volando velozmente hacia el oeste, con las dos voladoras inclinadas sobre la silla. No era un informe de exploración, ningún mensaje para él. Furyk sabía que eran imaginaciones suyas, pero tuvo la impresión de que el largo cuello de la criatura, extendido, denotaba cierta… ansiedad. Si hubiese sido cualquier otro hombre, también se habría sentido inquieto. Había habido pocos mensajes para él desde que recibió la orden, tres días antes, de asumir el mando y desplazarse hacia el este, y cada mensaje sólo había espesado la niebla en lugar de aclararla.

Los lugareños, esos altaraneses, se habían agrupado en gran número en las montañas, al parecer, pero ¿cómo? Las calzadas a lo largo del límite septentrional de la cordillera estaban patrulladas y vigiladas casi hasta la frontera de Illian por voladores y morat’torm así como por partidas a caballo. ¿Qué podría haber inducido a los altaraneses a enseñar así los dientes? ¿Qué los había empujado a unirse? Un hombre podía encontrarse involucrado en un duelo con ellos por una mirada —aunque ya habían empezado a aprender que desafiar a un Guardia era sólo un modo más lento de suicidarse—, pero había visto nobles de esa mal llamada nación intentando venderse unos a otros y a su reina por la mera sugerencia de que sus propias tierras estarían protegidas y tal vez su posible expansión con la incorporación de las de su vecino.

Nadoc, un hombretón con un engañoso rostro apacible, se giró en la silla para seguir con la mirada al raken.

—No me gusta avanzar a ciegas —murmuró—. No cuando los altaraneses se las han apañado para situar aquí arriba cuarenta mil hombres, como poco.

Jadranka resopló tan fuerte que su alto castrado blanco se movió. Jadranka era el capitán más veterano de los tres que estaban detrás de Karede, con tantos años de servicio como el propio Furyk. Era bajo y delgado, con una nariz prominente, y se daba unos aires que cualquiera habría dicho que era de la Sangre. Ese caballo blanco destacaría a un kilómetro.

—Cuarenta mil o cien, Nadoc, están desperdigados desde aquí hasta el otro extremo de la cordillera, demasiado separados para apoyarse unos a otros. Así me arranquen los ojos, seguramente la mitad de ellos ya estarán muertos. Deben de andar enzarzados con nuestras avanzadas por todas partes. Por eso no nos llegan informes. De nosotros se espera que barramos los restos.

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