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El camino de dagas

Электронная книга - «El camino de dagas». Краткое содержание книги:

Mientras Elayne y Nynaeve tratan de hacer funcionar el Cuenco de los Vientos, Perrin se dirige a Ghealdan para que la reina Alliandre respalde públicamente al Dragón Renacido. Rand continúa en Illian, intentando pacificar el país.
El tan deseado cambio climático, propiciado por el Cuenco de los Vientos, provoca bruscos cambios de temperatura que dificultan el desplazamiento de tropas.
Rand decide hacer frente a los seanchan en las costas de Ilian para frenar el avance del ejército invasor, pero además de al enemigo también tendrá que enfrentarse a la traición.
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¡Pues menuda ayuda! Justo entonces una de las patrullas de Bashere empeoró las cosas. Los seis hombres aparecieron empujando a una prisionera cuesta arriba, delante de sus caballos, con el extremo romo de sus lanzas. Era una mujer de cabello negro, que llevaba un vestido azul oscuro, sucio y desgarrado, con piezas de color rojo en la pechera y la falda, sobre las que aparecían rayos. También tenía sucia la cara, y llena de churretes de lágrimas. Tropezó y casi cayó, a pesar de que el aguijoneo de las lanzas era un amago que no la tocaba realmente. La mujer dirigió una mirada desdeñosa a sus captores e incluso escupió. También miró a Rand con aire despectivo.

—¿La habéis herido? —instó. Una pregunta extraña, quizá, tratándose de un enemigo, después de lo ocurrido en el valle. Tratándose de una sul’dam. Pero le salió sin pensar.

—Nosotros no, milord Dragón —respondió el jefe de patrulla con gesto hosco—. La encontramos así. —Se rascó la mandíbula cubierta por una negra barba y miró a Bashere, como buscando apoyo—. Afirma que matamos a su Gille. Un perro favorito o un gato o algo por el estilo, a juzgar por el escándalo que ha metido. Se llama Nerith. Es lo que hemos conseguido sacarle.

La mujer se giró y volvió a enseñarle los dientes. Rand suspiró. Nada de un perro favorito. ¡No! ¡Ese nombre no pertenecía a su lista! Sin embargo, podía oír la letanía de nombres enumerándose por sí misma dentro de su cabeza, y «Gille, la damane» se encontraba entre los demás. Lews Therin gimoteó por su Ilyena. Su nombre también estaba en la lista. Rand pensaba que tenía derecho.

—¿Ésta es una Aes Sedai seanchan? —inquirió Anaiyella de repente, inclinándose sobre la perilla de la silla para mirar detenidamente a Nerith. Ésta le escupió también, con los ojos desorbitados por la indignación.

Rand explicó lo poco que sabía de las sul’dam, que controlaban mujeres capaces de encauzar, con la ayuda de un ter’angreal en forma de collar y correa, pero que ellas no podían encauzar. Para su sorpresa, la remilgada y ñoña Gran Señora manifestó fríamente:

—Si milord Dragón siente reparos, yo me encargaré de ahorcarla, en su lugar.

¡Nerith volvió a escupir a la noble! En esta ocasión, con desprecio. No le faltaba valor a la mujer.

—¡No! —bramó Rand. ¡Luz, las cosas que haría la gente para congraciarse con él! O tal vez era porque Anaiyella había mantenido una relación más estrecha con su Maestro de los Caballos que la propia entre señora y servidor. El hombre había sido un tipo robusto y algo calvo, y plebeyo, cosa que se tenía muy en cuenta entre los tearianos, pero a veces las mujeres tenían gustos raros con respecto a los hombres. Eso lo sabía él muy bien.

»Tan pronto como estemos preparados para reemprender la marcha —le dijo a Bashere—, soltad a esos hombres ahí abajo. —Llevar prisioneros cuando lanzaran el siguiente ataque quedaba descartado, y dejar a cien hombres, cien ahora, pero seguro que habría más después, para que los siguieran con los carros de suministros era arriesgarse a cincuenta percances distintos. No podían causar problemas si los dejaban atrás. Ni siquiera los que habían huido a caballo podían transmitir la alarma más deprisa de lo que se desplazaban con el Viaje.

Bashere se encogió levemente de hombros; quizá Rand tenía razón y no les causarían problemas, pero siempre existía el azar. Ocurrían cosas raras sin que hubiera necesariamente un ta’veren cerca.

Weiramon y Anaiyella abrieron la boca casi al tiempo, dispuestos a protestar, pero Rand los cortó.

—¡He hablado, y no hay nada más que añadir! Sin embargo, llevaremos a la mujer. Y a cualquier otra mujer que capturemos.

—¡Que me aspen! —exclamó Weiramon—. ¿Por qué? —El noble parecía atónito, y Bashere giró la cabeza bruscamente, sobresaltado. Anaiyella apretó los labios en un gesto de desprecio antes de que la mujer se las ingeniara para transformarlo en una sonrisa tonta para el lord Dragón. Obviamente, lo creía demasiado blando para abandonar a una mujer con los otros. Los aguardaba una dura caminata en aquel terreno, por no mencionar las raciones escasas. Y el tiempo no era el indicado para dejar a la intemperie a una mujer.

—Ya tengo suficientes Aes Sedai en mi contra para además dejar sueltas sul’dam que volverían a realizar la misma labor —les dijo. ¡La Luz sabía que era verdad! Asintieron, aunque Weiramon tardó un poco en entender; Bashere parecía aliviado, y Anaiyella decepcionada. Pero ¿qué hacer con la mujer y con las otras que capturaran? No tenía intención de convertir la Torre Negra en una prisión. Los Aiel podían ocuparse de ellas. Sólo que las Sabias quizá las degollaran en cuanto él se diera media vuelta. ¿Y las hermanas que Mat conducía a Caemlyn, con Elayne?—. Cuando esto haya acabado, se las entregaré a unas Aes Sedai escogidas por mí. —A lo mejor lo veían como un gesto de buena voluntad, un poco de miel para endulzar el mal trago de aceptar su protección.

No bien acababan de salir las palabras de su boca cuando Nerith se puso mortalmente pálida y empezó a chillar a voz en cuello. Aullando sin cesar, se lanzó cuesta abajo, saltando sobre árboles derribados, cayendo y levantándose de nuevo.

—¡Maldita sea! ¡Cogedla! —bramó Rand, y la patrulla saldaenina salió disparada en pos de la mujer, azuzando sus monturas por la ladera sembrada de árboles sin pensar en patas o cuellos rotos. La seanchan, que seguía chillando, corrió haciendo quiebros entre los caballos, aún con menos precaución.

En la boca del paso más oriental se abrió un acceso en medio de un destello de luz plateada. Un soldado de chaqueta negra lo cruzó tirando de su montura, se subió de un salto a la silla mientras el acceso se desvanecía, y se lanzó a galope hacia la cumbre de la colina, donde Gedwyn y Rochaid esperaban. Rand observó impasible. Dentro de su cabeza, Lews Therin bramaba sobre matar, matar a todos los Asha’man antes de que fuese demasiado tarde.

Para cuando los tres hombres empezaron a subir la ladera en dirección a Rand, cuatro de los saldaeninos tenían a Nerith tirada en el suelo e intentaban atarla de pies y manos. Y no sobraba ninguno de los cuatro, habida cuenta de las patadas y los mordiscos que les propinaba. A un divertido Bashere se le hicieron apuestas sobre si no sería ella la que los reduciría, en lugar de a la inversa. Anaiyella masculló algo sobre partirle la cabeza a la mujer. ¿Lo diría literalmente? Rand la miró ceñudo.

El soldado, que iba entre Gedwyn y Rochaid, lanzó una mirada inquieta a Nerith cuando pasaron a caballo junto a ella. Rand recordaba vagamente haberlo visto en la Torre Negra, el día que había llevado por primera vez los alfileres de espadas de plata y le dio a Taim el primer alfiler de dragón. Era un tarabonés joven, llamado Varil Nensen, que todavía llevaba un fino velo para tapar el espeso bigote. Sin embargo, no había dudado a la hora de combatir contra sus compatriotas. Ahora su lealtad era para la Torre Negra y el Dragón Renacido, como repetía Taim. La segunda parte de la frase sonaba siempre a añadido, a ocurrencia tardía.

—Se te concede el honor de presentar tu informe al Dragón Renacido, soldado Nensen —dijo Gedwyn. Con sorna.

Nensen se sentó más erguido en la silla.

—¡Milord Dragón! —bramó al tiempo que llevaba el puño al pecho—. Hay más a unos cincuenta kilómetros al oeste, milord Dragón. —Cincuenta kilómetros era la distancia máxima que Rand había indicado rastrear a los exploradores antes de regresar. ¿De qué serviría que un soldado encontrara seanchan mientras que el resto seguía desplazándose más al oeste?—. Alrededor de la mitad de los que había aquí —continuó Nensen—. Y… —Sus oscuros ojos se desviaron de nuevo, fugazmente, hacia Nerith, que ahora ya estaba atada; los saldaeninos forcejeaban para subirla a un caballo—. Y no vi señal de que hubiera mujeres, milord Dragón.

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