Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
El camino de dagas - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

El camino de dagas

Электронная книга - «El camino de dagas». Краткое содержание книги:

Mientras Elayne y Nynaeve tratan de hacer funcionar el Cuenco de los Vientos, Perrin se dirige a Ghealdan para que la reina Alliandre respalde públicamente al Dragón Renacido. Rand continúa en Illian, intentando pacificar el país.
El tan deseado cambio climático, propiciado por el Cuenco de los Vientos, provoca bruscos cambios de temperatura que dificultan el desplazamiento de tropas.
Rand decide hacer frente a los seanchan en las costas de Ilian para frenar el avance del ejército invasor, pero además de al enemigo también tendrá que enfrentarse a la traición.
1 ... 134 135 136 137 138 139 140 141 142 ... 208
Перейти на страницу:

Karede se tragó un suspiro. Había esperado que Jadranka no fuera un imbécil además de un engreído. Las alabanzas por las victorias se propagaban con rapidez, tanto si eran sobre un ejército como sobre medio batallón. Eran las derrotas excepcionales las que se tragaban en silencio y se olvidaban. Y tanto silencio resultaba… ominoso.

—El último informe no me pareció que hablara de ningún «resto» —insistió Nadoc. Él no era estúpido—. Hay cinco mil hombres a ochenta kilómetros, delante de nosotros, y dudo que podamos quitarlos de en medio con escobas.

Jadranka volvió a resoplar.

—Los aplastaremos, con espadas o con escobas. Así la Luz me abrase, estoy impaciente por sostener un combate decente. Ordené a los exploradores que siguieran buscando hasta dar con ellos. No permitiré que se escabullan.

—¿Que hiciste qué? —inquirió suavemente Karede.

Sus palabras hicieron que todas las cabezas se volvieran hacia él. Nadoc y unos pocos más tuvieron que esforzarse para dejar de mirar boquiabiertos a Jadranka. Exploradores con la orden de seguir adelante, con la orden específica de buscar algo en concreto. ¿Qué podía haberse pasado por alto a costa de esas órdenes?

Antes de que ninguno tuviese tiempo de abrir la boca, sonaron gritos de los hombres en el paso; gritos y relinchos de caballos.

Karede se llevó el tubo de cuero del visor al ojo. A lo largo del paso, al frente, hombres y animales morían bajo una lluvia de lo que le pareció tenían que ser saetas de ballestas, a juzgar por el modo en que atravesaban petos de acero y reventaban pechos sin protección de cota de mallas. Ya habían caído cientos, y otros tantos se tambaleaban heridos en las sillas o a pie y corrían alejándose de caballos que pateaban en el suelo. Corrían demasiados. Mientras observaba por el visor, hombres todavía montados hacían volver grupas a los caballos en un intento de huir de regreso al paso. ¿Dónde infiernos estaban las sul’dam? No conseguía divisarlas. Se había enfrentado a rebeldes que tenían sul’dam y damane, y eran las que había que matar cuanto antes. Quizá los lugareños habían aprendido eso.

De manera repentina, espantosa, el suelo empezó a explotar en rugientes surtidores de tierra a lo largo de la serpentina columna de soldados a su mando, surtidores que lanzaban al aire hombres y caballos con tanta facilidad como la tierra y las piedras. Del cielo se descargaron rayos, líneas zigzagueantes de luz blanco azulada que destrozaban tierra y hombres por igual. Otros hombres simplemente estallaban en pedazos sin motivo aparente. ¿Tenían los lugareños damane propias? No, serían esas Aes Sedai.

—¿Qué vamos a hacer? —inquirió Nadoc. Parecía impresionado. Y con razón.

—¿Es que piensas abandonar a tus hombres? —gruñó Jadranka—. ¡Los reagruparemos y atacaremos, pedazo de…!

La frase se cortó de golpe, con un gorgoteo, cuando la punta de la espada de Karede se hundió en su garganta. En ciertos momentos podía tolerarse a un necio. En otros, no. Al tiempo que el hombre se desplomaba de la silla, Karede limpió hábilmente su acero en la blanca crin del castrado antes de que el animal saliera disparado. También había momentos para un pequeño alarde.

—Reagruparemos lo que podamos reagrupar, Nadoc —manifestó como si Jadranka no hubiese hablado. Como si no hubiese existido—. Salvaremos lo que podamos salvar, y nos replegaremos.

Hizo dar media vuelta al caballo para descender al paso donde los rayos centelleaban y los truenos retumbaban, y ordenó a Anghar, un joven de mirada firme que montaba un caballo veloz, que cabalgara hacia el este e informara de lo que había ocurrido allí. Un volador tal vez podría verlo o tal vez no, aunque Karede creía saber ahora por qué volaban tan bajo. E imaginaba que la Augusta Señora Suroth y los generales del acuartelamiento de Ebou Dar también sabían ya lo que estaba sucediendo en las montañas. ¿Sería ése el día señalado para morir por la emperatriz? Taconeó los flancos de su caballo.

Desde la cresta llana y escasamente arbolada, Rand oteaba hacia el oeste el bosque que se extendía a sus pies. Henchido de Poder —la vida, tan dulce; la infección, oh, cuán repulsiva— podía distinguir cada hoja por separado. Tai’daishar pateó el suelo con un casco. Los escarpados picos que se alzaban detrás, a ambos lados y en derredor se erguían casi dos mil metros por encima de la cresta, pero ésta se encontraba muy por encima de las copas de los árboles del fondo, que cubrían un ondulado valle de más de una legua de longitud y casi otro tanto de anchura. Allí abajo todo estaba en silencio. Una quietud que igualaba la del vacío en el que él flotaba. Por el momento en silencio, al menos. Aquí y allí se alzaban columnas de humo, donde dos o tres árboles contiguos ardían como antorchas. Sólo la gran humedad que lo empapaba todo impedía que el fuego se propagara, convirtiendo el valle en una conflagración.

Flinn y Dashiva eran los únicos Asha’man que permanecían con él. Todos los demás se encontraban en el valle. Los dos se hallaban a cierta distancia, al borde de los árboles, a pie y sujetando las riendas de sus caballos, observando el bosque allá abajo. Es decir, Flinn lo observaba con igual fijeza que él; Dashiva echaba ojeadas de vez en cuando, torcía la boca y, de tanto en tanto, mascullaba entre dientes de un modo que hacía que Flinn rebullera intranquilo y lo mirara de soslayo. El Poder los henchía a los dos, casi a rebosar, pero, para variar, Lews Therin no decía nada. En los últimos días parecía que el hombre hubiera ido replegándose progresiva y paulatinamente a su escondrijo.

El cielo estaba parcialmente despejado, y entre las dispersas nubes grises se colaba la luz del sol. Habían pasado cinco días desde que Rand condujo a su pequeño ejército a Altara, cinco días desde que vio al primer seanchan muerto. Había visto muchos más desde entonces. La idea se deslizó por el exterior del vacío. A través del guante notaba la garza marcada en su palma, ceñida alrededor del Cetro del Dragón. Silencio. No se divisaba ninguna de las criaturas voladoras. Tres de ellas habían muerto, derribadas en el aire por los rayos antes de que sus jinetes aprendieran la lección y dejaran de acercarse. Silencio.

—Quizás ha terminado, milord Dragón. —La voz de Ailil sonaba fría y tranquila, pero la mujer palmeó el cuello de su yegua a pesar de que el animal no necesitaba que lo tranquilizaran. Miró de reojo a Flinn y a Dashiva y se puso erguida, no queriendo mostrar la mínima inquietud delante de ellos.

Rand se encontró canturreando entre dientes y se interrumpió de golpe. Ésa era una costumbre de Lews Therin cuando miraba a una mujer bonita, no de él. ¡De él no! ¡Luz, si empezaba a adoptar los hábitos del hombre, y encima sin estar siquiera presente…!

De pronto, un violento estampido retumbó en el valle. Estalló una llamarada por encima de los árboles, a tres kilómetros o más de distancia, y a continuación otra, y otra más, y una cuarta. Los rayos cayeron sobre el bosque, cerca de los puntos donde habían saltado las altas llamas, destellos separados, como lanzas irregulares, de color azul blanquecino. Una ráfaga de relámpagos y fuego, y después se hizo de nuevo el silencio. En esta ocasión no se incendiaron árboles.

Parte de aquello había sido saidin. Sólo parte.

Se alzaron gritos, apagados y distantes; en otra parte del valle, le dio la impresión. Demasiado lejos incluso para que su sentido del oído, aguzado por el saidin, captara el vibrante choque de los aceros. A pesar de los pesares, no toda la lucha la llevaban a cabo Asha’man, Dedicados y soldados de chaqueta negra.

Anaiyella soltó el aire que debía de haber estado conteniendo desde que empezó el intercambio entre las dos partes del Poder. Los hombres combatiendo con armas de acero no le causaban incomodidad. Entonces también ella palmeó el cuello de su montura. El castrado había movido sólo una oreja. Rand había advertido que las mujeres solían hacer eso. Cuando estaban agitadas, intentaban tranquilizar a otros, tanto si lo necesitaban como si no. Un caballo podía servir para ese propósito. ¿Dónde estaba Lews Therin?

1 ... 134 135 136 137 138 139 140 141 142 ... 208
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)