Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
El camino de dagas - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

El camino de dagas

Электронная книга - «El camino de dagas». Краткое содержание книги:

Mientras Elayne y Nynaeve tratan de hacer funcionar el Cuenco de los Vientos, Perrin se dirige a Ghealdan para que la reina Alliandre respalde públicamente al Dragón Renacido. Rand continúa en Illian, intentando pacificar el país.
El tan deseado cambio climático, propiciado por el Cuenco de los Vientos, provoca bruscos cambios de temperatura que dificultan el desplazamiento de tropas.
Rand decide hacer frente a los seanchan en las costas de Ilian para frenar el avance del ejército invasor, pero además de al enemigo también tendrá que enfrentarse a la traición.
1 ... 131 132 133 134 135 136 137 138 139 ... 208
Перейти на страницу:

Rand no había tomado parte en la lucha, excepto para situarse allí donde los hombres pudieran verlo. Le había dado miedo asir el Poder. No se atrevía a mostrar debilidad ante ellos. Ni la más mínima. Lews Therin había balbuceado espantado ante la mera idea.

Tan sorprendente como la chaqueta impoluta de Weiramon resultaba el hecho de que Anaiyella cabalgara junto a él y, por una vez, sin hacer mohines ñoños. Su semblante se mostraba crispado y desaprobador. Cosa curiosa, eso no estropeaba su belleza, ni mucho menos, tanto como lo hacían sus sonrisitas untuosas. Ni que decir tiene que la noble no había participado en la carga, como tampoco Ailil, pero el Maestro de Caballos de Anaiyella sí lo había hecho, y el hombre estaba absoluta y definitivamente muerto, con una lanza tarabonesa atravesándole el pecho. Eso no le había hecho ninguna gracia a la noble. Pero ¿por qué ir en compañía de Weiramon? ¿Era sólo cuestión de estar agrupados los tearianos? Quizá. La última vez que Rand la había visto, se encontraba con Sunamon.

Bashere condujo a su bayo ladera arriba, sorteando los cadáveres sin que en apariencia les hiciera más caso que a un tronco astillado o a un tocón ardiendo. Llevaba el yelmo colgado de la perilla de la silla, y los guanteletes metidos debajo del cinturón. Tenía todo el lado derecho pringado de barro, al igual que su montura.

—Aracome ha muerto —informó—. Flinn intentó Curarlo, pero dudo que Aracome quisiera vivir así. Hasta ahora las bajas ascienden a cincuenta, y algunos de los heridos posiblemente no sobrevivirán.

Anaiyella palideció. Rand la había visto cerca de Aracome, vomitando. Los plebeyos muertos no parecían afectarla tanto.

Rand sintió lástima por un momento. No por ella, ni tampoco mucha por Aracome, sino por Min, a pesar de que la joven se hallaba a salvo en Cairhien. Min había predicho la muerte de Aracome en una de sus visiones, así como la de Gueyam y Maraconn. Por su bien, fuera lo que fuera lo que hubiese visto, Rand esperaba que hubiese sido lo menos parecido a la realidad.

La mayoría de los soldados Asha’man estaban de nuevo explorando; pero abajo, en el amplio pradal, los accesos tejidos por los Dedicados de Gedwyn daban paso a los carros de suministros y a los animales de remonta. Los hombres que los conducían se quedaban boquiabiertos tan pronto como salían lo bastante para ver el panorama. El suelo embarrado no estaba tan arrasado como la ladera de la montaña, aunque surcos ennegrecidos, de dos pasos de anchura y cincuenta de longitud, hendían la hierba marchita, y había agujeros que posiblemente no habría podido saltar un caballo. No habían encontrado damane hasta ese momento. Rand pensaba que sólo tenía que haber habido una; si hubiesen sido más habrían causado un daño mucho mayor, considerando las circunstancias.

Los hombres se movían en torno a pequeñas lumbres donde se hervía agua para hacer té, entre otras cosas. Por una vez, se mezclaban tearianos, cairhieninos e illianos. Y no sólo los plebeyos. Semaradrid compartía su frasco de licor con Gueyam, quien se pasaba cansinamente la mano por la calva cabeza. Maraconn y Kiril Drapaneos, un hombre zanquilargo y narigudo, cuya barba cuadrada resultaba chocante en su rostro alargado, se encontraban sentados en cuclillas cerca de una de las lumbres. ¡Jugando a las cartas, aparentemente! Torean tenía a un círculo de risueños noblecillos cairhieninos alrededor, aunque seguramente sus chistes no causaban tanta risa como su modo de tambalearse y de frotarse la enorme nariz de patata. Los legionarios se mantenían aparte, pero habían acogido a los «voluntarios» que habían seguido a Padros bajo la Enseña de la Luz. Ese grupo parecía más ansioso que nadie desde que se supo cómo había muerto Padros. Los legionarios de chaquetas azules les estaban enseñando cómo cambiar de dirección al tiempo para que la unidad no se deshiciera como una bandada de gansos.

Flinn estaba con los heridos, acompañado por Adley, Morr y Hopwil. Narishma sólo era capaz de Curar cortes superficiales, poco más o menos que Rand, y Dashiva ni siquiera eso. Gedwyn y Rochaid charlaban aparte de todos los demás, sujetando sus caballos por las riendas en lo alto de la colina que se alzaba en el centro del valle. La misma en la que habían esperado coger por sorpresa a los seanchan cuando salieron a la carga por los accesos, rodeándola. Casi cincuenta muertos, más los heridos que se sumarían a esas bajas, pero la cifra habría aumentado a doscientos de no ser por Flinn y los otros que podían Curar en mayor o menor grado. Gedwyn y Rochaid no habían querido mancharse las manos y habían torcido el gesto cuando Rand los obligó a hacerlo. Uno de los muertos era uno de sus soldados Asha’man, y otro de ellos, un cairhienino carirredondo, permanecía sentado junto a una lumbre, donde se había dejado caer, con cara de ido; Rand esperaba que se debiera al hecho de haber sido lanzado por el aire al explotarle el suelo casi a los pies.

Allá abajo, en el herboso llano roturado por los surcos del Poder, Ailil conferenciaba con su Capitán de Lanzas, un hombrecillo pálido llamado Denharad. Se encontraban tan cerca que sus caballos casi se tocaban, y de vez en cuando alzaban la vista hacia la ladera, en su dirección. ¿Qué estarían tramando?

—Lo haremos mejor la próxima vez —murmuró Bashere. El general recorrió el valle con la mirada y sacudió la cabeza—. El peor error es cometer el mismo dos veces, y no caeremos en eso.

Weiramon le oyó y repitió lo mismo, pero reiterándolo veinte veces y utilizando una prosa tan florida que habría hecho palidecer de envidia a un jardín en primavera. Y sin admitir que había habido errores por su parte, naturalmente. Eludió los errores de Rand con igual habilidad.

Rand asintió, prietos los labios. La próxima vez lo harían mejor. No les quedaba más remedio, a menos que quisiera dejar enterrados a la mitad de sus hombres en esas montañas. Se preguntó qué hacer con los prisioneros.

La mayoría de los que habían escapado de la muerte en la ladera se las habían ingeniado para retirarse entre los árboles que seguían en pie. Una retirada sorprendentemente ordenada considerando las circunstancias, afirmó Bashere, aunque no parecía probable que ahora representaran una amenaza. A no ser que tuvieran damane con ellos. En cualquier caso, había unos cien hombres sentados en el suelo, apiñados, despojados de armas y armaduras, bajo la atenta vigilancia de dos docenas de Compañeros y Defensores montados. En su mayor parte taraboneses, no habían combatido como hombres obligados por sus conquistadores. Un buen número de ellos mantenía alta la cabeza y se mofaba de sus guardianes. Gedwyn había querido matarlos después de someterlos a interrogatorio. A Weiramon le importaba poco si los degollaban, pero consideraba una pérdida de tiempo torturarlos. Ninguno sabría nada útil, aseguraba; ni uno solo era de noble cuna.

Rand miró a Bashere. Weiramon seguía con su grandilocuente perorata, «… limpiar de indeseables estas montañas para vos, milord Dragón. Los aplastaremos bajo los cascos de nuestros caballos, y…», mientras Anaiyella asentía con gesto sombrío.

—Seis más, media docena menos —musitó Bashere. Se quitó barro de la punta del espeso bigote con la uña—. O, como dicen algunos de mis arrendatarios, lo que no va en lágrimas va en suspiros.

1 ... 131 132 133 134 135 136 137 138 139 ... 208
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)