El Peso De La Culpa
- Автор: Джордж Элизабет
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «El Peso De La Culpa». Краткое содержание книги:
Nan le encontró en su madriguera, cerca del dormitorio. Había abandonado el despacho en cuanto el detective se marchó del hotel, pero ella no le había seguido, sino que había dedicado casi una hora a ordenar el salón, después de que saliera el último huésped, y a preparar el comedor para los huéspedes y eventuales visitantes deseosos de una cena ligera. Después de terminar estas tareas, fue a la cocina para comprobar que estuviera preparada la sopa de la noche, y orientó a unos excursionistas norteamericanos que al parecer abrigaban la intención de recrear Jane Eyre en North Lees Hall. Después fue en busca de su marido.
Su excusa era una merienda. Hacía días que no le veía comer, y si seguía así se pondría enfermo. La realidad era bastante diferente. No podía permitir que Andy fuera interrogado con electrodos sujetos a su cuerpo. Ninguna de sus respuestas sería fiable, teniendo en cuenta su estado actual.
Cargó una bandeja con todo lo que consideró tentador. Incluyó dos bebidas para que pudiera elegir y subió la escalera con su ofrenda.
Andy estaba sentado ante su mesa, con una caja de zapatos delante, cuyo contenido había desparramado sobre el cajón del secreter abierto. Nan pronunció su nombre, pero él no la oyó, pues estaba absorto en los papeles que contenía la caja.
Nan se acercó y vio que tenía la mirada clavada en una serie de cartas, notas, dibujos y tarjetas de felicitación que abarcaban casi un cuarto de siglo. El motivo de cada una era diferente, pero el remitente siempre era idéntico. Constituían todas las misivas que Andy Maiden había recibido de su hija a lo largo de su vida.
Nan dejó la bandeja al lado de la cómoda y vieja butaca donde Andy leía a veces.
– Te he traído algo de comer, querido -dijo, pero la ausencia de respuesta no la sorprendió. Ignoraba si no la oía, o si solo deseaba estar solo y no quería decirlo. En cualquier caso, daba igual. Le obligaría a escucharla-. Andy, no te sometas al detector de mentiras, por favor. Sé que son fiables, pero en condiciones normales. Tu estado no es normal desde hace meses. -No quería pensar en el motivo, de modo que se apresuró a añadir-: Llamaré a la policía por la mañana y les diré que has cambiado de opinión. No hay nada de malo en eso. Estás en tu perfecto derecho. Él lo sabe.
Andy se removió. Sostenía en los dedos un dibujo infantil de «papá sale del baño», que había sido motivo de muchas risas para los dos a lo largo de los años. No obstante, ver ahora la representación que la niña había hecho de su padre desnudo, con un pene ridículamente desproporcionado, provocó un escalofrío en Nan, seguido por la desconexión de una función básica de su organismo y el cortocircuito de una emoción esencial de su corazón.
– Me someteré al detector de mentiras. -Andy dejó el dibujo a un lado-. Es la única manera.
Ella quiso decir «¿La única manera de qué?», y lo habría hecho de estar más preparada para oír su respuesta.
– ¿Y si fracasas? -dijo.
Andy se volvió hacia ella. Sostenía una vieja carta. Nan distinguió las palabras «Queridísimo papá», escritas con la mano firme y resuelta de Nicola.
– ¿Por qué he de fracasar? -preguntó.
– Debido a tu estado -contestó Nan. Demasiado deprisa, pensó. Demasiado-. Si los nervios te fallan, darán lecturas incorrectas. La policía las malinterpretará. El aparato dirá que tu cuerpo no funciona. La policía lo llamará de otra manera.
Lo llamarán culpabilidad. La frase colgó entre ellos. De pronto, Nan tuvo la sensación de que su marido y ella ocupaban continentes diferentes. Pensó que era ella la creadora del océano que se interponía entre ambos, pero no podía correr el riesgo de disminuir su tamaño.
– Un detector de mentiras mide la temperatura, el pulso y la respiración -dijo Andy-. No habrá problema. No tiene nada que ver con los nervios. Quiero someterme.
– Pero ¿por qué? ¿Por qué?
– Porque es la única manera. -Alisó la carta sobre la mesa. Resiguió «Queridísimo papá» con el dedo índice-. No estaba dormido -dijo-. Intenté dormir pero no pude, porque me puse muy nervioso por los problemas de la vista. ¿Por qué les dijiste que habías subido a verme, Nancy?
Alzó la vista y sostuvo su mirada.
– Te he traído algo de comer, Andy -dijo ella-. Algo te apetecerá. ¿Quieres que te unte con paté un trozo de pan?
– Nancy, dímelo. Dime la verdad, por favor.
– Era maravillosa, ¿verdad? -susurró Nan Maiden, al tiempo que indicaba con un ademán los recuerdos de Nicola que su marido había sacado-. ¿Verdad que nuestra hija era la mejor?
Vi Nevin no estaba sola en su habitación cuando Barbara Havers llegó al hospital de Chelsea y Westminster. Sentada al lado de su cama, con la cabeza apoyada en el colchón como una suplicante de cabello naranja a los pies de una diosa vendada, había una chica de extremidades esqueléticas como radios de bicicleta, y muñecas y tobillos de anoréxica. Levantó la vista cuando Barbara cerró la puerta.
– ¿Cómo ha entrado? -preguntó, al tiempo que se levantaba y adoptaba una postura defensiva, con su cuerpo incompetente colocado entre la intrusa y la cama-. El policía de guardia no debe permitir el paso a nadie…
– Tranquila -dijo Barbara, mientras rebuscaba en el bolso su identificación-. Soy de los buenos.
La chica se apartó a un lado, cogió la placa de Barbara y la leyó, sin dejar de vigilar a Barbara, por si intentaba cualquier movimiento precipitado. La paciente se removió en la cama.
– No pasa nada, Shell -murmuró-. Ya la he visto. Con el de color, el otro día. Ya sabes.
Shell, quien se proclamó la mejor amiga de Vi, Shelly Platt, que pensaba cuidar a Vi hasta el fin del tiempo y no lo olvide, devolvió la identificación a Barbara y se derrumbó en su silla. Barbara sacó una libreta y un bolígrafo mordisqueado y colocó la otra silla de forma que Vi Nevin y ella pudieran verse.
– Lamento la paliza -dijo-. Yo recibí una hace unos meses. Un mal asunto, pero al menos pude identificar al culpable. ¿Y usted? ¿Qué recuerda?
Shelly se desplazó a la cabecera de la cama, cogió la mano de Vi y empezó a acariciarla. Su presencia irritaba mucho a Barbara, como un caso de dermatitis de contacto, pero la joven tendida en la cama parecía encontrar consuelo en sus cuidados. Cualquier cosa puede servir de ayuda, pensó Barbara. Preparó el bolígrafo.
Debajo de las vendas, lo único que se veía de la cara hinchada de Vi Nevin eran los ojos, una pequeña parte de la frente y el labio inferior cosido. Parecía la víctima de una explosión de metralla.
– Iba a venir un cliente -dijo con un hilo de voz, de forma que Barbara tuvo que esforzarse para oírla-. Un vejestorio. Le gusta con miel. Primero le unto, ¿sabe? Después, le lamo.
Sobre gustos no hay nada escrito, pensó Barbara.
– Vale. ¿Ha dicho miel? Estupendo. Continúe.
Vi Nevin obedeció. Se había preparado para la cita con su atavío de colegiala, el preferido del cliente. Pero cuando sacó la miel, se dio cuenta de que no había bastante para untar las partes del cuerpo que solía pedir.
– Una buena cantidad para la picha -dijo Vi con la franqueza de una profesional-. Pero si quería más, necesitaba tener a mano.
– Lo imagino -dijo Barbara.
Shelly apoyó un muslo esquelético sobre el colchón.
– Te vas a cansar, Vi -dijo.
Vi sacudió la cabeza y continuó con su historia. Ya quedaba poco.
Había salido a comprar la miel antes de la llegada del cliente. Cuando volvió, la puso en el recipiente habitual y dispuso una bandeja con los demás elementos (todos los cuales parecían comestibles o bebibles) que utilizaba en sus sesiones con el hombre. Llevó la bandeja a la sala de estar y entonces oyó un ruido en el piso de arriba.
Muy bien, pensó Barbara. Su interpretación de las fotos tomadas en Fulham estaba a punto de confirmarse.
– ¿Era su cliente? -preguntó, para aclarar definitivamente el asunto-. ¿Había llegado antes que usted?