Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
READ-E-BOOK » Историческая проза » El Pajaro Canta Hasta Morir (el Pajaro Espino)
El Pajaro Canta Hasta Morir (el Pajaro Espino) - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

El Pajaro Canta Hasta Morir (el Pajaro Espino)

Электронная книга - «El Pajaro Canta Hasta Morir (el Pajaro Espino)». Краткое содержание книги:

En la Australia casi salvaje de los primeros años delsiglo XX, se desarrolla una trama de pasión ytragedia que afecta a tres generaciones. Una historia de amor ¿la que viven Maggie y el sacerdote Ralph de Bricassart? que se convierte en renuncia, dolor y sufrimiento, y que marca el altoprecio de la ambición y de las convenciones sociales. Una novela que supuso un verdadero fenómeno y que ha alcanzado la categoría de los clásicos.
1 ... 138 139 140 141 142 143 144 145 146 ... 170
Перейти на страницу:

Desde un sillón, llegó una risita seca; y ella avanzó una vez más para besar otro anillo, sobre una mano arrugada y vieja. Pero ahora contempló unos ojos negros y cosa extraña, vio amor en ellos. Amor por ella, por una persona a la que nunca había visto y de la que apenas habría oído hablar. Pero el amor estaba allí. El cardenal De Bricassart no le inspiró más simpatía de la que había sentido por él a los quince años; pero la sintió inmediatamente por el viejo.

– Siéntate, querida -dijo el cardenal Vittorio, indicándole un sillón a su lado.

– Hola, gatita -dijo Justine, acariciando a la gata gris-azul sobre la falda escarlata. Es bonita, ¿no?

– Sí que lo es.

– ¿Cómo se llama?

– Natacha.

Se abrió la puerta, pero no entró el carrito del té. Era un hombre, afortunadamente vestido de seglar. Otra sotana roja, pensó Justine, y habría rugido como un toro.

Pero no era un hombre corriente, aunque fuese seglar. Probablemente tenían en el Vaticano, una pequeña norma de régimen interior que prohibía los hombres vulgares, pensó ahora la desaforada mente de Justine. Sin ser bajo, era tan vigoroso que parecía más cuadrado de lo que era en realidad; hombros macizos y pecho muy desarrollado, cabeza grande y leonina, brazos largos como los de un esquilador. Un hombre algo simiesco, de no haber sido porque rezumaba inteligencia y se movía con el aire de quien agarra lo que quiere sin dar tiempo a la mente de preverlo. Agarrar y tal vez aplastar, pero nunca porque sí, irreflexivamente, sino con exquisita deliberación. Era moreno, pero su espesa mata de pelo tenía exactamente el color de las limaduras de acero y habría tenido su consistencia, si éstas pudiesen peinarse en pequeñas ondas regulares.

– Rainer, llega en un buen momento -dijo el cardenal Vittorio, -indicando el sillón a su otro lado y sin dejar de hablar en inglés-. Querida -dijo, volviéndose a Justine, cuando el hombre hubo besado el anillo y se hubo levantado-, te presento a un buen amigo, Herr Rainer Moerling Hartheim. Rainer, ésta es la hermana de Dane, Justine.

Él se inclinó, hizo chocar sus tacones ceremoniosamente, le dirigió una breve sonrisa sin ningún calor, y se sentó, demasiado apartado a un~fedo-para~~que ella pudiese verle. Justine suspiró aliviada^ sobre todo al ver que Dane, con naturalidad nacida de la costumbre, se había sentado en el suelo, junto al sillón del cardenal Ralph y precisamente frente a ella. Mientras pudiese ver a alguien conocido y querido, todo iría bien. Pero el salón y los hombres de rojo, y ahora aquel hombre moreno, empezaban a irritarla más de lo que la calmaba la presencia de Dane; la ofendía la manera en que parecían excluirla de su círculo. Por consiguiente, se inclinó hacia un lado y acarició de nuevo a la gata, consciente de que el cardenal Vittorio percibía y le divertían sus reacciones.

– ¿Está castrada? -preguntó Justine.

– Desde luego.

– ¡Desde luego! No sé por qué debía preocuparles esto. El mero hecho de vivir permanente en este palacio debería bastar para neutralizar los ovarios de cualquiera.

– Al contrario, querida -dijo el cardenal Vittorio, muy divertido-. Somos nosotros, los varones, los que nos hemos esterilizado psicológicamente.

– Permítame que lo censure, Eminencia.

– Conque no le gusta nuestro pequeño mundo, ¿en?

– Bueno, digamos que me parece un poco superfluo, Eminencia. Un sitio muy bonito para visitarlo, pero donde no quisiera vivir.

– No puedo reprochárselo. Y también dudo de que le guste visitarlo. Pero tendrá que acostumbrarse a nosotros, pues debe visitarnos con frecuencia, se lo ruego.

Justine sonrió.

– Aborrezco portarme bien -confesó-. Esto hace que salga lo peor que llevo dentro… Desde aquí, y sin mirarle, puedo ver el espanto de Dane.

– Me estaba preguntando cuánto tiempo duraría esto -dijo Dane, impertérrito-. Si se rasca la superficie de Justine, en seguida aparece un rebelde. Por eso es una buena hermana para mí. Yo no soy rebelde, pero los admiro.

Herr Hartheim movió su silla de manera que pudiese tener a Justine en su campo visual, incluso cuando ésta se irguió, dejando de jugar con el gato. En este momento, el bello animal se cansó de aquella mano de extraño olor femenino, y, sin levantarse del todo, se deslizó delicadamente de la falda roja a la gris, acurrucándose debajo de las manos fuertes y cuadradas de Herr Hartheim y runruneando de un modo tan sonoro que todos se echaron a reír.

– Discúlpenme por marcharme -dijo Justine, nunca indiferente a una buena broma, incluso cuando era ella su víctima.

– Su motor funciona tan bien como siempre -dijo Herr Hartheim, cuya diversión introducía cambios fascinadores en su semblante.

Su inglés era tan bueno que casi no tenía acento, aunque sí una inflexión americana: hacía vibrar la lengua al pronunciar las erres.

El té llegó cuando aún duraban las risas, y, cosa extraña, fue Herr Hartheim quien lo sirvió ofreciendo a Justine su taza con una mirada mucho más amistosa que la que le había dirigido en el momento de la presentación.

– En una comunidad británica -le dijo-, el té de la tarde es el refrigerio más importante del día. Ocurren muchas cosas alrededor de unas tazas de té, ¿no es cierto? Supongo que es porque, por su propia naturaleza, puede pedirse y tomarse casi a cualquier hora entre las dos y las cinco y media, y, cuando se habla, se tiene sed.

La media hora siguiente pareció demostrar su aserto, aunque Justine no tomó parte en la conferencia. La conversación pasó de la delicada salud del Santo Padre a la guerra fría y, después, a la recesión económica, y los cuatro nombres hablaban y escuchaban con una atención que Justine encontró subyugadora y que hizo que empezase a preguntarse sobre las cualidades que ellos compartían, incluido Dane, que ahora se le aparecía extraño, casi desconocido.

Éste intervenía activamente, y a ella no le pasó inadvertido que los otros tres, más viejos, le escuchaban con curiosa humildad, casi con temor. Sus comentarios no eran gratuitos ni ingenuos, pero había en ellos algo diferente, original, santo. ¿Era por su santidad por lo que le prestaban tanta atención? ¿Sería que él la poseía, y ellos no? ¿Admiraban realmente su virtud, lamentando no tenerla ellos? ¿Tan rara era? Tres hombres tan diferentes entre sí, y, sin embargo, mucho más unidos entre ellos de lo que lo estaba cada uno con Dane. ¡Qué difícil era. tomarse tan en serio a Dane como lo hacían ellos! Y no era que, en muchos aspectos, no hubiese actuado con ella de hermano mayor, a pesar de ser más joven; ni que ella no advirtiese su prudencia, su inteligencia, su bondad. Pero, hasta ahora, él había sido parte de su mundo. Ahora ya no lo era, y ella tendría que acostumbrarse a esto.

– Si deseas volver directamente a tus devociones, Dane, yo acompañaré a tu hermana a su hotel -dispuso Herr Rainier Moerling Hartheim, sin consultar a nadie sobre la cuestión.

Y así se encontró ella bajando en silencio las escaleras de mármol, en compañía de aquel hombre cuadrado y vigoroso. Al salir a la luz amarillenta del ocaso romano, él la asió por el brazo y la condujo a un «Mercedes» negro, cuyo chófer abrió la portezuela.

– Bueno, no querrá pasar sola su primera tarde en Roma, y Dane está ocupado en otras cosas -dijo él, subiendo al coche detrás de ella-. Está usted cansada y aturdida; por consiguiente, es mejor que tenga compañía.

– No parece dejarme ninguna alternativa, Herr Hartheim.

– Preferiría que me llamase Rainer.

– Con un coche así y chófer propio, debe de ser usted una persona muy importante.

– Todavía lo seré más cuando sea canciller de Alemania Federal.

– Me sorprende que no lo sea ya -bromeó Jus-tine.

1 ... 138 139 140 141 142 143 144 145 146 ... 170
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)