El camino de dagas
- Автор: Джордан Роберт
- Серия: La Rueda del Tiempo #8
- Год: 2005
- Язык: испанский
- Переводчик: Mila Lopez Diaz-Guerra
- Жанр: Эпическое фэнтези
Электронная книга - «El camino de dagas». Краткое содержание книги:
El tan deseado cambio climático, propiciado por el Cuenco de los Vientos, provoca bruscos cambios de temperatura que dificultan el desplazamiento de tropas.
Rand decide hacer frente a los seanchan en las costas de Ilian para frenar el avance del ejército invasor, pero además de al enemigo también tendrá que enfrentarse a la traición.
—Bien, espero que se… —empezó, pero se interrumpió cuando apareció un raken volando a través del paso oriental, casi a ras del suelo. Batió sus grandes alas coriáceas con fuerza para ganar altura y, justo encima de la colina, viró de repente y trazó un círculo cerrado, con la punta de un ala casi perpendicular al suelo. Una fina cinta roja cayó por el peso de una bola de plomo.
Bakuun masculló una maldición. Los voladores siempre hacían alardes, pero si ese par hería a uno de sus hombres al entregar su informe de exploración, lo pagarían con el pellejo, sin importar a quién tuviera que enfrentarse para conseguirlo. No querría combatir sin voladores explorando en el cielo, pero estaban tan mimados como cualquier animal favorito de la Sangre.
La cinta cayó en picado, recta como una flecha. El peso de plomo golpeó en el suelo y rebotó por la cima, casi al lado del alto y fino poste de mensajes, que era demasiado largo para bajarlo a menos que hubiera que enviar un mensaje. Además, cuando se dejaba tumbado en el suelo, siempre había alguien cuyo caballo pisaba en esa cosa, con el resultado de que el animal se rompía una articulación.
Bakuun se encaminó directamente a su tienda, pero su teniente ya lo esperaba allí, con la cinta manchada de barro y el tubo del mensaje. Tirus era un hombre huesudo, una cabeza más alto que él, y llevaba un lamentable retazo de barba en la punta de la barbilla.
El mensaje iba enrollado dentro del tubo de metal, en una tira de papel tan fino que casi se transparentaba, y había sido escrito simple y concisamente. Bakuun nunca había tenido que volar en un raken o un to’raken —¡gracias a la Luz, y alabada fuera la emperatriz, que viviera para siempre!—, pero dudaba que fuera fácil manejar una pluma sobre una silla de montar atada en el lomo de un lagarto volador. Lo que decía el mensaje lo hizo abrir rápidamente la tapa de su pequeña escribanía de campamento y redactar unas palabras a toda velocidad.
—Hay una fuerza unos ocho kilómetros al norte de aquí —le dijo a Tirus—. Nos supera cinco o seis veces en número. —Los voladores exageraban de vez en cuando, pero no mucho ni muy a menudo. ¿Cómo habían podido penetrar tantos en las montañas sin haber sido divisados? Había visto la costa por el este, y prefería pagar por sus exequias antes que intentar un desembarco allí. ¡Por todos los diablos! Los voladores se jactaban de poder ver una mosca que se moviera en la cordillera—. No hay motivo para pensar que saben que nos encontramos aquí, pero no me importaría contar con refuerzos.
—Bah —rió Tirus—. Les prepararemos un encontronazo con las damane y se acabó, aunque superaran por diez nuestros efectivos.
Su única falta era una pizca de exceso de confianza; sin embargo, era un buen soldado.
—¿Y si cuentan con unas pocas… Aes Sedai? —inquirió sosegadamente Bakuun, sin apenas trabarse con el nombre, mientras metía el informe del volador en el tubo, junto con su propio mensaje breve. Realmente no había creído que nadie pudiera dejar en libertad a esas… mujeres.
El semblante de Tirus denotaba que el teniente recordaba las historias sobre un arma Aes Sedai. La roja cinta ondeó al aire tras él mientras corría con el tubo del mensaje.
A no tardar, tubo y cinta estaban atados a la punta del poste de mensajes, y la débil brisa hizo ondear la larga tira roja quince pasos por encima de la cumbre. El raken descendió planeando hacia el extremo del palo, con las alas extendidas tan inmóviles como la muerte. De pronto, una de las voladoras se bajó de la silla y se colgó —¡cabeza abajo!— entre las patas del animal. A Bakuun se le encogió el estómago al contemplar la escena. Sin embargo, la mano de la voladora se cerró sobre la cinta, el poste se flexionó, y luego recuperó la vertical con un fuerte cimbreo cuando el tubo del mensaje se soltó de la punta; la voladora trepó de nuevo a lomos de la criatura mientras ésta ascendía en lentos círculos.
Bakuun relegó agradecido toda idea sobre voladores y raken mientras recorría el valle con la mirada. Era ancho y largo, casi llano, salvo por la colina que ocupaban, y lo rodeaban escarpadas laderas arboladas; sólo una cabra podría penetrar en él, excepto por los pasos que divisaba desde su posición. Con las damane, podía hacer pedazos a cualquiera antes de que intentaran lanzar un ataque a través de aquel prado embarrado. No obstante, había dado la voz de alerta; si el enemigo se dirigía directamente hacia ellos, llegaría antes que los refuerzos solicitados, que tardarían tres días en el mejor de los casos. ¿Cómo habían podido llegar tan lejos sin ser vistos?
Se había perdido las últimas batallas de la Consolidación por doscientos años, pero algunas de las rebeliones que había ayudado a sofocar no habían sido conflictos pequeños. Dos años combatiendo en Marendalar, treinta mil muertos, y un número cincuenta veces superior a esa cifra había sido transportado por barco al continente, como propiedad. Reparar en lo chocante mantenía con vida a un soldado. Una vez que se cumplieron sus órdenes de levantar el campamento y borrar toda huella de su paso por allí, condujo a sus fuerzas hacia las laderas arboladas. Oscuras nubes empezaban a concentrarse por el este; se acercaba otra de esas malditas tormentas.
23
Niebla de guerra, tormenta de batalla
No llovía, por el momento. Rand guió a Tai’daishar alrededor de un árbol arrancado de raíz, atravesado en la ladera, y miró ceñudo al hombre muerto que yacía despatarrado, boca arriba, detrás del tronco. El tipo era bajo y fornido, con el rostro surcado de arrugas, y llevaba una armadura de placas imbricadas, lacadas en azul y verde; sin embargo, el hecho de que sus ojos muertos estuviesen clavados en las oscuras nubes le hacía parecerse bastante a Eagan Padros, incluso en la pierna que le faltaba. Saltaba a la vista que había sido un oficial. La espada tirada junto a su mano extendida tenía la empuñadura de marfil, tallada a semejanza de una mujer, y su yelmo lacado, con forma de cabeza de insecto, lucía dos largas plumas azules.
Árboles desgajados de raíz o hechos pedazos, y otros muchos ardiendo de punta a punta, sembraban la ladera de la montaña en un tramo de quinientos pasos. También estaba cubierta de cadáveres, hombres que habían sido despedazados cuando el saidin surcó la ladera montañosa como un escarificador. La mayoría llevaba velos de malla cubriéndoles la cara y petos pintados con rayas horizontales. No había ninguna mujer, gracias a la Luz. Los caballos heridos habían sido sacrificados, otra cosa por la que dar gracias. Era increíble lo fuerte que podía relinchar de dolor un caballo.
«¿Es que crees que los muertos guardan silencio? —La risa de Lews Therin sonó áspera en su cabeza—. ¿De verdad lo crees? —La voz adquirió un timbre mezcla de pena y rabia—. ¡A mí me gritan!»
«También a mí —pensó tristemente Rand—. No puedo permitirme el lujo de escucharlos, pero ¿cómo se los puede hacer callar?»
Lews Therin empezó a llorar por su perdida Ilyena.
—Una gran victoria —entonó Weiramon detrás de Rand, aunque a continuación rezongó—. Pero con escaso honor. Los métodos clásicos son mejores.
El barro cubría literalmente la chaqueta de Rand, mientras que, cosa por demás sorprendente, Weiramon aparecía tan pulcro como lo había estado en el Camino de la Plata. Su yelmo y su peto relucían de limpios. ¿Cómo se las arreglaba? Al final, los taraboneses habían cargado, armados con lanzas y mucho coraje, contra el Poder Único, y Weiramon había lanzado su propia carga para destrozarlos. Sin órdenes de hacerlo y seguido por todos los tearianos con excepción de los Defensores, incluido, quién lo hubiera dicho, un Torean medio borracho. También por Semaradrid y Gregorin Panar, con la mayoría de los cairhieninos e illianos. En esos momentos, había resultado duro quedarse al margen, sin hacer nada, y todos los hombres querían enfrentarse a algo real contra lo que luchar. Los Asha’man podrían haberlo hecho más deprisa, aunque también de un modo más sucio, en cierto sentido.