En El Pais De La Nube Blanca
- Автор: Lark Sarah
- Год: 2011
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «En El Pais De La Nube Blanca». Краткое содержание книги:
En el país de la nube blanca, el debut más exitoso de los últimos años en Alemania, es una novela cautivadora sobre el amor y el odio, la confianza y la enemistad, y sobre dos familias cuyo sino está unido de forma indisoluble.
– ¡Pero… pero te lo tengo que advertir! -dijo Gerald una vez que se hubieron puesto de acuerdo y el importe de la dote quedó determinado con un apretón de manos y sellado con mucho más whisky-. La pe… pequeña no es fácil. Se ha… se ha obsesionado con un asunto con… con un joven vecino… es pura tontería, el chico también se ha… largado ahora. Pero tú… ya co… conoces a las mujeres…
– En realidad no tenía la impresión de que Fleurette fuera a oponerse -contestó asombrado Sideblossom. También ahora parecía, como siempre, totalmente sobrio, si bien ya hacía rato que la primera botella de whisky estaba vacía-. ¿Por qué no hacemos las cosas bien ahora mismo y se lo preguntamos a ella? Vamos, ¡llámala! ¡Estoy de humor para un beso de compromiso! Y mañana estarán de vuelta otros ganaderos. Así se lo podremos comunicar enseguida.
Fleurette, que acababa de llegar de un paseo a caballo y se disponía a cambiarse para la cena, se sorprendió de que Witi llamara tímidamente a su puerta.
– Miss Fleur, el señor Gerald desearía hablar con usted. Él… ¿cómo lo ha dicho? Le pide que se presente sin la menor tardanza a su habitación. -Era evidente que el sirviente maorí quería introducir una observación más, y al final se decidió-: Lo mejor es que se dé prisa. Los hombres mucho whisky, poca paciencia.
Tras lo sucedido con Reginald Beasley, Fleur recelaba de las invitaciones repentinas de Gerald a su habitación. De forma instintiva decidió no hacer gala de sus atractivos y se puso de nuevo el traje de montar en lugar del vestido de seda verde oscuro que Kiri le había preparado. Habría preferido consultar a su madre, pero no sabía dónde se había metido. Tantas visitas y el trabajo adicional de la granja requerían a Gwyneira mucha dedicación. En la actualidad no había, sin embargo, mucho que hacer: era enero. Había concluido la esquila y los corderos habían nacido, las ovejas ya vagaban en su mayoría libres por los pastizales de la montaña. Pero el verano de ese año era inusualmente húmedo y había que hacer constantes reparaciones; además, la recolección del heno se convertiría en un juego de azar. Fleur decidió no esperar a Gwyn y, sobre todo, no malgastar el tiempo buscándola. Fuera lo que fuese lo que Gerald quisiera, ella misma debía arreglarlo con él. Y no había que temer ningún acto de violencia. A fin de cuentas, Witi se había referido a «los hombres». Sideblossom estaría también presente y haría de moderador.
John Sideblossom se llevó una desagradable sorpresa cuando Fleur entró en la sala de caballeros con el traje de montar todavía y el cabello alborotado. Podría haberse arreglado un poco mejor, si bien su aspecto era, sin duda, encantador. No, no le resultaría difícil comportarse con cierto romanticismo.
– Miss Fleur -dijo-, ¿me permite que tome la palabra? -Sideblossom se inclinó educadamente ante la muchacha-. A fin de cuentas soy yo el más interesado y no soy de ese tipo de hombres que envían antes a otro para presentar una petición de matrimonio. -Miró los ojos asustados de Fleur y creyó que el centelleo nervioso que en ellos descubrió era una forma de estímulo-. Hace sólo tres días que la vi por primera vez, Miss Fleur, y desde el primer momento me sentí cautivado por usted, por sus maravillosos ojos y su dulce sonrisa.
»La amabilidad que ha tenido para conmigo en los últimos días ha alimentado mi esperanza de que tampoco usted rechazaba mi compañía. Y por eso (soy un hombre de decisiones osadas, Miss Fleur, y creo que sabrá apreciarlo en mí), por eso me he decidido a pedirle a su abuelo su consentimiento para que nos unamos en matrimonio. Él ha aceptado con satisfacción nuestro enlace. Así pues, me permito aquí, con el beneplácito de su tutor, pedir formalmente su mano.
Sideblossom sonrió y se hincó sobre una rodilla delante de Fleur. Gerald reprimió la risa cuando se dio cuenta de que Fleur no sabía hacia dónde mirar.
– Yo…, señor Sideblossom, es muy amable por su parte, pero yo amo a otra persona -respondió al final-. Mi abuelo ya debería habérselo dicho, en realidad, y…
– Miss Fleur -la interrumpió Sideblossom con resolución-, sea quien sea aquel a quien usted cree amar, no tardará en olvidarlo entre mis brazos.
Fleurette sacudió la cabeza.
– Nunca lo olvidaré, sir. Le he prometido que me casaré con él…
– ¡Fleur, deja de decir tonterías! -estalló Gerald-. ¡John es el hombre que te conviene! Ni demasiado joven, ni demasiado viejo, apropiado por su nivel social y también rico. ¿Qué más quieres?
– ¡Tengo que amar a mi marido! -replicó llena de desesperación Fleurette-. Y yo…
– El amor nace con el tiempo -explicó Sideblossom-. ¡Venga, muchacha! ¡Has pasado los tres últimos días conmigo! ¡No debo resultarte tan desagradable!
En sus ojos brillaba la impaciencia.
– Usted… usted no me resulta desagradable, pero… pero no por eso voy a… casarme con usted. Lo encuentro amable, pero… pero…
– ¡Déjate de remilgos, Fleurette! -intervino Sideblossom, interrumpiendo el balbuceo de la joven. Los reparos de Fleur no le importaban en absoluto-. Di que sí, y luego ya hablaremos de los detalles. Creo que podremos celebrar la boda este otoño, justo después de que hayamos solventado del todo ese penoso asunto de James McKenzie. Tal vez puedas marcharte ya conmigo a Lionel Station…, naturalmente, acompañada de tu madre, todo debe desarrollarse de la forma correcta…
Fleurette tomó una profunda bocanada de aire, atrapada entre el enfado y el pánico. ¿Por qué, maldita sea, nadie la escuchaba? Decidió decir claramente y sin ambages lo que opinaba. Esos hombres tenían que ser capaces de aceptar hechos sencillos.
– Señor Sideblossom, abuelo… -Fleurette alzó la voz-. Ya lo he dicho varias veces y siento tener que repetirme. ¡No me casaré con usted! Le agradezco su proposición y aprecio el afecto que me tiene, pero yo ya estoy comprometida. Y ahora me retiraré a mi habitación. Disculpa que no asista a la cena, abuelo, pero estoy indispuesta.
Fleur se obligó a no salir corriendo de la habitación sino a darse la vuelta despacio y comedidamente. Salió de allí con la cabeza alta y orgullosa y no cerró la puerta tras de sí. Pero luego se precipitó, como alma que lleva el diablo, a través del salón y escaleras arriba. Lo mejor sería que se enclaustrara en su habitación hasta que Sideblossom se hubiera marchado. No le había gustado en absoluto el brillo de sus ojos. Seguro que ese hombre no estaba acostumbrado a que lo rechazaran. Y algo le decía que podía ser peligroso si algo no salía como él pensaba.
5
El día siguiente, Kiward Station estaba atestada de hombres y caballos. Los barones de la lana de las llanuras de Canterbury eran generosos: el número de los participantes en la «expedición de castigo» había crecido en refuerzos. Entre ellos, pocos fueron los hombres reclutados por los amigos de Gerald que resultaron del agrado de Gwyneira. Apenas había pastores maoríes y había relativamente pocos trabajadores de las granjas. En vez de eso, los criadores parecían haber buscado gente en los bares o en las cabañas de los nuevos colonos, y muchos de ellos tenían aspecto de aventureros cuando no de gentuza aun más ruin. También por ello se felicitó de que Fleurette se mantuviera alejada de los establos ese día. Sobre todo porque Gerald se mostraba desprendido y permitió que saquearan las reservas de alcohol. Los hombres bebían y festejaban en los cobertizos de esquileo, mientras que los pastores de ganado de Kiward Station, en general viejos amigos de McKenzie, se retiraban avergonzados.
– Por Dios, Miss Gwyn. -Andy McAran llegó al quid de la cuestión cuando expuso sus pensamientos-. Vamos a perseguir a James como si fuera un lobo sarnoso. ¡Hablan en serio de matarlo! No se merece que esta chusma se le tire al cuello. ¡Y todo por un par de ovejas!
– La chusma no conoce las tierras altas -respondió Gwyneira, y con ello no sabía si quería tranquilizar al viejo pastor o a sí misma-. ¡Andarán tropezando unos con otros y McKenzie se tronchará de risa de ellos! Espera y verás, todo quedará en nada. ¡Si al menos ya se hubieran ido! A mí tampoco me gusta tener a esa gente en la granja. Ya he echado a Kiri y Moana y a Marama también. Y espero que los maoríes vigilen sus campamentos. ¿Le estáis echando un ojo a nuestros caballos y los arreos? No quiero que desaparezca nada.