La Casa del Alfabeto
- Автор: Adler-Olsen Jussi
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «La Casa del Alfabeto». Краткое содержание книги:
Finalmente logran subir a un tren que parte del frente oriental con soldados enfermos. En uno de los vagones encuentran a varios oficiales de alto rango muertos sobre unas camas. Sin vacilar, James y Bryan tiran a dos de ellos del tren y ocupan su lugar, con la esperanza de poder escapar en cuanto tengan una oportunidad. Así, llegan hasta la Casa del Alfabeto, un hospital psiquiátrico situado en el corazón de Alemania, Mientras, la guerra sigue haciendo estragos, su única oportunidad de sobrevivir es simular que son enfermos mentales, pero ¿serán capaces de hacerlo durante meses sin convertirse en auténticos perturbados? ¿Son los únicos del pabellón que están fingiendo?
Después de que James lo hubo abandonado, Bryan se quedó inmóvil siguiéndolo con la mirada en su camino de vuelta a la casa, paso a paso en la pálida refracción del sol poniente. La silueta no se volvió ni una sola vez.
El chasquido final de la puerta le llegó una eternidad más tarde, a la vez apagado e infernal. Bryan cerró los ojos y respiró hondo; le faltaba el aire.
Las convulsiones le vinieron en oleadas.
Cuando finalmente bajó los hombros y abrió los ojos. Laureen apareció delante de él. Lo miró como nunca antes. Le pareció que lo atravesaba con la mirada. Mientras se cogía del cuello de la gabardina de Bryan intentó sonreír.
– Creo que los dibujos son falsos, Bryan -anunció poco después y se llevó la mano al pelo para sentir el efecto del viento-. Le aconsejé a Petra que los hiciera examinar.
– ¡Lo suponía!
Bryan prestó oídos a los gritos. Las gaviotas tenían hambre.
– No sé si lo hará. James le ha dicho que ya los venderá. Le ha dicho que hay que darle tiempo al tiempo, y que él ya se encargará de ellos.
Las palabras le llegaron en nudos disueltos. Se diluyeron creando otros significados.
– ¿Que él ya se encargará? -Bryan respiraba sosegadamente-. ¡En cierto modo, eso me suena!
Laureen lo cogió del brazo. Con la otra mano intentó alisarse el pelo revuelto por el viento.
– No te encuentras bien, ¿verdad, Bryan? -le preguntó con cautela.
Bryan se encogió de hombros. Las ráfagas de viento transportaron algunas gotitas extraviadas de espuma de mar al borde del acantilado. Laureen se equivocaba. Sin embargo, el estado de ánimo que se estaba apoderando de él le resultaba extraño.
– ¿Te sientes traicionado, Bryan? -preguntó ella suavemente.
Bryan se metió la mano en el bolsillo. El paquete de cigarrillos apareció debajo del manojo de llaves. Se quedó con el cigarrillo sin encender en la boca un rato aún; se cimbreaba al viento. La construcción invertida y curiosa de la pregunta le fascinó. Él no había sabido formularla de manera tan sencilla. Desde que James le había dado la espalda, hacía tan sólo un momento, había quedado en suspenso una pregunta como aquélla.
– ¿Si me siento traicionado? -Bryan se mordió la mejilla por dentro cuando ésta empezó a temblarle-. ¿Cómo es ese sentimiento? ¡No lo sé! Pero me he sentido engañado. ¡Todo el tiempo! Conozco ese sentimiento.
El eco de promesas rotas desfilaron por su mente amenazando la buena educación, la falsedad de las normas de comportamiento adquiridas en el internado, los conceptos de honor de la vida adulta, todos los recuerdos reconfortantes sobre la solidaridad y el recuerdo reciente de la espalda de James, que se irguió delante de él desapareciendo de camino hacia la casa.
Bryan se debatió largo rato en aquella lucha, y finalmente la ganó con dulzura.
– Estaba pensando, ¿por qué han tenido que pasar treinta años hasta que alguien formulara esa pregunta con tanta claridad, Laureen? -dijo quedamente.
Ella se quedó inmóvil.
El sol apareció sobre su cabeza como una aura, mientras el mar oscurecía.
– ¡Sin embargo, si me lo hubieras preguntado antes, no habría sabido qué responder!
– ¿Y ahora?
– ¿Ahora? -Bryan se ciñó el cuello de la gabardina-. ¡Ahora soy libre!
Bryan se quedó un momento en aquella postura. Entonces levantó el brazo hacia un lado y encontró el hombro de Laureen. La apretó contra su cuerpo y la sostuvo así cariñosamente hasta que notó que ella se relajaba.
Entonces sacó las llaves.
– ¿Me harías el favor de ir a por el coche. Laureen? Puedes recogerme en la arboleda.
Bryan señaló un grupo de árboles que había más abajo y soltó el manojo de llaves.
– ¡Me gustaría quedarme un rato más!
Cuando ella se disponía a protestar, Bryan ya la había soltado y se había vuelto hacia el viento frío que se había levantado poco antes. Cuando ella se llevó la mano a la mejilla, Bryan sólo vio su sombra. Cuando hubo superado el primer repecho, Laureen se detuvo, se volvió hacia él y gritó su nombre. Él la miró y ella le devolvió la mirada cariñosamente.
– No piensas volver a verlo, ¿verdad? -preguntó Laureen.
Seguramente, las rocas que lo soportaban perdurarían para toda la eternidad. Su época no era más que un intermedio en su larga y orgullosa existencia.
De pronto, todo había quedado atrás.
Bryan echó la cabeza hacia atrás y escuchó cómo los gritos de júbilo de los que fueron antaño se perdían hasta extinguirse, mientras el coche se ponía en marcha en la hondonada.
La conciencia de que se necesitan dos seres humanos para mantener una amistad pero sólo uno para la traición se fue alejando, acomodándose al paisaje, apoyándose, por así decirlo, al borde del acantilado para finalmente, en un destello sobrenatural, precipitarse por él hasta que sólo quedó el presente.
Dos muchachos se despidieron de él con una sonrisa en los labios y él les devolvió la sonrisa, vivo, desnudo, en movimiento y entero a la luz finita del sol poniente.
Fueron los últimos destellos de un baile perezoso del último simulador de la Casa del Alfabeto.
APÉNDICE I
Sobre el título La Casa del Alfabeto:
Con la característica tenacidad alemana, todos aquellos que debían cumplir el servicio militar en el Tercer Reich eran clasificados, durante el consejo de reclutamiento y, más tarde, con motivo de una eventual herida de guerra, según un ingenioso sistema alfabético que, de forma precisa e impenetrable, determinaba la aptitud o incapacidad del examinado para el servicio militar, inminente o sucesivo.
Sobre todo a medida que avanzó la guerra se hizo evidente que una parte de esas «etiquetas» podían llegar a resultar fatales para sus portadores e incluso podían significar la muerte, especialmente en los casos de demencia aguda y debilidad mental.
Según Die Krankenbatailtone, de Rolf Valentín (Droste Verlag, 1981), se aplicaron, entre otras, las siguientes calificaciones:
1) k.v. = kriegsverwendungsfühig = apto para el servicio de guerra.
En algunos casos, la clasificación k.v. resultaba en curiosidades tales como L40: defectos de habla agudos, o B54,I, que significaba incontinencia de orina {L54.1: incontinencia de orina incurable).
2) g.v.F. = garnisonverwendungsfahig = apto para el servicio de intendencia, es decir, servicio en oficinas, cocina, o apto para servicios de dotación, aprovisionamiento, construcción, etc.
3) g.v.H. ~ garnisonverwendungsfahig Heimat = apto para el servicio de intendencia en la patria, por ejemplo, el personal de la Casa del Alfabeto que cuidaba a los oficiales de las SS enfermos, tales como enfermeros, camilleros, etc. También de entre este grupo se reclutaban ordenanzas, obreros de taller, capataces, etc.
4) a.v. = arbeitsverwendungsfahig = apto para el trabajo. A menudo obreros especializados e inválidos leves.
Zeitlich untauglich (z-u.) = temporalmente incapacitado.
Clasificación del paciente que sufría una o varias dolencias y que, dentro de un plazo de tiempo limitado, podría llegar a ser declarado apto para el servicio.
Los temporalmente incapacitados se dividían en los siguientes grupos:
z-b. = temporalmente inválido, deberá ser examinado de nuevo en un plazo de dos meses.
Si estos enfermos volvían a ser declarados inútiles para el servicio, se aplicaba la clasificación zeitlich g.v. o zeitlich a.v. a los casos de inaptitud permanente o w.tt. = wehruntauglich = inútiles para el servicio militar.