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La Casa del Alfabeto

Электронная книга - «La Casa del Alfabeto». Краткое содержание книги:

Alemania, segunda guerra mundial. El avión de los pilotos ingleses James Teasdale y Bryan Young es derribado en territorio enemigo durante una misión fotográfica. Consiguen sobrevivir, pero no llevan los uniformes, por lo que, si son capturados, serán acusados de espionaje y, probablemente, ejecutados.
Finalmente logran subir a un tren que parte del frente oriental con soldados enfermos. En uno de los vagones encuentran a varios oficiales de alto rango muertos sobre unas camas. Sin vacilar, James y Bryan tiran a dos de ellos del tren y ocupan su lugar, con la esperanza de poder escapar en cuanto tengan una oportunidad. Así, llegan hasta la Casa del Alfabeto, un hospital psiquiátrico situado en el corazón de Alemania, Mientras, la guerra sigue haciendo estragos, su única oportunidad de sobrevivir es simular que son enfermos mentales, pero ¿serán capaces de hacerlo durante meses sin convertirse en auténticos perturbados? ¿Son los únicos del pabellón que están fingiendo?
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El hombre a su lado asintió secamente.

– Eso quiere decir que podría haberme llevado hasta James desde el primer día -comentó Bryan y respiró hondo. Inmediatamente se llevó la mano al costado. Resultaba difícil de admitir.

– Seguramente, sí. Si le hubieras mostrado una foto de James. -Petra echó el labio hacia afuera-. Además, debe de tener más de una foto suya escondida entre sus cosas. ¡Gisela solía llevárselo a las reuniones familiares! -Petra sonrió y acarició la mano de James cariñosamente. James seguía sin apartar la mirada de la ventana-. ¡Incluso a veces le permitía que fuera él quien disparara la foto!

Bryan entrecerró los ojos y reconoció rápidamente el rostro borroso de Gisela de la primera foto que había visto en casa de Mariann Devers. El fotógrafo no había sido demasiado hábil. Se dejó caer en el asiento y golpeó la nuca repetidas veces contra el respaldo mientras murmuraba algo entre dientes.

Bridget miró de él a Laureen. Precisamente cuando se disponía a intervenir en la conversación, lo interrumpieron unos suaves golpes en el cristal de la ventana.

– Erich -dijo Mariann Devers desde el andén. James la miró apáticamente e intentó devolverle la sonrisa-. ¡Estaba a punto de olvidarlo! Me parece que esto te pertenece. -Se soltó el enjambre de pañuelos que llevaba liado alrededor de la cabeza-. Hace años que lo llevo; se lo robé a Kröner. ¡Se jactaba de habértelo robado! Yo, mientras tanto, me divertía llevándolo en su presencia. ¡Nunca lo descubrió!

Lanzó el pañuelo por la ventana, volvió a sonreírle a Petra y salió corriendo sin decir nada más.

– ¡Qué manera tan extraña de comportarse! -dijo Bridget echándose a un lado en el último momento. No tenía ganas de tocar el objeto que en aquel instante entraba volando por la ventana. James lo miró. El pañuelo estaba ajado, era azul y tenia ribetes blancos. En una esquina había un corazón bordado. Lo recogió cuidadosamente y lo sostuvo en el aire, como si fuera algo delicado y vivo.

CAPÍTULO 68

Todavía era invierno. Durante los últimos kilómetros antes de llegar a la casa, el semblante de Laureen había expresado preocupación. Hasta entonces, el viaje no había sido ningún placer.

– ¿Realmente es necesario, Bryan? -volvió a preguntar por enésima vez.

– ¡Para mí, sí! ¡Aún tienes tiempo para arrepentirte, si eso es lo que quieres! -Bryan estiró los dedos sobre el volante y volvió a cerrarlos a su alrededor.

– ¿Cómo podemos saber que no volverá a comportarse mal?

– Ya lo hemos hablado mil veces, Laureen. ¡Se acabó!

– ¡Hablarlo, sí! Pero ¿lo sabemos con seguridad?

– ¡Eso es lo que dice Petra, y eso es lo que dice su médico!

Laureen suspiró. Bryan sabía perfectamente que llevaba los últimos meses preocupada por el reencuentro con James.

Desde que volvieron a casa.

– ¡Me alegro de que se hayan instalado en Dover y no en Canterbury! -prosiguió.

– ¡Lo sé. Laureen! -Bryan dejó vagar la mirada por los caminos que cruzaban la carretera. El tráfico se estaba agotando. Eso quería decir que pronto llegarían a su destino. No era la primera vez que circulaban por aquella zona, pero tampoco era la parte de Dover que mejor conocía. Sacudió la cabeza-. ¿Y qué querías que hiciera allí? -prosiguió sin mirar a Laureen-. Ni su casa familiar ni su familia se encuentran ya en Canterbury. ¡Elizabeth vive en Londres!

– ¿Que por qué iba a vivir en Canterbury? -Laureen pasó un pañuelo por el cristal-. ¡Pues no lo sé! -Bryan percibió su mirada-. ¡Tú vives en Canterbury!

Bryan sonrió disimuladamente.

– ¡Me temo que eso no le importa demasiado, Laureen! -Detrás de la neblina descansaban las pesadas nubes que anunciaban el acantilado y el canal-. ¡Petra dice que nunca habla de mí!

Bryan se encogió de hombros.

– Dicen que las cicatrices que han descubierto en su cerebro durante las exploraciones que le han realizado se deben a diversas embolias pequeñas. ¡No me extrañaría nada!

– ¿En qué estás pensando?

El hombre que Bryan veía estaba tumbado en una cama, inmóvil, con los ojos brillantes, marcado por los electroshocks y las pastillas, las vejaciones de los otros pacientes, el aislamiento y el temor diario por su vida.

– Pienso en muchas cosas. ¡Pero sobre todo pienso en las transfusiones de sangre que le hicieron! ¡Es un milagro que haya sobrevivido!

– ¿Y cómo le van las cosas ahora?

– Supongo que van, sin más. Petra dice que ha hecho progresos.

Laureen respiró hondo.

– Me tranquiliza. También pensando en lo que te estás gastando en sus tratamientos -dijo Laureen sacando el labio superior y entrecerrando los ojos.

Bryan sabía que ella había notado su desasosiego.

– Seguro que todo irá bien hoy, querida -dijo.

– ¡Ya veremos! -repuso ella enfáticamente.

La casa no era grande. Varias de las propiedades que Bryan había estado dispuesto a comprarles eran considerablemente más grandes. A lo largo de la cerca de piedra descansaban unas tiernas plantas de hoja perenne, yertas y con manchas blancas por el rocío de la noche.

Cuando Petra salió al patio para recibirlos vieron que había envejecido sensiblemente.

La sonrisa que le brindó a Bryan al darle la mano era casi imperceptible.

– ¡Qué ganas teníamos de veros! -dijo Laureen devolviéndole el abrazo.

– ¡Gracias por tu invitación, Petra! -dijo Bryan mirándola con cierto embarazo-. ¡Me alegro de que estéis preparados para vernos ahora! -Petra asintió con la cabeza-. ¿Cómo va todo? -preguntó mirando hacia la casa.

– ¡Va! -respondió Petra, entrecerrando los ojos-. Ahora ya no quiere hablar alemán.

– Era de esperar, supongo -repuso Bryan mirándola fijamente.

– ¡Supongo que sí! ¡Pero a mí me está resultando difícil!

– Te estoy muy agradecido, Petra.

– Lo sé -dijo Petra con la misma sonrisa desleída de antes-. Lo sé, Bryan.

– ¿Ya estáis más tranquilos, ahora?

– Sí, pero al principio fue muy duro. Todo el mundo quería venir a verlo -explicó ella señalando con el dedo hacia la zona que llegaba hasta el acantilado-. Aparcaban sus coches incluso en el jardín trasero.

– Bryan me contó que salió en la prensa que la segunda guerra mundial de hecho había sido más larga para James que para el japonés que encontraron en una isla del Pacífico, hará un par de años -comentó Laureen intentando parecer admirada.

– Eso dijeron, sí. Y entonces no es de extrañar que los curiosos se acercaran a ver -dijo Petra invitándolos con un gesto a que se acercaran a la puerta principal de la casa. Hacía frío. No llevaba abrigo.

– ¡Podríamos haberlo mantenido en secreto de no haber sido por las autoridades! -dijo Bryan mirando hacia la puerta-. ¡Si al menos hubieran sabido decidir de qué presupuesto había que sacar la pensión! -James todavía no había aparecido-, De todos modos, se la concedieron, y con efecto retroactivo. Una especie de compensación por daños y perjuicios, podría decirse.

– Sí -repuso Petra abriendo la puerta. James estaba en el salón mirando por la ventana. Aunque las ventanas daban directamente al acantilado, la luz parecía no querer penetrar en la estancia. En cuanto Laureen lo vio, Bryan notó su malestar y ella se retiró en seguida a la cocina, donde Petra campaba a sus anchas.

Bryan intentó encontrar acomodo para sus manos. James tenia mejor aspecto que antes; había engordado un poco y los ojos parecían más dulces. Petra lo había cuidado bien. Se estremeció al oír la voz de Bryan. -¡Buenos días, James! Eso fue todo lo que logró decir.

James volvió la cabeza y se quedó mirando a Bryan un buen rato, como si tuviera que juntar los elementos de su rostro para que éstos conformaran un todo. Lo saludó secamente con un gesto de la cabeza y volvió a mirar por la ventana.

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