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La Casa del Alfabeto

Электронная книга - «La Casa del Alfabeto». Краткое содержание книги:

Alemania, segunda guerra mundial. El avión de los pilotos ingleses James Teasdale y Bryan Young es derribado en territorio enemigo durante una misión fotográfica. Consiguen sobrevivir, pero no llevan los uniformes, por lo que, si son capturados, serán acusados de espionaje y, probablemente, ejecutados.
Finalmente logran subir a un tren que parte del frente oriental con soldados enfermos. En uno de los vagones encuentran a varios oficiales de alto rango muertos sobre unas camas. Sin vacilar, James y Bryan tiran a dos de ellos del tren y ocupan su lugar, con la esperanza de poder escapar en cuanto tengan una oportunidad. Así, llegan hasta la Casa del Alfabeto, un hospital psiquiátrico situado en el corazón de Alemania, Mientras, la guerra sigue haciendo estragos, su única oportunidad de sobrevivir es simular que son enfermos mentales, pero ¿serán capaces de hacerlo durante meses sin convertirse en auténticos perturbados? ¿Son los únicos del pabellón que están fingiendo?
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El efecto del vodka hizo que Von der Leyen no supiera de dónde le venían los golpes. Estaba demasiado débil para protegerse y cayó sobre Laureen, que sacudía histéricamente la cabeza de un lado a otro.

– ¡Basta ya, Gerhart! -gritó Petra a sus espaldas. Cuando finalmente lo agarró del brazo, Gerhart pareció entender lo que pretendía. Dio un paso atrás describiendo una curva y se quedó inmóvil, con los nudillos blancos y la respiración alterada por la excitación. Todavía tenía la pistola en la mano. Era incapaz de calmarse.

Pese a los continuos ruegos de Petra, agarró a Von der Leyen por la nuca. Su rostro cayó escote abajo cuando Gerhart lo arrastró hasta la terraza inundada de luz.

Petra se volvió rápidamente hacia Laureen, que estaba a punto de desmayarse. Entonces giró sobre los talones y se apresuró hacia la cocina. El cuchillo que encontró servía para despellejar liebres. La cuerda que rodeaba los tobillos y las muñecas de Laureen cayó al suelo como si se tratara de hilo de coser.

– Creo que se ha vuelto loco -le susurró a Laureen intentando no llorar-. ¡Tienes que ayudarme!

Laureen intentó ponerse en pie; no lograba recuperar la sensibilidad de sus miembros. Petra se arrodilló frente a ella y frotó sus piernas.

– ¡Venga, Laureen!

El golpe que recibió Bryan al ser lanzado al suelo de la terraza, cerca del borde de la piscina, fue absorbido por los vapores del vodka. La mano de James en su nuca lo obligó a incorporarse. Bryan sonrió y meneó la cabeza. El efecto del alcohol le sobrevenía en oleadas. No notó la pistola que Gerhart apretó contra su nuca. Tenía la boca pastosa. Bryan tosió levemente y echó la nuca hacia atrás. La humedad de la noche abrió su nariz. La brisa hizo milagros. Volvió la cabeza hacia donde provenían los golpes. Bryan no entendía nada. El contorno de su amigo era borroso.

– ¿Eres tú, James? -dijo-. Ayúdame a soltarme -prosiguió moviendo el brazo izquierdo. Sonreía.

– ¡Sí, soy yo! -dijo la voz, empañada y débil. Y en inglés.

– James -susurró Bryan, intentando enfocar al amigo. Jamás una voz le había resultado tan grata. Entonces se echó hacia un lado y apoyó la mejilla contra la pierna de su amigo-. ¡Gracias a Dios!

– ¡Quedaos donde estáis! -ordenó James con un tono de voz cortante. A lo lejos se oía a Laureen llamando a Bryan, que intentó volverse hacia ella y respiró profundamente. Las dos siluetas borrosas al lado del muro de la casa se habían detenido.

– ¡Si os acercáis, lo tiraré al agua! Vais a quedaros quietas, ¿lo habéis entendido? -prosiguió la voz.

James dio un paso a un lado. Bryan estuvo a punto de caerse de bruces. De forma casi imperceptible, apareció el contorno del objeto borroso que sostenía en la mano derecha: era una pistola. Bryan intentó encontrarle el sentido; no entendía nada.

– ¿Por qué no me sueltas. James? -volvió a preguntar.

James se arrodilló frente a él.

– ¡Amo von der Leyen! ¡Bryan! ¿Quién eres tú para preguntármelo? -Una maldición planeaba en su mirada-. ¿Acaso me ayudaste? ¿Acaso me liberaste?

Bryan frunció el ceño y se dispuso a responder.

– ¡No te atrevas a decir nada! -James se puso en pie y volvió a encañonarlo-. ¡Me abandonaste! Enfermo y atormentado. De haber sido por ti, podría haberme quedado allí eternamente, ¿no es así? ¡Como si fuera basura! -El movimiento violento llegó por sorpresa. De un solo tirón que le devolvió las náuseas, James le arrancó la manga-. ¡Todavía lo tienes! -dijo mientras examinaba el tatuaje borroso en la axila de Bryan-. ¡Me sorprende! -Bryan regurgitó un par de veces y dejó que las babas le corrieran por la barbilla-. Hace mucho tiempo que lo llevas, Bryan. ¿No habría sido preferible borrarlo del todo? ¿Como los recuerdos? -James dejó caer el brazo-. ¿Recuerdas el tiempo que pasaste en el lazareto, Bryan? ¿Qué fueron? ¿Seis meses? Tal vez algo más, ¡qué importa! -James miró a las mujeres. Petra lo miró implorante y soltó a la otra mujer, que todavía se apoyaba en ella-. ¿Te imaginas casi treinta años de la misma manera?

«¿Has tenido hijos, Bryan? -James resopló y se dedicó a contemplar las babas que caían de la barbilla de Bryan-. ¡Tanto tiempo! Mientras tú tenías hijos, mientras amabas, mientras experimentabas el mundo, mientras disfrutabas de la vida, mientras dormías, mientras paseabas por el jardín de tus padres, mientras crecías con tus sueños y los realizabas. Yo estaba allí. ¡Han sido treinta años!

James gritó la última frase, arrancando de cuajo a Bryan de la indiferencia y la apatía en la que se había sumido. Alzó los ojos hacia su amigo, que se había metido la mano en el bolsillo y de él había sacado un enorme frasco de pastillas.

– ¿Quieres revivir aquellos tiempos? ¿Quieres saber cómo he estado mientras tú vivías la vida? ¿Quieres saber dónde estuve?

Bryan abrió la boca sin oponer resistencia. La primera pastilla le devolvió el recuerdo de la sequedad característica que producía el preparado.

Los reflejos de salivación despertaron de inmediato después de treinta años de letargo.

– ¡Tómate una! -exclamó James y le metió una pastilla más en la boca-. ¡Tómate una por cada año en que me dejaste en la estacada! -James empujó brutalmente las pastillas en lo más profundo de la cavidad bucal de Bryan, que a punto estuvo de vomitar. En su borrachera demencia] era incapaz de resistirse-. ¡Y tómate otra para la eternidad!

James introdujo otra bola en las fauces de Bryan, que se las tragó todas con dificultad. Cuando el frasco estuvo vacío notó que no tardaría mucho en perder el conocimiento.

Los minutos que siguieron fueron un infierno de sonidos; los gritos de las mujeres y los incesantes insultos, maldiciones y preguntas imposibles de James, Bryan no contestó a ninguna y tampoco las entendió. Volvió el rostro hacia su amigo. No había rastro de misericordia en su mirada.

Y a Bryan le daba igual.

CAPÍTULO 66

Laureen recobró lentamente el color de las mejillas. El incidente al borde de la piscina la había impresionado tanto que no pudo más que agarrarse a Petra y repetir sus súplicas una y otra vez. Petra sacudió la cabeza y cerró la mano alrededor del mango del cuchillo. Tenía la intención de usarlo si no quedaba otro remedio.

Petra apretó la mano de Laureen, que empezó a gemir. Ninguna de las palabras que salieron de la boca de Gerhart la ayudaron a comprender el giro que había dado su vida. Sin embargo, las frases despejaron los años que habían pasado ahondando en el engaño. Pusieron los acontecimientos de las últimas horas en relieve. Hicieron que estuviera sedienta de más información.

Pese a que tal vez fuera demasiado tarde.

Laureen pataleaba de impotencia mientras Gerhart obligaba a su marido, semiinconsciente, a tragarse las pastillas. Cuando terminó, su víctima empezó a tambalearse.

La voz de Petra denotaba desesperación y horror. La dosis que le había suministrado sería mortal si no intervenían. Le imploró a Gerhart que la escuchara, suplicó a su amante que se detuviera. Intentó hacerle entender que todavía no era demasiado tarde, que podían huir y dejar atrás el pasado, que tenían una vida por delante que había que vivir, que él se lo debía…

Y, sin embargo, Gerhart se mantuvo pasivo, contemplando cómo Bryan languidecía poco a poco. La locura y la venganza se habían apoderado del momento.

Laureen se agarraba a Petra, convulsa y vacilante. La soltaba y volvía a agarrarse a ella. Finalmente la soltó y dio un paso rápido e inconsciente a un lado. En el momento en que Laureen se disponía a llevar a cabo un último y desesperado ataque, Petra se echó hacia adelante con el cuchillo en alto. Laureen se detuvo en seco. Si Petra hundía el cuchillo en las carnes de Gerhart, tampoco ella podría seguir viviendo. Gerhart dirigió el cañón de la pistola hacia su cabeza. El pelo se le pegó a la cara mientras seguía su mirada. Miró de Petra a Laureen y de nuevo a Petra. Petra no oyó la advertencia. Cuando llegó a su lado y a punto estaba de bajar la mano para asestarle una cuchillada, la atrapó la profundidad de su mirada. Cuando su mano alcanzó el rostro de su amante, Petra ya había soltado el cuchillo.

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