La Casa del Alfabeto
- Автор: Adler-Olsen Jussi
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «La Casa del Alfabeto». Краткое содержание книги:
Finalmente logran subir a un tren que parte del frente oriental con soldados enfermos. En uno de los vagones encuentran a varios oficiales de alto rango muertos sobre unas camas. Sin vacilar, James y Bryan tiran a dos de ellos del tren y ocupan su lugar, con la esperanza de poder escapar en cuanto tengan una oportunidad. Así, llegan hasta la Casa del Alfabeto, un hospital psiquiátrico situado en el corazón de Alemania, Mientras, la guerra sigue haciendo estragos, su única oportunidad de sobrevivir es simular que son enfermos mentales, pero ¿serán capaces de hacerlo durante meses sin convertirse en auténticos perturbados? ¿Son los únicos del pabellón que están fingiendo?
Petra y Bryan lo miraron, conmovidos y desorientados. Bryan cerró los ojos en un intento de comprender lo que estaba pasando. La pregunta le parecía fútil. Miró a su amigo e intentó encontrar una expresión que ilustrara el caos de sentimientos embotados que se agolpaban en su interior. La sonrisa pareció una excusa.
Laureen acercó la cabeza embrollada de su marido a la suya y pasó los dedos por su pelo.
– ¡Se llamaba Agnes, James! -respondió Laureen-. ¡Se llamaba Agnes!
CAPÍTULO 67
Los acontecimientos del día anterior todavía se dejaban notar. Las náuseas empezaban a ceder, pero el dolor en el cuerpo era pronunciado. El disparo, las cuchilladas, los golpes y los puntapiés tardarían meses en curarse Bryan había tenido que cambiar los vendajes tres veces en una sola noche. Miró preocupado a Laureen; tampoco ella había pegado ojo. El dolor de cabeza estaba a punto de consumirla; los intentos continuados de maquillarse no habían logrado ocultar los daños sufridos.
Bryan toqueteó su paquete de tabaco. Sentía que estaba tan pálido como la cal y alargó la mano hacia el teléfono.
– ¿Y por qué no volamos a casa? -volvió a decir Laureen.
Desde que Bryan había abandonado su hotel aquella misma mañana, había estado pegado al teléfono de la habitación de su esposa.
Laureen acabó de hacer las maletas. Mientras las hacía, tuvo que sentarse varias veces. Había sido una mañana agitada. Había sido enormemente molesto tener a Bridget revoloteando a su alrededor. Al ver los morados en el rostro de Laureen, más de una vez estuvo a punto de agredir a Bryan físicamente y no paró de regañarlo. Bryan y Laureen dejaron que pensara lo que quisiera. Gracias a Dios, no se había enterado de nada de lo que había pasado el día anterior.
Al final, Laureen la había echado con quinientos marcos en el bolsillo diciéndole que ella y Bryan tenían mucho de qué hablar.
Bridget se había quedado sin palabras. Aunque era domingo, ya encontraría la manera de gastárselos.
En cuanto Bryan colgó el teléfono, éste volvió a sonar. Al cabo de pocos segundos empezó a reír. Laureen se estremeció y lo miró asustada cuando él se llevó la mano al costado.
– Era Welles -dijo, y colgó. Laureen asintió, aliviada, aunque sin mostrar demasiado interés-. Quería decirme que ha encontrado a un paciente psiquiátrico en Erfurt de nombre Gerhart Peuckert. -Bryan intentó sonreír una vez más, pero en lugar de ello dirigió los ojos a su camisa con una expresión de preocupación. Seguía siendo blanca-. ¿Qué me dices? En Erfurt.
Laureen se encogió de hombros.
– ¿Conseguiste el pasaporte?
– Algo que se parece -dijo y marcó el siguiente número-. Cogeremos el tren a Stuttgart y volaremos desde allí. No creo que debamos volar desde Basilea Mulhouse. -Bryan se detuvo en seco y levantó la mano en un gesto evasivo. Por fin había conseguido conectar.
– Petra Wagner -dijo una voz. Sonaba agotada.
– ¿Cómo lo llevas? -Bryan le dio una última chupada al cigarrillo y lo apagó en el cenicero.
– ¡Va a ser caro, es todo lo que puedo decirte de momento! -respondió Petra sin un ápice de calor en la voz.
– ¡No importa! ¿Podemos fiarnos de ella?
– ¡Estoy convencida!
– ¡Entonces haz lo que tengas que hacer! ¿Y James? ¿O quizá prefieres que diga Gerhart?
– ¡Puedes decir James! -dijo Petra con voz apagada-. Bueno, sí, creo que todo irá bien.
Durante el resto de la conversación, Bryan miró varias veces a Laureen, que estaba sentada al borde de la cama con las manos laxas en el regazo.
– ¿Qué tal, Laureen? -dijo poco después, encendió otro cigarrillo y se llevó la mano al costado.
Laureen se encogió de hombros y no respondió.
– La directora de Santa Úrsula, Frau Rehmann, exige medio millón de libras por darle de alta y hacer desaparecer su expediente.
– ¡Pues casi nada! -contestó una Laureen apática-. ¡Supongo que piensas pagar!
Bryan la conocía bien; no esperaba ninguna respuesta. Por supuesto que pagaría.
– ¡Por lo que me ha contado Petra, aún no han dicho nada en la radio acerca de los muertos! No cree que los hayan encontrado todavía.
– Pero lo harán -dijo Laureen.
– ¡Para entonces, ya estaremos lejos de aquí! No se les ocu rrirá relacionarlo que ha pasado con nosotros. Seguramente no sabrán explicarse lo que ha sucedido.
– ¿Estás seguro? -Laureen dejó vagar la mirada por la habitación-. El taxista que nos llevó a Petra y a mí a la casa estaba convencido de que íbamos a visitar la granja de enfrente. No creo que vaya a haber problemas con él. ¡Pero luego hay tantos otros detalles! -Laureen lo miró, preocupada.
– La carta que James obligó a escribir a Lankau ocupará un lugar central en la investigación. Sin duda relacionarán la muerte de los otros con la suya. No te preocupes por eso.
– ¡Le dijiste a Lankau que habías dejado dicho en el hotel que estabas en su casa!
– ¡Tú fuiste la única que lo creyó, Laureen!
Laureen frunció el ceño y alzó la mirada al techo.
– ¡Las huellas dactilares, Bryan! ¿Qué me dices de las huellas dactilares?
– ¿En el coche? No hay; me aseguré de que no quedara ni una sola.
– ¿Y en la cabana, y los cobertizos, y en la terraza? ¡Debe de haber miles de huellas!
– ¡No creo que encuentren nada! Sabes que fuimos muy meticulosos y sistemáticos.
Laureen suspiró y volvió a repasarlo todo.
– ¿Estás seguro, Bryan? ¡Era de noche cuando recogimos y ordenamos la casa! ¡Tú estabas borracho! ¡Petra estaba fuera de sí! ¡No puedo vivir el resto de mi vida temiendo que averigüen lo que realmente pasó!
– ¡Lankau mató a los demás! Eso será lo que creerán. Encontrarán su carta y constatarán que fue él quien la escribió.
– Creerán que su intención era suicidarse con la pequeña escopeta de caza que encontró Petra. ¿Es así?
– ¡Así es, sí! Y que no le dio tiempo de llevar a cabo su cometido antes de caer muerto. La autopsia descubrirá que se trató de una crisis cardíaca de lo más natural.
– ¿Y las heridas en su cuerpo?
– ¡Tú misma viste todas las cicatrices! Lankau era duro consigo mismo. ¡Se extrañarán, no cabe duda, pero no encontrarán respuestas a sus preguntas!
– ¿Y la escopeta y los cartuchos?
– ¡Sólo encontrarán sus huellas digitales!
– ¿Y qué me dices de los demás sitios? Las casas de Kröner y de Stich. ¿Qué encontrarán allí? ¿Estás seguro de que no estará a rebosar de indicios? ¡Las huellas de James deben de estar por todas partes!
– ¡Seguramente! Pero no lo encontrarán por ningún lado. No sabrán ni dónde ni a quién buscar. Es posible que ni siquiera lo intenten. Tendrán más que suficiente con entender el alcance del escándalo que significará dejar al descubierto la doble vida de esos tres hombres. ¡No deberías pensar más en ello! -Bryan se quedó pensativo un rato, hasta que las palabras salieron de su boca por sí solas-. Si pasara lo impensable y la investigación los condujera hasta nosotros, sólo James tendrá que responder de sus actos. Ni tú ni yo. ¡Pero no sucederá, Laureen, puedes estar segura!
– Cuando esa directora, esa tal Frau Rehmann, descubra la cantidad de muertos que hay en el asunto, confesará. ¡Estoy convencida!
Laureen se llevó el pañuelo a la nariz.
– ¡Yo, en cambio, estoy convencido de que no lo hará! Los sobornos y la prevaricación no constituyen precisamente una buena base para una carrera profesional. Seguro que mantendrá la boca cerrada. -Bryan golpeó su maleta suavemente. Ahora sólo le restaba llamar a la delegación olímpica y podrían irse-. Laureen -dijo entonces-, Frau Rehmann podrá vivir a sus anchas siempre y cuando no reaccione. Sabe lo que hace; sabía muy bien cómo había que exigir que le pagáramos. ¡Como si fuera algo con lo que había contado toda su vida! Porque no le vamos a dar un talón, ¿verdad? El dinero será transferido a su nombre directamente a una cuenta en Zurich. No podrá echarse atrás, llegados a ese punto.