La Casa del Alfabeto
- Автор: Adler-Olsen Jussi
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «La Casa del Alfabeto». Краткое содержание книги:
Finalmente logran subir a un tren que parte del frente oriental con soldados enfermos. En uno de los vagones encuentran a varios oficiales de alto rango muertos sobre unas camas. Sin vacilar, James y Bryan tiran a dos de ellos del tren y ocupan su lugar, con la esperanza de poder escapar en cuanto tengan una oportunidad. Así, llegan hasta la Casa del Alfabeto, un hospital psiquiátrico situado en el corazón de Alemania, Mientras, la guerra sigue haciendo estragos, su única oportunidad de sobrevivir es simular que son enfermos mentales, pero ¿serán capaces de hacerlo durante meses sin convertirse en auténticos perturbados? ¿Son los únicos del pabellón que están fingiendo?
No era la primera vez que Laureen se había acercado a la ventana aquella mañana. Bryan se puso en pie y se dirigió hacia la ventana, donde la agarró de los hombros. El suspiro que soltó Laureen era ambiguo. El césped verde que se extendía delante del hotel Colombi estaba desierto. A lo lejos, al otro lado del parque, se oyó débilmente un convoy de trenes que traqueteaba sobre las múltiples vías de desvío del terreno ferroviario.
– Y Bridget, ¿qué me dices de Bridget? -dijo Laureen quedamente-. ¿No crees que sabe demasiado? Al fin y al cabo, estuvo con nosotras ayer. ¡Oyó los nombres de los simuladores!
– Bridget no será capaz de acordarse de nada, ni siquiera si se los hubieran grabado en el cerebro con un escoplo. Estaba tan borracha ayer y se emborrachó aún más a lo largo de la noche, a juzgar por su aspecto esta mañana. Además, es improbable que los diarios ingleses vayan a dedicarle páginas y tiempo a la muerte de tres ex nazis. ¡Nunca lo sabrá!
Laureen liberó los brazos cruzados que había apoyado en el pecho e intentó respirar profundamente. Las costillas magulladas le dolían cada vez más.
– ¿Y realmente tiene que volver con nosotros? -preguntó Laureen mirándolo fijamente a los ojos.
La pregunta había estado en camino mucho tiempo.
– Sí, Laureen. James vendrá con nosotros. Vine hasta aquí con este propósito.
– ¿Y Petra? ¿Qué dice Petra?
– ¡Ella sabe que es lo mejor para James!
Laureen se mordió el labio y atravesó a Bryan con su mirada. Sus fantasías se apoderaron de ella.
– ¿Crees que Petra sabrá controlarlo, Bryan?
– Eso cree ella, Laureen. ¡Ya veremos! ¡Pero volverá con nosotros a casa!
– ¡No podemos tenerlo cerca de nosotros, Bryan! ¿Me oyes? -le espetó Laureen, mirándolo fijamente a los ojos.
– Ya veremos, Laureen. Yo me encargaré de buscar una solución.
Cuando llegaron Laureen y Bryan, tanto Petra como James ya se encontraban en el andén. James estaba recién lavado y parecía una roca mirando de soslayo las vías del tren. No les devolvió el saludo ni soltó la mano de Petra.
– ¿Va todo bien? -preguntó Bryan.
Petra se encogió de hombros.
James desvió la mirada, esquivándolos. Laureen lo siguió con los ojos ocultos tras unas gafas de sol, procurando que Bryan siempre estuviera entre ella y los otros dos.
– ¡Está triste ahora mismo! -ahondó Petra.
– ¿Por algo en particular? -Bryan intentó atrapar la mirada de James. La luz del sol era fuerte. Su rostro estaba envuelto en luz. En la vía contigua había varios vagones de equipaje y de correos estacionados que esperaban que llegara el siguiente día laborable. Pronto llegaría el tren.
– Habla de un pañuelo que desapareció. No ha hablado de otra cosa en toda la mañana. Esperaba encontrarlo en la casa de Kröner. Gerhart pensaba… -Petra hizo una pequeña pausa y prosiguió-: James creía que Kröner lo había escondido en un pequeño rollo que encontró en su casa; lo llevaba escondido debajo del abrigo hasta que llegamos a casa. ¡Creo que ha mirado al menos veinte veces si estaba dentro del rollo!
– ¿Era el pañuelo de Jill, James? -Bryan se puso a su lado. James asintió con la cabeza. Bryan se llevó la mano al costado y se volvió hacia Petra-. Era un pañuelo que Jill le dio cuando era pequeño. Los simuladores se lo robaron, cuando estábamos ingresados en el lazareto.
– Estaba convencido de que Kröner lo había guardado en ese rollo. ¡Pero sólo había dibujos! ¡Lo ha dejado hecho polvo!
Bryan sacudió la cabeza melancólicamente.
– Jill era su hermana. Murió durante la guerra.
Pese a que Bridget llegó bastante tarde y sus pasos por el andén eran tan inseguros que, en otras circunstancias, la habrían hecho enrojecer, Laureen la recibió como si no se hubieran visto durante años.
– ¡Bridget, tontita! ¡Por fin! -dijo abrazándose a ella y a sus maletas. Bridget saludó cansinamente a Petra y al hombre que estaba a su lado y redondeó la escena enviándole una mirada a Bryan que podría haber enfriado de golpe hasta las ascuas más candentes.
Cuando subieron al tren, las plazas ya estaban repartidas de antemano. James se sentó en una punta del compartimento, al lado de la ventana, y Laureen en la otra, cerca de la puerta.
Bridget se acercó a la ventana para tomar un poco de aire fresco. Petra se agachó intentando mirar por debajo del brazo de Bridget.
– ¿Esperas a alguien? -le preguntó Bryan. Petra seguía con la mirada fija en el andén; su semblante era triste.
– ¿Estamos seguros, no? -se oyó decir de forma casi inaudible a Laureen.
– ¿Seguros de qué, querida? -preguntó Bridget echando una mirada curiosa por encima del hombro.
– ¡De que no nos hemos equivocado de tren, Bridget! -repuso Bryan secamente, deteniendo la protesta ahogada de Laureen con la mirada.
James no había reaccionado ni una sola vez a los sonidos y movimientos del compartimento. Parecía incómodo en la ropa que Petra le había procurado y pasaba revista a todos y cada uno de los transeúntes del andén dispensándoles menos de un segundo a cada uno, como si los estuviera contando.
Petra apoyó la frente contra el cristal de la ventana e intentó atrapar discretamente una lágrima. Entonces suspiró y echó la cabeza hacia atrás, apoyándola contra el respaldo.
– ¡Líbreme Dios! -exclamó Bridget de pronto-. ¡Vaya hippy que viene por ahí! ¡ Casi se podría decir que es africana, teniendo en cuenta el montón de trapos que lleva sobre la cabeza!
Se apartó un poco de la ventana para que los demás tuvieran ocasión de ver lo que le había llamado la atención. Petra se levantó precipitadamente al descubrir a la mujer y una sonrisa brotó en sus labios.
– Vuelvo en seguida-dijo dirigiéndose a James-. ¡Quédate aquí!
El reencuentro sobre el andén fue comentado vivamente por Bridget, que se negaba a abandonar su puesto delante de la ventana y que, por tanto, no dejaba ver nada a los demás. Se debatía entre la preocupación por la demora de su amigo y la indignación por el aspecto estrafalario que la conocida de Petra exhibía tan abiertamente.
Cuando las dos mujeres entraron en el compartimento, el rostro de James se iluminó. Laureen detectó inmediatamente la sorpresa de Bryan.
– ¿Quién es? -susurró con la cabeza vuelta hacia su marido.
– Hola de nuevo -dijo la mujer, ofreciéndole la mano a Bryan.
– ¡Mariann Devers!
Bryan no podía entenderlo.
– ¡Se ve que tenemos otras cosas en común aparte de mi madre! -dijo sonriendo y abrazó a James. Se ordenó las capas de ropa que llevaba puestas y miró a James a los ojos mientras le hablaba en un tono de voz dulce. Entonces volvió a abrazarlo y examinó a Petra durante un rato, hasta que por fin se decidió a brindarle una despedida.
Cuando ya se decidía a abandonar el compartimento, se volvió hacia Bryan.
– En el fondo es una pena que entonces no se formara una pareja de usted y de mi madre. ¡Vaya familia que habríamos formado! Y ahora, en cambio, se lleva a mi mejor amiga consigo y me quita a mi querido Erich, ¿qué se ha creído? -Sus ojos denotaban amabilidad pero también conmoción. Tras otro abrazo a Petra, abandonó el compartimento.
– ¿Qué pasó? -preguntó Laureen quitándose las gafas de sol-. ¿Quién era esa mujer? ¿Qué era eso que dijo acerca de su madre, Bryan?
Bryan miró a Petra.
– Era la hija de Gisela Devers -respondió secamente. Petra asintió-. ¿La conoces?
Petra volvió a asentir con la cabeza.
– Conocía a su madre, sí. Era mi mejor amiga. Cuando murió, me ocupé de Mariann. ¡Es como una hija para mí!
Bryan respiró profundamente.
– ¿Y conoce a James?
– ¡Ella lo llama Erich! Sí, desde que era una niña. Lo visitaba a menudo, ¿no es así… James?