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La Casa del Alfabeto

Электронная книга - «La Casa del Alfabeto». Краткое содержание книги:

Alemania, segunda guerra mundial. El avión de los pilotos ingleses James Teasdale y Bryan Young es derribado en territorio enemigo durante una misión fotográfica. Consiguen sobrevivir, pero no llevan los uniformes, por lo que, si son capturados, serán acusados de espionaje y, probablemente, ejecutados.
Finalmente logran subir a un tren que parte del frente oriental con soldados enfermos. En uno de los vagones encuentran a varios oficiales de alto rango muertos sobre unas camas. Sin vacilar, James y Bryan tiran a dos de ellos del tren y ocupan su lugar, con la esperanza de poder escapar en cuanto tengan una oportunidad. Así, llegan hasta la Casa del Alfabeto, un hospital psiquiátrico situado en el corazón de Alemania, Mientras, la guerra sigue haciendo estragos, su única oportunidad de sobrevivir es simular que son enfermos mentales, pero ¿serán capaces de hacerlo durante meses sin convertirse en auténticos perturbados? ¿Son los únicos del pabellón que están fingiendo?
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– Supongo que no toda. Sólo sé lo que me ha contado Laureen. ¡Lo que Petra le contó a ella!

James dio un par de pasos por el borde del acantilado. Mientras, Bryan lo seguía con la mirada. La risa murió en la misma exhalación en la que nació.

– Esa historia es el elemento más importante de mi vida.

– James clavó la mirada en la nada y sacudió la cabeza dejando que la melancolía volviera a apoderarse de él-. ¡Y ni siquiera es mi propia historia! No resulta agradable pensar en ello, lo comprendes, ¿verdad? -Bryan echó un vistazo por encima del hombro. La distancia que lo separaba del borde del acantilado era de apenas un metro. James se colocó delante de él y lo miró a los ojos por primera vez. La luz hizo que su color cambiara sin cesar. Eran grises, y eran azules. Y eran indefinibles-. ¡Petra me ha contado que te hiciste médico, Bryan! -dijo de pronto.

– ¡Si, así es!

– ¡Y que has ganado mucho dinero!

– Sí, eso también es cierto, James. Poseo una empresa farmacéutica.

– ¿Y tus hermanos están bien?

– Sí, están bien.

– Hay una gran diferencia entre nosotros dos, ¿no te parece, Bryan?

Cuando Bryan lo miró a los ojos, los colores del mar se reflejaron en ellos.

– No lo sé. James. ¡Supongo que sí!

En el preciso instante en que James lo miró, Bryan se arrepintió de su falsedad.

– ¿Crees que no lo sé? -James lo dijo tranquilamente y dio un paso más adelante. Sus rostros estaban uno enfrente del otro. El aliento de James era dulzón-. Creo que sabré vivir con mi vida malograda -dijo, apretando los labios-, Pero hay muchas cosas que me cuesta entender.

– ¿Como por ejemplo, James?

– ¿Como por ejemplo? -James no sonreía-. ¡A ti, por ejemplo! jY el síndrome de abstinencia por las pastillas, claro está! Que la gente me hable. ¡Que esperen que les conteste! Que soy Gerhart y Erich y James a la vez.

– Sí.

Los tendones en e! cuello de James se tensaron. Alzó lentamente las manos hacia el torso de Bryan.

– ¡Pero eso no es lo peor!

Bryan dio un paso atrás. Al inclinarse ligeramente hacia adelante, su equilibrio mejoró ostensiblemente. Respiró hondo.

– Lo peor es -prosiguió James agarrando a Bryan del brazo suavemente-, ¡… lo peor es que no regresaras a por mí!

– ¡No sabía dónde buscarte, James! ¡Es así! Lo intenté, pero habías desaparecido.

James cerró los dedos alrededor del brazo de Bryan. Su mirada se perdió. Entonces se concentró y soltó las palabras en un susurro que los graznidos de los pájaros casi absorbieron por completo.

– ¡Lo peor de todo, sin embargo, es la conciencia de no haber hecho nada por remediar la situación!

Una convulsión que nació y murió en una décima de segundo en el rostro de James succionó a Bryan hasta las profundidades de un pasado en el que un muchacho pecoso de mejillas hundidas, ojos vivarachos y piel dorada intentaba insultarlo desesperadamente para que hiciera algo, mientras la lona del globo se desgarraba sobre su cabeza. «Confía en mí -le había dicho entonces, antes de que ocurriera-. Todo irá bien, ya verás.» Era esa misma convulsión que ahora volvía a recorrer el rostro de James. Una convulsión suplicante, dirigida con desprecio hacia sí mismo.

– ¡Pero si no podías, James! -susurró Bryan-. ¡Estabas enfermo!

– ¡No lo estaba! -su exclamación fue inusitadamente brusca. Todo su rostro se contrajo. Los ojos expresaban desesperación. El calor emanaba de su cuello-. ¡Tal vez al principio, sí! ¡Y tal vez también enfermé al final! Pero tardé muchos años. ¡Unos años condenadamente largos! Los únicos momentos de sosiego que tuve me los proporcionaron las pastillas. Era una calma terrible: yo era James, y era Gerhart, y era Erich, pero enfermo no estaba. -Agarró el brazo de Bryan con más fuerza-. Al menos la mayor parte del tiempo -acabó diciendo.

Los dos viejos amigos se miraron a los ojos. La ira, la inseguridad y la pena brillaban en los ojos de James. Bryan notó entonces cómo su peso se propagaba hasta las manos cerradas. James intentó hasta dos veces concebir la siguiente frase con la boca abierta hasta que finalmente consiguió pronunciarla:

– ¡Y ahora tú me preguntas si recuerdo el globo! ¡Y seguirás preguntándome sobre eso y aquello! ¡Cosas que tú y otros conocéis y que tan sólo una parte insignificante de mí recuerda vagamente! ¡Es como si con esas preguntas intentarais obligarme a darles la espalda a aquellos años que pasé esperando!

– ¿Por qué crees eso? ¿Por qué íbamos a desear algo así? -preguntó Bryan mirando al hombre tembloroso con insistencia, mientras alzaba los brazos lentamente y agarraba los brazos de éste con fuerza.

James cerró los ojos. Al cabo de un rato, alzó las cejas. Todavía daban muestras de su excitación, aunque el rostro en sí se había relajado. Se rió secamente.

– ¡Al fin y al cabo, siempre hay algo que me vuelve en retales! -James apretó los brazos contra el cuerpo. Bryan se vio absorbido por su propio punto de gravedad-. Durante los últimos días he vuelto a ver las patrullas de perros que nos perseguían. Hacía años que no me pasaba. Las veo intentando atraparnos, Bryan. Cada vez están más cerca. ¡Y entonces veo los dos trenes que se cruzan en el valle! Uno en dirección oeste y el otro en dirección este. ¡Nuestra salvación, pensamos entonces!

Bryan asintió con la cabeza e intentó revolverse con todas sus fuerzas.

– ¡Y entonces pienso que tal vez no deberíamos haber saltado!

– No debes pensar en eso. James. ¡No tiene sentido!

James se apoyó contra Bryan y posó la barbilla en su hombro. A sus espaldas, la roca estaba ya prácticamente envuelta por la neblina. A sus pies, las olas chocaban contra la roca llevadas por el viento del este. Bryan oyó su llamada.

Una ave marina salió revoloteando del abismo y abandonó la formación a regañadientes. En aquel mismo instante, James aflojó las manos. Su cuerpo temblaba, como antes de la tormenta.

Al oír la repentina risa de James, Bryan echó la pierna izquierda un poco hacia atrás en un reflejo febril. La tierra helada lo hizo resbalar. La punta del zapato rastreó el borde del acantilado. James parecía estar muy lejos. Su mirada se volvió distante y la risa cesó tan repentinamente como había surgido. El repentino cambio de humor resultaba a la vez demente y lógico.

La succión que ejerció el abismo decreció. La atracción de las olas menguó. Con tanta delicadeza como en un paso de vals, Bryan cargó el peso sobre la pierna derecha y rodeó a James, que apenas registró el movimiento. Como si se tratara de una neblina perezosa, la tensión se desvaneció.

James dejó caer los hombros y soltó a Bryan.

El rostro que tenía delante tenía una expresión calmosa.

– ¡Estuvo bien que subiéramos a ese tren. James! -dijo-. ¡No debes pensar otra cosa! -Bryan ladeó la cabeza intentando atrapar la mirada de James-. ¡Y estuvo bien que cogiéramos el tren que cogimos, y no el otro! -añadió dulcemente.

Luego alzó la mirada al cielo y dejó que la brisa le revolviera el pelo. Inspiró profundamente. El contorno de sus ojos expresaba armonía.

– ¿Y sabes por qué, James? -Bryan miró largamente a su amigo. Cuando de pronto el viento se calmó. James abrió los ojos y miró a Bryan. Simplemente esperó. El rostro no expresaba curiosidad alguna-. ¡Porque si hubiéramos cogido el tren en dirección este, tendría que haberte buscado en Siberia, James!

James miró a Bryan un rato aún y luego volvió la cabeza hacia el otro lado. Por el baile rítmico de los ojos por el cielo abierto se habría dicho que James estaba contando las nubes, una por una, en su huida desordenada y turbulenta.

Entonces sonrió cansinamente y dio la espalda al viento mientras echaba la cabeza hacia atrás, dejando que los últimos rayos de luz del día cubrieran su rostro.

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