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El camino de dagas

Электронная книга - «El camino de dagas». Краткое содержание книги:

Mientras Elayne y Nynaeve tratan de hacer funcionar el Cuenco de los Vientos, Perrin se dirige a Ghealdan para que la reina Alliandre respalde públicamente al Dragón Renacido. Rand continúa en Illian, intentando pacificar el país.
El tan deseado cambio climático, propiciado por el Cuenco de los Vientos, provoca bruscos cambios de temperatura que dificultan el desplazamiento de tropas.
Rand decide hacer frente a los seanchan en las costas de Ilian para frenar el avance del ejército invasor, pero además de al enemigo también tendrá que enfrentarse a la traición.
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Weiramon se acercó; no le gustaba estar a las órdenes de Bashere ni tampoco que se dirigieran a las montañas —resultaba muy difícil lanzar una carga de caballería decente en terreno montañoso— ni varias cosas más —Rand estaba seguro de que al menos había otras cuantas— que ni siquiera le dejó plantear.

—Al parecer, los saldaeninos creen que debería cabalgar en el flanco derecho —rezongó desdeñosamente Weiramon. Movió los hombros como si el flanco derecho fuese una gran ofensa, por alguna razón—. Y en cuanto a la infantería, milord Dragón, realmente creo que…

—Y yo creo que deberías ocuparte de tener preparados a tus hombres —lo cortó fríamente Rand. Parte de esa frialdad se debía a encontrarse flotando en la nada vacía de emociones—. De lo contrario, es muy probable que no cabalgues en ningún flanco. —Se refería a que lo dejaría atrás si no estaba preparado a tiempo. Seguramente un necio como él no le crearía demasiados problemas si lo dejaba en un lugar tan remoto, con sólo unos pocos mesnaderos. Él habría regresado antes de que hubiese tenido tiempo de llegar a una población mayor que un pueblo. Sin embargo, el semblante del teariano se puso lívido.

—Como ordene milord Dragón —contestó con un dinamismo impropio en él, e hizo volver grupas a su caballo antes de que las palabras acabaran de salir de su boca. Montaba un bayo alto, de amplio pecho.

La pálida lady Ailil frenó su montura delante de Rand, acompañada por la Gran Señora Anaiyella, una extraña pareja para estar en compañía, y no sólo porque sus respectivas naciones se odiasen. Ailil era alta tratándose de una cairhienina, y todo en ella denotaba dignidad y precisión, desde el arco de las cejas hasta el doblez de las muñecas, pasando por su capa impermeable con el cuello tachonado de perlas y extendida sobre la grupa de su yegua gris. A diferencia de Semaradrid o Marcolin, de Weiramon o Tihera, ni siquiera pestañeó al advertir que las gotas de lluvia resbalaban sobre una barrera invisible alrededor de Rand. Anaiyella sí parpadeó. Y dio un respingo. Y soltó una risita disimulada tras la mano. Anaiyella era esbelta, una belleza morena, y lucía una capa impermeable adornada con rubíes en el cuello, además de estar bordada en oro, pero ahí acababa la similitud con Ailil. Anaiyella era toda elegancia afectada y sonrisas tontas. Cuando hacía una reverencia, su castrado blanco la hacía también, doblando las patas delanteras. El ágil animal resultaba llamativo, pero Rand sospechaba que no tenía fondo, como su dueña.

—Milord Dragón —empezó Ailil—, he de protestar una vez más contra mi inclusión en esta… expedición. —Su voz sonaba fríamente neutral, ya que no exactamente desabrida—. Enviaré a mis mesnaderos donde y cuando lo ordenéis, pero no siento el menor deseo de verme en lo más reñido de la batalla.

—Oh, no —añadió Anaiyella, con un delicado estremecimiento. ¡Incluso entonces utilizó un tono ñoño a más no poder!—. Las batallas son tan desagradables. Es lo que dice mi Maestro de los Caballos. Sin duda no nos obligaréis a ir, ¿verdad, milord Dragón? Hemos oído que mostráis una especial preocupación por la seguridad de las mujeres, ¿no es cierto, Ailil?

Rand estaba tan atónito que el vacío se vino abajo y el saidin se desvaneció. Las gotas de lluvia empezaron a resbalar por su cabello y a calarle la chaqueta, pero durante un instante, aferrado a la perilla de la silla para sostenerse erguido mientras veía a cuatro mujeres en lugar de a dos, se quedó tan estupefacto que ni siquiera lo advirtió. ¿Cuánto era lo que sabían? ¿Cuánto habían oído? ¿Cuánto era lo que sabía todo el mundo? ¡Luz, según los rumores había asesinado a Morgase, a Elayne, a Colavaere, probablemente a cientos de mujeres, y a cada una de ellas de un modo más horrible que a la anterior! Tragó saliva para contener las ganas de vomitar. La náusea se debía al saidin sólo en parte.

«Maldición, ¿cuántos espías tengo vigilándome?»

«Los muertos vigilan —susurró Lews Therin—. Los muertos jamás cierran los ojos».

Rand se estremeció.

—Intento velar por la seguridad de las mujeres —dijo cuando pudo hablar. Más que por la de un hombre, y sin concurrir ni la mitad de razones para hacerlo—. Ése es el motivo de que quiera teneros cerca los próximos días. Pero si realmente os desagrada tanto la idea, puedo prescindir de uno de los Asha’man para que os escolte. Estaréis a salvo en la Torre Negra.

Anaiyella soltó un gritito con gran estilo, pero su semblante se tornó ceniciento.

—Gracias, pero no —rechazó Ailil tras un momento, absolutamente tranquila—. Supongo que lo mejor será que conferencie con mi Capitán de Lanzas acerca de lo que he de esperar en un campo de batalla. —No obstante, hizo una pausa antes de acabar de dar media vuelta a su montura para marcharse y miró de soslayo a Rand—. Mi hermano Toram es… impetuoso, milord Dragón. Incluso imprudente. Yo no.

Anaiyella le sonrió toda mieles y soltó una risita tonta antes de seguir a la otra mujer, pero una vez que le hubo dado la espalda, clavó espuelas y utilizó su fusta de mango enjoyado, sobrepasando rápidamente a la noble cairhienina. El castrado blanco demostró poseer una increíble velocidad.

Por fin todo estuvo listo, las columnas formadas y extendiéndose sinuosamente sobre las bajas colinas.

—Adelante —ordenó Rand a Gedwyn, que hizo girar su montura y empezó a bramar órdenes a sus hombres. Los ocho Dedicados se adelantaron en sus caballos y desmontaron en el punto del terreno que habían memorizado, frente a las montañas. Uno de ellos le resultaba familiar, un tipo entrecano, cuya barba puntiaguda al estilo teariano resultaba extraña en su arrugado rostro de campesino. Ocho líneas verticales de luz intensamente azul giraron sobre sí mismas y se convirtieron en aberturas por las que se divisaron distintas perspectivas de un valle montañoso, largo y escasamente arbolado, que ascendía hacia un paso empinado. En Altara. En las montañas Vemir.

«¡Mátalos! —suplicó, gemebundo, Lews Therin—. ¡Son demasiado peligrosos para dejarlos vivir!»

Sin pensarlo, Rand acalló la voz. Cualquier hombre que estuviera encauzando a menudo provocaba esa reacción en Lews Therin, o incluso uno con capacidad de encauzar. Ya había dejado de preguntarse por qué.

Rand masculló una orden, y Flinn parpadeó sorprendido antes de unirse apresuradamente a los otros y tejer un noveno acceso. Ninguno era tan grande como los que Rand era capaz de hacer, pero por cualquiera de ellos podía pasar un carro, aunque bastante justo. Su intención había sido abrirlo él mismo, pero no quería correr el riesgo de asir el saidin de nuevo delante de todo el mundo. Advirtió que Gedwyn y Rochaid lo observaban, exhibiendo idénticas sonrisas enteradas. También lo observaba Dashiva, éste ceñudo y moviendo los labios como si hablara consigo mismo. ¿Era su imaginación o Narishma lo estaba mirando también con recelo? ¿Y Adley? ¿Y Morr?

Rand se estremeció sin poder evitarlo. La desconfianza hacia Gedwyn y Rochaid era de pura lógica, pero ¿estaba entrando en lo que Nynaeve llamaba miedos morbosos, una especie de locura, un recelo obsesivo de todos y de todo? Había habido un Coplin, Benly, que creía que todo el mundo maquinaba contra él. Había muerto de inanición, siendo él un niño, al negarse a comer por miedo a ser envenenado.

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