El camino de dagas
- Автор: Джордан Роберт
- Серия: La Rueda del Tiempo #8
- Год: 2005
- Язык: испанский
- Переводчик: Mila Lopez Diaz-Guerra
- Жанр: Эпическое фэнтези
Электронная книга - «El camino de dagas». Краткое содержание книги:
El tan deseado cambio climático, propiciado por el Cuenco de los Vientos, provoca bruscos cambios de temperatura que dificultan el desplazamiento de tropas.
Rand decide hacer frente a los seanchan en las costas de Ilian para frenar el avance del ejército invasor, pero además de al enemigo también tendrá que enfrentarse a la traición.
—Sé que no os gusta dar explicaciones —murmuró Bashere—, pero no me vendría mal un poco de luz que esclareciese mi ignorancia. —Se ajustó la espada de hoja serpentina y se sentó despatarrado en otra silla, echando una pierna sobre el reposabrazos. Siempre parecía relajado, pero podía lanzarse a la acción con más rapidez que una serpiente atacando—. Ese Asha’man no quiso decir nada más aparte de que me necesitabais para ayer, y sin embargo insistió en que no trajera más que un millar de hombres. Sólo tenía a quinientos hombres conmigo, pero los he traído. No puede tratarse de una batalla. La mitad de enseñas que he visto ahí fuera pertenecen a tipos que se morderían la lengua si vieran a alguien a vuestra espalda con un cuchillo, y la mayoría de los demás son hombres que intentarían manteneros distraído para que os lo clavara sin problemas. Eso, si es que no habían pagado al individuo del cuchillo.
Sentado detrás del escritorio, en mangas de camisa, Rand se frotó los párpados con los pulpejos de las manos, cansadamente. Ausente Boreane Carivin, nadie se ocupaba de despabilar adecuadamente las lámparas, y una tenue nube de humo flotaba en el aire. Además, había estado despierto gran parte de la noche, enfrascado en los mapas extendidos sobre la mesa. Mapas del sur del Altara. No coincidían apenas unos con otros.
—Si uno va a librar una batalla —dijo a Bashere—, ¿quién mejor para pagar la cuenta de la carnicería que los hombres que te quieren ver muerto? En cualquier caso, no serán soldados los que ganen este combate. Lo único que tienen que hacer es impedir que nadie sorprenda por detrás a los Asha’man. ¿Qué os parece?
Bashere resopló con tanta fuerza que su grueso bigote se agitó.
—Un guiso mortal, eso es lo que me parece. Alguien se va atragantar con él hasta ahogarse. Quiera la Luz que no seamos nosotros. —Y luego se echó a reír con ganas, como si aquello fuese un buen chiste.
Lews Therin rió también.
22
Nubes borrascosas
Bajo una constante llovizna, el pequeño ejército de Rand formó en columnas a lo largo de las onduladas y bajas colinas situadas frente a las Nemarellin, cuyos picos resaltaban oscuros y afilados contra el cielo occidental. No era realmente necesario mirar en la dirección hacia la que se quería Viajar, pero a Rand le resultaba extraño hacerlo de otro modo. A despecho de la lluvia, las nubes grises se abrieron rápidamente y dejaron pasar la luz del sol, asombrosamente brillante. O tal vez sólo parecía que el día era más luminoso después de la reciente penumbra.
Cuatro de las columnas iban encabezadas por los saldaeninos de Bashere, hombres de piernas arqueadas, con chaquetas cortas y sin armaduras, que aguardaban pacientemente junto a sus caballos y bajo un bosque de relucientes moharras, y las otras cinco, constituidas por hombres de chaquetas azules con el dragón en la pechera, iban a las órdenes de un tipo bajo y fornido llamado Jak Masond. Cuando éste se movía, lo hacía siempre con sorprendente rapidez, pero ahora estaba completamente inmóvil, plantado en los pies bien separados y con las manos cruzadas a la espalda. Sus hombres se encontraban en su sitio, así como los Defensores y los Compañeros, que se mostraban malhumorados por ir detrás de la infantería. Eran los nobles y sus hombres, principalmente, quienes deambulaban de un sitio a otro como si no supieran bien adónde ir. El espeso barro se agarraba a las botas y a los cascos de los caballos y encenagaba las ruedas de los carros; empezaron a alzarse gritos de maldiciones. Llevaba tiempo organizar a casi seis mil hombres empapados que se mojaban más de minuto en minuto. Y eso sin contar los carros de provisiones y los caballos de refresco.
Rand se había puesto sus mejores ropas, para destacar y ser localizado a primera vista. Una leve pasada con el Poder había lustrado la punta de lanza del Cetro del Dragón hasta hacerla resplandecer, y otra había pulido la Corona de Espadas de manera que el oro relucía. La hebilla dorada del cinturón, con forma de dragón, captaba la luz, al igual que el bordado de hilos de oro que cubría su chaqueta de seda azul. Por un instante lamentó haber quitado las gemas que antes adornaban la empuñadura de su espada y la vaina. La oscura funda de piel de jabalí era práctica, pero cualquier mesnadero podría llevar una así. Que los hombres supieran quién era. Que los seanchan supieran que había ido a destruirlos.
Situado en un amplio espacio llano, a lomos de Tai’daishar, observaba impaciente a los nobles que se movían de un lado a otro por las colinas. A corta distancia, en el terreno llano, Gedwyn y Rochaid aguardaban montados al frente de sus hombres, que formaban un cuadrado perfecto, con los Dedicados en primera fila y los soldados alineados detrás. Parecían listos para desfilar. Había tantos con el cabello canoso o incluso calvos como jóvenes —algunos de la edad de Hopwil o Morr— pero hasta el último de ellos era lo bastante fuerte para crear un acceso. Ése había sido un requisito. Flinn y Dashiva aguardaban detrás de Rand, agrupados sin orden con Adley, Morr, Hopwil y Narishma, y un par de portaestandartes montados que se mantenían muy erguidos, uno teariano y otro cairhienino, con los petos, los yelmos e incluso los guanteletes lustrados hasta hacerlos brillar. La carmesí Enseña de la Luz y el largo y blanco Estandarte del Dragón colgaban fláccidos y empapados. Rand había asido el Poder dentro de su tienda, donde el momentáneo tambaleo no se viera, y la menuda lluvia no llegaba a menos de un centímetro de él ni de su caballo, cayendo sin tocarlos.
La infección del saidin se notaba particularmente fuerte ese día, un repugnante y espeso aceite que se filtraba a través de sus poros y penetraba profundamente en sus huesos. Que manchaba su alma. Creía haberse acostumbrado a esa inmundicia, hasta cierto punto, pero ese día resultaba nauseabunda, más intensa que el gélido fuego y el frío candente del propio saidin. Últimamente se mantenía asido a la Fuente lo más a menudo posible, aceptando la inmundicia con tal de evitar la nueva sensación de náusea que le sobrevenía al aferrarla. Podía resultar mortal si permitía que la náusea lo distrajera de ese forcejeo con el Poder. Tal vez estaba relacionado con los mareos, de un modo u otro. Luz, no podía volverse loco todavía, y tampoco podía morir. Aún no. Quedaba mucho por hacer.
Apretó la pierna izquierda contra el flanco de Tai’daishar sólo para notar el envoltorio alargado, entre la correa del estribo y la gualdrapa. Cada vez que hacía eso, algo culebreaba en torno al vacío. Expectación, o tal vez una chispa de miedo. Bien entrenado, el caballo empezó a girar a la izquierda, y Rand tuvo que tirar de las riendas en sentido contrario. ¿Cuándo iban a ocupar sus sitios de una vez los nobles? Los dientes le rechinaron por la impaciencia.
Recordó que de niño había oído a los hombres comentar entre risas que cuando llovía y a la vez brillaba el sol significaba que el Oscuro estaba sacudiendo a Semirhage. Sin embargo, las risas sonaban un tanto nerviosas, y el viejo y escuálido Cenn Buie siempre acababa gruñendo que Semirhage estaría resentida y furiosa después y que iría por los niños que no se quitaran del medio y siguieran estorbando a sus mayores. Aquello había bastado para que Rand saliera corriendo de pequeño. Ahora deseó que Semirhage fuese por él, en ese mismo instante. Él la haría llorar.
«No hay nada que haga llorar a Semirhage —susurró Lews Therin—. Hace llorar a los demás, pero ella no derrama lágrimas porque no tiene corazón».
Rand rió quedamente. Si la Renegada fuera ese día, él se las haría derramar. A ella y a todos los Renegados juntos, si aparecieran. Con seguridad, a los seanchan los haría llorar a mares.
No todos se sentían complacidos con las órdenes que había dado. La sonrisa untuosa de Sunamon se borró cuando creyó que Rand no lo veía. Torean llevaba un frasco en sus alforjas, con brandy a buen seguro, o tal vez varios frascos, porque bebía continuamente y nunca se le acababa. Semaradrid, Marcolin y Tihera se presentaron de uno en uno ante Rand, para protestar con gesto sombrío sobre el reducido número de sus tropas. Unos pocos años antes, un contingente de casi seis mil hombres habría bastado para cualquier guerra, pero ahora habían visto ejércitos de decenas de miles, de cientos de miles, como en tiempos de Artur Hawkwing, y para ir contra los seanchan querían tener muchos más. Los despidió asqueado. No comprendían que unos cincuenta Asha’man constituían un arma tan demoledora como cualquiera podría desear. Rand se preguntó qué habrían pensado si les hubiese dicho que con él bastaría y sobraría. Se había planteado la posibilidad de hacerlo solo. Puede que aún tomara esa decisión.