La Fragancia De La Flor Del Café
- Автор: Veloso Ana
- Язык: испанский
- Жанр: Исторические любовные романы
Электронная книга - «La Fragancia De La Flor Del Café». Краткое содержание книги:
Ante el trasfondo del paradisíaco valle del río Paraíba y del pintoresco emporio de Río de Janeiro, de la época dorada de las plantaciones de café y de su ruina después de la abolición de la esclavitud, tienen lugar la saga de una familia de hacenderos y la historia de un gran amor…
León cogió el periódico.
– Porque no tenía motivo suficiente.
Luego salió de la habitación.
Vitória estaba furiosa. ¡No tenía motivo suficiente! ¡Menudo mentiroso, vaya cobarde! ¡Aquello era el colmo!
Esa pequeña observación le había dolido mucho más de lo que había podido pensar. A Vitória se le quitaron las ganas de tomar café. ¡No aguantaba ni un segundo más en aquella casa! ¡Se iría a un hotel, o mejor a casa de Aaron! Seguro que eso tampoco sería motivo suficiente para León. ¿Era ella suficientemente importante para alguien?
Entonces vio el cuadro, y se echó a reír como una histérica. ¡Ja, sólo ella se había sentido importante! ¡Con qué vanidad había posado para el pintor apenas cuatro años antes, y qué orgullosa se había sentido de aquel retrato! Cielos, ¿cómo pudo encontrar alguna vez esos horribles pintarrajos suficientemente bonitos para colgarlos en el comedor, donde quitaban el apetito a cualquiera?
Fuera de sí, Vitória acercó una silla al aparador que había debajo del horrible cuadro. Sacó unas tijeras del cajón de los cubiertos, se subió encima del aparador y las clavó en el lienzo. Con movimientos febriles cortó los volantes de un vestido que nunca había tenido, las bandas y condecoraciones del fantasioso uniforme de León, su cara de Virgen y la cara de héroe de León. Sólo llegaba hasta la nariz de León, pero se puso de puntillas para poder cortarle los ojos. El lienzo quedó hecho trizas, y sobre su vestido y su pelo cayeron algunos trocitos de pintura. Un grito la hizo detenerse.
Tais, que acababa de entrar con una bandeja en las manos, miraba a la sinhá con cara de incredulidad. Unos segundos después entró León pensando que había tenido un accidente. Sábado se había escondido en un rincón de la habitación con el rabo entre las patas y aullando. Vitória seguía encima del aparador. Su furia desapareció igual que había llegado. Con gesto divertido miró los rostros asombrados de León y Tais.
– No me he vuelto loca. Deja el café en la mesa, Tais, y enséñale a ese hombre -señaló a León- dónde está la puerta, por favor. Me parece que hoy está un poco confundido. -Se bajó del mueble, fue hacia Sábado y lo acarició- ¡Pobrecito! ¿Te has asustado? No lo haré nunca más, te lo prometo. Dentro de unos días nos iremos a Boavista.
León observaba la escena con una arrogante sonrisa. Se acercó a Vitória, le tocó el pelo y le quitó un trocito de pintura.
– No me extraña que el perro se haya asustado. El rosa nunca ha sido tu color, cariño.
León se marchó el miércoles. A sus suegros les explicó con gran amabilidad que le habían ofrecido de nuevo el cargo de cónsul en Inglaterra y que esta vez iba a aceptar. Lamentaba profundamente no poder disfrutar durante un tiempo de su muy agradable compañía, pero estaba seguro de que pronto volverían a verse.
– A lo mejor pueden ir a visitarme. Si van próximamente al continente, la isla no les quedará muy lejos. Para mí sería una gran alegría poder explicarles las peculiares costumbres de los ingleses, con un té con leche, se entiende.
– Es un clima tan frío y húmedo, no creo que mi salud lo aguantara -protestó dona Alma, pero Eduardo añadió:
– ¡Oh, si, joven, veremos cómo lo podemos organizar.
Vitória estaba como aturdida. Seguía la conversación sin enterarse de nada. Sólo pensaba en el acuerdo de separación que León le había dejado media hora antes en su escritorio… firmado. Habían llegado muy lejos. León había dado plenos poderes a un abogado para que pudiera tramitar la separación en su ausencia. Se mostró de acuerdo con los arreglos financieros que Vitória y Aaron habían propuesto. El documento tenía cinco páginas, cuatro y media de las cuales detallaban la repartición de los bienes materiales. Vitória siempre pensó que tendría una sensación de triunfo, pero al tener el fracaso de su matrimonio ante sus ojos, negro sobre blanco, con la enérgica firma de León, le invadió una extraña tristeza. ¿Eso era todo, un sencillo trámite burocrático y su matrimonio llegaba a su fin?
Vitória no acompañó a León al barco que le llevaría a Inglaterra. ¿Por qué iban a guardar las apariencias? Dentro de poco todo Río sabría que se habían separado. No hacía falta que se despidieran delante de todos como correspondería a un cónsul y su esposa. Además, Vitória tenía cosas mejores que hacer que perder el tiempo con aquella farsa. Quería ir con Joana a Boavista y tenía que hacer el equipaje y resolver y organizar algunos asuntos. Pero durante todo el día no pudo quitarse de la cabeza la imagen de León cuando le vio por última vez, por la mañana, en la escalera del jardín.
– Ya se va tu último esclavo, sinhazinha -le había dicho con una sonrisa irónica, para luego añadir en voz baja-: Que te vaya bien, meu amor.
Ella había reaccionado con un áspero “Adiós, León”, y se había metido corriendo en casa.
Y ahora estaba allí, delante de sus maletas, pensando qué pasaría en el muelle. Sus padres, Joana y todos los amigos de León querían despedirse de él en el puerto. En el caso de sus padres estaba convencida de que no era la marcha de León, sino el emocionante ambiente del puerto lo que les había llevado hasta allí, más cuando su yerno se iba en el vapor más grande y lujoso del mundo. Vitória se imaginó a todos bebiendo champán, abrazando a León, diciéndole adiós con sus pañuelos blancos, y él saludándoles sonriente. Imaginó al barco partiendo bajo el vibrante sonido de las sirenas, a León saludando alegre con su sombrero y luego, cuando las personas del muelle fueran ya demasiado pequeñas para reconocerlas, contemplando el panorama de Río. Si alguien le hubiera contado que León evitó intencionadamente mirar por última vez el magnífico escenario de Río, Vitória lo habría tomado por loco.
Cuando el barco abandonó la bahía, dejando el Pan de Azúcar a la derecha y la punta de Niterói a la izquierda, León ya estaba en el bar dispuesto a emborracharse.
Capítulo treinta y cuatro
No hablaron una sola palabra durante todo el viaje. Las dos mujeres miraban por la ventanilla del tren, cada una inmersa en sus propios pensamientos, observando con indiferencia la devastación que el “progreso” había traído consigo. La única diferencia era que Vitória veía el paisaje avanzar hacia ella a toda prisa, mientras que Joana, que iba sentada de espaldas al sentido de la marcha, tenía la sensación de que huía de ese mismo paisaje. No tenía importancia. Los extensos barrios pobres de los negros, los bosques talados, las canteras, la nueva central eléctrica, la fábrica de conservas y el aserradero, el vertedero de basuras y el depósito de chatarra, todo tenía un aspecto horrible fuese cual fuese la perspectiva desde la que se observaba. Las cosas no mejoraron cuando se alejaron de Río. Las mansiones con los tejados derrumbados, los campos baldíos, las vacas flacas y los pueblos tristes pasaban ante sus ojos lo suficientemente deprisa como para no apreciar detalles más desoladores. Vitória no sintió alegría al volver a ver su querida tierra, donde había nacido. El barro rojizo le recordaba la sangre seca, el agua marrón de los ríos a la tierra del cementerio, el verde de los árboles al veneno de las serpientes… el rastro infinito de la decadencia las perseguía, y en él resonaba un eco de ironía.
¡No! Vitória quería recuperar la razón. ¿Iba a ver a partir de ahora sólo el lado malo de las cosas? ¿No bastaba con un suicida en la familia? Quizás había sido un error buscar consuelo en el valle del Paraíba. Pero eso no era motivo suficiente para perder el ánimo. En el peor de los casos regresarían a Río. Vitória buscó en su bolso las manzanas chilenas que en un arrebato había comprado para el viaje a un precio exagerado. Por fin encontró una manzana, la frotó en su vestido y mordió la crujiente piel roja. Joana no se enteraba de nada. Estaba como petrificada en el asiento de terciopelo raído, miraba por la ventanilla, y su imagen vestida de luto era digna de compasión.