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La Fragancia De La Flor Del Café

Электронная книга - «La Fragancia De La Flor Del Café». Краткое содержание книги:

Brasil, año 1884. En el valle del río Paraíba, los terratenientes y sus familias llevan una vida lujosa y despreocupada gracias al trabajo de sus esclavos en las plantaciones de café. Vitória aspira a más, a mucho más. Vita, como todo el mundo la llama, es hija de uno de los más ricos «barones del café». Posee una belleza extraordinaria, es inteligente, hábil en los negocios, con un carácter fuerte e independiente, y es considerada el mejor partido del valle. Cuando Vita conoce a León Castro, un periodista atractivo y enigmático, su vida cambia. León es abolicionista y lucha fervientemente contra la esclavitud y por lo tanto contra los intereses de la familia de Vita. A pesar de estas diferencias insuperables se enamoran perdidamente. Desde un inicio su amor está marcado por desencuentros. Una y otra vez los caminos de Vita y León se cruzan y se separan, pero ni el tiempo ni los reveses de la fortuna pueden con su pasión.
Ante el trasfondo del paradisíaco valle del río Paraíba y del pintoresco emporio de Río de Janeiro, de la época dorada de las plantaciones de café y de su ruina después de la abolición de la esclavitud, tienen lugar la saga de una familia de hacenderos y la historia de un gran amor…
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Dona Alma pensaba en los nietos que ya no tendría. Pedro y Joana no habían tenido descendencia, Vitória no quería tener niños. Su familia se extinguiría. Su apellido caería en el olvido. Nadie lloraría por ellos ante sus tumbas. Desaparecerían de la faz de la tierra como si nunca hubieran existido. La idea hizo que le temblaran las rodillas. Era peor que las imágenes que la perseguían noche tras noche, imágenes de un cuerpo sin vida que flotaba entre las olas como un trozo de madera arrastrado por la corriente contra las rocas, visiones del cuerpo pálido, inocente, de su hijo al que acechaban los tentáculos de la muerte para arrastrarlo a las oscuras profundidades del mar. Dona Alma siempre había odiado el agua. Y en aquel momento, cuando la lluvia amenazaba con ablandar las paredes de la tumba abierta en el suelo, la odiaba mucho más.

León miró su reloj de bolsillo, dando a entender al sacerdote que debía poner fin a sus interminables palabras. Las flores del ataúd se habían estropeado, la cinta estaba tan empapada que apenas se leían ya las palabras escritas en ella. La tierra amontonada junto a la tumba se estaba convirtiendo en barro, y la gente empezaba a perder los nervios. ¡Qué indigno espectáculo! ¿Cómo podía atreverse aquel cura a asumir el protagonismo del maestro de ceremonias en esa escenificación del fin del mundo? Parecía disfrutar hablando con voz profunda y tenebrosa entre la lluvia y los berridos del niño.

¡Y qué tonterías estaba diciendo! Había muerto un hombre, no un santo. Un hombre débil al que León antes admiraba por su franqueza, su alegría de vivir y su integridad, pero que en los últimos años había dejado ver cada vez más sus defectos y debilidades. Pedro se había vuelto inflexible, intolerante y malhumorado. Su viejo amigo se había convertido en un hombre que huía de la realidad en lugar de mirarla de frente, que se refugiaba en antiguas tradiciones e ideas caducas. ¿O con ello Pedro sólo buscaba una coraza para proteger su espíritu sumamente sensible? ¿Había sido siempre tan vulnerable y él, León, no se había dado cuenta? ¿Le había robado el poco orgullo que le quedaba al reírse abiertamente de su temor infantil ante una chantajista que no tenía nada que hacer?

Joana estaba contenta de que lloviera. Iba bien para la ocasión, y además borraba las lágrimas de los rostros. Ella misma ya no tenía ninguna. Llevaba todo el día llorando, había derramado auténticos ríos de lágrimas sobre su almohada y sobre el hombro de Aaron, de modo que sus ojos ahora estaban tan secos como su corazón destrozado. ¡Ella era la única culpable de la muerte de Pedro! Nunca debía haber permitido que Vita protegiera a su hermano de un modo tan asfixiante, no debía haberse convertido en cómplice de una traición que sabía que Pedro no podría soportar. ¿Por qué no se habían ido de Río? ¿Por qué no habían buscado suerte en otro lugar, donde Pedro no se sintiera como el hijo de un barón del café arruinado, donde pudiera construir su propia identidad, donde no estuviera expuesto a la destructiva influencia de su familia, donde pudiera reír de nuevo? Ahora era demasiado tarde. Ahora Pedro pertenecía a los gusanos, mientras que ella misma era devorada por los remordimientos, lo que no era mejor. El mundo había perdido su encanto, la vida su esplendor. Sin Pedro todo estaba muerto, vacío.

Joana podría haber estado horas bajo la lluvia escuchando el absurdo sermón del cura, que estaba entusiasmado con su propio discurso. Su sonora voz le resultaba agradable a Joana, la hacía entrar en una especie de trance. Pero de pronto Aaron, que la estaba sujetando, se estremeció y la hizo salir de su ensimismamiento. Levantó la vista. Vitória se había acercado al borde de la tumba. Y aunque Joana había perdido todo interés por lo que ocurría a su alrededor, notó que los demás contenían la respiración asustados. El sacerdote también.

Vitória se quedó un momento junto a la tumba, luego vaciló y se volvió hacia Joana. Tomó a su cuñada del brazo, la acercó a la tumba, dejó que lanzara una rosa sobre el ataúd, y luego ella tiró otra. Después se giró y dijo en un tono que sólo podían oír el sacerdote y los que estaban más próximos:

– No hace falta que nos mande a todos a la tumba con sus palabras. La función ha terminado.

El hombre se santiguó, lo mismo que dona Alma. León estaba orgulloso de Vitória porque se había atrevido a hacer lo que todos los presentes estaban pensando hacía tiempo.

Dona Alma y Eduardo se acercaron entonces a la tumba de su hijo. Dona Alma dejó caer un ramo de nomeolvides sobre el ataúd, Eduardo su sable preferido, el objeto más valioso que le quedaba y que ya no podría heredar ningún hijo. El sable hizo un fuerte ruido metálico al caer sobre los herrajes de la tapa del ataúd.

En ese momento el bebé dejó de llorar. El repentino silencio resultó tan inquietante que todos los presentes lo consideraron como una señal divina de que había llegado el momento de despedirse.

Una vez que los familiares y amigos habían dado el último adiós al fallecido, se acercó el resto de la gente a la tumba. Félix no había pensado echar tierra sobre el ataúd. Pero un destello del sable que había visto casi de reojo le había llamado la atención. Se acercó a la tumba con su bebé en brazos, dejó caer un poco de tierra mojada sobre el ataúd, donde hizo un horrible sonido fangoso. Se inclinó un poco hacia delante para poder ver mejor el sable. Se quedó sin respiración.

Joao Henrique no podía creer que aquel esclavo mudo aprovechara el entierro para entretener a su niño maleducado. ¿Tenía que enseñarle a ese gritón qué era lo que había sonado tanto? ¡No estaban en una feria! Aunque las palabras de Vitória Castro unos minutos antes podían haber tenido un cierto tono divertido. A él no le caía bien la hermana de Pedro, pero aquella actuación había sido absolutamente genial. La mujer tenía valor, había que reconocerlo. Por un momento había conseguido distraerle de las dudas que le atormentaban desde la muerte de Pedro. Una bendición, pues no quería convertirse en un loco como Aaron Nogueira.

Aaron no paraba de sollozar. Se había alejado de Pedro porque no podía soportar sus reproches expresados sin palabras. Aaron sabía que Pedro había sufrido mucho por los rumores que corrían en torno a Vita y él, pero no había hecho nada al respecto, al revés, se había sentido halagado de que se le atribuyera un lío con aquella magnífica mujer. Su enamoramiento le había cegado tanto que había abandonado a su mejor amigo. Ahora Pedro estaba muerto, y Vita se había alejado de él. Tras la muerte de Pedro pasó la noche en casa de éste porque Joana se lo pidió. No pudo pegar ojo en toda la noche, pues la habitación que ocupó estaba junto a la de León y Vita. Todavía hoy oía los sonidos que le demostraron claramente lo que él no había querido aceptar: Vita y León se amaban todavía. No tenía ninguna posibilidad. ¡Y había abandonado a su mejor amigo por un amor sin ninguna probabilidad de éxito!

Félix había estudiado tantas veces los retratos del medallón donde aparecían sus padres que tenía cada detalle grabado en su memoria. La cara del hombre de la fotografía no era reconocible, pero sí el puño de pedrería finamente decorado: ese sable que ahora estaba sobre las flores y bajo pegotes de tierra era el mismo de la fotografía. Y eso significaba… ¡Oh, Dios mío, no podía ser!

¿Por qué no había visto antes el sable? Conocía cada rincón de la mansión de Boavista, había tenido acceso a todas las habitaciones. ¿Dónde había escondido sinhô Eduardo el sable? ¡Si lo hubiera descubierto antes! ¡Qué distinta habría sido su vida si hubiera tenido un padre!

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