La Fragancia De La Flor Del Café
- Автор: Veloso Ana
- Язык: испанский
- Жанр: Исторические любовные романы
Электронная книга - «La Fragancia De La Flor Del Café». Краткое содержание книги:
Ante el trasfondo del paradisíaco valle del río Paraíba y del pintoresco emporio de Río de Janeiro, de la época dorada de las plantaciones de café y de su ruina después de la abolición de la esclavitud, tienen lugar la saga de una familia de hacenderos y la historia de un gran amor…
– Por mí puedes apagar ya la luz.
– Sí. Duerme bien.
Vitória apagó la lámpara de gas y cerró los ojos.
– Tú también, corazón mío.
Pero Vitória no durmió bien. Se movió intranquila en la cama de un lado para otro, se quitó la colcha, luego se la volvió a poner, aplastó la almohada en distintas posiciones, pero nada le servía de ayuda. Por fin se dio por vencida y se tumbó boca arriba. Sus ojos estaban ya tan acostumbrados a la oscuridad que entre los párpados medio abiertos vio la silueta de León, que era demasiado grande para el sofá.
– Ven a la cama, León.
Estaba medio dormido, y se asustó. ¿Estaba soñando?
– Ven. Por favor.
Quitó sus largas piernas del brazo del sofá y se quedó un rato sentado.
– Estoy bien, Vita. He dormido en muebles más incómodos.
– Por favor -susurró ella.
León se acercó a la cama, se inclinó sobre Vitória y le dio un beso en la mejilla.
– Duérmete, meu amor. Me iré al cuarto de estar, allí hay un sofá más grande.
– ¡No! -exclamó ella- Quédate. Abrázame. Yo… te necesito.
León levantó una ceja asombrado, pero Vitória no vio la expresión de su rostro, que reflejaba duda, diversión, preocupación y sorpresa a partes iguales. Ella miraba fijamente su torso desnudo, que se movía al ritmo de sus latidos, de forma rápida e irregular. Sus pezones estaban duros, tenía carne de gallina.
Estaba indeciso junto a la cama, dudando entre su deseo de abrazar a Vitória y una voz interior que le decía que lo mejor para los dos sería que él se marchara. Dudó un segundo de más.
Vitória había estirado el brazo y le acariciaba suavemente la pierna. León se estremeció.
– ¡Oh, Vitória! ¿Por qué me haces esto? -susurró, dejándose caer sobre el borde de la cama. Se inclinó sobre ella, la agarró de los brazos con fuerza y la sacudió como si de ese modo pudiera hacerla desprenderse de su falta de juicio.
– ¡Por favor!
Vitória consiguió que dejara de agarrarla, cruzó los brazos por detrás del cuello de él y le cubrió las sienes, los labios, la barbilla, el cuello, de hambrientos besos que le dejaron sin respiración. León se rindió. Se dejó caer, apretó su torso contra el de ella y respondió a sus besos. Dejó vagar los labios por su pelo, sus mejillas, sus orejas, y sus manos exploraron sus costillas, su cintura, sus caderas.
– Vita -dijo con voz ronca-, no sabes lo que quieres.
– Claro que lo sé -le susurró ella al oído-, y lo quiero cuanto antes.
Cuando sus bocas se encontraron y sus lenguas se unieron en el jugueteo húmedo y cálido que precede al deseo jadeante del acto amoroso, él se apretó posesivo contra ella y dejó que ella notara su potente erección. Vitória se abrazó a León, clavó sus dedos en su piel y mordisqueó su cuello con la misma desesperada excitación con que él tocaba sus pechos, lamía sus orejas y separaba sus piernas. Llevados por la idea furiosa de producirse dolor y placer a la vez, tenían tanta prisa que León, en una serie de rápidos movimientos, levantó el camisón de Vita y se abrió los pantalones. De un solo impulso, la penetró.
Vitória soltó un profundo jadeo. Se había mostrado más que dispuesta. Todo su cuerpo ansiaba el de él, caliente, húmedo, estremecido. León subió las piernas de Vitória para poder penetrarla con movimientos cada vez más rápidos y fuertes, como si de este modo pudiera obligarla a que ella le abriera su corazón. Le hizo daño, y ella disfrutó. Vitória pasó los dedos de los pies por el cabecero metálico de la cama y levantó las caderas para abrirse totalmente a él. Su fusión era cada vez más intensa, y a Vitória el dolor le pareció una dulce revelación. Jadeó, susurró el nombre de León, oyó su propio nombre entrecortado, hasta que por fin él soltó un fuerte quejido con la voz ronca que a ella la excitaba tanto.
Vitória estaba tumbada boca arriba. Tenía el pulso acelerado, el pelo pegado a la frente y miles de gotitas de sudor entre los pechos. León estaba sentado a su lado, con la espalda y la cabeza apoyadas en el cabecero de la cama. Cuando se normalizó su respiración, miró a Vitória y sonrió.
– Todavía llevas puesto el camisón.
Vitória tocó con una mano la delicada tela enrollada en su cuello. Se quitó el camisón, lo tiró al suelo y sonrió con malicia a León.
– Y tú los pantalones.
Él se los quitó y los empujó con el pie fuera del colchón.
– ¿Ves qué resultados tan poco eróticos tienen las prisas?
La miró con ironía.
– ¿Poco eróticos?
Vitória dejó vagar su mano por el cuerpo húmedo de León, pasó el dedo índice por la pequeña arruga de su vientre en la que se había acumulado el sudor. Besó el lado de su muslo donde acababa la suave piel del torso y empezaba el vello de la pierna. León no se movió. Permanecía sentado, con el corazón latiendo con fuerza y los ojos cerrados, disfrutando de las caricias de Vitória. Ella pasó sus dedos por la parte posterior de sus rodillas, por la cara interior de sus muslos, le besó el ombligo, rozó sus caderas. León sintió que se excitaba mucho antes de que ella alcanzara el centro de su atención. Cuando ella le acarició por fin su parte más sensible, el delicado tacto le electrizó de tal modo que tomó aire profundamente. Vitória aumentó la presión de sus manos, movió la sedosa piel adelante y atrás, notó bajo sus dedos una dureza cada vez mayor. Luego rodeó el vigoroso miembro con sus labios. León respiró con fuerza. La lengua de Vitória palpaba cada poro, cada vena, cada resalte. Su delicada exploración se hizo cada vez más enérgica, estimulada por las manos de León, que se enredaban en su pelo, y por su jadeo, hasta que Vitória se lo introdujo en la boca al compás del amor, lo lamió, lo chupó. Cuando León apenas podía dominarse más, ella retiró sus labios.
Vitória se incorporó un poco, se sentó con cuidado sobre él, hasta que se sintió llena de él. Subía y bajaba su cuerpo a un ritmo excitantemente lento. Se miraron a los ojos llenos de deseo. León entendió perfectamente la señal que ella le enviaba. Y cumplió su súplica expresada sin palabras. Agarró sus nalgas con sus grandes manos y movió a Vitória con fuerza hacia adelante y hacia atrás, hasta alcanzar un ritmo vertiginoso. León la agarró del pelo, le echó la cabeza hacia atrás y la besó en el cuello. Un temblor incontrolable se apoderó de sus cuerpos, seguido de un sofocante calor. A ella le rodaron lágrimas de placer por las mejillas. Sollozando, se dejó caer sobre el pecho de León.
Vitória se quedó unos minutos tendida sobre León. Cuando por fin se separaron sus sudorosos cuerpos, lo hicieron con el sonido suave de un beso. León secó la espalda de Vitória con el extremo de la sábana. Le acarició el pelo, se lo peinó con los dedos y se lo recogió en la nuca para proporcionarle un poco de frescor. En aquel gesto había mil veces más ternura que en la unión a la que se acababan de abandonar sus cuerpos temblorosos. Vitória se tumbó agotada boca abajo y disfrutó de los pequeños besos que León le daba en la nuca. Su respiración le hacía cosquillas, la barba le rascaba: ambas unidas constituían una mezcla muy sensual. Vitória sintió una profunda tranquilidad.
– León…
– No digas nada, sinhazinha.
Siguió con sus labios la curvatura de su cuello.
– ¡Hum! -ronroneó ella antes de apoyar la cabeza sobre los brazos y adormecerse.
León la despertó con la suave presión de sus manos entre sus muslos. Extendió las viscosas huellas de sus fluidos sobre su piel, movió suavemente sus dedos en círculos y la estimuló en los delicados pliegues de su feminidad. Frotó suavemente su parte más secreta, y Vitória, que antes creía estar satisfecha para toda la eternidad, sintió de nuevo una oleada de placer en su interior. Se quedó tendida boca abajo, esperando, pasiva, y se abandonó al disfrute del masaje íntimo.