La Fragancia De La Flor Del Café
- Автор: Veloso Ana
- Язык: испанский
- Жанр: Исторические любовные романы
Электронная книга - «La Fragancia De La Flor Del Café». Краткое содержание книги:
Ante el trasfondo del paradisíaco valle del río Paraíba y del pintoresco emporio de Río de Janeiro, de la época dorada de las plantaciones de café y de su ruina después de la abolición de la esclavitud, tienen lugar la saga de una familia de hacenderos y la historia de un gran amor…
Joana lloraba en silencio y sacudía la cabeza. No lo sabía. Probablemente hubiera tenido el niño, pero no se lo iba a decir a Vitória.
– Casi me muero tras el aborto.
– ¿Se lo contaste a León?
– Claro que no. Hasta hace cinco minutos yo pensaba que él conocía mi decisión de entonces. Siempre hemos evitado hablar del tema.
– ¿Y ahora?
– Ahora… nada. ¿Acaso crees que una vieja carta puede arreglar algo? Antes de venir he firmado los papeles de la separación y se los he dado a Aaron. Ahora todo seguirá su curso. Y créeme: es mejor así. Al lado de León no puedo encontrar la paz. Nos haríamos cada vez más daño, hasta que un día acabaríamos con nuestras vidas.
Vitória apartó la vista de Joana y miró por la ventana. ¿Se creía realmente lo que acababa de decir con tanto convencimiento? Si León no recibió su carta, entonces…
– Él te quiere.
– No digas tonterías, Joana. ¿Cómo me va a querer si me llama puta y asesina? Me odia. Y yo a él.
– Pues la noche en que murió Pedro no sonaba como si fuera así -dejó caer Joana con un cierto tono de acusación.
Vitória lanzó un callado suspiro. ¡Cielos! ¿Habían hecho tanto ruido que todos los de la casa habían sido testigos de su espectáculo? Sintió que se acaloraba al recordar aquella noche, el éxtasis que se apoderó de ellos, la desatada pasión de sus cuerpos; cómo la unión de sus cuerpos les había hecho dejar de pensar, les había ayudado a olvidar. A Joana le dio la misma explicación con la que ella tranquilizó su conciencia a la mañana siguiente:
– No tuvo nada que ver con el amor. Fue una reacción corporal a la tristeza. Igual que a otros les da por comer cuando alguien se muere…
Joana se miraba confusa los pies. En un intento de que su cuñada la comprendiera, la perdonara, Vitória prosiguió:
– Es la alegría de seguir vivo. Entonces se desatan nuestros instintos animales, comer y copular. Es como si con ello quisiéramos alejar nuestra propia muerte inevitable, reírnos de la fragilidad de la vida -hizo una pausa-. ¡Ay, qué discurso tan patético! Lo siento, Joana. Aquella noche no éramos nosotros mismos.
Joana seguía mirándose los pies.
– Pero os burlasteis realmente de la muerte. Estás embarazada, ¿verdad?
Vitória agarró la jarra de limonada y llenó los vasos para disimular su turbación. ¿Cómo lo sabía Joana? Ella se había enterado un par de días antes. Joana no podía haber notado nada, pues ella se encontraba muy bien y no tenía náuseas ni vómitos.
– Sí, Joana. ¿Acaso no es una amarga ironía del destino? ¡Cómo se repite todo… aunque bajo otro signo! León está de camino a Europa; yo aquí, embarazada, en Boavista… sea cual sea el camino que tome nos lleva siempre a la desgracia.
– ¿Pero por qué? -Joana miró a Vitória con incredulidad-. ¡Tú lo tienes tan fácil! ¡Tu marido al menos está vivo! -sollozó, se limpió enseguida las lágrimas de la cara, e intentó hablar en un tono objetivo. Tomó la carta-. Aquí tienes la causa de vuestro fracaso. Todo se basa en un trágico malentendido. Sólo esto ya sería un motivo para perdonar a León. Y encima esperas un hijo suyo, estáis en las mejores condiciones para volver a empezar de nuevo. ¡Tienes que escribirle hoy mismo!
– No quiero volver a pasar por lo mismo otra vez. Estoy harta de que me insulte. ¿Sabes lo que hará cuando se entere de mi embarazo? No, no tienes ni idea de lo que es capaz de hacer, ¿verdad? Te lo diré: o bien creerá que el niño es de Aaron, o bien, en caso de que piense que el hijo es suyo, hará todo lo posible por conseguir él solo su custodia tras la separación. ¡Al diablo, Joana! ¡Jamás sabrá nada del niño!
– ¿No querrás…?
– No, lo voy a tener. Estoy muy contenta. Durante años pensé que el aborto me había dejado estéril, y eso me agobiaba más de lo que yo creía. Traeré al mundo un auténtico brasileño que no tenga que avergonzarse ni de su sangre india, por muy diluida que esté, ni de su madre.
Joana miró a Vitória con el ceño fruncido.
– ¿Qué…?
– ¡Ah! ¿Acaso León no te ha contado la verdad? Siempre pensé que no teníais secretos entre vosotros. La madre de León está viva, es medio india y es una ex-esclava.
Joana se tapó la boca con las manos. A través de los dedos susurró:
– ¡Pobre, pobre hombre!
– Sí, el pobre hombre nos ha tomado el pelo a todos. ¡Joana, entérate de una vez! ¡León es un mentiroso y un cobarde! Me pregunto cómo he aguantado tanto tiempo con él.
– No, Vita, entérate tú. Sólo lo hizo por amor a ti. ¿Te habrías casado con él, orgullosa sinhazinha, si hubieras conocido su origen?
– A lo mejor. No, creo que no. Pero eso no le daba derecho a hacerme tomar una decisión a su favor basada en una horrible mentira.
– ¿Y es tan horrible su origen indio?
– Claro que no. Sinceramente, me gustaría que el niño se pareciera más a dona Doralice que a dona Alma. Es muy guapa, además de inteligente y amable.
– ¿Y quieres privar a una mujer tan maravillosa de su nieto? ¿A tu marido de su hijo? ¿A tu hijo de su padre? ¿Qué le contarás a tu hijo cuando un día te pregunte por su padre?
– No lo sé. Ya se me ocurrirá algo.
– ¿Y a tus padres? Algún día volverán de su viaje. ¿Qué les dirás entonces?
– Convenceré a dona Alma de mi concepción inmaculada y ella me convertirá en santa, algo que, dicho sea de paso, debía haber hecho hace tiempo.
Las dos soltaron una sonora carcajada que poco después se convirtió en un histérico llanto, para luego, cuando se miraron a los ojos enrojecidos, transformarse de nuevo en risa.
– León volverá a ti. No lo puedes evitar. Estáis hechos el uno para el otro, os atraéis de un modo casi mágico. Es como… como una ley de la naturaleza.
– ¡Pamplinas! La única ley de la naturaleza que me interesa en este momento es la que me dicta mi estómago. Tengo que comer algo urgentemente. Y tú también. -Después de una pequeña pausa continuó-: Míranos. Dos urracas lamentándose por los viejos tiempos. Vamos a pensar en mañana. Cenaremos algo, nos iremos pronto a la cama y por la mañana temprano inspeccionaremos la fazenda.
Se puso de pie, le dio a Joana un pañuelo y le pasó el brazo por los hombros.
En el comedor ya estaba puesta la mesa… con un mantel deshilachado, la vajilla desportillada, los cubiertos mal colocados y las copas de coñac. A Joana y Vitória les entró de nuevo la risa nerviosa. Pero antes de que les diera por llorar, Vitória estiró la espalda y llamó a la criada.
– No es culpa tuya, Elena, pero esta mesa es una catástrofe. A partir de mañana sinhá Joana te enseñará el arte de poner la mesa. Te explicará qué cubiertos son los adecuados para cada plato, qué copas se utilizan para cada bebida, cómo se ponen el mantel y las servilletas. A las ocho en punto recibirás la primera lección. Bien, ahora trae la cena, por favor. Y dos servilletas.
Vitória y Joana se comieron en silencio la rabada, un guiso de rabo de buey con verduras y patatas. Estaba sorprendentemente bueno, y los criados, que observaban a sus senhoras desde detrás de la puerta, se sintieron aliviados. Habían tardado mucho en decidir qué debían servir a sus amas llegadas tan de improviso, hasta que a Inés se le ocurrió la excelente idea de la rabada. «Yo sé cocinarla. Y es un plato exquisito». Para los esclavos era un plato de fiesta, aunque para los senhores el rabo de buey era comida para perros. Pero eso no lo sabía ninguno de los cinco, igual que no sabían que si las dos damas se lo comieron tan ávidamente fue porque estaban muertas de hambre.
– Mañana mandaré un telegrama a Río. Quiero que venga Mariana. Ya que no tenemos muchas alegrías, al menos comeremos bien.
Joana asintió.