La Fragancia De La Flor Del Café
- Автор: Veloso Ana
- Язык: испанский
- Жанр: Исторические любовные романы
Электронная книга - «La Fragancia De La Flor Del Café». Краткое содержание книги:
Ante el trasfondo del paradisíaco valle del río Paraíba y del pintoresco emporio de Río de Janeiro, de la época dorada de las plantaciones de café y de su ruina después de la abolición de la esclavitud, tienen lugar la saga de una familia de hacenderos y la historia de un gran amor…
– Sería estupendo. Pero… quedan tus padres en Río. No les parecerá una buena idea quedarse sin cocinera.
– ¡Cielos, Joana, siempre piensas sólo en los demás! Mis padres se tienen a sí mismos y a sus nuevos amigos, mientras que nosotras somos dos pobres viudas solas y desamparadas. En Río pueden cenar cada noche en los más refinados restaurantes, mientras que nosotras dependemos de los conocimientos culinarios de nuestros sirvientes. Además, creo que Mariana preferirá estar aquí que con mis padres.
– ¿Por qué te consideras una viuda?
– ¿Y por qué no? No hablemos de ello otra vez, por favor. Vamos a planificar los próximos días y semanas. Tenemos tiempo, tenemos dinero, podemos hacer lo que queramos. Tenemos varias posibilidades. Tú, por ejemplo, te puedes ocupar de la educación de Elena, además de arreglar este comedor tan poco acogedor y…
– ¡Para!
Vitória miró a Joana sorprendida.
– No quiero que nadie me anime. Tampoco quiero estar distraída trabajando sin parar. Sólo quiero llorar tranquila mi pena. Y Boavista me parece el lugar perfecto para ello, a pesar de su comedor poco acogedor.
Vitória no podía entender a Joana. Cambiar de ambiente, estar ocupada en pequeños problemas cotidianos fáciles de resolver… eso era lo que las había llevado hasta allí. ¿Cómo podía querer quedarse sentada, con las manos en el regazo, llorando su pena entre ventanas sin limpiar y paredes sin cuadros? Ella también lamentaba muchísimo la pérdida de su hermano. Pero ¿qué tenían que ver con ello la plata sin brillo, los suelos sin limpiar y los manteles deshilachados? Eso tampoco les iba a devolver a Pedro. Sólo las perjudicaría, y Vitória estaba decidida a no dejarse llevar por la autocompasión. En un ambiente cuidado podrían enfrentarse de nuevo a la vida mejor que en la casa abandonada.
Vitória pensó que había llegado el momento de dejar de compadecer a Joana por más tiempo, de decirle sólo bonitas palabras de ánimo. Quizás sería mejor atacarla y despertar su viejo espíritu de contradicción.
– Tú no has vivido nunca en Boavista. Para ti no significa nada que todo esté destrozado y refleje tu propio estado de ánimo. ¿Pero has pensado cómo me siento yo aquí? Nací en esta casa y he pasado veinte años de mi vida en ella. Cada marca oscura en el papel pintado me recuerda el cuadro que antes estaba colgado allí. Esa cortina apolillada que hay a tu espalda evoca los días soleados. Antes tenía que cerrar esa pesada, tiesa y grandiosa cortina para que el calor no entrara en la casa. Y al ver esa mesa tan deteriorada pienso en los apestosos pulimentos con que la cuidábamos antes y en el grueso fieltro que poníamos bajo el mantel para que no se rayara. Para ti todo esto no es más que un escenario en el que has hecho tu entrada como viuda desconsolada. Para mí es el único hogar que he tenido. Pero -concluyó Vitória, que por fin se había desahogado- la mesa no es tuya, ¿por qué ibas a preocuparte por su estado de conservación?
Joana se puso de pie y abandonó la habitación sin decir nada. Estaba temblando, y Vitória se arrepintió enseguida de la dureza de sus palabras. ¡Bueno, mañana Joana estaría bien! Y cuando la casa estuviera de nuevo en un estado más o menos aceptable, se lo agradecería.
Llamó a Elena y le pidió que llamara a los demás criados.
– Para todos los que quizás no hayan oído la conversación entre sinhá Joana y yo: Boavista recuperará su anterior esplendor. Eso significa que se acabó vuestra holgazanería. La estufa permanecerá toda la noche encendida para que sinhá Joana y yo podamos darnos un baño caliente por la mañana. De ello se ocupará Luíz. A las seis estaréis todos en vuestros puestos. Si yo no me he levantado todavía seguiréis las órdenes de Elena. A las siete se servirá el desayuno. En la mesa habrá papaya y mango, huevos y tocino, bollos y mermelada, pan, mantequilla y queso. Necesitamos tomar fuerzas para todo el trabajo que tenemos por delante -Vitória examinó los rostros atónitos de los cinco empleados, a los que era evidente que no les caía bien la sinhá-. Mañana os explicaré a cada uno vuestras tareas en función de vuestras capacidades o habilidades. ¿Alguna pregunta?
Vitória no había contado con que uno de los atemorizados negros tuviera una pregunta. Iba a seguir hablando cuando Inés dijo con los ojos muy abiertos:
– ¿Dónde vamos a conseguir tan rápido papayas y mangos?
– De los árboles, donde cuelgan a cientos, ¿de dónde si no? El joven Sebastiao parece muy fuerte, al salir el sol irá con una escalera a buscar la fruta.
Animado por el valor de Inés, Joaquim se atrevió también a hacerle una pregunta a la sinhá.
– ¿Y dónde vamos a dormir? Las senzalas están totalmente derruidas.
A Vitória le horrorizó la idea de que en las siguientes semanas debería enseñar modales a aquellos inútiles embrutecidos y conseguir que tuvieran un poco de iniciativa.
– En las habitaciones de invitados desde luego no. ¿Qué sé yo? Construid un alojamiento provisional en la despensa, o en el granero. Mañana lo veremos. Bien, ahora podéis marcharos y comeros el resto de rabada. Buenas noches.
Ya estaba en la puerta cuando oyó que el joven Sebastiao les preguntaba en voz baja a los demás:
– ¿Qué significa “provisional”?
En su habitación Vitória comprobó que alguno de los negros había tenido la suficiente iniciativa para subir su equipaje y prepararle la cama. La primera alegría del día. Un comienzo. Las sábanas no estaban planchadas, pero parecían limpias. Vitória se quitó la ropa, la dejó sobre la silla y, en ropa interior, se dispuso a buscar un camisón en su maleta. Unos segundos después dejó de buscar. ¿Para qué necesitaba un camisón? Nadie tomaría la iniciativa de actuar como su doncella y entrar en su habitación. Vitória se desnudó, se arrebujó entre las sábanas y enseguida cayó en un sueño profundo y sereno.
Todavía estaba oscuro cuando se despertó, pero Vitória supo instintivamente que era por la mañana temprano y que pronto amanecería. Buscó las cerillas en la mesilla para encender la lámpara. Luego salió de la cama con energía, alcanzó su vestido que reposaba en la silla y buscó en el bolsillo el reloj que siempre llevaba encima. Las cinco menos diez. Había dormido ocho horas. Se encontraba fresca y llena de la cosquilleante alegría que sentían los niños el día de Navidad o las jovencitas antes de su baile de debutantes. ¿Había soñado algo bonito? No lo recordaba. Pero durante la noche había desaparecido su excitación, su malestar se había transformado en una energía positiva que la embriagaba. Le parecía que en el aire vibraba la promesa de un futuro glorioso. Vitória puso la maleta sobre la cama y empezó a deshacerla. Dejó sus cosas de aseo en el tocador y vio que sólo con eso ya resultaba más acogedora la habitación. Colgó los vestidos en perchas y guardó la ropa interior y las medias en el armario, que olía a moho. ¡Cielos, qué horror! Roció el interior del armario con el perfumador que le habían regalado los criados en Río, y luego se puso el vestido menos arrugado que tenía, que resultó ser también el más claro. ¿Qué le importaba la norma que la obligaba a vestir de luto? Se miró en el espejo y se preguntó por qué hacía tanto tiempo que no se ponía aquel vestido, incluso antes de la muerte de Pedro. Era de color verde claro, de lana muy fina, y no sólo le sentaba estupendamente, sino que además iba muy bien con el estado de ánimo alegre, esperanzado, que la invadía.
Las seis menos cuarto. Enseguida saldría el sol. Vitória corrió las cortinas y se asomó por la ventana, mirando hacia el este, para no perderse ni un segundo del espectáculo. Quería ver cómo el negro del cielo pasaba lentamente a ser azul oscuro, cómo los primeros rayos del sol teñían las nubes de color naranja, cómo aparecían el turquesa y el violeta en el horizonte antes de que asomara la esfera del sol y la tierra despertara a la vida. El silencio fue roto por unos pasos que resonaron en el patio. José bostezaba y se abrochaba la camisa mientras se dirigía hacia la cocina. Tras él iba Inés, que se frotaba los ojos muerta de sueño. Bien, pensó Vitória sonriendo satisfecha, sus palabras no habían caído en saco roto. Cuando el patio volvió a quedar en silencio, Vitória tuvo de pronto la impresión de que no sólo ella había cambiado durante la noche. Tomó aire con fuerza. Sí, ahora que se disipaba el perfume con el que había rociado el armario podía olerlo. ¡El delicado, fascinante, grandioso aroma de las flores del café! ¡El aroma que anunciaba una abundante cosecha, una promesa de felicidad! Vitória cerró los ojos y aspiró con fuerza el aire que olía a todo lo que amaba y era sagrado para ella, que era tan delicioso que casi le producía dolor.