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La Fragancia De La Flor Del Café

Электронная книга - «La Fragancia De La Flor Del Café». Краткое содержание книги:

Brasil, año 1884. En el valle del río Paraíba, los terratenientes y sus familias llevan una vida lujosa y despreocupada gracias al trabajo de sus esclavos en las plantaciones de café. Vitória aspira a más, a mucho más. Vita, como todo el mundo la llama, es hija de uno de los más ricos «barones del café». Posee una belleza extraordinaria, es inteligente, hábil en los negocios, con un carácter fuerte e independiente, y es considerada el mejor partido del valle. Cuando Vita conoce a León Castro, un periodista atractivo y enigmático, su vida cambia. León es abolicionista y lucha fervientemente contra la esclavitud y por lo tanto contra los intereses de la familia de Vita. A pesar de estas diferencias insuperables se enamoran perdidamente. Desde un inicio su amor está marcado por desencuentros. Una y otra vez los caminos de Vita y León se cruzan y se separan, pero ni el tiempo ni los reveses de la fortuna pueden con su pasión.
Ante el trasfondo del paradisíaco valle del río Paraíba y del pintoresco emporio de Río de Janeiro, de la época dorada de las plantaciones de café y de su ruina después de la abolición de la esclavitud, tienen lugar la saga de una familia de hacenderos y la historia de un gran amor…
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– Eres un animal -susurró con la boca casi oculta entre los brazos.

– ¿Y tú no?

– Pues claro.

Sí, eso es lo que era, un animal… y eso es lo que quería ser. Quería pertenecerle con cada fibra de su cuerpo, encontrar el olvido total en el acto animal y la paz en la desinhibición. Quería sentirse poseída y entregarse a León. Quería ser débil y que él fuera fuerte, quería sentir el poder de su cuerpo sobre el suyo, quería seguir sus impulsos hasta el desmayo, durante horas, toda la noche, siempre.

Con lascivia, abrió las piernas un poco. León la besó en la espalda, mordisqueó el lóbulo de la oreja, pasó sus manos por toda su silueta, por su cintura y el borde de sus pechos, hasta que ella sintió el peso de su cuerpo sobre ella y la excitación de él entre sus muslos. Alzó levemente las caderas y se ofreció a él, que la tomó lentamente desde atrás.

Vitória tenía la impresión de que en esa posición él no podría tomarla nunca. Pero bajo su prudente presión ella se abrió, hasta que él penetró lentamente en su cuerpo y aumentó el ritmo de sus movimientos. Dentro de ella él se sentía ardiente, grande, a gusto. Vitória sintió pequeños escalofríos por la espalda. Tenía la sensación de que se iba a derretir. Escondió la cara en la almohada y le incitó con la parte posterior de su cuerpo. León cumplió con ansia su inequívoca solicitud.

La levantó por la cintura, hasta que ella se quedó a gatas delante de él. La acercó al borde de la cama, se puso de pie y la apretó con fuerza contra sus caderas. Luego se retiró para enseguida volver a penetrar en ella cada vez más deprisa, una y otra vez. Vitória estiraba la espalda y jadeaba. Nunca la había tomado con tanta fuerza, y ella no se había sentido nunca tan desprotegida. A través de los zumbidos de sus oídos oyó el sonido de la piel de León sobre la suya, oyó sus jadeos como en la lejanía. Él la tomaba tan despiadadamente, se sentía tan fuerte, que por un momento ella pensó que se iba a desgarrar. Y a pesar de todo no quería que terminara. Su éxtasis cegador la hacía sentir cada vez más deseo.

Cuando por fin su insaciable placer alcanzó su punto álgido, Vitória se dejó caer casi desmayada. León se tiró a su lado en la cama, agotado, sin fuerzas, totalmente exhausto. Allí estaban los dos, tendidos como dos cansados guerreros que han librado con éxito su más dura batalla, como dos gatos callejeros que descansan después de la cacería nocturna. Felices y rendidos. Vitória tenía la cara vuelta hacia él. Observó su elegante perfil, su angulosa barbilla bajo el brillo azulado de su piel sin afeitar. ¡Qué guapo era! León tragó saliva, y Vitória encontró el movimiento de su nuez irresistible. Como si él hubiera notado con los ojos cerrados que ella le observaba, se incorporó un poco, apoyó la cabeza en la mano y la miró.

– ¿Era eso lo que querías?

– Sí -Vitória rodó hacia un lado y apoyó la cabeza sobre el brazo-. Me muero de sed. ¿Subes algo para beber? Yo no me puedo mover.

Cuando Vitória se despertó a la mañana siguiente, al principio no sabía dónde estaba. Las cortinas amarillas, los adornos del techo de madera y el papel pintado de flores verdes y amarillas le resultaron totalmente desconocidos. Luego vio el cabecero metálico de la cama y con un agradable estremecimiento recordó los orgasmos que León había conseguido que alcanzara la noche anterior. De pronto se asustó. ¿Qué le había pasado? ¿Cómo podían haber hecho algo así? Durante horas se habían amado con salvaje pasión, si es que se podía hablar realmente de “amar”, se habían dejado dominar por sus más bajos instintos, se habían entregado con ardor, habían conocido el rabioso desenfreno, se habían estremecido, habían gritado, habían olvidado todo lo que ocurría a su alrededor. Todo. Pero con la luz del día recobró la memoria.

Dos habitaciones más allá estaba su hermano muerto.

Capítulo treinta y tres

La lluvia, el monótono sonido de las gotas en el paraguas, la larga comitiva de gente vestida de negro, el féretro llevado por seis hombres y sobre el que reposaba una corona de flores… pudo aguantar todo aquello. Pero los tristes cantos que entonó el coro de negros fueron demasiado. Vitória no pudo contener las lágrimas.

El sacerdote apenas conocía a Pedro. Aunque su hermano acudía todos los domingos a la iglesia, no solía hablar ni confesarse con el cura. A pesar de todo, éste habló de él como si fuera un viejo y buen amigo. Dio tantos detalles de la vida ejemplar de Pedro que Vitória supuso que debía de haber interrogado a Joana y a dona Alma durante horas, si no durante días. Habló de la honradez de Pedro, de su dedicación al trabajo, su integridad, su fidelidad, su entrega a su mujer y su familia, y cada una de estas virtudes la documentaba con un ejemplo. En el caso de la loable disposición de Pedro a ayudar a los más débiles contó la vieja historia de cómo, poniendo en riesgo su vida, salvó a su hermana pequeña de un toro muy agresivo. En realidad el episodio no transcurrió como contó el sacerdote. Estaban poniendo a prueba su valor, y Vitória fue la primera en atreverse a entrar en el prado. Cuando Pedro entró, les llamó el viejo Baba, y él dijo que había ido a salvar a Vita. Y ella nunca contó nada, dejó que disfrutara de las alabanzas de sus padres. Ya entonces era ella más fuerte. Con siete años ya dominaba a Pedro, que tenía trece. Había conseguido que dejara de chivarse y de llorar sin motivo, le había demostrado lo que era el orgullo. También le había enseñado que uno no debía presentarse como el vencedor cuando en realidad era el perdedor, sobre todo cuando no se llamaba Vitória, “Victoria”.

Si se hubiera ocupado de Pedro en estos últimos años la mitad de lo que lo hizo en aquellos tiempos, si le hubiera observado con más detenimiento y le hubiera sonsacado sus secretos, si le hubiera ayudado con su fortaleza y no sólo con su dinero, ¿seguiría vivo? ¿Por qué no le había hecho sentir que le amaba y le admiraba? ¿Cuándo fue la última vez que le dijo algo agradable, un cumplido, un elogio? Debía de hacer una eternidad. «Ten cuidado no sea que con las prisas vayas a vomitar los pasteles». Si no se equivocaba, ésa era la última frase que le había dicho a Pedro. Ya no tenía la posibilidad de que él se llevara a la tumba otra cosa que aquella horrible frase. Pero a lo mejor, se consoló Vitória, en el lecho de muerte percibió algo de lo que ocurría a su alrededor. Quizás en ese cuerpo herido de muerte había todavía una mente clara -¿o un alma inmortal?- que le había permitido escuchar las bonitas palabras de despedida. Un fuerte grito la sacó de sus pensamientos. ¡Cielos, aquel niño era insoportable! ¿De dónde había sacado esa potente voz? De su padre seguro que no. En la mirada que dirigió a Félix y al niño que llevaba en sus brazos había una cansada irritación.

Félix no notó nada. No se dio cuenta de nada de lo que ocurría en ese entierro. Felipe reclamaba toda su atención. El pequeño berreaba como un demonio desde que el agua del paraguas había caído directamente en su cara. Félix no conseguía tranquilizarle por mucho que le acunaba, le besaba, le sonreía o le hacía cosquillas con la nariz, un método que siempre había sido infalible. Si aquel aburrido sacerdote no dejaba pronto de hablar tendrían que marcharse antes de que finalizara la ceremonia. No es que a él le importara. Pero sería una descortesía hacia la familia del muerto.

Félix todavía era un niño cuando Pedro se marchó de casa de sus padres, y su muerte no le afectaba demasiado. Félix estaba allí porque la familia da Silva había ido al entierro de José y porque Fernanda opinaba que debían acompañar a Luiza. Y allí estaban, junto a la tumba de un hombre más o menos desconocido, con los pies mojados y exponiendo a su hijo al riesgo de coger una pulmonía. Fernanda pensaba lo mismo que él, a pesar de que aguantaba junto a Luiza, que con la cabeza gacha y los ojos llorosos se agarraba a su brazo. Pero Félix sabía que Fernanda se mordía el labio inferior cuando estaba nerviosa o impaciente, y ahora parecía una vaca rumiando. Si el sacerdote seguía contando anécdotas de la vida de Pedro da Silva, Fernanda pronto tendría los labios en carne viva.

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