La Fragancia De La Flor Del Café
- Автор: Veloso Ana
- Язык: испанский
- Жанр: Исторические любовные романы
Электронная книга - «La Fragancia De La Flor Del Café». Краткое содержание книги:
Ante el trasfondo del paradisíaco valle del río Paraíba y del pintoresco emporio de Río de Janeiro, de la época dorada de las plantaciones de café y de su ruina después de la abolición de la esclavitud, tienen lugar la saga de una familia de hacenderos y la historia de un gran amor…
No, pensó Félix de pronto, había tenido un padre, lo tenía todavía. Y él no le había reconocido. José había sido un padre mucho mejor para él. Sí, su vida habría transcurrido de un modo muy diferente si hubiera sabido que el acaudalado senhor Eduardo da Silva era su padre. Se habría sentido más humillado por su rechazo que por los horribles trabajos que le habían encargado. Habría pretendido que le prestara atención, se habría hecho ilusiones en torno a la herencia, habría mirado con envidia a Pedro y Vitória, sus hermanastros. ¡Jesús, su hermanastro estaba en la tumba!
Félix se santiguó. ¡Su vida habría sido peor, sí, lo habría sido! A lo mejor estaba ya muerto, destrozado por falsas esperanzas e ilusiones imposibles. Su vida sin padre le había ido bien, y cada día sería mejor. Tenía un hijo precioso, una mujer fantástica, un próspero negocio, una casa propia. Era más de lo que tenía Pedro. ¿Por qué iba a desear ser el hijo de un viejo arruinado? Un hombre que había hecho de él, de su propio hijo, un esclavo. Félix sintió de pronto una rabia incontenible. ¿Cómo se puede hacer algo así a un hijo? Él era padre, y no podía ni imaginar que algún día podría tratar a su Felipe con tal crueldad.
Félix volvió a mezclarse entre la gente y se acercó a Eduardo. Le miró a los ojos -¿cómo no se había dado cuenta antes de que tenían los ojos del mismo color?- y le puso a Felipe delante. Cuando Eduardo extendió su mano hacia el niño, Félix dio media vuelta y se marchó.
Eduardo da Silva tuvo que abandonar el cementerio apoyado en dos jóvenes robustos. ¿Ahora tenía que cargar con su culpa? ¿Iba a recibir el castigo merecido? Había perdido el amor de su mujer cuando aquella esclava, ¿cómo se llamaba?, se quedó embarazada, lo que no habría ocurrido si tras el nacimiento de Vitória, Alma no se hubiera instalado en un dormitorio aparte. Había enterrado a seis hijos: cinco se habían muerto, y él había contribuido a la muerte del sexto. Pedro podría llevar ahora la vida despreocupada de un fazendeiro bien situado si él, Eduardo, no hubiera sido tan inútil o hubiera escuchado a Vita. ¿Pero qué hombre toma en serio a su pequeño ángel cuando se trata de negocios? Y había negado su propia carne y su propia sangre porque el niño era negro y mudo. Félix era su último hijo vivo, lo había perdido igual que había perdido a su único nieto.
Una semana más tarde Eduardo da Silva estaba otra vez en pie. Superó la crisis, que sorprendió a familiares y amigos, gracias a los cuidados de Joao Henrique. En la missa do sétimo dia, la misa que se dijo por Pedro en la iglesia de Gloria, se sentó entre dona Alma y Vitória con aspecto algo desconcentrado, pero por lo demás estaba como siempre. Pero la impresión era engañosa. Eduardo hacía verdaderos esfuerzos por controlarse. El día del entierro, cuando Félix le miró a los ojos con desprecio y le puso a su hijo delante, en su interior se quebró algo que no volvería a curarse nunca. Quizás un viaje por Europa le aliviara las penas, como decía Alma desde hacía tiempo. Tendría que aceptar el dinero de Vita aunque le doliera de todo corazón.
Vitória estaba en un extremo del banco de madera, justo delante de la imagen de Sao Goçalo. Miraba ensimismada los dibujos azules y blancos de los azulejos que cubrían las paredes de la iglesia desde hacía casi doscientos años, cuando fueron fabricados en Portugal y llevados a la colonia en barco de vela. Vitória consideró que el lujo con que la iglesia católica decoraba sus templos era fascinante y repugnante al mismo tiempo. Buscó en sus incompletos conocimientos bíblicos algún pasaje en el que aparecieran mujeres tocando el arpa y angelotes desnudos como los que veía a su alrededor. ¿Sería el paraíso? No resultaba muy atractivo.
Cuando terminó el funeral, Joana y Vitória esperaron en la puerta a Eduardo y dona Alma, que estaban hablando con el sacerdote. Probablemente le estuvieran dando dinero, demasiado dinero, pensó Vitória.
– A este cura tan hablador no hay quien lo aguante -dijo Joana.
Vitória asintió.
– A Pedro no le habría gustado todo esto, que viniéramos tanto a la iglesia por su culpa.
Vitória sintió curiosidad. ¿Quería decirle Joana algo? ¿Iba a romper por fin su silencio? Desde la muerte de Pedro, Joana sólo hablaba lo imprescindible, eludiendo cualquier conversación.
– No, no creo que le hubiera gustado. No era lo suficientemente malvado como para desear nada malo a nadie.
– Al contrario -dijo Joana-, parecía pensar que con su muerte nos hacía un favor.
– ¿Qué quieres decir? -Vitória tenía un horrible presentimiento.
– Anteayer vino un hombre del seguro a casa. ¡Me quedé de piedra, Vita! Lo creas o no, Pedro había contratado un buen seguro de vida y ahora yo soy la beneficiaría.
– ¿Crees que se suicidó?
– Sí -susurró Joana.
– ¿Y crees que no dejó una carta de despedida para que pareciera un accidente?
– Sí.
¿Tenía que hablar siempre Vita tan claro? ¿No era ya bastante malo pensarlo?
– Sí -dijo Joana-, creo que su orgullo le costó la vida.
– ¿Qué significa eso?
– Desde que se enteró por León de que tú estabas detrás de su empresa estaba irreconocible. Tú misma lo viste cuando os visitamos en vuestra casa. ¡La semana anterior a su muerte estuvo tan raro -dijo entre sollozos- y yo interpreté mal sus señales! Pensé que se tranquilizaría, que sólo necesitaba un cambio, que el trabajo en esa empresa le destrozaba los nervios. ¡Y sólo estaba pensando cómo podía hacerlo mejor!
Joana rompió a llorar.
¡Eso había sido! El motivo de su brusco cambio de estado de ánimo no había sido el chantaje del que León le había hablado y que a ella le resultó tan incomprensible como a él. Había sido el descubrimiento del pequeño complot de Joana y ella misma. No, no su descubrimiento… ¡la traición de León al desvelar el secreto!
– Tranquilízate, Joana. Creo que estás equivocada. El suicidio es un pecado muy grave. Pedro nunca habría hecho algo tan poco cristiano.
Tras acompañar a Joana en coche hasta Sao Cristóvao, Vitória llegó a casa cansada y bañada en sudor. Sus padres se habían retirado a dormir su siesta habitual, y al parecer León no había perdido ni un segundo para abandonar la casa. Vitória se dio un baño rápido, se puso ropa ligera y se dirigió hacia el comedor para tomarse una taza de café mientras reflexionaba sobre todo lo que había ocurrido aquel día. Pero apenas se había sentado cuando entró León con un periódico bajo el brazo que al parecer acababa de comprar.
– ¡Apártate de mi vista, asesino!
Dejó el periódico sobre la mesa y se acercó a Vitória con gesto amenazante.
– ¡¿Te has vuelto loca?! ¿Qué significa esto?
– ¡Como si no lo supieras!
León la agarró del brazo con fuerza.
– No, dímelo tú.
– Haz el favor de soltarme.
– Cuando me digas cuál es, en tu opinión, el crimen que he cometido.
– Tienes a Pedro sobre tu conciencia. Si no le hubieras contado que yo le protegía en secreto, estaría todavía con vida.
– Creí que había tenido un accidente.
– Sí, un accidente que tú provocaste y que le ha permitido a Joana recibir una bonita suma del seguro.
– ¿Crees que se suicidó?
– León, ¿por qué no me escuchas con atención? No, no creo que se haya suicidado. Creo que tú le has matado.
– ¿Por desvelarle sin querer un “secreto” que no era tal y que yo suponía que él conocía? Por favor, Vita. No puedes hablar en serio.
– Pues hablo en serio.
– ¿Entonces crees que tu apoyo secreto es lo que le ha matado, no? Pues si es así, eres más bien tú la culpable de su muerte.
Vitória se soltó de golpe de sus garras.
– Si ahora me culpas de la muerte de mi hermano, no entiendo por qué tardas tanto en firmar los papeles de la separación. Llevan semanas en tu escritorio.