Los rebeldes de Filadelfia
- Автор: Лисс Дэвид
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «Los rebeldes de Filadelfia». Краткое содержание книги:
Sin embargo, en este momento, el peor de su vida, su integridad y resuelta valentía le llevan a aceptar una investigación que le enfrentará al poder y al secretario del Tesoro: un antiguo enemigo y, también, el artífice en la oscuridad de un enorme engaño financiero; un hombre sin escrúpulos cuyos manejos sucios y métodos viles conducen a la violencia más feroz. Desde Filadelfia, Ethan, el patriota proscrito, inicia una lucha denodada, una valerosa cruzada contra la corrupción para evitar que Estados Unidos se convierta en una vulgar tierra para especuladores.
«Una novela que te deja sin aliento. Una narración que te sumerge en una compleja trama protagonizada por un espía revolucionario y una mujer deslumbrante que se convierte en su aliada y su Némesis.»
– ¿Y eso bastará para evitar que caigan los mercados? -inquirí.
– No, y ahí está la ironía del caso. Mi idea era arruinar a hombres como Pearson porque tendrían que comerse sus cuatro por ciento pero, si ahora los vende en el momento oportuno, él será rico y yo me quedaré sin un céntimo.
Por el bien de Cynthia, deseé que Pearson supiera cuál era el momento oportuno, pero no podíamos quedarnos a escuchar nada más. Salimos y nos abrimos paso entre la multitud airada. Nadie sabía quiénes éramos ni qué relación teníamos con Duer, pero todo el mundo estaba muy enojado y, si conseguimos llegar sanos y salvos a nuestro coche, solo fue manteniéndonos muy erguidos y dando empujones a los que nos acosaban.
No había tiempo para regresar a Greenwich a recoger los caballos, así que fuimos a los establos públicos y, con la carta de crédito de Hamilton, nos procuramos las mejores monturas que encontramos. Desde allí nos dirigimos al transbordador y esperamos para realizar la interminable travesía hasta el lado de Nueva Jersey.
Viajamos en la barcaza plana montados a lomo de los caballos y escuchamos los chapoteos del río que le lamían los costados. Soplaba un viento helado.
– A usted no le ha resultado nunca cómodo hacer lo que yo digo, al menos sin debatirlo -dijo Lavien, mirándome.
– Y, sin embargo, me tiene cierto respeto.
– Espero que se lo haya merecido. Nos han vigilado y seguido durante todo el día: a casa de Duer, a los establos, al transbordador… Son tres, como mínimo, y por su aspecto duro diría que se trata de rebeldes del whisky. No han embarcado con nosotros, lo cual es una lástima porque los habría tirado el río y nos habríamos librado de ellos. De todos modos, seguro que cruzan en otra barca. ¿Está dispuesto a recurrir a la violencia? -Solo si no soy yo quien la recibe.
– Tendrá que hacer lo que yo diga -asintió con aire sombrío-. Ya no es una cuestión de estrategia sino que se trata de nuestra supervivencia, la nuestra y la de la nación. Debe tenerlo presente por encima de todo lo demás. Esto es tan importante como las misiones de espionaje que llevó a cabo durante la guerra. Si no hablamos con Hamilton antes de que llegue la noticia, esta unión quedará devastada.
Desembarcamos y galopamos a buen ritmo bajo un cielo gris que no presagiaba nieve ni lluvia, solo una suerte de lobreguez. La carretera estaba libre de hielo, por lo que pensé que habíamos empezado bien, pero me equivocaba, pues no habíamos recorrido más de cinco o seis millas cuando oímos que nos seguían. Eran tres hombres, inclinados sobre los caballos, espoleándolos para que nos alcanzaran.
– Son los hombres del whisky -grité, aunque no era necesario. Lavien debía de conocerlos porque ya había sacado una pistola cargada del bolsillo. Se volvió y disparó una vez, todo ello sin el menor esfuerzo aparente. Era imposible, pensé, que el disparo diera en su objetivo, pero uno de los hombres levantó las manos, no sé si de dolor o del impacto, y cayó del caballo.
Saqué la pistola cargada y también disparé. No se me daba nada bien disparar desde un caballo al galope, y apuntar hacia atrás en vez de hacia delante aún complicaba más las cosas, pero estaba decidido a hacerlo. Me volví para echar un vistazo a los perseguidores y decidir cuál de los dos sería un objetivo más fácil. Uno era mucho más alto que el otro y entonces lo reconocí. El alto era Isaac Whippo, el hombre de Duer. Lo apunté a él y no al otro, meramente por irritación, pero el tiro salió muy desviado. Pese a la distancia, vi que en su rostro demacrado había furia.
Lavien guardó la pistola en el bolsillo y desenfundó un cuchillo que llevaba al cinto. Con el caballo al galope, cogió la hoja entre los dedos y lanzó el cuchillo con un fuerte movimiento del brazo. El arma giró como un remolino, describiendo espirales en el aire, hasta alcanzar al más bajo de nuestros perseguidores en el pecho. Oí su gemido por encima del atronador ruido de los cascos y no fue tanto un grito de dolor como una exhalación de desespero, el sonido que emite un hombre que sabe que está a punto de morir.
Yo me había quedado algo rezagado y azucé el caballo. Hice caso omiso del humo que despedía la pistola usada en la silla y me atreví a mirar atrás otra vez. Isaac Whippo había reducido el paso, quizá porque estaba desanimado y no veía sus posibilidades tan claras como antes.
– Quizá desista -dije-. Hemos logrado escapar.
Sin embargo, no fue así pues, aunque mantuvo la distancia, no abandonó nuestra persecución. Imaginé que Lavien no tenía más pistolas o cuchillos porque no intentó deshacerse del último hombre. Entonces comprendí por qué seguía detrás de nosotros, aun cuando hubiéramos liquidado a sus compañeros. Más adelante, a un cuarto de milla de distancia, había otros dos rebeldes del whisky que bloqueaban el paso con sus caballos. Estábamos atrapados.
– Alto -gritó Lavien y tiró de las riendas. Los hombres que teníamos delante y Whippo, detrás, se hallaban a distancia suficiente como para que pudiéramos mantener un breve diálogo antes de que se nos echaran encima. Detuvimos los caballos en el margen de la carretera, Lavien ató el suyo a un árbol y yo hice lo propio. Luego, se adentró en el bosque a toda prisa y lo seguí.
– Ese era un agente de Duer -expliqué-. Iba con los rebeldes del whisky.
– Lo sé -dijo en una voz grave y jadeante. Avanzaba casi corriendo, con un paso rápido y furtivo-. En el bosque hay un claro. Lo he visto entre los árboles, media milla atrás. Nos dirigiremos hacia allí sin que se nos vea desde la carretera.
– ¿Y si matan a nuestros caballos?
– Siempre hay caballos -replicó-. Los suyos, por ejemplo. Si los matamos, no los necesitarán.
Yo no sabía por qué necesitábamos un claro, precisamente, y no quería abandonar a los animales, pero reconocí que aquella era una situación en la que Lavien era superior a mí y decidí no llevarle la contraria.
Corrí cuanto pude. Como no estaba acostumbrado al ejercicio físico continuado, noté un pinchazo en el costado y una sensación de ardor que me subía desde la garganta hasta la punta de la lengua. La sangre me latía en los oídos y miré a todos lados en busca de señales de peligro, pero los hombres no nos habían visto todavía, al parecer. Más de una vez estuve a punto de caer de puro cansancio, pero Lavien seguía corriendo a toda velocidad y no sería yo quien hiciese que nos retrasáramos. No sé cómo, encontré fuerzas para mantener su ritmo, o casi, pues solo me rezagué unas veinte yardas, hasta que llegamos al claro que Lavien había divisado desde la carretera.
Se trataba de una circunferencia de unos cincuenta pasos de diámetro de tierra plana tachonada con montones de nieve sucia. Allí había dormido gente hacía poco. Lo delataban las pisadas, así como los huesos de un animal pequeño, un conejo o un pollo, tal vez, y un hedor que indicaba que no se habían alejado mucho para hacer sus necesidades. Casi en el centro había un pequeño círculo de piedras donde habían encendido fuego y en él todavía quedaban pedazos de leña, algunos negros y carbonizados y otros casi intactos.
Me detuve jadeando y me llevé la mano al costado, que ahora me palpitaba, ardía y emitía cañonazos de dolor.
– Bien -dijo Lavien en voz baja, mientras examinaba el círculo de piedras-. Esto bastará. Hay bastante madera y quemará bien.
Me tendió la pistola, sacó un pedernal y empezó a encender la hoguera de nuevo.
– Encontrará pólvora y balas en mi bolsa de viaje. Cargue las armas.
– ¿Está loco? Verán el humo.
– Eso es lo que quiero, capitán. No tenemos tiempo para escapar. Debemos llegar a Filadelfia y eso significa que no nos queda más remedio que enfrentarnos a ellos. Si queremos hacerlo deprisa y sin miedo a los tiradores expertos, tenemos que buscar una situación ventajosa para nosotros. Los atraeremos aquí.
Preparé las armas, aunque lo hice despacio y con torpeza. Las manos me temblaban del cansancio de la persecución y de la carrera, y seguí escudriñando en el bosque en busca de alguna señal de que los rebeldes del whisky nos habían encontrado antes de lo que nosotros queríamos. De todos modos, era absurdo hacerlo. Aquellos individuos eran gente de la frontera, tipos que acechaban osos a cuerpo descubierto y dormían en lo alto de los árboles varios días, a la espera de lanzarse sobre un venado. Si sabían que estábamos allí y deseaban vernos muertos, ya lo estaríamos.