Los rebeldes de Filadelfia
- Автор: Лисс Дэвид
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «Los rebeldes de Filadelfia». Краткое содержание книги:
Sin embargo, en este momento, el peor de su vida, su integridad y resuelta valentía le llevan a aceptar una investigación que le enfrentará al poder y al secretario del Tesoro: un antiguo enemigo y, también, el artífice en la oscuridad de un enorme engaño financiero; un hombre sin escrúpulos cuyos manejos sucios y métodos viles conducen a la violencia más feroz. Desde Filadelfia, Ethan, el patriota proscrito, inicia una lucha denodada, una valerosa cruzada contra la corrupción para evitar que Estados Unidos se convierta en una vulgar tierra para especuladores.
«Una novela que te deja sin aliento. Una narración que te sumerge en una compleja trama protagonizada por un espía revolucionario y una mujer deslumbrante que se convierte en su aliada y su Némesis.»
– No -replicó Lavien-, no lo hará.
Alzó la pistola y le disparó en la cabeza.
Yo aparté la mirada, aunque vi el destello de la pólvora y el humo del cañón. Cuando miré de nuevo, el cuerpo de Whippo yacía en el suelo, doblado e inmóvil. Me invadió una monumental repugnancia, por lo que había visto y hacia Lavien, aquel pequeño manantial de violencia despiadada.
Lavien se acercó y me pasó el brazo por los hombros. Me obligó a volverme hacia él, a mirar aquellos ojos oscuros, ardientes y diminutos.
– Compréndame -dijo en voz baja-. Acabo de matar a un hombre herido. Así de importante es este asunto. No se trata de dinero, orgullo o poder, sino del futuro del experimento más audaz en libertad humana que se haya llevado a cabo jamás. No quiero que este gobierno haga lo que yo acabo de hacer. Yo cargaré con las culpas.
– Ustedes, los judíos -dije tras tragar saliva-, tienen un buen historial en eso de cargar con las culpas.
– Es usted un hombre peculiar -replicó, mirando hacia la carretera-. Vámonos.
Capítulo 46
Ethan Saunders
Estaba oscureciendo, pero eso no importaba, no podía importar. Cabalgaríamos toda la noche, a paso de tortuga si era necesario, con tal de llegar a Filadelfia antes de que empezaran las transacciones. Avanzamos deprisa, aferrándonos al último segundo de luz y dejando atrás una violencia en la que no me permitía pensar, convencidos de que podríamos llegar a la ciudad antes del alba. Las carreteras estaban transitables y no parecía que fuese a llover o a nevar. Llegaríamos a tiempo y Hamilton podría obrar la magia que fuese necesaria para calmar al gentío de la taberna de la City. Era demasiado tarde para evitar algunos daños en Nueva York, pero podía enviar agentes allí y a otros centros financieros con la orden de comprar para detener la hemorragia.
Pensé en lo que haríamos, no en lo que habíamos hecho. No quería recordar a los rebeldes del whisky despedazados por la granada de Lavien, ni la ejecución de Isaac Whippo, ni a la encantadora Joan Maycott, que había planeado muertes y conspirado para arruinar a la nación. Intenté no pensar en esas cosas y casi lo logré. Pensé sobre todo en el frío, en la incomodidad y en la noche que se nos echaba encima. Cuando se puso el sol, aminoramos el paso y nos turnamos para llevar la antorcha a fin de que nos iluminara el camino.
Cabalgamos en silencio. El frío nos azotaba y nos dejaba ateridos. Nos dolían los brazos de sujetar las riendas y de sostener la tea y teníamos las piernas rígidas y doloridas. La piel de la cara interna de los muslos me ardía y me escocía, pero seguimos adelante. No saqué el reloj, no quise hacerlo. Cabalgaría lo más rápido que pudiera y eso bastaría. Saber si íbamos bien o mal de tiempo no cambiaría las cosas.
No creo que me quedase dormido, exactamente. Mi mente, sin embargo, divagó mientras avanzábamos con paso lento, deliberado y cuidadoso. La noche era oscura como la boca del lobo y no parecía tener final, hasta el punto de que llegué a pensar que nos quedaríamos cabalgando eternamente en aquella negrura fría y desolada. Y entonces, hacia el este, vi el primer tono rosado del alba.
Llevábamos horas sin hablar y, entonces, Lavien se volvió hacia mí y dijo:
– Llegaremos al despacho de Hamilton hacia las siete. Lo hemos conseguido, Saunders. Hemos hecho todo lo humanamente posible por llegar y eso tendrá que bastar.
Seguimos cabalgando y, cuando salió el sol, apretamos el paso. Al cabo de dos minutos, ya estábamos trotando y, a los cinco, pasamos al galope. En la carretera aparecieron señales de que nos aproximábamos a una población: cabañas de granjeros, establos, cuadras y una taberna en la que deseé, deseé con toda el alma, que nos detuviéramos a tomar un té y un ponche caliente y a comer el pan recién hecho que perfumaba el aire. Era un deseo abstracto, pues lo que realmente quería era completar el trabajo, pasar la información a Hamilton y luego descansar. Comer y beber hasta hartarme y después tumbarme y dejar que el sueño me venciera y no despertar en veinticuatro horas o más. Luego buscaría a Cynthia. Y después, sin ningún apremio, con los conspiradores en desbandada, revolcándose en la inmundicia de sus propios planes fracasados, les daría caza uno a uno y me aseguraría de que se hiciera justicia con ellos.
Cabalgamos deprisa, inclinados hacia delante en la silla, sin notar el dolor, el frío o la fatiga. El viento helado y el matraqueo de los cascos de los caballos repicaban en mis oídos, pero me sentía alborozado y aturdido. Me volví hacia Lavien.
– ¿Sabe una cosa? En medio de toda esta locura…
Eso fue todo lo que dije, porque en aquel momento se desató la confusión, el cielo se volcó de costado y el suelo giró como un torbellino en dirección a mi rostro, que se estampó en él con fuerza y deprisa. Me rechinaron los dientes, y la boca y la nariz me sangraban. Sentí el dolor más terrible, el que se experimenta después de un porrazo en la cabeza.
No oí el disparo que abatió mi caballo, pero sí el siguiente. Debió de sonar un segundo después del que me había derribado, pero yo ya estaba en el suelo, confundido y notando que el dolor empezaba a extender por mi cuerpo sus tentáculos exploradores. Se produjo un segundo estampido y Lavien salió despedido de su caballo, que se encabritó y le cayó encima.
Pensé en lo estúpidos que habían sido disparándome a mí primero, pero no parecía importar, al menos de momento. Entonces recordé que contaban con un tirador de primera, un hombre que había luchado con Daniel Morgan, y advertí que no nos habían disparado a nosotros, sino a los caballos. No podía ser una casualidad. El día antes, habíamos matado a cinco de sus hombres y, en cambio, ellos procuraban que siguiéramos vivos. Pero entonces se me ocurrió que no tenían manera de saber lo sucedido. Nadie podía haber viajado más deprisa que nosotros. Si la noticia iba a llegar, todavía no lo había hecho.
Lavien estaba en el suelo a unos quince pasos de mí y el caballo le había caído encima de la mitad inferior del cuerpo. A su alrededor había un charco de sangre, del animal, supuse, pero él no se movía. Lavien yacía en el lodo de la King's Highway, tal vez muerto o agonizando. Decidí acercarme a él y estaba intentando despejarme la cabeza cuando oí la voz:
– ¿Puede ponerse en pie? -preguntó.
No supe si estaba allí desde hacía rato, diez pasos detrás de mí, o se había acercado mientras yo yacía aturdido. Bajo el resplandor del sol no lo reconocí, pero vi que era un tipo grande, que cabalgaba como un guerrero anciano sobre su montura. Era el irlandés.
– Le he preguntado si puede ponerse en pie.
– Lavien está herido -respondí. Me levanté despacio y comprobé que sí, que podía ponerme en pie. Me sentía aturdido y la cabeza me dolía. Pedí a Dios que me diera algo o alguien en que apoyarme, pero no quise decírselo al irlandés. Me enjugué la sangre de la nariz con la manga. Me sangraba, pero no la tenía rota.
– Está herido -repetí.
– Ya nos ocuparemos de él -respondió el irlandés. Era Dalton.
Debía de haber otros hombres, unos hombres que utilizaron el resplandor del sol y de mi propia desorientación en mi contra, pues una capucha me cubrió la cabeza y noté que unas ásperas manos me agarraban y empezaban a atarme las muñecas a la espalda. Esas manos me movieron de modo que me quedé de espaldas contra un árbol y me obligaron a sentarme. La sangre de la nariz me caía en un reguero sobre los labios.
Oí voces a lo lejos. Decían: «Tiene la pierna rota» y «Necesitaremos una camilla» y «A casa». Oí el acento irlandés de Dalton y oí a otro hombre que parecía escocés. Pensé que aún era temprano y, que si llegábamos a Filadelfia a las diez o las once, quizá todavía podríamos salvarlo todo, aunque no sabía cómo podíamos hacerlo. Estaba atado, aturdido y encapuchado. Lavien, al parecer, se había roto la pierna, ¿y quién era yo, sin Lavien? Una mente sin cuerpo, un brazo sin puño.