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Los rebeldes de Filadelfia

Электронная книга - «Los rebeldes de Filadelfia». Краткое содержание книги:

Ethan Saunders, el que antaño fuera uno de los mejores espías del general George Washington, es ahora un ex capitán sin reputación ni dinero que ahoga sus penas de taberna en taberna en Filadelfia. Además, la acusación de traición por la que fue expulsado del ejército no solo le costó su buen nombre, sino que también significó el abandono de su prometida.
Sin embargo, en este momento, el peor de su vida, su integridad y resuelta valentía le llevan a aceptar una investigación que le enfrentará al poder y al secretario del Tesoro: un antiguo enemigo y, también, el artífice en la oscuridad de un enorme engaño financiero; un hombre sin escrúpulos cuyos manejos sucios y métodos viles conducen a la violencia más feroz. Desde Filadelfia, Ethan, el patriota proscrito, inicia una lucha denodada, una valerosa cruzada contra la corrupción para evitar que Estados Unidos se convierta en una vulgar tierra para especuladores.
«Una novela que te deja sin aliento. Una narración que te sumerge en una compleja trama protagonizada por un espía revolucionario y una mujer deslumbrante que se convierte en su aliada y su Némesis.»
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Lavien encendió el fuego a toda prisa, atizándolo para que ardiera vigorosamente. Luego, se acercó al árbol más próximo, le cortó unas cuantas ramas y las echó a la hoguera.

– Están húmedas y harán que el fuego despida más humo. -Miró a su alrededor y sacó de la hoguera uno de los trozos de leña más pequeños, una rama redondeada de no más de un palmo y medio de largo, y lo bastante estrecha como para sostenerla en la mano. La levantó a modo de antorcha y, señalando en dirección contraria a la carretera, añadió-: Por aquí.

– ¿Para qué quiere eso? -le pregunté.

– Ya lo verá -respondió, en un tono sombrío que indicaba confianza, pero no satisfacción-. No podemos permitir que el fuego se apague.

Lo seguí hasta que salimos del claro. Retrocedimos varios pasos para que no nos vieran, o no fuese tan fácil vernos, en la proximidad del fuego. Lavien se agachó con la antorcha detrás de un árbol, agarrando la bolsa con la otra mano, y esperó con los ojos muy abiertos, sin parpadear.

– Esperemos que tengan tanta prisa como nosotros -susurró-. Estos tipos del Oeste son buenos cazadores, tan furtivos y letales como los cimarrones de Surinam.

– Comprendo -dije.

– Si morimos, no podremos transmitir el mensaje a Hamilton.

– Y estaremos muertos, lo cual es indeseable en sí mismo -apostillé. Sentí tensión, apremio y ansiedad por lo que iba a suceder a continuación. No era exactamente miedo, aunque también lo experimentaba. No soy de esos hombres que va a la batalla sin más que coraje en el corazón. Sentía miedo, sí, pero había tantas otras cosas, que el miedo solo era un ingrediente más del estofado.

– No dudo de que entre ellos hay buenos tiradores -prosiguió- y de que, si quieren, pueden volarnos en pedazos antes de que nos demos cuenta de que se acercan.

– Le he dicho que lo comprendo, maldita sea.

– Solo lo decía para asegurarme de ello -sonrió.

Murmuró algo entre dientes que sonó como una plegaria en un idioma extranjero, aunque no supe si hablaba en hebreo o en la lengua de los cimarrones infieles.

Luego, calló y no se oyó otra cosa que el silencio, el silencio de los bosques en invierno, cuando los hombres han pasado a tender trampas momentos antes. Se oían crujidos de hojas secas y trinos de pájaros, esporádicos pero distantes. Oí el leve sonido de las garras de algún veloz animal en las inmediaciones. Tal vez era una ardilla vivaz que no había hibernado o que había despertado antes de tiempo.

Al cabo de unos instantes, uno de nuestros perseguidores entró en el claro. Era viejo, tuerto, de estatura media pero delgado, con el pelo rubio y la piel blanca, manchada de pecas y marcas de viruela. La ropa le estaba varias tallas grande y se comportaba con la actitud lerda y descuidada de un bebedor habitual.

El rebelde tuerto miró hacia el fuego, desanduvo sus pasos y soltó un silbido de esos que parecen precisamente la imitación del trino de un pájaro. Al cabo de un momento, Whippo y el tercer rebelde del whisky llegaron al claro. El trío empezó a dar vueltas alrededor de la hoguera, hablando en voz baja. Intentaban encontrarle algún sentido, ver algo de lógica en su presencia, alguna indicación de nuestro paradero.

Whippo se volvió, no precisamente hacia nosotros, pero casi, y dirigió la mirada a la espesura del bosque.

– Sé que está ahí, Saunders -voceó con los brazos en jarras-. ¿Por qué no sale y hablamos? Se lo está tomando todo demasiado a pecho. Supongo que es culpa nuestra, que le hacemos pensar que somos crueles. No somos violentos, sino listos. No deberíamos enemistarnos.

Lavien me miró y se llevó un dedo a los labios, como si yo no supiera que debía callar.

– Solo es un juego -gritó Whippo-. Me refiero a que usted y yo seamos enemigos. Yo nunca lo he creído. Si supiera quiénes somos y las injusticias que hemos sufrido por culpa de Hamilton y de Duer, se uniría a nosotros. Sabemos que no es un aristócrata como esos tipos. La violencia que ha ocurrido hoy es culpa nuestra, lo reconozco. Si sale ahora, hablaremos. Depondremos las armas y conversaremos.

Whippo se agachó y dejó la pistola en el suelo. Yo lo miraba con tanta atención que, al principio, no advertí que Lavien sacaba la mano de la bolsa. Hasta que acercó el objeto a la pequeña antorcha, no comprendí de qué se trataba. Era una bola de hierro forjado, brillante como la plata, un poco más grande que una naranja, con un par de cuernos decorativos moldeados en ella, como si fuera un toro o un diablo. Entre los cuernos había una mecha.

Tardé unos instantes en reconocer el objeto porque no había visto ninguno desde la guerra. A Lavien se le había ocurrido llevar consigo una granada.

Acercó la mecha a la tea, dejó que prendiera y luego la sostuvo en la mano. Mis ojos debieron expresar preocupación, pues dirigió la mirada a la mecha y luego a los hombres para indicarme que no quería lanzarla demasiado pronto.

Aquella mecha se me antojó la más lenta que se había fabricado jamás. Pareció que esperábamos minutos, aunque no debieron de ser más de unos segundos. Temí que los hombres nos vieran y se nos echaran encima a la carrera, que perdieran el interés y se marcharan, o que intuyeran que les tendíamos una trampa y huyesen. Temí que Lavien calculase mal y esperase demasiado. En efecto, la mecha era cada vez más corta y necesité todo el control de mí mismo para no gritarle y pedirle que, por el amor de Dios, lanzara la granada de una vez.

La mecha ardía con un brillo malévolo y emitía un tenue silbido y, cuando a mí ya me parecía que era tarde, que había esperado demasiado, Lavien arrojó la bola de metal de modo que cayó delante del fuego, rebotó en el suelo ligeramente y fue a parar al centro de la pequeña hoguera. No sé qué me impresionó más, si su astucia o su puntería. Si la granada les hubiese caído delante, la habrían visto y habrían escapado. En cambio, los tres hombres miraron el fuego, seguros de que habían visto algo que se movía, pero incapaces de distinguir nada nuevo en la escena. El tuerto se agachó e inspeccionó el fuego, acercando mucho la cara.

Entonces se produjo el destello.

La granada estalló en una terrible deflagración de fuego, calor y sibilante metal que levantó una lluvia de fuego, polvo y ramas secas, y del cielo cayeron hojas y grumos de nieve. Los pájaros alzaron el vuelo y unos animales se escabulleron, invisibles, entre la hojarasca. Yo me volví y me lancé al suelo, mientras que Lavien no se movió ni se volvió. Debía conocer el alcance de la granada a la perfección. Cuando me levanté, seguía sin moverse.

– Déme las pistolas -dijo.

Se las di y echó a andar hacia el claro. Dos de los hombres estaban muertos, de eso no había duda. A uno de los cuerpos le faltaba la cabeza y el otro estaba partido en dos y le faltaba un brazo, que no se veía por ningún lado. El suelo había quedado negro y los montoncitos de nieve estaban salpicados de sangre.

Por asombroso que resultase, Isaac Whippo seguía vivo. La granada debía de haber estallado lejos de donde estaba porque se hallaba sentado en el suelo, sujetándose con una mano el otro brazo, que le colgaba y que, claramente, tenía roto. Tenía la cara bañada en sangre y un ojo herido y cerrado. Tal vez lo había perdido. Yo me había burlado de aquel hombre, había intentado humillarlo y menospreciarlo, y ahora se balanceaba pausadamente, hacia delante y hacia atrás, como un viejo con su pipa.

– Tal vez sobreviva -dije en voz baja.

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