En El Pais De La Nube Blanca
- Автор: Lark Sarah
- Год: 2011
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «En El Pais De La Nube Blanca». Краткое содержание книги:
En el país de la nube blanca, el debut más exitoso de los últimos años en Alemania, es una novela cautivadora sobre el amor y el odio, la confianza y la enemistad, y sobre dos familias cuyo sino está unido de forma indisoluble.
– ¿Sabe Sideblossom de qué está hablando? -preguntó Gwyneira impasible.
En los últimos años, casi todos los barones de la lana habían proyectado batidas junto al fuego de su chimenea. La mayoría, no obstante, jamás llegaba a realizarse porque nunca había gente suficiente para peinar las tierras de sus vecinos. Se precisaba de una figura carismática como Reginald Beasley para reunir a los aislados criadores de ovejas.
– ¡Yo mismo te lo puedo asegurar! -vociferó Gerald-. Johnny Sideblossom es el perro más salvaje que puedas haberte encontrado. Lo conozco de la pesca de ballenas, era un novato total, de la misma edad que Paul ahora… -El chico aguzó el oído-. Se enroló como grumete con su padre. Pero el viejo bebía como una cuba y un día, mientras se lanzaban los arpones y la ballena iba dando coletazos alrededor como una loca, el animal lo tiró del barco, dicho con más precisión, volcó el bote y todos cayeron al agua. Sólo el niño se quedó hasta el último segundo y disparó los arpones antes de que la barcucha zozobrara. ¡Johnny Sideblossom acabó con la ballena! ¡Con diez años! A su padre lo pilló, pero a partir de entonces perdió el miedo. Se convirtió en el arponero más temido de la costa Oeste. Pero en cuanto oyó que había oro en Westport, ahí estaba él. Al final compró tierras arriba, junto al lago Pukaki. Y ganado de la mejor calidad, aparte del mío. Si no me equivoco, ese bribón de McKenzie le condujo uno de mis rebaños a la montaña. Pronto hará veinte años de eso.
Diecisiete, pensó Gwyneira. Se acordaba de que James se había encargado de esa misión sobre todo para no cruzarse en su camino. ¿Habría ya entonces explorado nuevas rutas durante el recorrido y encontrado la tierra de sus sueños?
– Le informaré por carta de que nos reuniremos aquí. ¡Sí, es una buena idea! Invitaré a un par de personas más y haremos que de una vez por todas las cosas se hagan bien. Cogeremos a ese tipo, no hay que preocuparse. Todo lo que Johnny empieza acaba bien. -Gerald habría preferido coger la pluma y el tintero en ese mismo instante, pero Kiri apareció con la comida. No obstante, al día siguiente puso manos a la obra y Gwyn suspiró ante la idea del festín y la borrachera que precedería a la gran expedición de castigo. A pesar de eso, Johnny Sideblossom la había intrigado. Si eran ciertas sólo la mitad de las historias que Gerald había contado durante la comida en torno a la mesa, Sideblossom debía de ser un diablo, y posiblemente un peligroso rival para James McKenzie.
Casi todos los ganaderos de la región aceptaron la invitación de Gerald y, en esta ocasión, parecía realmente no interesarles la fiesta. No cabía duda de que James McKenzie había ido demasiado lejos. Y John Sideblossom parecía tener, en efecto, las aptitudes para ponerse a la cabeza de los hombres. Gwyneira lo encontró totalmente imponente. Cabalgaba a lomos de un semental negro y fuerte, con una bella estampa, pero también bien domado y de fácil manejo. Era probable que supervisara sus pastizales con ese caballo y vigilara la conducción del ganado. Además era alto, les pasaba casi una cabeza incluso a los barones de la lana más corpulentos. Su cuerpo era macizo y musculoso, el rostro quemado por el sol y de rasgos hermosos, el cabello oscuro, abundante y ondulado. Lo llevaba medio largo, lo que resaltaba su rudeza. Al mismo tiempo era de carácter chispeante y seductor. Enseguida tomó el mando de la conversación, palmeó en el hombro a los viejos amigos, soltó unas fuertes carcajadas con Gerald y parecía capaz de consumir whisky como si de agua se tratara sin que nadie se diera cuenta.
Con Gwyneira y las pocas otras mujeres que habían acompañado a sus esposos al encuentro fue de una cortesía exquisita. No obstante, a Gwyn no le gustó sin que pudiera acertar el porqué. Ya a primera vista, sintió cierto rechazo. ¿Era porque tenía los labios finos y duros y su sonrisa no se le reflejaba en los ojos? ¿O eran esos ojos en sí, tan oscuros que casi parecían negros, fríos como la noche y calculadores? Gwyneira notó que su mirada claramente se posaba en ella y que la repasaba de arriba abajo, evitando el rostro, observando la figura, todavía delgada, y las formas femeninas. En su juventud se habría ruborizado, pero en la actualidad le devolvió una mirada llena de aplomo. Ella era allí la dueña de la casa, y él un invitado, y ella no estaba interesada en ningún tipo de contacto que pudiera surgir del encuentro. Habría preferido mantener alejada a Fleurette del viejo amigo y compañero de borracheras de Gerald, pero, naturalmente, era imposible, pues se esperaba que la muchacha participara del banquete nocturno. Aun así, Gwyn rechazó la idea de advertir a su hija: Fleur haría todo lo que estuviera en su mano por parecer poco atractiva y probablemente volvería a despertar la cólera de Gerald.
Así que Gwyn observó recelosa a su singular huésped cuando Fleur apareció escaleras abajo, tan resplandeciente y bellamente engalanada como Gwyneira la primera noche en Kiward Station. La joven llevaba un sencillo vestido de color crema que realzaba el ligero bronceado de su tez, por lo demás clara. En las mangas, el escote y la cintura estaba adornado con unas aplicaciones doradas y marrones que conjugaban con ese color bastante singular, avellana casi dorado, de sus ojos. No se había recogido el cabello, sino que se había trenzado unos finos mechones a ambos lados de la cabeza y los había unido por detrás. Era un peinado bonito, pero sobre todo práctico porque le despejaba el rostro. Fleurette se peinaba ella misma; a ese respecto, siempre había rechazado la ayuda de la doncella.
La dulce figura de Fleur y su cabello suelto le daban un carácter élfico. Por mucho que su aspecto y temperamento semejaran a los de su madre, Fleurette irradiaba algo distinto por completo. La muchacha era más cariñosa y dócil que la joven Gwyn y de los ojos de color castaño dorado surgía antes una sonrisa que un destello provocador.
Los hombres reunidos en el salón se quedaron arrobados ante su aparición, y mientras que la mayoría parecía encantada, Gwyneira reconoció en la mirada de John Sideblossom una expresión de deseo. A su entender, el hombre retuvo la mano de Fleurette un momento demasiado largo al saludarla cortésmente.
– ¿Existe también una señora Sideblossom? -preguntó Gwyn cuando los invitados y el anfitrión se hubieron por fin sentado a comer. Gwyneira se había situado como compañera de mesa junto a John Sideblossom, pero el hombre le hacía tan poco caso que casi rayaba en la mala educación. En lugar de eso, sólo tenía ojos para Fleur, quien mantenía una aburrida conversación con el anciano Lord Barrington. El lord había cedido sus negocios en Christchurch a su hijo y se había retirado a descansar en una granja de las llanuras de Canterbury donde criaba con mucho éxito caballos y ovejas.
John Sideblossom miró a Gwyn como si se percatara por vez primera de su presencia.
– No, ya no existe ninguna señora Sideblossom -respondió a la pregunta de Gwyn-. Mi esposa murió hace tres años cuando nació mi hijo.
– Lo siento -dijo Gwyn, y nunca había expresado una fórmula de cortesía con tanta franqueza-. Y también por el niño, ¿he entendido bien que el niño sobrevivió?
El granjero asintió.
– Sí, mi hijo crece prácticamente con los empleados domésticos maoríes. No es una solución del todo acertada, pero mientras sea pequeño bastará. A la larga tendré que buscarme algo distinto. Pero no es fácil encontrar a la mujer adecuada… -Al tiempo que hablaba seguía contemplando a Fleur, sacando con ello de sus casillas a Gwyn. Ese individuo hablaba de una mujer como si se tratara de un pantalón de montar-. ¿Está su hija prometida a alguna persona? -preguntó completamente en serio-. Parece ser una muchacha muy bien educada.
Gwyn estaba tan perpleja que no sabía qué responder. Sea como fuere, ese hombre no se andaba con rodeos.
– Fleurette todavía es muy joven… -respondió al final, eludiendo el tema.
Sideblossom se encogió de hombros.
– Esto no dice nada en su contra. Siempre he sido de la opinión de que nunca es demasiado pronto para casar a esas pollitas, en caso contrario empiezan a ocurrírseles tonterías. Y mientras son jóvenes dan a luz con mayor facilidad. Me lo dijo la comadrona cuando murió Marylee. Ella ya había cumplido veinticinco años.