En El Pais De La Nube Blanca
- Автор: Lark Sarah
- Год: 2011
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «En El Pais De La Nube Blanca». Краткое содержание книги:
En el país de la nube blanca, el debut más exitoso de los últimos años en Alemania, es una novela cautivadora sobre el amor y el odio, la confianza y la enemistad, y sobre dos familias cuyo sino está unido de forma indisoluble.
Gerald temblaba.
– ¡Apártala de mi vista! -farfulló entre dientes-. Está bajo arresto domiciliario. Hasta que haya pensado el asunto con Beasley. ¡Está prometida a él! ¡No voy a romper mi palabra!
Reginald Beasley había esperado arriba en sus habitaciones, pero era evidente que la escena no le había pasado del todo inadvertida. Penosamente conmovido salió a la puerta y se topó con Gwyneira y su hija en la escalera.
– Miss Gwyn…, Miss Fleur…, les pido por favor que me disculpen.
Beasley estaba sobrio ese día y una mirada al joven y alterado rostro de la muchacha y a los ojos brillantes de ira de su madre le dijeron que no tenía posibilidades de salir airoso.
– Yo… yo no podía sospechar que iba a significar para usted tal… hum, tal exigencia aceptar mi proposición. Mire usted, ya no soy joven, pero tampoco tan viejo… Yo le rendiría todos los honores.
Gwyneira le miró furiosa.
– Señor Beasley, mi hija no quiere que le rindan honores, sino crecer primero. Y entonces es probable que elija a un hombre de su edad; al menos un hombre que se le declare él mismo y no que le envíe como anticipo a otro viejo chivo para que la obligue a meterse en su cama. ¿Me he explicado con claridad?
En realidad querría haber conservado los modales, pero la visión del rostro de Gerald sobre Fleurette la había asustado profundamente. Debía librarse antes de nada de ese viejo verde. Pero eso no iba a ser difícil. Y luego tenía que ocurrírsele alguna cosa respecto al asunto con Gerald. Ni ella misma se había dado cuenta de sobre qué volcán estaba sentada. ¡Pero tenía que proteger a Fleurette!
– Miss Gwyn, yo…, lo dicho, Miss Fleur, lo siento. Y en estas circunstancias estaré desde luego dispuesto…, hum, a renunciar al compromiso.
– ¡Yo no estoy comprometida con usted! -respondió Fleur con voz temblorosa-. No puedo en absoluto, yo…
Gwyneira siguió tirando de su hija.
– Esta decisión me alegra y le honra -comunicó a Reginald Beasley con una sonrisa forzada-. Tal vez podría informar también de ello a mi suegro para acabar con este lamentable asunto. Siempre le he tenido en gran consideración y no sería de mi agrado perderlo como amigo de la casa.
Con un porte majestuoso, pasó por el lado de Beasley. Fleurette quiso detenerse. Parecía querer añadir algo más, pero Gwyneira no le permitió que se quedara parada.
– No le cuentes nada de Ruben, si no también se sentirá herido en su honor -le susurró a su hija-. Quédate ahora en tu habitación, y lo mejor es que permanezcas ahí hasta que se haya ido. Y, por todos los cielos, no salgas mientras tu abuelo esté borracho.
Gwyneira cerró temblorosa la puerta tras su hija. Habían logrado parar el golpe. Esa noche, Gerald y Beasley beberían juntos, no habría que temer más arrebatos. Y al día siguiente se avergonzaría profundamente de su acceso. ¿Pero qué pasaría luego? ¿Cuánto tiempo servirían para mantenerlo alejado de su nieta los reproches que el mismo Gerald se hacía? ¿Y bastaría la seguridad de la puerta de la habitación para detenerlo cuando estuviera demasiado borracho y posiblemente se le metiera en la cabeza que tenía que «domar» a la chica para su futuro esposo?
Gwyn ya había tomado una decisión. Debía sacar de ahí a su hija.
4
Poner en práctica esa decisión resultó difícil, sin embargo. O bien no se encontraba un pretexto para alejar a la joven o no se daba con la familia adecuada para que la acogiera. Gwyn había pensado en una familia con niños: en Christchurch seguían faltando institutrices y una hija de buena familia tan guapa y cultivada como Fleur sería bien recibida en cualquier hogar. De hecho, sólo se podía tomar en consideración a los Barrington y los Greenwood, y Antonia Barrington, una joven poco agraciada, enseguida rechazó tal oferta cuando Gwyn se la presentó cautelosamente. Gwyn no podía reprochárselo. Ya las primeras miradas que el joven lord arrojó a la hermosa Fleurette la convencieron de que en esa casa su hija iría de mal en peor.
Elizabeth Greenwood, por otra parte, habría acogido con agrado a Fleur. El amor que George Greenwood sentía por ella y su fidelidad estaban fuera de cualquier duda. Para Fleur era también un «tío» estimado y en su casa, por añadidura, habría aprendido más sobre contabilidad y administración de empresas. Sin embargo, los Greenwood estaban a punto de marcharse a Inglaterra. Los padres de George querían conocer de una vez a sus nietos y Elizabeth apenas si podía contener su impaciencia.
– Sólo espero que su madre no me reconozca -dijo a Gwyneira, confiándole sus temores-. Se cree que procedo de Suecia. Si ahora comprueba que…
Gwyneira sacudió riendo la cabeza. Era totalmente imposible reconocer en la joven, bella y de buena presencia de hoy, cuyas maneras impecables la habían convertido en uno de los puntales de la sociedad de Christchurch, aquella huérfana medio muerta de hambre y tímida que casi veinte años atrás había dejado Londres.
– Te querrá -aseguró Gwyneira a la joven-. Y no hagas ninguna tontería ni intentes hablar con acento sueco o algo así. Les dices que has crecido en Christchurch, y es cierto. Así que hablas inglés y se acabó.
– Pero se darán cuenta de que hablo cockney -replicó preocupada Elizabeth.
Gwyn se echó a reír.
– Elizabeth, comparados contigo, todos hablamos un inglés horrible, exceptuando, naturalmente, a Helen, de quien tú has aprendido. Así que no te inquietes.
Elizabeth asintió insegura.
– Bueno, de todos modos George dice que no tendré que hablar demasiado. Su madre es la que lleva la voz cantante.
Gwyneira volvió a reír. Los encuentros con Elizabeth siempre resultaban refrescantes. Era mucho más inteligente que la obediente y algo aburrida Dorothy de Haldon y la bonita Rosemary, que entretanto se había prometido con el socio de la panadería de su padre adoptivo. De nuevo volvió a preguntarse qué habría sucedido con las otras tres niñas que zarparon con ellos en el Dublin. Helen había recibido por fin respuesta de Westport. Una Mistress Jolanda respondió disgustada que Daphne, junto con las mellizas (y los ingresos de todo un fin de semana), habían desaparecido sin dejar rastro. La dama había tenido la desfachatez de reclamar el dinero a Helen. Ésta no contestó la carta.
Al final, Gwyn se despidió cariñosamente de Elizabeth, no sin antes entregarle la lista de compras que toda mujer de Nueva Zelanda ponía en las manos de una amiga que viajaba a la madre patria. Claro que a través de la compañía de George podía pedirse prácticamente todo lo que había de adquirible en Londres, pero siempre había un par de deseos íntimos que no se confiaban de buena gana a esa lista de encargos. Elizabeth prometió vaciar las tiendas londinenses siguiendo las órdenes de Gwyn y ésta se marchó en perfecta armonía; pero sin haber hallado una solución para Fleurette.
De todos modos, en el transcurso de los siguientes meses, la situación en Kiward Station también se relajó. Después de haber agredido a Fleur, Gerald estaba más sobrio. Evitaba a su nieta y Gwyneira se ocupaba de que Fleurette hiciera lo mismo con él. En cuanto a Paul, el anciano puso mayor empeño en que se familiarizase con las tareas de la granja. Ambos desaparecían con frecuencia de buena mañana en algún lugar de los pastizales y no volvían a presentarse de vuelta hasta el anochecer. Tras ello, Gerald bebía su whisky de la tarde, pero nunca alcanzaba el nivel de embriaguez de sus anteriores borracheras, que duraban un día entero. La relación con su abuelo también le sentó bien a Paul, mientras que Kiri y Marama más bien manifestaban preocupación. Gwyneira oyó una conversación entre su hijo y la muchacha maorí que la inquietó bastante.
– Wiramo no es un mal tipo, Paul. Es diligente, un buen cazador y un buen pastor. Despedirlo es una injusticia.
Marama limpiaba la plata en el jardín. A diferencia de su madre, lo hacía con agrado, le gustaba que el metal reluciera. A veces cantaba mientras lo hacía, pero a Gerald no le gustaba oírla porque no soportaba la música de los maoríes. A Gwyn le sucedía en cierto modo lo mismo, pero porque ella recordaba los tambores de aquella nefasta noche. Aun así, las baladas de Marama, interpretadas con dulce voz, sin embargo, la complacían y, sorprendentemente, también Paul parecía escucharlas con agrado. Pero ese día tenía que jactarse ante su amiga contándole la excursión que había hecho con su abuelo el día antes. Los dos habían estado controlando los carneros mientras iban camino a la montaña. Ahí se encontraron al joven maorí Wiramu. Éste llevaba a su tribu de Kiward Station el botín de una pesca sumamente exitosa. No había razón en sí para castigarlo, pero el joven pertenecía a una de las patrullas de guardianes de ganado que Gerald había nombrado hacía poco para poner fin a las acciones de James McKenzie. Por eso, Wiramu tendría que haber estado en la montaña, y no en el pueblo con su madre. Gerald había sido presa de una ataque de rabia y había echado una reprimenda al chico. A continuación pidió a Paul que decidiera el castigo que había que darle al maorí. Paul decidió despedir a Wiramu sin sueldo.